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Es una piedra en el zapato del centrista Emmanuel Macron en los últimos días de esta extraña campaña para las presidenciales del 10 y el 24 de abril. La polémica alimenta la guerra de nervios contra el presidente francés, favorito para la reelección, y el temor en sus filas a que su principal rival, la candidata de extrema derecha Marine Le Pen, acabe dando la sorpresa.

Lo llaman el caso McKinsey, y en las redes sociales enfáticamente se habla de McKinsey-gate, por el nombre de la consultora estadounidense que, como otras firmas del sector, se ha beneficiado durante años de contratos de la Administración pública francesa. “¡Escándalo de Estado!”, claman algunos rivales de Macron, aunque las prácticas que se le reprochan ―el recurso creciente del Estado a consultores externos y privados— ni son ilegales, ni comenzaron con el actual presidente, ni han arrojado prueba alguna de corrupción, ni son exclusivas de Francia.

No importa. El Senado, dominado por la oposición conservadora, publicó el 17 de marzo el informe final de una comisión de investigación con datos llamativos. Entre 2018, cuando Macron acababa de llegar al Elíseo, y 2021, el Gobierno francés pasó de gastar 380 millones de euros en consultorías a desembolsar 894 millones. La cifra supera los 1.000 millones si se incluyen otros organismos del Estado.

El informe describía un “fenómeno tentacular”, alertaba del peligro de una “dependencia” de la Administración respecto a las consultoras, denunciaba la “opacidad” sobre su papel en la gestión gubernamental, y ponía el acento en una consultora en concreto: McKinsey. Los senadores señalaban que McKinsey, aprovechando los llamados “mecanismos de optimización fiscal”, no pagó el impuesto de sociedades en Francia entre 2011 y 2020. Pero esta empresa representa un parte mínima de los contratos de estos años. Sí tuvo un papel destacado durante la pandemia y la puesta en marcha del plan de vacunación. Y se da la circunstancia de que empleados y directivos de McKinsey en Francia participaron en la campaña de Macron en 2017.

“Todo esto suscita algunas preguntas”, dice por teléfono Arnaud Bontemps, alto funcionario y portavoz del colectivo Nos services publics. “¿Dispone el Estado aún de los medios para hacer su trabajo? ¿Depende de los gabinetes de consultoría, que a veces tienen otros intereses que el interés general, como se ve con la optimización fiscal de McKinsey? Y, finalmente, está la cuestión de la transparencia y de la democracia”, afirma. Bontemps añade: “Tenemos la impresión de que sustituyen al Estado de una manera ideológicamente no neutra”.

El presidente y candidato se ve forzado estos días a dar explicaciones en cada entrevista, en cada acto electoral. “Hay que ser claros, porque se da la impresión de que hay trapicheos, y es falso”, se defendió el domingo en la cadena France 2, consciente de que, aunque nadie ha demostrado que los contratos hayan vulnerado ninguna norma, el caso McKinsey posee todos los ingredientes para perjudicarle en esta campaña a medio gas y marcada por la guerra en Ucrania.

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Los ingredientes son una multinacional “anglosajona”, adjetivo corriente en Francia que no suele tener connotaciones positivas. Y, enfrente, el Estado, que en pocos países democráticos tiene el lugar que ocupa en Francia, y sus sumos sacerdotes: los altos funcionarios desplazados por los anónimos consultores.

Otro ingrediente: para un sector del electorado, Macron sigue siendo en el fondo un “banquero”, pues trabajó en la banca Rothschild antes de entrar en política, y el “presidente de los ricos”, por sus rebajas fiscales. La etiqueta McKinsey se adhiere a la perfección a esta caricatura. Y, agitados en la coctelera electoral, todos estos ingredientes refuerzan la imagen que de él dibujan algunos rivales: el presidente elitista y liberal que, durante su quinquenio, quiso gestionar Francia y su sacrosanto Estado como una empresa privada o una start-up (Francia en modo start-up, se titulaba precisamente un libro publicado en 2017 con prólogo de Macron y una contribución… de uno de los dirigentes de McKinsey).

El caso toca una fibra en Francia, y Macron se ha movilizado para desactivarlo cuanto antes. No quiere que una polémica que posiblemente en otro momento no tendría mayor recorrido —o en todo caso abriría un debate de fondo sobre la organización del Estado― haga descarrilar la campaña cuando falta poco más de una semana para la primera vuelta.

“No estoy en contra de las asociaciones entre lo público y lo privado. Lo que choca a los franceses es que McKinsey no haya pagado impuestos en Francia desde hace diez años”, declaró en la cadena LCI Valérie Pécresse, candidata de Los Republicanos, el partido de la derecha tradicional. “Hay la sensación de que Emmanuel Macron no es transparente y tiene una agenda oculta, financiera o política, y esto puede perturbar su candidatura”, añadió.

El miércoles, los ministros de la Administración, Amélie de Montchalin, y de Presupuestos, Olivier Dussopt, convocaron una rueda de prensa para explicarse. El argumento es que el Estado recurre a estas empresas para misiones sobre las que no dispone de las competencias adecuadas, o en crisis excepcionales como la pandemia. Y que, aunque trabajen con frecuencia en la sala de máquinas de los ministerios, no toman decisiones políticas. “Las reglas de los mercados públicos se respetan”, dijo Montachalin. “Ningún gabinete de consultoría ha decidido ninguna reforma: la decisión siempre corresponde al Estado”, aseguró Dussopt.

La externalización de los servicios públicos no es una novedad. En Les infiltrés, un libro publicado a principios de año, los periodistas Matthieu Aron y Caroline Michel-Aguirre recuerdan que el uso de los consultores empezó a dispararse durante el quinquenio del presidente Nicolas Sarkozy, entre 2007 y 2012, con ocasión de una reforma que contemplaba que solo uno de dos funcionarios jubilados sería remplazado. Aron y Michel-Aguirre hablan de “un putsch progresivo, casi rampante, sin sangre, pero que, desde el interior, ha cambiado Francia”. “Desde hace 20 años”, afirman, “los gabinetes de consultoría se han instalado en el corazón del Estado”.

No hay nada atípico si se compara con los países del entorno. Francia dedica a las consultorías privadas un 0,27% del gasto total en personal público, según un informe de la Asamblea Nacional. El Reino Unido, un 1,23%; Alemania, un 1,25%; España, según el mismo informe, gasta un 0,32%.

Si en Francia esto es motivo de discusión, quizá sea por la sacralización del Estado y del alto funcionariado en este país. Y por las elecciones. Los sondeos son unánimes: Macron y Le Pen se clasificarían hoy para la segunda vuelta y Macron saldría reelegido. Pero los márgenes se estrechan. Y hay nervios en las filas macronistas. Un error, una polémica fuera de control, puede costar cara.

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Hay un aire de optimismo en la campaña de Marine Le Pen, líder del Reagrupamiento Nacional (RN) y candidata por tercera vez a la presidencia de Francia. “Las cosas van mejor”, dice al teléfono Louis Aliot, alcalde de Perpiñán, expareja de Le Pen y vicepresidente del RN. “Pienso que hay una verdadera oportunidad y es posible ganar esta elección”, añade el dirigente del partido heredero del Frente Nacional, la fuerza histórica de la ultraderecha francesa fundado por el padre de la candidata, el patriarca Jean-Marie.

Le Pen (Neuilly-sur-Seine, 53 años) se está imponiendo en el pulso con Éric Zemmour, el popular tertuliano que en otoño irrumpió en la arena electoral e intentó disputarle el liderazgo de la extrema derecha. Y ya sueña con batir al actual presidente, Emmanuel Macron.

Antes de que Zemmour entrase en campaña, se daba por hecho que en 2022 se repetiría el duelo de 2017: Macron contra Le Pen. Todo cambió en unas semanas. Con su descaro retórico, su erudición de barra de bar y las andanadas contra musulmanes y extranjeros que le han llevado varias veces ante los tribunales, el tertuliano desestabilizó a la jefa del RN. Y trastocó las previsiones.

Zemmour captó a algunos dirigentes del partido y a la figura más preciada: Marion Maréchal, sobrina de Marine y nieta favorita de Jean-Marie. Además, quería romper el dique que, con mayor o menor éxito, ha separado durante décadas a la derecha tradicional de Los Republicanos (LR) —el partido hermano en Francia del PP español— de la extrema derecha.

En noviembre y diciembre de 2021, Zemmour igualó o superó a Le Pen en los sondeos. Parecía un candidato en condiciones de clasificarse para la segunda vuelta y disputarle la victoria al centrista Macron.

Pero, como tantas veces en la carrera de Marine Le Pen, se le dio por liquidada antes de tiempo. Ahora, cuando falta poco más de una semana para la primera vuelta de las elecciones, el 10 de abril, los sondeos son unánimes: en la extrema derecha, Le Pen derrotará a Zemmour. La segunda vuelta, en la que participan los dos candidatos más votados, se celebra el 27 de abril.

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El último sondeo del instituto Ifop, que publica uno al día, sitúa la intención de voto para Le Pen en un 21%, 10 puntos más que Zemmour. La candidata del RN queda así en una confortable segunda posición que la clasificaría de nuevo, como en 2017, para la segunda vuelta. Macron encabeza las intenciones de voto con un 27,5%.

Un margen mucho más estrecho

En 2017, Macron ganó con un 66% de votos. Le Pen sacó un 34%, Ahora el margen sería mucho más estrecho. Según Ifop, el presidente sacaría un 53%; su rival en la extrema derecha, un 47%. Otro sondeo, instituto Elabe, estrechaba el martes aún más el margen y contemplaba una victoria de Le Pen.

“Poco a poco nos aproximamos al margen de error”, celebra Aliot. En su opinión, la clave para ganar en la segunda vuelta es la participación: “Cuanto más importante sea la participación, más importante el resultado de Marine Le Pen. Porque tenemos un electorado de clase popular, de clase media más bien baja, y esta gente solo va a votar cuando hay algo en juego y piensa que podemos ganar”.

Aliot ganó en 2020 la alcaldía de Perpiñán —la mayor ciudad gobernada por el RN— con una estrategia parecida a la de Le Pen: suavizar los ángulos más antipáticos del discurso, presentarse como un gestor pragmático más que un ideólogo y apoyarse en el rechazo a la administración saliente para aglutinar votos de otras tendencias políticas.

Le Pen llevaba años embarcada en el llamado proceso de desdiabolización. Se trataba de limpiar la imagen de su partido, asociado al racismo, la xenofobia y al antisemitismo. Expulsó a su padre. Rebautizó el partido. Decía que ella no era ni de izquierdas ni de derechas y usaba el discurso populista de “los de abajo” contra “los de arriba”. Como el Partido Comunista durante décadas, el FN y después el RN se presentaban como el “primer partido obrero” de Francia.

La propia candidata, que en 2017 demostró su incompetencia en el debate televisado ante Macron, se ha esforzado estos años en prepararse mejor y en aparecer como una política fiable, y amable.

Pero la desdiabolización dejó libre el terreno de la vieja extrema derecha. Y lo ocupó Zemmour, hijo de judíos argelinos que reivindica la figura de Philippe Pétain, el líder de la Francia que colaboró con los nazis, y promueve la teoría racista de la gran sustitución de los europeos blancos por africanos y árabes.

Después de vivir su momento de gloria, Zemmour se desinfla. “Ha hecho una campaña muy agresiva, muy violenta: la gente vio que no tenía el porte de un presidente de la República”, juzga el alcalde de Perpiñán.

La radicalidad de Zemmour, por contraste, permite a Le Pen parecer más moderada, aunque sus ideas sobre la inmigración no sean tan distintas. “Durante estos cinco años ha trabajado mucho”, dice Aliot. “Está serena, nada inquieta. Los franceses perciben esta solidez”.

Las provocaciones y salidas de tono, que al entrar en campaña atrajeron los focos sobre el tertuliano, le han acabado perjudicando. La invasión rusa de Ucrania lo deja en mala posición. No solo por su entusiasta admiración por Vladímir Putin. También Le Pen era admiradora del presidente ruso, y más que eso: lo visitó durante la campaña 2017, y en una campaña anterior se financió con el préstamo de un banco ruso.

Ambos, sin embargo, no reaccionaron igual tras la invasión del 24 de febrero. Le Pen defendió la acogida en Francia de los refugiados ucranios. Zemmour mantuvo su discurso de siempre. “Prefiero que estén Polonia”, dijo. “No está bien arrancar a la gente tan lejos de su país, y desestabilizar Francia, que ya está sumergida por la inmigración”.

Quizá creía demostrar coherencia ideológica. Quizá, como señala Brice Teinturier, del instituto demoscópico Ipsos, era una muestra de “rigidez”, de su incapacidad para salirse de sus teorías. Y esta es otra ventaja de Le Pen: ella se ha adaptado a las inquietudes del electorado. Ha dejado la inmigración en un segundo plano; ahora habla sobre todo de economía.

“Hemos centrado nuestro argumentario en el poder adquisitivo”, defiende Aliot, “y hoy es esto lo que preocupa a los franceses: cómo llegar a fin de mes con el aumento de los precios de la alimentación y de la energía”.

La batalla interna en la extrema derecha revela una corriente de fondo de esta campaña: los temas del bolsillo se imponen a los temas de la identidad. Le Pen tomó nota pronto de ello; Zemmour, no.

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El presidente francés, Emmanuel Macron, se ha convertido, desde la invasión rusa de Ucrania el 24 de febrero, en el favorito indiscutible para ganar las elecciones presidenciales del 10 y el 24 de abril en Francia. Pero la condición de favorito —en una “campaña presidencial sin impulso”, como la describe Le Monde, de tono menor y con pocos mítines— entraña un riesgo: la desmovilización.

Para disipar el exceso de confianza, Macron (Amiens, 44 años) volvió el lunes a hacer lo que le gusta. En Dijon, la ciudad de la mostaza y capital de la Borgoña, Macron se dio un baño de masas y discutió cara a cara con los ciudadanos, práctica que, durante su mandato de cinco años, le ha metido en más de una situación inesperada. En Francia todos recuerdan la ocasión en la que regañó a un chaval por llamarle “Manu”, o la vez que un hombre le abofeteó. En Dijon, flanqueado por veteranos políticos locales procedentes del Partido Socialista, dio una rueda de prensa a pie de calle, lo que le permitió hacer algo, que, como presidente de la República, quizá eche de menos: bajar al barro partidista.

Macron, en otras palabras, hizo campaña de verdad. Debería ser lo natural a menos de dos semanas de la primera vuelta de las elecciones, y cuando oficialmente la campaña se da por iniciada, aunque hace meses que arrancó. No lo es. Porque no hay nada normal en esta campaña desde que Vladímir Putin lanzó sus tanques, misiles y aviones contra Ucrania.

La guerra tuvo dos efectos. Primero, anuló la campaña. Los mítines escasean y los debates y polémicas tiene poco recorrido. Segundo efecto: el centrista Macron consolidó su condición de favorito. El sondeo más reciente del instituto Ifop da al presidente vencedor en la primera vuelta, el 10 de abril, con un 28% de votos, seguido de Marine Le Pen, líder de la extrema derecha, con un 21%. Ambos se clasificarían para la segunda vuelta, el 24 de abril, y Macron derrotaría a Le Pen.

Y este es el peligro, según los macronistas: confiar en exceso en estos escenarios. Lo avisaba la semana pasada el ministro del Interior, Gérald Darmanin, en la cadena France 5: “Siempre he pensado que la señora Le Pen, con quien me cruzo desde que me dedico a la política, es peligrosa, es peligrosa para el presidente de la República, puede ganar estas elecciones”.

El frente ultra

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Hay táctica movilizadora en la apelación a la amenaza ultra. Pero también es cierto que, después de un quinquenio marcado por las reformas económicas, las protestas sociales y la pandemia, nadie quiere dar nada por seguro. Existe un fondo de descontento en Francia: detestan a Macron en sectores de la sociedad, que lo ven como el presidente de los ricos, una figura arrogante y desconectada de la Francia de a pie.

El candidato a la presidencia de Francia, Eric Zemmour, en un acto de campaña en la plaza de Trocadero de París el 27 de marzo.
El candidato a la presidencia de Francia, Eric Zemmour, en un acto de campaña en la plaza de Trocadero de París el 27 de marzo. BERTRAND GUAY (AFP)

En las anteriores presidenciales, en 2017, Macron también se enfrentó a Le Pen en la segunda vuelta. Macron sacó un 66% de votos. Le Pen, un 34%. Esta vez el margen sería mucho más estrecho. Marine Le Pen, desde entonces, ha suavizado su imagen, marcada por su padre, Jean-Marie Le Pen, patriarca de la ultraderecha europea. La hija ha repudiado el antisemitismo del padre y sus posiciones abiertamente xenófobas y racistas. Ha adquirido experiencia y pone tanto o más el acento en temas sociales y económicos que en la inmigración. La candidatura, en la campaña actual, del tertuliano ultra Éric Zemmour, le ha ayudado a parecer moderada.

“La extrema derecha sigue ahí y la sigue representando un clan”, dijo Macron en Dijon, en alusión a los Le Pen (a Jean-Marie y Marine hay que añadir Marion, la sobrina, que apoya a Zemmour). Y, en alusión a la doble candidatura ultra, Le Pen y Zemmour, añadió: “Ya sabemos qué sucede con estas cosas: acabará en tándem”.

La campaña, aunque en tono menor, por momentos se enciende. Sucedió el domingo, durante un mitin de Zemmour en la explanada de Trocadero, en París, la multitud gritó: “Macron, asesino”. Zemmour no hizo nada para acallarla. Después alegó que no había oído los gritos.

“Hay dos hipótesis. La primera es la indignidad, y es la que me parece más creíble, no me parece una sorpresa”, reaccionó Macron en Dijon. “La segunda”, bromeó, “es el desconocimiento de una reforma muy importante del quinquenio (…). Ahora la seguridad social reembolsa las prótesis auditivas, las gafas y las prótesis dentales (…). Invito al candidato que oye mal a equiparse a un coste menor”.

Fue una excepción en una campaña en el que el presidente prefiere mantenerse en el pedestal de la jefatura de Estado: mientras sus rivales se pelean en debates televisivos o en los mítines, él participa en cumbres de la UE y de la OTAN, hablan con Putin y con Joe Biden. Mientras el presidente se ocupa de la paz y la guerra mundiales, sus rivales se patean Francia.

La estatura internacional es una ventaja. Y un inconveniente. ¿Cómo entusiasmar a Francia con tan pocos mítines y escasos actos públicos? ¿Cómo recobrar el entusiasmo de 2017? Entonces Macron era el cambio; ahora, es la continuidad. En tiempos de crisis, nada de experimentos: este es su mensaje.

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¿Es candidato o presidente? No estaba claro, cuando este jueves por la tarde Emmanuel Macron apareció en un antiguo almacén industrial en Aubervilliers, al norte de París, si era una cosa, la otra, o ambas a la vez. En teoría, acudía como candidato para presentar a la prensa y al país el programa electoral para las elecciones presidenciales a dos vueltas, el 10 y el 24 de abril. En realidad, es imposible separar ambos papeles, el de aspirante a la reelección y el de jefe de Estado.

Todo cambió en estas elecciones el 24 de febrero, cuando Rusia invadió Ucrania. Después de décadas de paz, la guerra regresaba a Europa. Macron, al frente de un país armado con la bomba atómica, se disparó en los sondeos y consolidó su condición de favorito a repetir en el cargo.

“El proyecto que les presento está evidentemente anclado en nuestro momento, es decir, el del retorno de lo trágico en la Historia”, dijo Macron al inicio de una intervención de una hora y media, seguida de dos horas y media de preguntas de los periodistas.

El programa de Macron es continuista, si es que puede hablarse de continuidad tras un quinquenio lleno de sobresaltos como la revuelta de los chalecos amarillos, la pandemia y la invasión rusa de Ucrania. Entre las medidas estrella figura la elevación de la edad de jubilación de los 62 años actuales a los 65 y la obligación, para los receptores del ingreso mínimo, de 15 a 20 horas de actividad semanal, formándose o trabajando.

A la pregunta sobre si estas propuestas confirman que, pese a su vocación centrista, tiende a la derecha, contestó aludiendo a Charles de Gaulle, padre de la Francia moderna. “En este tema”, declaró, “asumo ser bastante gaullista. El general decía: ‘Francia es de izquierdas cuando está a favor del movimiento, el cambio. Y necesita decisiones de derechas: el orden, el trabajo, el mérito’. En mi programa hay reformas y ambiciones con una inspiración que podría decirse que es de izquierdas, y otras de inspiración de derechas”.

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La presentación y la rueda de prensa de este jueves son un ejercicio muy francés. De todo candidato mínimamente creíble se exige un programa detallado. Y con una estimación del precio. El de Macron costará 50.000 millones de euros anuales hasta 2027, que deberían financiarse gracias el crecimiento económico y las reformas. También bajará impuestos por valor de 15.000 millones de euros.

Ucrania ha anulado la campaña electoral. Ya no se habla (casi) de otra cosa: la guerra y el impacto en los bolsillos. No hay debates entre los 12 candidatos —Macron se niega a participar— y los mítines son escasos. Las propuestas de la mayoría de candidatos se han vuelto inaudibles entre bombas rusas en Kiev o Mariupol y los millones de refugiados que huyen de Ucrania.

En este contexto insólito, solo la voz de Macron se escucha. Sus iniciativas internacionales. El diálogo fallido —pero al que no está dispuesto a renunciar— con el presidente ruso, Vladímir Putin. Las sanciones masivas de la Unión Europea, el envío de armamento a Ucrania y el regreso de una cierta idea de una Europa como potencia militar.

“No estamos en una lógica de fin de reino”, dice Frédéric Dabi, director general de Opinión del instituto demoscópico Ifop. “Estamos en una lógica de continuidad”. Y este el mensaje del presidente: en tiempos de crisis, nada de experimentos. “Ante lo imprevisible”, dijo, “ustedes tienen una cierta idea de cómo me comporto”.

Macron, si las elecciones se celebrasen hoy, sacaría en la primera vuelta un 30% de votos, según el último sondeo de Ifop. En segunda posición quedaría Marine Le Pen, líder del partido de extrema derecha Reagrupamiento Nacional, con un 17,5% de votos. Ambos se clasificarían para la segunda vuelta, según Ifop y el resto de sondeos. El duelo Macron-Le Pen sería una reedición del de 2017. Los sondeos indican que, como entonces, ganaría Macron.

Mientras que Macron ha salido beneficiado de la guerra en Ucrania y por el efecto de unión nacional, hay un damnificado inmediato: Éric Zemmour, el tertuliano televisivo de extrema derecha que en otoño irrumpió en la campaña como un torbellino y, en algunos momentos, creyó alcanzar la segunda vuelta de las elecciones.

La guerra de Ucrania ha dejado tocado a Zemmour. No había en Francia candidato más entusiasta con Putin que él. Ninguno ha caído tanto en los sondeos.

Ahora Zemmour ronda el 13% de votos, por detrás de Le Pen. Al mismo nivel, con variaciones dependiendo del sondeo, se sitúan la candidata de la derecha tradicional, Valerie Pécresse, y el primero en la izquierda, el veterano populista Jean-Luc Mélenchon. El ecologista Yannick Jadot obtendría, según Ifop, un 5%. La alcaldesa de París, la socialista Anne Hidalgo, un 2%, resultado que, si fuese el del 10 de abril, podría suponer la muerte de su partido.

Cuando llevaba más de una hora hablando y vio que entre los periodistas corría un murmullo de impaciencia, Macron interrumpió la lectura y sonrió: “¡Esto es un debate presidencial!”. “Al hacer esto”, añadió en alusión al discurso y la rueda de prensa, “me estoy comprometiendo para que el mandato sea claro”.

La protección es la palabra clave en el discurso macronista, también lo que él llama la emancipación: un liberalismo social, a la francesa. A ratos, más que un programa electoral sonaba ya a un programa de gobierno.

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El presidente francés, Emmanuel Macron, embarcado en la campaña electoral para la reelección, intentó este miércoles atajar los disturbios callejeros en Córcega con una oferta inesperada: un diálogo que podría desembocar en la autonomía de la isla. La condición para el diálogo es que se restablezca la calma tras casi dos semanas de protestas por la agresión sufrida en la cárcel por Yvan Colonna (61 años), el nacionalista corso condenado a cadena perpetua por el asesinato, en 1998, del prefecto Claude Érignac.

Nadie en París parecía acordarse ya de esta isla francesa en el Mediterráneo con una lengua propia y, durante décadas, con un grupo terrorista que perseguía la independencia. Córcega ya no era un problema. El Frente de Liberación Nacional corso (FLNC) había depuesto las armas en 2014. Los nacionalistas gobiernan desde hace años con cómodas mayorías. Y, pese a las tiranteces con el presidente Macron, los problemas que durante estos años preocuparon a la isla, al país y al mundo eran otros: los chalecos amarillos, la covid, Ucrania.

Pero la pax corsicana ha empezado a tambalearse en las últimas semanas. Los altercados inflaman las principales ciudades de la isla natal de Napoleón Bonaparte. Los manifestantes, en su mayoría adolescentes y jóvenes, atacan edificios públicos y se enfrentan a las fuerzas del orden. “Statu franceses assassinu!” (“¡Estado francés asesino!”), gritan.

El FLNC amenazó este miércoles con retomar las armas, mientras el ministro del Interior, Gérald Darmanin, llegaba a la isla con una oferta para calmar los ánimos. “Estamos dispuestos a ir hasta la autonomía”, declaró al diario Corse Matin.

El detonante de la crisis fue la agresión a Colonna, el 2 de marzo, en la prisión de Arlés, en el sur de la Francia continental. Colonna quedó en coma. El agresor era un preso islamista que supuestamente atacó al corso por haber blasfemado. Los manifestantes en Córcega acusan al Estado de no proteger al afectado y critican a París por negarse a acercar a la isla a los “presos políticos”, como les llaman.

Los reproches de los manifestantes no se dirigen solo a París. También acusan a los dirigentes nacionalistas de la isla, como el presidente del Ejecutivo local, el autonomista Gilles Simeoni, de no haber arrancado ninguna concesión sustancial de Macron desde que este llegó al poder en 2017. Simeoni, antes de entrar en política, fue abogado de Colonna.

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En 2018, cuando Macron visitó Córcega por primera vez en calidad de presidente, rechazó tres peticiones centrales de los nacionalistas: la amnistía de los presos, el reconocimiento de cooficialidad de la lengua corsa y la exclusión de los no residentes de la compra de propiedades en la isla para preservar la costa y frenar la expansión inmobiliaria.

El presidente, en aquella ocasión, entreabrió la puerta a otra petición: el reconocimiento, en el marco de una reforma constitucional más amplia, de la particularidad de la isla en la muy centralista Constitución francesa. Pero la reforma constitucional quedó archivada y con ella el debate sobre el estatuto de Córcega.

El resultado: casi nada se ha movido en estos años. Y Simeoni, un nacionalista no independentista con un talante moderado que, a priori, garantizaba una sintonía con Macron, aparece ahora ante los nacionalistas más duros como blando que se ha dejado tomar el pelo por París.

Los jóvenes que salen a las calles y se enfrentan a las fuerzas del orden —”la generación Colonna”, les llaman en la prensa— pueden sacar pecho y alegar que, en diez días de disturbios, han logrado del Estado más que los políticos corsos en cinco años de Macron. En unos días, el Gobierno francés ha suprimido el estatuto de “detenido particularmente señalado”, lo que permite acercar a Colonna y otros condenados a la isla, y ha puesto la autonomía sobre la mesa.

No es poco. Pero el problema será definir qué es la autonomía. “Hay que debatir de ello, y esto toma tiempo, porque se trata del futuro de los corsos”, dice Darmanin en Corse Matin. El ministro añadió: “Todo es posible en la discusión que podamos tener. Pero, de entrada, hay una condición previa, que es el retorno a la calma”.

En Francia, solo el archipiélago de Nueva Caledonia, situada en las antípodas del globo terrestre, disfruta de una autonomía comparable a la de las comunidades autónomas españolas o los länder alemanes. “Son palabras importantes que abren una perspectiva”, reaccionó Simeoni a la oferta de Darmanin, “pero ahora conviene desarrollarlas y concretarlas”.

La oferta de Darmanin tampoco es nueva. En 2019, durante otra visita a la isla, Macron ya habló de una “autonomía en la República”. Es decir, dentro de un marco constitucional que deja muy poco margen para que una parte del país apruebe por su cuenta sus leyes y políticas. La autonomía —si, como desean los nacionalistas corsos, es al estilo español— difícilmente podrá realizarse sin una profunda reforma constitucional en Francia.

No ocurrirá hoy, ni sin duda antes de las elecciones presidenciales del 10 y el 24 de abril, dominadas por la guerra en Ucrania. Pero los gestos de París, y la visita del ministro Darmanin, “ilustran la inquietud” ante el aumento de la violencia, como resume el diario Le Monde. Era un incendio que nadie esperaba. Y, mientras Colonna se debate aún entre la vida y la muerte, Macron, favorito para la reelección, moviliza a sus tropas para que el incendio no se extienda.

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El presidente francés, Emmanuel Macron, ha concluido este jueves, después de una conversación telefónica de hora y media con Vladímir Putin, que “lo peor está por llegar” en la guerra en Ucrania y que el objetivo del presidente ruso es tomar todo el país. Putin, según el Palacio del Elíseo, muestra una “determinación muy grande” a seguir con la invasión a menos que el Gobierno de Kiev se desarme y acepte ser un país neutral.

“Nuestro análisis es que la ambición rusa es tomar el control de todo Ucrania”, dijo la fuente del Elíseo, que pidió anonimato. “[Las fuerzas rusas] afrontarán dificultades y obstáculos, los ucranios se baten con coraje. Nada está decidido, pero la correlación de fuerzas es muy desequilibrada, y, sin hacer predicciones, hay que estar preparados para que lo peor ocurra”. París no trabaja en estos momentos con el escenario de una partición de Ucrania que, de todos modos, consideraría inaceptable.

En un mensaje en la red social Twitter, Macron defendió: “Mantener el diálogo para evitar dramas humanos es absolutamente necesario. Continuaré con mis esfuerzos y con los contactos. Es necesario evitar lo peor”.

Pero las sanciones masivas europeas y estadounidenses y el envío de armamento, por ahora, no han frenado a Putin. ¿Qué medios dispone Occidente para evitar lo peor? Según el Elíseo, las sanciones “van a endurecerse”, y quedan medios económicos y diplomáticos, pero también “de apoyo operacional” a Ucrania, pera seguir presionando a Putin.

La llamada fue uno de los últimos actos diplomáticos de Macron antes de declararse candidato a las elecciones presidenciales del 10 y el 24 de abril en una carta a los franceses publicada en diarios regionales. “Solicito vuestra confianza para un nuevo mandato de presidente de la República”, escribe Macron. “Soy candidato para inventar con vosotros, ante los desafíos del siglo, una respuesta francesa y europea singular”, añade. No había ninguna duda de que el actual mandatario optaría a la reelección, pero faltaba hacerlo oficial. El plazo era este viernes a las 18.00.

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La guerra casi ha extinguido la campaña electoral, ha reforzado a Macron en los sondeos y ha dejado en una posición delicada a los candidatos más afines a Putin. En varios sondeos pierde apoyos el ultra Éric Zemmour, declarado admirador del presidente ruso.

La conversación de Macron con Putin fue por iniciativa del mandatario ruso. Era la decimotercera entre ambos desde diciembre, incluyendo el encuentro de seis horas en Moscú el 7 de febrero, dos semanas antes del inicio de la invasión de Ucrania. Con el presidente ucranio, Volodímir Zelenski, ha hablado 19 veces en el mismo periodo, la última el mismo jueves después de la llamada a Putin.

El líder ruso, según el Elíseo, explicó a Macron que las “operaciones militares” en Ucrania “se desarrollan según el plan”. Le recordó sus motivos para la invasión: el supuesto incumplimiento, por parte de Kiev, de los acuerdos de Minsk de 2015 sobre las zonas separatistas prorrusas del este de Ucrania. Reiteró que su objetivo es “desnazificar” el Gobierno de Kiev y señaló a Occidente como responsable por maltratar a Rusia en los últimos 30 años.

Macron, según la misma fuente, replicó que Putin “comete un error grave” en su apreciación del régimen político ucranio. “Evidentemente, no es un régimen nazi”, le dijo, y le acusó de mentir y mentirse a sí mismo si creía estos argumentos. “Tú, en el fondo, te cuentas historias a ti mismo, buscas un pretexto y lo que dices no está conforme con la realidad y en ningún caso justifica la violencia que cometes hoy ni el precio que tu país va a pagar por ello porque terminará como un país aislado, debilitado y bajo sanciones durante un periodo muy largo.”

Putin volvió a la carga, y reiteró que la invasión de Ucrania era una operación de lucha contra el nazismo, y amenazó: “Sí, la situación va a agravarse, pero es culpa de los ucranios porque no aceptan mis condiciones”.

El ruso declaró que “Rusia tiene la intención de continuar sin compromiso su combate contra los grupos nacionalistas que cometen crímenes de guerra”, según un comunicado del Kremlin citado por la agencia France Presse.

Fue un diálogo tenso en el fondo, sin ningún punto de encuentro posible, pero no en la forma, según el Elíseo. Putin se expresa de una manera “muy neutra, muy clínica” y las palabras fuertes no impiden que la conversación se prolongue. Ambos, que se comunican por medio de intérpretes, se tutean.

Macron, en un discurso a la nación el miércoles, defendió su opción de hablar con Putin hasta el último instante antes de la invasión –aunque este le engañó respecto a sus planes– y también seguir hablando ahora mientras las tropas rusas intentan avanzar y en pleno bombardeo de ciudades ucranias.

“He decidido seguir en contacto y seguiré en contacto con el presidente Putin mientras pueda y mientras sean necesario”, dijo Macron. “Para intentar, sin descanso, convencerle de que renuncie a las armas, para ayudar en el marco de las conversaciones en curso [entre Ucrania y Rusia] en la medida en que Francia pueda hacerlo y para prevenir el contagio y la ampliación el conflicto tanto como podamos”.

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Macron y Putin coinciden en que hay que “restablecer” el alto el fuego en el este de Ucrania, según el Elíseo

El presidente francés, Emmanuel Macron, ha logrado este domingo de su homólogo ruso, Vladímir Putin, un compromiso para intentar pactar un alto el fuego en la denominada línea de contacto del este de Ucrania, según ha asegurado el Elíseo. Aunque el Kremlin sigue hablando de la responsabilidad de Kiev por la escalada de la tensión en el Donbás con sus “provocaciones”, ha aceptado el formato propuesto por París para una solución diplomática: una reunión este lunes del denominado grupo trilateral de contacto, formado por Rusia, Ucrania y la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE), de acuerdo con las fuentes oficiales francesas.

En una nueva conversación telefónica, Macron y Putin “han acordado la necesidad de restablecer el alto el fuego y Rusia ha aceptado que el grupo trilateral de contacto se reúna mañana [lunes] para trabajar sobre el alto el fuego”, explicaron fuentes del Elíseo. De acuerdo con la presidencia francesa, los ministros de Exteriores francés y ruso, Jean-Yves Le Drian y Serguéi Lavrov, se verán además próximamente para continuar la vía diplomática, opción privilegiada también para, en un formato ampliado con “europeos, aliados, rusos y ucranios”, intentar, “si se dan las condiciones”, un encuentro al más alto nivel “para definir un nuevo orden de paz y de seguridad en Europa”, en una fecha aún por definir. Por Silvia Ayuso.



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Soldados ucranios, este domingo cerca de la línea del frente, en la provincia de Donetsk.
Soldados ucranios, este domingo cerca de la línea del frente, en la provincia de Donetsk.GLEB GARANICH (REUTERS)

El presidente francés, Emmanuel Macron, ha logrado este domingo de su homólogo ruso, Vladímir Putin, un compromiso para intentar pactar un alto el fuego en la denominada línea de contacto del este de Ucrania, según ha asegurado el Elíseo. Aunque el Kremlin sigue hablando de la responsabilidad de Kiev por la escalada de la tensión en el Donbás con sus “provocaciones”, ha aceptado el formato propuesto por París para una solución diplomática: una reunión este lunes del denominado grupo trilateral de contacto, formado por Rusia, Ucrania y la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE), de acuerdo con las fuentes oficiales francesas.

En una nueva conversación telefónica, Macron y Putin “han acordado la necesidad de restablecer el alto el fuego y Rusia ha aceptado que el grupo trilateral de contacto se reúna mañana [lunes] para trabajar sobre el alto el fuego”, explicaron fuentes del Elíseo. De acuerdo con la presidencia francesa, los ministros de Exteriores francés y ruso, Jean-Yves Le Drian y Serguéi Lavrov, se verán además próximamente para continuar la vía diplomática, opción privilegiada también para, en un formato ampliado con “europeos, aliados, rusos y ucranios”, intentar, “si se dan las condiciones”, un encuentro al más alto nivel “para definir un nuevo orden de paz y de seguridad en Europa”, en una fecha aún por definir.

En un “último esfuerzo” para hallar una salida a la crisis ucrania por la vía diplomática, Macron ha conversado este domingo durante una hora y 45 minutos con Putin. Inmediatamente después, ha encadenado otra conversación más corta, de media hora, con el presidente ucranio, Volodímir Zelenski, con quien ya había conversado la noche del sábado y quien le ha “confirmado su determinación a no reaccionar a las provocaciones y a respetar el alto el fuego”, siempre según el Elíseo.

La triangulación de entrevistas telefónicas debería permitir una negociación “intensa” en las próximas horas para buscar la manera de que todas las partes cumplan ese alto el fuego en la zona en la que nuevos incidentes amenazan con hacer desbordar la crisis. Según el Elíseo, Macron también hablará en las próximas horas con el presidente estadounidense, Joe Biden, con el canciller alemán, Olaf Scholz, y, previsiblemente, con los primeros ministros del Reino Unido, Boris Johnson, e Italia, Mario Draghi.

Para París, que siempre ha abogado por mantener abierto el diálogo con todas las partes, la conclusión de esta nueva maratón de conversaciones es que la vía diplomática no se ha agotado pese al endurecimiento de las advertencias y el incremento de los incidentes en las provincias rebeldes de Donetsk y Lugansk.

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“Estamos todavía en una situación de alta volatilidad, de gran peligro en Europa, pero nuestra conclusión es que pese a que el riesgo es elevado, hay espacio aún para la diplomacia”, recalca el Elíseo. “Cada día que pasa sin que haya guerra es un día ganado para la paz”, insisten las fuentes francesas, que apuestan por “continuar” en esta senda, “creando ocasiones y oportunidades” para, en un primer momento, “calmar” la situación en la línea de contacto y, sobre esa base, poder mantener a continuación un “diálogo verdadero sobre la seguridad en Europa”.

Que haya un principio de acuerdo en los fines inmediatos —el alto el fuego en el Donbás— no quiere decir que París y Moscú estén alineados en todo, ni mucho menos. La nueva conversación telefónica —han tenido varias en los últimos días desde su encuentro cara a cara en Moscú el pasado día 7— ha servido para que Macron y Putin “constaten sus diferencias de interpretación” de la crisis, especialmente en lo relativo a las negociaciones con los separatistas del Donbás, en las que Moscú acusa a Kiev de ser el responsable del impasse, mientras que Macron ha insistido en el “respeto a los acuerdos de Minsk” que, recuerda el Elíseo, no prevén que Ucrania negocie directamente con los separatistas, línea roja trazada de manera firme por Zelenski. De ahí la importancia, señala París, de la reunión del lunes del grupo tripartito para buscar una forma de negociar el alto el fuego y que “se den órdenes a los militares de las dos partes” para que se logre restablecer el cese del fuego, aunque insiste, como ha venido haciéndolo tras cada promesa de Moscú, en que habrá que “verificar” que se cumple lo anunciado.

Blinken alerta de que Ucrania está «al borde de una invasión»

Amanda Mars

El secretario de Estado de EE UU, Antony Blinken, ha subrayado este domingo que todas las acciones emprendidas por Moscú sugieren una agresión inminente a Ucrania. “Todo lo que estamos viendo apunta a que esto va muy en serio, que estamos al borde de una invasión», ha señalado en una entrevista en la cadena CNN.

El jefe de la diplomacia estadounidense ha mencionado las tensiones en la región separatista del Donbás y ha recordado el plan atribuido al Kremlin de fabricar un “falso ataque” contra Rusia con el fin de justificar una nueva intervención militar sobre la antigua república soviética. También ha citado las maniobras militares que Moscú ha puesto en marcha en Bielorrusia, que han movilizado, dice, hasta 30.000 soldados y que se suponía que debían regresar a Rusia este fin de semana, pero permanecerán en el país aliado. «Todo esto junto nos dice que el guión que presentamos sigue avanzando», ha añadido Blinken.

Como apuntó el presidente, Joe Biden, el pasado viernes, Blinken ha señalado también este domingo que cree que Putin “ya ha tomado la decisión” de invadir Ucrania, pero ha señalado que está dispuesto a reunirse con el líder ruso para evitarlo hasta el último momento. 

La agresión parece cada vez más probable para desesperación del presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, que ha reclamado abiertamente a sus aliados occidentales que no esperen más y adopten ya un paquete de sanciones contra Rusia, responsable, según los aliados, de varios ciberataques e intentos de desestabilizar el Gobierno de Kiev. Preguntado sobre esto en la cadena CBS, Blinken ha respondido este domingo que las sanciones previstas —y muy publicitadas por Washington— buscan “disuadir” a Rusia de una posible agresión y que “una vez se activan, se pierde ese poder de disuasión”.

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Que Francia quiere retirar sus tropas de Malí hace tiempo que dejó de ser un secreto. Lo que falta son los detalles: el cuándo y cómo y el después. Eso es lo que el presidente francés, Emmanuel Macron, ha discutido este miércoles en una cena informal con los dirigentes del Sahel y algunos de los países europeos implicados en las diversas misiones en la zona, a cuya continuidad afectará la decisión francesa, en vísperas de la Cumbre UE-Unión Africana que empieza el jueves en Bruselas.

En un intento de evitar que la marcha gala suene a estampida unilateral al estilo de lo ocurrido en Afganistán, París busca consensuar al máximo una decisión que justifica, por un lado, con la actitud antifrancesa de las autoridades golpistas de Malí, que no están invitadas a la cita, pero también alegando un cambio de estrategia por la evolución de la amenaza terrorista en toda la región. La cuestión es si los demás países, especialmente los socios europeos que también tienen tropas desplazadas en la zona, acaban compartiendo esa visión —aunque por el momento algunos, como España, abogan por que las decisiones se tomen a nivel europeo— o si París al final tendrá que asumir solo su decisión.

La salida de las fuerzas francesas obligará a revisar la presencia de la misión militar europea en Malí, incluida la participación de España y Alemania que, aunque no forman parte de Takuba, son los principales contribuyentes de la veterana misión EUTM-Malí, liderada por España y que instruye al Ejército maliense para enfrentarse a los terroristas. Ambos países se han mostrado dispuestos a revisar su presencia en Malí, aunque España no es muy partidaria de la retirada.

La respuesta se conocerá previsiblemente en la mañana del jueves, en una rueda de prensa que Macron ha convocado en París antes de partir a Bruselas tras la cena del miércoles, en la que están invitados Mauritania, Chad y Níger, los países del Golfo de Guinea, la Unión Africana (UA) y el alto representante de la Coalición para el Sahel, Djimet Adoum. También asistirán los presidentes del Consejo Europeo y de la Comisión Europea, así como al alto representante de la UE para Asuntos Exteriores, Josep Borrell. Los grandes ausentes serán Malí y Burkina Faso, excluidos por estar suspendidos de la UA. Tampoco habrá representación de España aunque sí ha sido invitada.

Una concurrida cita, en cualquier caso, que resulta clave para la imagen de “convergencia” que busca mostrar el Gobierno francés que, a menos de dos meses de las elecciones presidenciales, no quiere que los aspirantes al Elíseo de la oposición usen la retirada de Malí, donde empezó la intervención militar gala hace nueve años, como arma arrojadiza contra Macron, que debe oficializar pronto su candidatura a un segundo mandato.

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En total, en el Sahel hay, según el Elíseo, unos 25.000 efectivos internacionales, de los que 4.300 son franceses. De ellos, 2.400 están en Malí en el marco de la operación antiyihadista Barkhane y la Takuba, la misión de fuerzas especiales de varios países de la UE acordada en enero de 2020 y que apoya, bajo mando francés, a las fuerzas armadas malienses en operaciones antiterroristas en el país. Francia, que ha perdido en sus nueve años de operaciones en el Sahel a más de medio centenar de militares, ya recompuso su dispositivo en Malí en 2021, reduciendo su presencia militar en el norte del país y priorizando las operaciones de Takuba, recuerda la Agencia France Presse.

Ahora se trata de dar el paso definitivo y confirmar la retirada de su presencia militar, en pleno deterioro de las relaciones con Bamako tras dos golpes de Estado y la presencia cada vez mayor de mercenarios de la empresa rusa Wagner. “Seguir en un lugar no es un fin en sí. Hay que seguir, pero solo donde podamos tener las palancas para actuar. Y donde no se reúnen las condiciones para una acción eficaz sobre los grupos terroristas, no hay que buscar seguir a toda costa”, decía una fuente diplomática francesa hace una semana, cuando se incrementaron los rumores de una inminente salida gala de Malí.

Se espera que el contingente galo sea trasladado al vecino Níger, aunque París advierte de que no busca una mera transferencia de tropas de un país a otro, sino un replanteamiento más amplio de su presencia en la región, que no será ya “la de una operación exterior clásica, con bases militares y un estado mayor regional”, subrayan las fuentes, sino que buscará “adaptarse a las necesidades de cada país” en vista de la evolución de la amenaza terrorista en la zona en estos últimos años.

“Necesitamos reinventar nuestra alianza militar” en el Sahel, insiste el Elíseo. “No se trata de desplazar lo que se hace en Malí a otra parte, sino de reforzar lo que hacemos en Níger y apoyar más el flanco sur”, agrega.

Las cada vez más deterioradas relaciones de París con las fuerzas golpistas de Bamako sufrieron una fractura clave con la expulsión a finales de enero del embajador francés en Malí, Joël Meyer. París no obstante insiste en que la “trayectoria de ruptura con las autoridades de transición” malienses afecta al “conjunto” de los socios de la región y a los europeos que apoyan las diversas operaciones en el Sahel. De ahí la necesidad, insisten fuentes del Elíseo, de “reunir a los países implicados en el Sahel para ver qué consecuencias hay que sacar” de la situación y de la actitud de Bamako.

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Emmanuel Macron y Joe Biden, el pasado junio en Bruselas.
Emmanuel Macron y Joe Biden, el pasado junio en Bruselas.Brendan Smialowski (AP)

Los presidentes de Estados Unidos, Joe Biden, y Francia, Emmanuel Macron, consideran una “señal alentadora” el anuncio de Moscú de que va a empezar a retirar las tropas rusas estacionadas desde hace meses a lo largo de la frontera con Ucrania. No obstante, en una conversación telefónica de una hora de duración, ambos se mostraron de acuerdo en la necesidad de ser “prudentes” y, sobre todo, de poder “verificar” las afirmaciones rusas en una situación que sigue siendo muy “frágil”, dijo este martes el Elíseo.

“El desafío hoy es evaluar la calidad de los anuncios rusos sobre el fin de ciertas maniobras militares”, explicaron fuentes de la presidencia francesa tras la nueva entrevista telefónica de los mandatarios, que habían hablado por última vez el pasado sábado. Las frecuentes conversaciones —cuatro desde el comienzo de la crisis ucrania— se deben a la voluntad de Washington y París de continuar “perfectamente coordinados” ante Moscú, de acuerdo con el Elíseo. Tanto Biden como Macron coincidieron en que “hay que tomar nota de las medidas rusas” pero que también “hay que verificarlas, comprobar su alcance y significado”, según la presidencia francesa.

“Hay anuncios rusos, hay imágenes de un cierto número de hombres y material embarcados, pero sigue habiendo maniobras militares rusas aéreas, navales y terrestres de magnitud. Las maniobras rusas no han acabado (…) hay un indicio, pero el dispositivo militar ruso sigue siendo muy impresionante y para que vuelvan la confianza y la calma debe ser netamente reducido”, insiste París. “Muchas cosas son posibles” todavía en una situación que sigue siendo muy “frágil”, recalca.

Las tropas rusas regresando a sus guarniciones militares.

París considera que la promesa de retirada de tropas tras la conclusión de los ejercicios militares alegados para desplegarlas a lo largo de la frontera ucrania viene a reafirmar la estrategia de Macron a poco más de una semana de la visita de este a Putin en el Kremlin, pese a la “prudencia” con la que las dos partes subrayan que hay que tomarse todo anuncio ruso. Algo especialmente importante para el mandatario francés —sobre todo a dos meses de las elecciones presidenciales— después de que el Kremlin desmintiera tajantemente las afirmaciones del Elíseo de que Macron había logrado arrancar a Putin la promesa de que Rusia “no emprenderá nuevas iniciativas militares”.

“El movimiento de desescalada es conforme” a lo que Putin le dijo a Macron hace una semana, afirmaron las fuentes francesas, según las cuales lo fundamental es tener un “punto de partida”.

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“Buscamos una salida de la crisis y para ello hay que empezar en alguna parte. Un buen punto de partida es la reducción del dispositivo militar ruso en las fronteras de Ucrania (…) No extraemos más conclusiones, no es decir que lo anunciado sea la salida de la crisis, eso hay que construirlo y será gradual”, matizó el Elíseo. El objetivo, recordó, sigue siendo, además de la desescalada rusa en la frontera ucrania, “relanzar las negociaciones en el marco del formato de Normandía” sobre el Donbás y abrir a otros socios una discusión “más ambiciosa” en torno a la seguridad en Europa.

París adelantó que Macron conversará este miércoles también con el presidente chino, Xi Jinping. Aunque China no forma actualmente parte de las negociaciones, como miembro permanente del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas tiene “una responsabilidad particular en materia de mantenimiento de la paz y seguridad internacionales”, justifica Francia la inminente entrevista, en la que Macron le comunicará a su homólogo chino “el interés común en lograr que Rusia entre en un diálogo útil” con Francia y sus aliados.

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La agenda que llevó al presidente francés Emmanuel Macron a Moscú el lunes era de relevancia mundial: la crisis de Ucrania que amenaza con un nuevo enfrentamiento militar global. Pero el escenario que impuso para las discusiones su par ruso, Vladímir Putin, una gigantesca mesa blanca que mantuvo a los dos mandatarios a seis metros de distancia, acabó robándose buena parte del protagonismo de una cita seguida atentamente desde varias capitales del planeta y sigue siendo objeto de polémica, ahora en torno a la seguridad, sanitaria y hasta política, de los jefes de Estado.

Aunque Macron no ha sido el único dignatario obligado a sentarse al borde de ese mueble exagerado, muchos quisieron ver en el escenario una constatación del distanciamiento político entre dos líderes que, pese a diversos intentos, sobre todo de París, en los últimos años, no han logrado hacer cuajar una relación fluida. Metáforas diplomáticas aparte, las bromas y memes sobre la ya famosa mesa se han multiplicado desde entonces.

En las últimas horas incluso salió una teoría digna de la guerra fría y los tiempos de gloria del KGB: según la agencia Reuters, Macron rechazó hacerse una PCR rusa para evitar que Moscú se hiciera con su ADN. “No podíamos aceptar que se hicieran con el ADN del presidente”, dijo una fuente conocedora del protocolo del presidente francés a la agencia de noticias, sin hacer referencia, sin embargo, a que en su encuentro, que incluyó un almuerzo, ofrecía muchas otras formas menos rocambolescas de hacerse con una muestra genética de Macron.

Han sido tantos los rumores —y las chanzas— que Moscú y París se han visto obligados este viernes a desmentir, o al menos a matizar, el contexto. Cierto es, han confirmado ambos gobiernos, que el presidente francés rechazó hacerse una PCR rusa. Pero no hay que ver, insisten desde las dos capitales, amenazas de espionaje o mensajes subliminales tras ello.

“Algunos líderes siguen sus propias reglas y no contemplan el intercambio de pruebas para interactuar con el anfitrión. Tratamos esto con comprensión, es una práctica internacional normal”, dijo este viernes el portavoz del mandatario ruso, Dmitri Peskov, en un intento de quitar hierro a la decisión del dirigente francés, que se había realizado las pruebas necesarias para la detección del coronavirus antes de viajar a Moscú.

“Entra en el protocolo de medidas extra para proteger la salud de nuestro presidente y de nuestros invitados”, agregó Peskov, que rehusó aclarar ante la prensa si Putin entrega su prueba a los médicos de la parte invitada: “No me gustaría entrar en más detalles con esto. Dejemos algo fuera de lo público”.

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Una larga mesa separó a los presidentes ruso, Vladímir Putin, y francés, Emmanuel Macron, durante su encuentro el lunes en Moscú.
Una larga mesa separó a los presidentes ruso, Vladímir Putin, y francés, Emmanuel Macron, durante su encuentro el lunes en Moscú.Europa Press

Fuentes del Elíseo indicaron por su parte: “Las condiciones protocolarias que permitían una entrevista entre los dos jefes de Estado con una distancia menor [contacto con apretón de manos y mesa más pequeña] imponían un protocolo sanitario que no nos parecía ni aceptable ni compatible con las restricciones de agenda que teníamos”. Por ello, agregaron los franceses, visiblemente molestos con los rumores de presunto espionaje o amenazas a la integridad de Macron, se optó por “la otra opción propuesta por el protocolo ruso”, es decir, la inmensa mesa que ya ha utilizado Putin en otros encuentros políticos.

Cierto es que el presidente ruso no tuvo problemas en darse un efusivo abrazo el pasado 3 de febrero con el presidente argentino, Alberto Fernández, que está vacunado con la Sputnik y pasó posteriormente la enfermedad. Sin embargo, un día antes, el jefe del Kremlin había guardado la distancia de la mesa con el húngaro Viktor Orbán, uno de sus principales baluartes dentro de la Unión Europea, pero vacunado con la variante de la china Sinopharm.

Los requisitos médicos para reunirse con el presidente ruso suelen ser muy estrictos e incluyen varios test PCR e incluso en ocasiones han supuesto una cuarentena previa, como sucedió con los veteranos que fueron invitados a la celebración del primer Día de la Victoria de la pandemia. A pesar de ello, su entorno ha protagonizado varias polémicas. El propio Peskov reconoció en junio del pasado año no haberse vacunado porque decía tener inmunidad celular y anticuerpos tras haber contraído la enfermedad en mayo de 2020, y Putin afirmó en septiembre que “no una ni dos, sino decenas de personas” de su entorno más cercano habían enfermado de la covid.

La vacunación del mandatario ruso también ha sido motivo de debate. Tras la aprobación general de la vacuna Sputkiv V en diciembre de 2020, Putin dijo que esperaría hasta que hubiera una vacuna para su franja de edad. Meses después, en marzo de 2021, anunció que había sido inoculado contra el coronavirus en secreto, y en noviembre aseguró haber recibido la versión nasal de la vacuna como refuerzo.

Putin apenas ha abandonado el país desde el inicio de la pandemia, aunque en ningún momento se le ha visto con mascarilla. Con motivo de la inauguración de los Juegos Olímpicos de Pekín, hizo un viaje exprés en el que evitó al máximo el contacto con las autoridades tanto al aterrizar como en el estadio. Sin embargo, no tuvo problemas para estar cerca de Xi Jinping. Asimismo, esta semana recibió al presidente de Kazajistán, Kasim-Yomart Tokáyev, con quien departió separado por una pequeña mesa.

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No una, sino dos crisis internacionales trastocan inesperadamente el fin del primer mandato de Emmanuel Macron en el palacio del Elíseo y la campaña para la reelección.

Una crisis sucede en Europa, se origina en la amenaza de una ataque de Rusia a Ucrania y ha motivado esta semana una actividad frenética de Macron en busca de la desescalada. La otra tiene por escenario África: la ruptura entre Francia y la junta militar que gobierna en Malí puede precipitar la retirada francesa de este país y reavivar el fantasma de la retirada de Estados Unidos de Afganistán el pasado verano.

Ambas crisis, la del este de Europa y la del Sahel, llevaban tiempo gestándose, pero han estallado casi al mismo tiempo. Y en un momento delicado para Macron, quien busca el momento adecuado, pero parece no encontrarlo, para declararse candidato oficial en las presidenciales francesas. La elección a dos vueltas se celebra el 10 y el 24 de abril.

Otro punto en común entre ambas crisis: Rusia ha desplegado más de 100.000 soldados cerca de las fronteras con Ucrania, pero también está presente en África. Un detonante de la ruptura entre París y los golpistas de Bamako es la presencia en Malí de mercenarios de la empresa privada rusa Wagner. Hay ecos, en estas contiendas paralelas, de la Guerra Fría, cuando la Unión Soviética —una superpotencia mundial, a diferencia de la Rusia actual— echaba un pulso a Occidente en Berlín y en paralelo agitaba las revoluciones en el tercer mundo en plena descolonización.

Ucrania y el Sahel son terrenos donde se pone a prueba la capacidad de Francia y de la Unión Europea para influir en un mundo en tensión. La presión de Moscú a Kiev ha resucitado a la OTAN, organización que en 2019 Macron declaró en “coma cerebral”, y ha mostrado que, en casos de guerra y paz, la UE está lejos de disponer de la autonomía estratégica que anhela París. En el Sahel, Francia ensayó algo parecido a lo que podría ser una fuerza militar de una Europa soberana, pero el repliegue siembra dudas sobre el proyecto.

Macron, lógicamente, tiene un papel central en el conflicto del Sahel, pues fue Francia, con su antecesor, François Hollande, el país que lideró la intervención para frenar a los yihadistas en 2013 y, aunque participan otros países europeos, la vieja potencia colonial sigue dirigiendo las operaciones.

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Pero el presidente francés también ha intentado asumir la voz cantante en la crisis por Ucrania. Esta semana se ha reunido con el presidente ruso, Vladímir Putin, y con el ucranio, Volodímir Zelenski. No está claro si en nombre de la UE o de la OTAN, ni con qué mandato, pero tras consultar con sus socios y aliados se ha impuesto como el representante occidental de los esfuerzos por frenar la amenaza rusa.

François Heisbourg, consejero del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos y de la Fundación para la Investigación Estratégica, cree que la hiperactividad diplomática del presidente francés se explica porque hoy, en Europa, no hay nadie más con capacidad o voluntad de ejercer este papel. “[El primer ministro británico] Boris Johnson bastantes problemas tiene para gestionar su presupuesto de alcohol y pasteles en el 10 de Downing Street”, sonríe Heisbourg. “[El nuevo canciller alemán] Olaf Scholz todavía está en pleno aprendizaje de la política exterior y con una coalición que no ha construido una línea coherente en cuestiones de seguridad, por lo que Alemania no dispone de mucha movilidad. El único elemento móvil es Francia”.

El efecto, en Francia, es extraño. Mientras los rivales de Macron en la elección presidencial están embarcados en la campaña con todas sus miserias y golpes bajos, el favorito llama varias veces por semana a su homólogo estadounidense, Joe Biden, y al ruso Putin, vuela de París a Moscú y de ahí a Kiev, y después a Berlín. El gran tablero global en vez de la provinciana política local.

No es que Rusia y Ucrania estén ausentes del debate electoral. Hay un campo favorable a Putin o crítico con Occidente (la extrema derecha de Marine Le Pen y Éric Zemmour y la extrema izquierda de Jean-Luc Mélenchon) y otro europeísta y atlantista, el del propio Macron y de la candidata de la derecha moderada, Valérie Pécresse.

Mientras tanto, el presidente retrasa y retrasa la hora del anuncio de su candidatura. Y así la campaña no acaba de arrancar de verdad: todos esperan que Macron baje al fango.

Otra cosa es que la política internacional determine el resultado. “No pienso que tenga demasiada influencia en el plano electoral: en las elecciones francesas la política extranjera no hace ganar votos, aunque puede hacerlos perder”, dice Heisbourg, autor del ensayo Retour de la guerre (Retorno de la guerra). “El único impacto sustancial puede ser la subida de los precios de la energía si hay guerra”, agrega.

Macron corre un riesgo, “pero es bastante calculado”, opina este experto. “Si en los tres meses próximos no hay guerra”, añade, “si las discusiones diplomáticas se desarrollan en un ambiente de calma, no sumará votos, pero nadie le criticará. Y si hay una guerra, aparecerá como la persona que hizo todos los esfuerzos imaginables para impedirla”.

Otra cosa es el Sahel. La retirada de las fuerzas francesas pone en juego el prestigio y la credibilidad de Francia: el síndrome de Afganistán. “Es el típico tema que puede marcar el debate para la segunda vuelta de las presidenciales”, afirma Heisbourg. “Y es un riesgo que Macron no controla”, sentencia.

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