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El 15 de marzo, los primeros ministros de Polonia, República Checa y Eslovenia, Mateusz Morawiecki, Petr Fiala y Janez Jansa, junto con líder del partido ultraconservador polaco Ley y Justicia (PiS), Jaroslaw Kaczynski, viajaron a Kiev en tren en plena escalada bélica para demostrar su solidaridad con Ucrania ante la agresión rusa. Mientras, el primer ministro húngaro, Viktor Orbán, reivindicaba en Budapest, en el acto central de su campaña electoral, que su país debía mantenerse al margen de la guerra para proteger sus intereses y no mencionaba una sola vez al que ha sido su aliado, el presidente ruso, Vladímir Putin.

La imagen refleja la grieta que la invasión rusa de Ucrania ha abierto en el eje polaco-húngaro tras años haciendo piña ante Bruselas en un pulso a cuenta del Estado de derecho y la independencia judicial. Unidos por su deriva autoritaria e iliberal y por un discurso nacionalista de defensa de los valores tradicionales, los dos países tienen expedientes abiertos sobre la base del artículo 7 del Tratado de la UE, que permite suspender el derecho de voto al país que viole los valores fundamentales de la Unión.

“¿Polonia? El mejor país de Europa”, decía el pasado octubre Orbán en la cumbre de la UE sobre la posibilidad de que su socio fuese sancionado por la controvertida decisión de su Tribunal Constitucional, que colocaba al país al borde de la ruptura legal con la UE. Medio año más tarde, mientras Varsovia abandera la línea dura contra Moscú y realza su estatus internacional por su papel en la acogida de refugiados ucranios, Budapest se ha quedado sola en la UE por su tibia posición ante la guerra en Ucrania.

Refugiados ucranios hacen cola en el puesto fronterizo de Medyka, entre Polonia y Ucrania, el pasado día 25.
Refugiados ucranios hacen cola en el puesto fronterizo de Medyka, entre Polonia y Ucrania, el pasado día 25.Albert Garcia (EL PAÍS)

El signo más visible del divorcio (o separación temporal) ha sido la decisión de Polonia y de la República Checa de cancelar su participación en una reunión de ministros de Defensa en Budapest del Grupo de Visegrado, —un foro también llamado V4 en el que estos tres países y Eslovaquia cooperan en el marco de la Unión Europea—. El titular de Defensa polaco, Mariusz Błaszczak, renunció a acudir por “la actitud pro Putin de Orbán”, según una fuente del Gobierno polaco citada por el diario Rzeczpospolita. La primera en anunciar su ausencia, la ministra checa del ramo, Jana Cernochova, fue más dura en Twitter: “Siempre he apoyado el V4 y lamento mucho que el petróleo ruso barato sea más importante para los políticos húngaros que la sangre ucrania”. En la reunión, que hasta su cancelación estaba prevista para este miércoles y jueves, se iba a abordar la postura de Budapest ante la invasión rusa.

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Hungría ha preferido además a la organización ultraconservadora polaca Ordo Iuris para liderar una misión de observadores de las elecciones que celebra este domingo, las más reñidas desde que Orbán llegó por segunda vez al poder en 2010. Zoltan Kovács, secretario de Estado de Comunicación y Relaciones Internacionales, tuiteó el pasado domingo que el motivo es la “creciente preocupación sobre la imparcialidad” de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE), que también observará el domingo la limpieza de los comicios. Polonia y su ministro de Exteriores, Zbigniew Rau ocupa la presidencia de este organismo en estos momentos.

El distanciamiento de Polonia, la sexta economía europea, puede debilitar la posición de Budapest en Bruselas, pero Kovács no teme ningún tipo de aislamiento: “La posición nacional húngara nunca podrá quedar aislada, porque no actuamos según las expectativas de otros, sino de acuerdo a las de los ciudadanos húngaros”. La apuesta parece funcionar: a Orbán no le han afectado sus vínculos con Moscú, y llega a los comicios del domingo con una ligera ventaja sobre la lista unida de la oposición, una diferencia similar a la que venían reflejando las encuestas desde hace año y medio.

Línea roja

Orbán ha condenado la agresión rusa y se ha unido a las primeras rondas de sanciones europeas, pero ha puesto como línea roja las importaciones de gas y petróleo ruso por su alta dependencia energética (el 65% del petróleo y el 85% del gas en Hungría proceden de Rusia). El Gobierno ultraconservador de Budapest también aprobó que se reforzase la presencia militar de la OTAN en el oeste del país, pero rechazó enviar armas a Ucrania o que los envíos de otros países cruzasen su territorio. Todo, dice el líder de Fidesz, para preservar la paz y la seguridad, y mantener a raya los precios de la energía.

Frente a la posición de Orbán, Polonia no solo envía armas a Ucrania, sino que sirve de plataforma para el transporte de los equipos que mandan otros Estados. Depende también de la energía rusa, pero está dispuesta a buscar alternativas para cortar esas amarras. Quiere dejar de importar carbón de Rusia ya el próximo mayo y petróleo antes de que acabe el año, según anunció este miércoles el primer ministro, Morawiecki. Y donde el Gobierno húngaro se adelanta y dice, aunque nadie se lo ha pedido, que no enviará soldados, el polaco propone enviar una misión de paz de la OTAN a Ucrania, país del que tanto Hungría como Polonia son vecinos.

“Si me pregunta si estoy contento, le diré que no, pero voy a esperar a las elecciones. Veremos después”, dijo el líder polaco del PiS, Kaczynski, al ser preguntado en la radio pública polaca sobre la posición de Orbán ante la guerra en Ucrania. El presidente del país, Andrzej Duda, afirmó el pasado sábado en televisión que le resultaba “difícil de entender” la postura de Budapest frente a “la muerte de miles de personas”, aunque matizó que el primer ministro húngaro se halla en una “situación difícil” por ser “casi totalmente dependiente de Rusia”. El viceministro de Exteriores, Marcin Przydacz, calificó directamente la postura de Hungría de “errónea” guiada por el “cortoplacismo” electoral.

“Con todo el respeto, aceptamos la opinión de otros, pero en asuntos como la energía, las armas y los soldados, no podemos transigir, porque iría contra el interés nacional de Hungría”, respondió a este periódico el pasado lunes Kovács sobre las declaraciones de Kaczynski y Duda. “Entendemos la posición polaca y ellos deberían entender la húngara”, añadió el además portavoz internacional del Gobierno de Orbán, que incidió en que la postura de los Estados frente a la guerra en Ucrania “no es una cuestión de emociones, sino de intereses nacionales y perspectiva nacional”. “Hay muchas emociones ahí fuera y palabras muy fuertes, pero las decisiones se deben tomar con la cabeza fría”, afirmó, y mostró su confianza en la fortaleza de una relación entre los dos países que tiene siglos de historia común. “Está claro que, incluso antes, no estamos de acuerdo en todo siempre, y no es un problema”, concluyó.

La cuestión es que los desacuerdos y las distintas experiencias históricas que existían en Varsovia y Budapest sobre Rusia han cobrado una dimensión completamente distinta con la guerra en Ucrania. “Siempre ha habido un enfoque distinto, pero no importaba tanto”, apunta por teléfono Aleks Szczerbiak, profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de Sussex y especialista en política polaca contemporánea. “Ahora, la guerra ha eclipsado todo lo demás. A corto plazo, todo se ve a través de ese prisma. A largo plazo, cuando acaben los combates, veo muy probable que esa alianza resurja, porque las fuentes de desacuerdo con el mainstream liberal en la UE no han desaparecido. Simplemente, han dejado de ser la prioridad”, agrega.

Hace unos meses habría sido impensable que el presidente de Estados Unidos, Joe Biden, eligiese el Castillo Real de Varsovia para lanzar un discurso tan importante como el del pasado sábado. Biden había criticado en el pasado al Gobierno ultranacionalista polaco, que apostaba en 2020 por la reelección de Donald Trump y tardó semanas en reconocer la victoria del candidato demócrata.

La cuestión ahora es si Varsovia volverá a las andadas cuando callen las armas u optará por aprovechar el capital político que ha ganado en esta crisis para soltar lastre con Hungría y mejorar sus relaciones con el resto de la UE. En palabras de Szczerbiak, está por ver si el conflicto bélico va a “reformatear [las alianzas] o solo las está reordenando temporalmente”.

Joe Biden, durante su discurso en el Castillo Real de Varsovia, el pasado sábado.
Joe Biden, durante su discurso en el Castillo Real de Varsovia, el pasado sábado. Slawomir Kaminski (REUTERS)

István Kiss, director del Instituto Danubio, un centro de estudios financiado por el Gobierno húngaro, descarta que la relación histórica entre Polonia y Hungría pueda estar en un punto de ruptura y considera que los comentarios de los dirigentes en Varsovia “están dirigidos sobre todo a la población polaca”.

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La letra zeta, convertida en símbolo por los defensores de la guerra de agresión que ha lanzado Vladímir Putin contra Ucrania, está en el punto de mira de las autoridades alemanas. Exhibirla como expresión de apoyo a la invasión puede llegar ahora tener consecuencias penales. “Todo el mundo puede expresar su opinión en Alemania”, aseguró el ministro del Interior bávaro, Georg Eisenreich, que lanzó esta advertencia: “Pero la libertad de expresión termina donde empieza el Código Penal”.

Dos Estados alemanes han alertado ya de la exhibición, en manifestaciones y otros actos públicos, de la zeta blanca que empezó a aparecer pintada en los vehículos militares rusos al inicio de la invasión de Ucrania. Hay distintas teorías sobre su significado —para algunos expertos podría ser una abreviatura de la frase “por la victoria”; otros opinan que podría equivaler a “Oeste’”—, pero de lo que no hay duda es de que se ha convertido en una muestra de apoyo a la invasión de Ucrania.

Tanto Baviera como Baja Sajonia han anunciado que sus fiscalías van a estar muy pendientes de este tipo de manifestaciones y que van a perseguirlas penalmente. La ministra del Interior de Berlín anunció también que actuarán ante la exhibición pública de este símbolo y varios grupos parlamentarios en otras regiones quieren que se prohíba explícitamente. “La Z como símbolo del fascismo de Putin debería prohibirse en toda Alemania”, escribió en su cuenta de Twitter el liberal Joachim Stamp, ministro de Familia, Refugiados e Integración en Renania del Norte-Westfalia.

La policía de ambos Estados tiene orden de verificar si el uso de la Z está relacionado con la guerra de Ucrania y, de ser así, denunciar a los autores. Quienes “expresen públicamente su aprobación a la guerra de agresión del presidente ruso Putin contra Ucrania utilizando este símbolo se enfrentarán a consecuencias penales”, advirtió el ministro del Interior de Baja Sajonia, el socialdemócrata Boris Pistorius. La persecución de estos delitos se ampara en la aplicación de un artículo del Código Penal alemán, el 140, que prohíbe apoyar actos ilegales que perturben el orden público. Se castiga con multas y hasta tres años de cárcel.

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¿Cómo prohibir una letra?

La aplicación de esta prohibición plantea muchas dudas porque, a diferencia de otros símbolos claramente reconocibles, la Z de apoyo a la guerra es simplemente una letra del alfabeto latino. El Gobierno federal admite que no será sencillo demostrar cuándo se usa como exaltación del sangriento ataque contra Ucrania, por lo que deja esa interpretación en manos de los tribunales a los que lleguen estas denuncias. “La letra zeta como tal, por supuesto, no está prohibida”, aseguró el lunes un portavoz gubernamental. “Sin embargo, en casos individuales, su uso puede representar la aprobación de la guerra de aprobación rusa y, por tanto, estar prohibido de acuerdo con el Código Penal”.

Las autoridades tienen conocimiento de que este símbolo ya se está utilizando en Alemania, añadió el portavoz. Por ahora, su uso se ha limitado a pintadas callejeras, aunque también se ha visto en carteles en actos públicos. Hay constancia asimismo de actos vandálicos, como lonas de camiones rajadas siguiendo la silueta de la letra zeta, que la policía va a considerar como daños a la propiedad. “La guerra de agresión rusa contra Ucrania es delictiva”, subrayó el portavoz del ministerio del Interior alemán. “Por eso, quien la apoye públicamente podrá ser procesado. Acogemos con satisfacción los anuncios realizados por varios Estados federales de que examinarán estos casos”, añadió.

A medida que avanza la invasión, el símbolo Z se ha ido extendiendo a las redes sociales, a carteles publicitarios, a fachadas de edificios e incluso a pegatinas por toda Rusia. También se comercializan camisetas y sudaderas con la letra, que no existe en el alfabeto cirílico. Hace unos días, el gimnasta ruso Ivan Kuliak se subió al podio en la Copa del mundo de gimnasia de Catar con la Z bordada en la camiseta. La Federación Internacional de Gimnasia aseguró en un comunicado que le abrirá un procedimiento disciplinario.

La popularidad de este símbolo ha crecido tanto que la aseguradora suiza Zurich ha decidido retirar la Z de su logo (la letra en color blanco sobre un fondo azul) en redes sociales porque no quiere que se entienda erróneamente como un apoyo a Rusia en el conflicto. En los avatares de la compañía en Twitter y Facebook aparece ahora el nombre completo sobre fondo azul. “Dejamos de usar temporalmente la zeta en nuestras redes sociales, donde aparece por separado y podría ser malinterpretada”, declaró la compañía a Reuters.

En Alemania, representantes de todas las formaciones políticas se han manifestado a favor prohibir la Z en los espacios públicos por considerarla comparable a otros símbolos anticonstitucionales. El Código Penal alemán prohíbe varios de ellos explícitamente en otro de sus artículos, el 86: la esvástica, el saludo hitleriano y el himno del partido nazi. La esvástica no se puede usar en banderas, insignias, uniformes, ni el himno en saludos o canciones bajo amenaza de multas y penas privativas de libertad de hasta tres años.

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Las hojas volanderas y los pasquines se esparcen hoy a través de las pantallas. Es ahí, en el ciberespacio, donde se dilucida principalmente la guerra de la información y la propaganda. Pero no todo se cocina en inexpugnables centros de máxima seguridad de Kiev, Moscú, Bruselas o Washington. Desde una torre de 25 alturas de Kiev asomada a las disputadas localidades del noroeste, Oleksii Stanchevskii ejerce de soldado en esa batalla mientras suenan de fondo las detonaciones que llegan de la línea del frente.

Las armas de este periodista y community manager de 28 años son las redes sociales, principalmente Telegram y Viber. Forma parte de una tupida red de activistas diseminados por toda Ucrania que tratan de tener a buen recaudo las vías por las que llega la información a la ciudadanía. Son conscientes, sin embargo, de que ese flujo de datos que manejan y esa población a la que tienen acceso también son objetivo de los rusos.

“Desde luego, nuestra posición es pro-Ucrania. No podemos decir que lo que hacemos es claramente periodismo, pero es un trabajo que desarrollamos para defendernos, por eso no podemos dar toda la información de que disponemos”, aclara Stanchevskii. Es decir, evitan comunicar las posiciones de las tropas locales, de los lugares exactos de los ataques y también frenan la publicación de imágenes de muertos o muy escabrosas que puedan minar la moral de los ciudadanos. “Queremos dar a la gente esperanza y seguridad y alejarlos de los chismes. Nos llegan muchos vídeos o fotos que no podemos publicar”, reconoce el activista sin negar su veracidad.

Conscientes de la importancia de las redes sociales y de su capacidad de llegar hasta el mismo tuétano de la sociedad del país invadido, los rusos las emplean también en su propio beneficio dentro de Ucrania. Así ha ocurrido en enclaves que han caído bajo su poder como Berdiansk o Melitopol, en el sur del país, donde han conseguido a través de los móviles infiltrarse, intoxicar y despistar a los habitantes para tratar de ganárselos, señala Stanchevskii. “Los rusos tienen una táctica. Cuando ocupan una ciudad tratan de controlar la infraestructura local. Van a los periodistas locales y, si estos no colaboran, pillan las claves (de sus redes sociales) y se apropian de los canales”, explica.

Reporteros Sin Fronteras ha denunciado el secuestro por los rusos del padre de la periodista Svitlana Zalizetska con el objetivo de canjearlo a cambio de obtener el control del medio que ella dirige, RIA-Melitopol. El hombre, de 75 años, fue finalmente liberado en la noche del viernes y Zalizetska ya no controla el medio que dirigía, según Reporteros Sin Fronteras (RSF).

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En un canal de Telegram llamado Berdiansk Mañana con unos 6.000 seguidores puede verse al que se ha erigido como nueva autoridad de esa ciudad desde que cayó en manos de los rusos dirigiéndose a la población como si fuera una especie de alcalde. Esa nueva autoridad lanza mensajes en los que trata de convencer a los vecinos de que la vida en la ciudad ha vuelto a la normalidad, así como el restablecimiento de los servicios de emergencia. También anuncian el lanzamiento de canales de radio y televisión en lengua rusa, publicaciones de bajas entre las filas ucranias en nombre del Ministerio de Defensa ruso o mensajes contra el Gobierno del presidente ucranio, Volodímir Zelenski, al que tachan de “fascista” y al que acusan de utilizar al pueblo como escudo humano. Hasta difunden vídeos con alocuciones del presidente ruso, Vladímir Putin.

A diferencia del grupo Berdiansk Mañana, en el de Berdiansk Hoy, con 43.000 seguidores, avisan sobre las sirenas que alertan sobre posibles ataques aéreos, sobre cómo recibir ayuda humanitaria, el funcionamiento de bancos, las evacuaciones, direcciones de tiendas y comercios o el horario de autobuses. En definitiva, “cómo vivir”, puntualiza Stanchevskii. Algunos de los ucranios consultados por EL PAÍS en estas semanas que han transcurrido de conflicto reconocen que los canales a los que acceden desde sus teléfonos móviles son la principal fuente de información y sobre lo que leen en ellos acaban tomando decisiones en su día a día. Una mujer de la región de Mikolaiv contó que fue evacuada a Lviv junto a sus hijos gracias a un listado organizado por las autoridades locales a través de Telegram.

Stanchevskii no dispone de más medios materiales que cualquier otro ciudadano para desarrollar su activismo. Es más, este sábado ni siquiera tiene acceso a la electricidad ni a internet en su casa. Pero no se desanima. Él y otros activistas llevaban meses preparándose para lo que se les vino encima el pasado 24 de febrero con la orden del presidente ruso de abrir la caja de los truenos en forma de invasión del país. Entre los informes que maneja destaca La muerte de Putin, que muestra junto a otro, El modelo de defensa territorial de Ucrania, ambos editados por el centro de estudios Instituto Ucranio por el Futuro. Pero el community manager reconoce que su trabajo ahora está a pie de calle, a pie de Telegram. “Apostamos por los contenidos positivos para no poner a la población nerviosa. Cada día al atardecer publicamos una broma o un meme para intentar que la gente se vaya a dormir en paz”.

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Más de 900 civiles muertos, según Naciones Unidas, una cifra que la propia organización asume subestimada. Tres millones y medio de refugiados, seis millones y medio de desplazados internos. Un éxodo constante de personas que huyen de los ataques. Hospitales bombardeados. Escuelas destruidas. Ciudades barridas casi hasta los cimientos. La guerra de Vladímir Putin contra Ucrania cumple un mes con todo su potencial destructivo, en medio de una feroz contraofensiva de las fuerzas ucranias, que resisten —como una ciudadanía que ha aprendido a vivir bajo las bombas—, pero con un coste altísimo.

El Kremlin no obtuvo el fácil paseo para invadir Ucrania que esperaba. Con las negociaciones para poner fin a la guerra prácticamente estancadas y una lluvia intensa de sanciones occidentales que han atacado a la línea de flotación de la economía rusa, Putin mantiene la ofensiva. Sin apenas avances desde hace días y sin haber obtenido grandes victorias en la invasión, el líder ruso ha pasado a aplicar una política de tierra quemada para subyugar a Kiev en su “operación militar especial” para “desnazificar”, “desmilitarizar” y proteger a las personas rusoparlantes de un país que parece querer fulminar.

Como Mariupol, la ciudad portuaria del mar de Azov, símbolo de la guerra de Putin contra Ucrania y donde aún quedan 100.000 personas atrapadas bajo los brutales ataques contra una urbe arrasada, donde no hay agua, electricidad, calefacción y casi alimentos desde hace semanas y los combates calle a calle entre las tropas ucranias y los soldados rusos son continuos. O Chernígov, en el noreste del país, una ciudad cerca de la frontera con Bielorrusia —país que Putin utilizó como trampolín para la invasión— sometida a constantes bombardeos y prácticamente sitiada por las fuerzas rusas desde hace 12 días. La defensora de Derechos Humanos de Ucrania, Ludmila Denisova, ha denunciado este miércoles que las tropas del Kremlin han dinamitado el puente sobre el río Desna, la única vía que quedaba para la evacuación de la población civil y llevar ayuda humanitaria y que mantienen así a los habitantes de Chernígov como rehenes de su agresión militar.

Vista aérea de la destrucción de un edificio en un bombardeo en Borodianka, en la región de Kiev, el pasado 3 de marzo.
Vista aérea de la destrucción de un edificio en un bombardeo en Borodianka, en la región de Kiev, el pasado 3 de marzo. MAKSIM LEVIN (REUTERS)

Cortar los suministros básicos, las comunicaciones y cualquier cordón umbilical de las ciudades con el resto del país es el primer paso del asedio ruso. También trata de forzar su estrategia de ahogar a la población en Járkov, la segunda ciudad del país, de mayoría de población rusoparlante y a solo unos 40 kilómetros de la frontera Rusia. Las fuerzas rusas están tratando de rodearla y está bajo el fuego constante.

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El ensañamiento y la devastación están motivados por la falta de impulso de las fuerzas rusas. Con grandes problemas logísticos, de moral y de movimiento, las tropas enviadas por Putin están estancadas en el escenario ucranio. El campo de batalla del norte del país se ha mantenido prácticamente estático desde hace días. Aunque esa parálisis significa probablemente que Rusia se está reorganizando antes de lanzar operaciones ofensivas a gran escala, ha advertido el servicio de espionaje británico.

El Kremlin, que niega los ataques a civiles, ha hecho sus mayores avances en el flanco sur, donde ya controla el mar de Azov y casi toda las ciudades de la costa —Mariupol resiste, pero los analistas militares dudan de por cuánto tiempo—; también ha capturado Jersón, una ciudad portuaria de unos 290.000 habitantes, su logro más importante. Ahora, las fuerzas de Putin están tratando de avanzar hacia el este, hacia Odesa, el principal puerto de Ucrania y una ciudad largamente ansiada por el jefe del Kremlin y el nacionalismo ruso.

La batalla de Kiev

Kiev, uno de los principales objetivos militares y gran objetivo político de Putin, sigue casi intacta pese a los bombardeos que la sacuden a diario. Con todo el simbolismo que tiene la ciudad para el líder del Kremlin, que asegura que rusos y ucranios son “un mismo pueblo” y “descendientes” del primer Estado eslavo, el Rus de Kiev, un imperio medieval fundado por vikingos en el siglo IX y cuyo corazón era Kiev, una ciudad que ucranios y rusos reclaman como cuna de sus culturas, religión e idioma.

“Cada ciudad cumple un papel, pero la primera misión de Rusia es controlar Kiev. El resto de operaciones van encaminadas a apoyar esa”, comenta John Spencer, militar estadounidense retirado y reconocido experto en combate urbano. Hasta el momento, los choques no se han acercado al centro de la ciudad y se mantienen en poblaciones al norte de la capital, a unas decenas de kilómetros del centro. El Ejército ruso llegó en apenas un par de días a localidades como Bucha, Irpin o el aeródromo de Hostomel, pero en todo marzo no ha logrado ganar más terreno hacia el sur.

“Los rusos minusvaloraron los recursos y el número de tropas que les haría falta para tomar Kiev y cuando intentaron atacarla no consiguieron penetrar más allá de la periferia de la ciudad”, coincide el analista militar Jesús Román desde Kent (el Reino Unido). El vídeo grabado por un vecino en una calle de Bucha el domingo 27 de febrero, donde aparece una columna de carros de combate rusos calcinada, supuso una de las primeras sorpresas de la guerra. La grabación de varios minutos se hizo viral y sirvió para elevar la moral de los ucranios. “Rusia no ha movilizado suficientes fuerzas para controlar todas esas localidades más pequeñas”, entiende Spencer.

Un hombre arrodillado ante el cuerpo de una víctima de un bombardeo contra una zona residencial de Járkov, el 24 de febrero.
Un hombre arrodillado ante el cuerpo de una víctima de un bombardeo contra una zona residencial de Járkov, el 24 de febrero. Anadolu Agency (Anadolu Agency via Getty Images)

La amenaza de que Rusia despliegue su potencial de fuerza aérea, sin embargo, está sobre la mesa. Sería todavía más brutal. De ahí las intensas peticiones del presidente ucranio, Volodímir Zelenski, para que la OTAN imponga una zona de exclusión aérea; algo que la OTAN ya ha rechazado. Por ahora, Putin no ha podido imponerse por el aire porque la fuerza aérea ucrania, sus armas antiaéreas y los manpads (man-portable air-defense system, sistemas antiaéreos portátiles) proporcionados por sus aliados han ganado la partida desde tierra. Pero con sus ataques constantes a las infraestructuras militares y civiles básicas, como aeropuertos, puentes, almacenes, estaciones de tren, el Kremlin quiere también arrebatar a Kiev una ventaja logística que le ha permitido resistir durante un mes.

“Putin ha minusvalorado el potencial de las tropas ucranias y el deseo de combatir de la población”, opina el analista Spencer. “Ha sido un gran error de los rusos el continuar moviendo tanques sin apoyo de infantería y un gran éxito para los ucranios haber destruido tantos tanques” sin los que es casi imposible tomar ciudades, añade el experto estadounidense. Sin embargo, la lucha por las ciudades, con algunas excepciones, suelen ser campañas de desgaste y un nivel muy alto de destrucción. “Si Moscú trata de tomar Kiev, veremos muchísima destrucción”, pronostica Jesús Román.

Para Román, “ralentizar todo lo posible el avance de las tropas rusas, crear inseguridad en sus líneas logísticas y ocupar tropas en otros lugares del teatro de operaciones significa forzar a Rusia a emplear más recursos de los que les gustaría, diseminar sus esfuerzos y desgastar su voluntad de combatir. Cada día que Ucrania no pierde, Rusia no gana y una solución política está más y más cerca”.

Un hombre se despide de su esposa e hijo, a punto de partir en un tren a Lviv desde la estación de Kiev, el pasado 3 de marzo.
Un hombre se despide de su esposa e hijo, a punto de partir en un tren a Lviv desde la estación de Kiev, el pasado 3 de marzo. Emilio Morenatti (AP)

De momento, las pérdidas de Rusia son grandes. Esta semana, el diario pro-Kremlin Komsomolskaya Pravda publicó una información en la que cifraba en “9.861 los soldados muertos en acción, según el Ministerio de Defensa de Rusia”. Horas más tarde, la noticia había desaparecido por completo de la web del diario y sus responsables aseguraron que habían sido víctimas de un ataque informático. En Rusia está prohibido llamar guerra a la “operación militar especial” de Putin y también dar otros datos que no sean los oficiales del Gobierno.

Armas químicas

Estados Unidos ha elevado la advertencia, además, de que Rusia puede estar preparando ataques con armas químicas. Ucrania asegura que ya se ha usado fósforo blanco, capaz de causar quemaduras muy graves, y que tiene información de que Moscú se está moviendo para ampliar el uso de otras armas químicas o biológicas. Kiev ha dado, además, la voz de alarma de que Putin está tratando de arrastrar a la guerra a Bielorrusia, el vecino del norte de Ucrania y que el Kremlin ya usó como trampolín para la invasión, con el líder autoritario bielorruso Aleksandr Lukashenko totalmente dependiente de Moscú.

Las tropas del Kremlin no han conseguido romper las líneas de defensa ucranias, el Ejército invasor ha sufrido importantes bajas humanas y materiales y el Gobierno que lidera Zelenski ha visto reforzado su apoyo popular tras decidir quedarse en el país y mantener una frenética actividad tanto en la escena internacional como hacia sus propios ciudadanos. El líder ucranio, convertido en un símbolo para muchos, ha sido crucial para la resistencia. Ahora, cuando las conversaciones con Rusia para lograr un alto el fuego apenas se mueven, Zelenski mantiene una apretadísima agenda para recabar apoyo internacional y ha hecho llamamientos —personalizando su mensaje en cada país— en los Parlamentos de Estados Unidos, el Reino Unido, Israel, Japón, Italia y Francia. Este martes habló con el papa Francisco.

Cuando el presidente estadounidense, Joe Biden —que pese a la incredulidad de muchos alertó sobre la invasión— está viajando hacia Europa para conversar con sus aliados sobre la guerra y se prepara para aplicar nuevas sanciones a Rusia, la OTAN ha anunciado que reforzará su presencia en su flanco oriental, duplicando tropas en Bulgaria, Hungría, Rumania y Eslovaquia.

En las últimas cuatro semanas, el paisaje de Ucrania ha cambiado por completo. Las ciudades están blindadas con cientos de barreras de hormigón, metal, sacos terreros. Se han cavado trincheras e incluso en los puntos más estratégicos hay tanques apostados y francotiradores en posición. Miles de civiles armados, las milicias ciudadanas, conforman un tupido cinturón que espera a las tropas rusas y protege las infraestructuras civiles. La mayoría de los que se han quedado se han impuesto el objetivo de resistir y luchar: desde los voluntarios que reparten comida y bienes de primera necesidad o cavan trincheras hasta las personas que gestionan los refugios o las partisanas del ciberespacio. La resistencia civil se ha demostrado clave para frenar la invasión.

“Todos los soldados temen la guerra urbana. Los ucranios han hecho un gran trabajo al preparar sus ciudades para hacer que los rusos paguen un alto precio si entran”, entiende John Spencer, responsable de Guerra Urbana en el Madison Policy Forum de Nueva York.

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Joe Biden, durante una videollamada con Emmanuel Macron, Boris Johnson y Olaf Scholz el pasado 7 de marzo.
Joe Biden, durante una videollamada con Emmanuel Macron, Boris Johnson y Olaf Scholz el pasado 7 de marzo.Adam Schultz (AP)

La Casa Blanca ha redoblado este lunes el frente diplomático occidental ante la guerra de Ucrania mediante una conferencia telefónica del presidente Joe Biden con su homólogo francés, Emmanuel Macron; el canciller alemán, Olaf Scholz, y los primeros ministros del Reino Unido, Boris Johnson, e Italia, Mario Draghi. El objetivo de la llamada, que se produce dos días antes de que Biden viaje a Europa para abordar in situ la situación con los aliados, era “discutir respuestas coordinadas al ataque injustificado y no provocado por parte de Rusia contra Ucrania”.

Según el comunicado difundido por la Casa Blanca, “los líderes intercambiaron su profunda preocupación sobre las tácticas brutales de Rusia en Ucrania, incluidos sus ataques contra civiles. [Los cinco] Subrayaron su continuo apoyo a Ucrania, brindando asistencia de seguridad a los valerosos ucranios que defienden su país de la agresión rusa y ayuda humanitaria a los millones de personas que han huido de la violencia. Los líderes también revisaron los esfuerzos diplomáticos recientes en apoyo del esfuerzo de Ucrania por alcanzar un alto el fuego”, explica lacónicamente el texto.

En Bruselas, Biden participará este jueves en una cumbre extraordinaria de la OTAN, en la que coincidirán todos ellos, así como en el Consejo Europeo. El único que no estará presente será Johnson. El mandatario demócrata, que acude en calidad de invitado, también asistirá a una reunión del G-7. El viernes y el sábado viajará a Polonia, donde mantendrá un breve encuentro con su homólogo, Andrzej Duda.

Desde el inicio de la guerra, hace casi un mes, Biden ha venido manteniendo contactos con dirigentes europeos de forma periódica varias veces por semana. Además de con los mandatarios citados, en algunas ocasiones se han sumado a las videollamadas la presidenta de la Comisión Europea, Ursula Von der Leyen, y el presidente del Consejo Europeo, Charles Michel.

A medida que se prolonga la contienda —este jueves hará un mes de la invasión—, entre las preocupaciones de EE UU y sus aliados figura la imprevisible respuesta de Moscú, que ha hallado mucha más resistencia en Ucrania de la prevista. Por eso, entre las amenazas potenciales que contemplan destaca la posibilidad de una nueva andanada de ciberataques para yugular infraestructuras básicas en Occidente. Antes de conversar con los dirigentes europeos, Biden ha alertado este lunes de que Moscú podría redoblar sus ciberataques contra objetivos estratégicos estadounidenses a causa del “coste económico sin precedentes que hemos impuesto a Rusia”, ha dicho, en alusión a la batería de sanciones adoptadas contra el Kremlin.

La advertencia de Biden se producía al tiempo que la Casa Blanca recomendaba a las empresas que brindan servicios esenciales reforzar su defensa cibernética “por amenazas digitales en curso de Rusia”, explicó Ane Neuberger, responsable de ciberseguridad de la Casa Blanca. El Gobierno de EE UU ha visto una “actividad preparatoria de piratería [de Rusia] contra numerosas empresas estadounidenses”, aunque “no tiene certeza” de que los ataques vayan a concretarse. La potencial amenaza se basa en “datos de inteligencia actualizados”, indicó la funcionaria. La Administración ha impartido recientemente sesiones informativas a cientos de empresas que pueden ser objetivo de los piratas informáticos rusos. Los ataques contra uno de los mayores oleoductos del país, en mayo pasado, y una importante planta procesadora de carnes, un mes después, mostraron la vulnerabilidad de infraestructuras críticas para el aprovisionamiento de energía y alimentos en el país. Ambos fueron atribuidos a ciberpiratas rusos.

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Tanques de fuerzas prorrusas, este domingo cerca de Mariupol.
Tanques de fuerzas prorrusas, este domingo cerca de Mariupol.ALEXANDER ERMOCHENKO (REUTERS)

La directiva de Vladímir Putin a sus Fuerzas Armadas sobre las operaciones a llevar a cabo en Ucrania, y su propósito, parte esencial de la misma, son desconocidos, pero susceptibles de ser estimados merced a los diferentes esfuerzos tácticos de sus tropas de invasión, los efectos de sus acciones y las consecuencias generadas, de tal forma que se podría realizar un balance muy aproximado sobre la satisfacción de las premisas del presidente ruso con el curso de su guerra, y también se apreciaría la eficiencia militar rusa en la ejecución, al parecer con luces y sombras.

Para ese balance operacional será necesaria la traza de sus movimientos, la influencia del terreno, la velocidad de consecución de los objetivos militares rusos, los medios utilizados, el funcionamiento de su logística, etcétera, y algo de gran importancia, la actitud y eficacia de las Fuerzas Armadas ucranias, que bajo un fuerte liderazgo político han implementado, en un plazo muy breve, una estrategia compuesta, a base de las acciones convencionales de sus ejércitos y las” irregulares” de sus ciudadanos con una somera preparación militar y la utilización de procedimientos expeditos y armamento ligero.

Por lo que se está comprobando a través de las informaciones disponibles, en el ideario de Putin se trataría de anexionar, definitivamente, los territorios ucranios de mayoría rusófona a la Federación de Rusia, desde el Donbás hasta Moldavia (Transdniéster), de derribar el Gobierno prooccidental de Ucrania, y de disuadir a la OTAN, y a la UE, de sus políticas sobre “el extranjero próximo ruso” (así habría que interpretar el bombardeo ruso del día 17 sobre el aeropuerto de la ciudad de Lviv, cercana a Polonia); a estas finalidades habría que añadir, en esta nueva fase, la implementación de un castigo colectivo al pueblo ucranio, por otra parte no novedoso en la historia reciente.

Esta pretensión supone la intención de deponer al Gobierno actual de Ucrania, de ahí su esfuerzo principal sobre Kiev, la asfixia económica, energética y social del Estado ucranio, la destrucción de sus centros vitales de producción, la eliminación de su salida al mar Negro y el de Azov, vieja aspiración imperial y soviética, provocando un terror general, a modo de castigo, en las grandes ciudades, que genere una marea de refugiados, siempre problemática para las sociedades occidentales que las reciben; finalmente, el recuerdo a Occidente de la clave de su doctrina nuclear, su disposición al primer uso de la misma (First Use) como disuasión a toda intervención.

Es muy posible que la situación actual de las operaciones no concuerde con el estado final deseado por Putin, debido a los obstáculos encontrados por las tropas rusas, y que en este momento de evaluación se proceda a una reorganización de sus unidades, incluso detrayendo efectivos destacados en otros países de clara influencia rusa, como Armenia, Georgia (Osetia del Sur) e incluso Tayikistán, ante la imposibilidad táctica de compensar internamente, en el teatro ucranio, unidades del sur hacia el norte y viceversa, pues ambas zonas de operaciones son exigentes por las pérdidas sufridas; no hay que olvidar que las operaciones de cerco a las ciudades consumen muchos efectivos.

Es evidente que el esfuerzo principal de la invasión es el Norte-Sur que conduce a Kiev, pues su consolidación hubiera privado de liderazgo y dirección general de la guerra al bando ucranio, ahora reorganizado con la creación de un Mando Conjunto cívico-militar para la defensa de Kiev; sin embargo, este esfuerzo no ha conseguido sus objetivos, por cuestiones de todo tipo, en especial logísticas, de movilidad y de eficacia de la resistencia ucrania a la progresión.

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Se destaca la importancia de Crimea, como base de partida de fuerzas, de ahí su incorporación a Rusia desde 2014, posiblemente en los planes futuros de Putin, donde se genera un segundo esfuerzo de apoyo que se abate en tres direcciones : La Este-Oeste con la finalidad de consolidar el cerco de ciudades como Mykolaiv, todavía resistentes, y proseguir en dirección a Odesa; la Sur-Norte, interesando las centrales nucleares que abastecen de energía al sur de Ucrania, para proseguir, en su caso, sobre el curso del río Dniéper; una tercera en dirección Oeste-Este, para tomar el control de la ciudad de Mariupol, con el objetivo de cerrar sobre las provincias prorrusas del Donbás (inicialmente sobre Donetsk) y posiblemente con la intención de embolsar los dispositivos ucranios en la zona, en combinación con fuerzas rusas procedentes, quizás de Járkov (sobre Lugansk inicialmente) y, finalmente, un cuarto esfuerzo naval (14 barcos anfibios y de apoyo) que se estaría posicionando y realizando operaciones de toma de contacto (bombardeos) frente a Odesa, dispuesto para una operación anfibia que enlace con las anteriores, en su momento.

Soldados ucranios cubren los cuerpos de unos fallecidos tras el ataque ruso a una escuela militar en Mykolaiv, este sábado.
Soldados ucranios cubren los cuerpos de unos fallecidos tras el ataque ruso a una escuela militar en Mykolaiv, este sábado.BULENT KILIC (AFP)

El valor de Crimea se incrementa, sin duda, por la ubicación, al parecer, de varias unidades de misiles Iskander-M, con capacidad nuclear y convencional, con un alcance de 500 kilómetros, en el límite de la antigua prohibición de desplegar misiles de alcance intermedio en Europa (Tratado INF, hoy obsoleto).

La situación, después de 25 días de operaciones, con muchas sombras, sin duda, no se parecería, del todo, al estado final deseado por Putin en esta primera fase, ya que ha conseguido una penetración general en todas la fronteras con Ucrania, alcanzando o cercando los objetivos energéticos, impulsando una emigración acelerada hacia Occidente y cerrando, prácticamente, la salida al mar de su vecino defensor, arruinando por lustros su economía, aunque por el momento la toma de las grandes ciudades les sea negada a los rusos por la necesidad de grandes efectivos; quizás la mayor desviación sobre lo esperado sea el factor tiempo, que ha servido para la aparición de una gran reacción mundial hostil, la implementación de sanciones económicas cada vez más eficaces, y la reafirmación de que la OTAN y una UE más fortalecida son más necesarias que antes, a la par del incremento del presupuesto de Defensa de varios países miembro.

Es muy posible que se haya producido un cambio de fase, por el severo desgaste a que les han sometido la defensa ucrania y las reducidas comunicaciones, no previstas suficientemente, con la sustitución rusa de unidades, ligeras, aerotransportadas, aeromóviles y paracaidistas, más sutiles, por una segunda línea fuerte en carros de combate, artillería de campaña y lanzacohetes, típica de la más antigua doctrina militar rusa, por el empleo preponderante de su misilística y el progresivo aumento de las acciones aéreas; aspectos que promoverán, aún más, la destrucción de las infraestructuras y ciudades sitiadas, evitando el combate en población intenso con personal no muy cualificado.

Es de destacar, en el ritmo de progresión ruso, su factor humano, de alguna forma motivado para “unas maniobras” que han desembocado en una invasión, después de un adiestramiento en las fronteras norte y este, largo y duro, con privaciones; también el retraso de la invasión, que hubiera tenido más velocidad en una época más temprana, con un terreno endurecido por la helada, en lugar de la impracticabilidad del barro ucranio, muy conocida por los rusos por otra parte, que les liga a las vías de comunicación, con columnas interminables, mala gestión de la circulación y gran consumo de combustible, hostigadas espléndidamente por las tropas de los invadidos.

Es de destacar la todavía reducida presencia detectada, quizás neutralizada, de los spetsnaz rusos (tropas especiales pertenecientes al Servicio de Inteligencia Militar ruso, el GRU), que preparan las acciones penetrando previamente en profundidad, actuando al amparo de las tácticas híbridas.

Pero por encima de todo brilla el factor humano, el soldado ucranio, el ciudadano militarizado, que comprueban como el otrora hermano ruso destruye su nación para el futuro, sumiendo su libertad en un entorno autoritario.

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El presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, en su discurso de este domingo ante el Parlamento israelí.
El presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, en su discurso de este domingo ante el Parlamento israelí.KNESSET (Europa Press)

El presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, quien se precia de su ascendencia judía, ha comparado este domingo la invasión rusa de Ucrania con el Holocausto judío en una intervención virtual ante los diputados de la Kneset, el Parlamento de Israel. “Escuchad qué dice el Kremlin, es la misma terminología que los nazis usaron contra vosotros. Es una tragedia. Entonces querían destruir Europa y no os quisieron dejar con vida (a los judíos). Ahora nos toca a nosotros. Entonces lo llamaron la solución final”.

Enfundado en la camiseta militar verde olivo con la que ya se ha dirigido a otras Cámaras legislativas, Zelenski ha reclamado ayuda militar a Israel con una nada velada crítica a su equidistancia en el conflicto. “Podemos preguntar por qué no hemos recibido armas de Israel, por qué no ha impuesto fuertes sanciones a Rusia”, ha inquirido ante los 122 parlamentarios que han seguido sus palabras vía Zoom, en una Kneset de 120 escaños. “Ha sido vuestra decisión y tendréis que convivir con sus conciencias”, les advirtió. “Todo el mundo sabe que vuestros sistemas de defensa [como el escudo antimisiles Cúpula de Hierro] son los mejores”, ha precisado. “Podríais ayudar a nuestro pueblo, salvar vidas de ucranios judíos”, ha recriminado a su audiencia.

“El Ejército ruso está destruyendo Ucrania mientras el mundo entero mira”, ha enfatizado Zelenski, para quien “la indiferencia y el cálculo de intereses matan. No se puede mediar entre el bien y el mal”, ha apostillado. Su discurso, de algo menos de media hora de duración, ha sido transmitido en directo por televisión y proyectado también en una pantalla gigante en la plaza Habima de Tel Aviv, ágora de grandes concentraciones políticas en Israel, ante centenares de personas que enarbolaban banderas ucranias e israelíes. Con estudiada formalidad, la Embajada de Rusia había protestado pocas horas antes contra su alocución parlamentaria al reclamar a Israel una actitud más equilibrada en el conflicto.

El primer ministro israelí, Naftali Bennett, ha seguido la intervención ante la Cámara legislativa, que acaba de finalizar su primer periodo de sesiones del año. El gobernante ultraconservador israelí ha sido uno de los pocos líderes internacionales en ser recibido en el Kremlin por el presidente ruso, Vladímir Putin, tras el estallido de las hostilidades. El pasado día 5 hizo visible en Moscú su papel mediador entre ambas partes en el conflicto, aunque sus asesores precisan que no ha planteado propuestas concretas de acuerdo y se ha limitado a ejercer como mensajero o intermediario de confianza entre Kiev y Moscú. En contra de sus creencias, el religioso Bennett viajó en pleno sabbat, el día sagrado judío que prohíbe expresamente los desplazamientos en avión, amparado en la dispensa que otorga la ley judaica a quienes participan en una misión para salvar vidas.

La discreción ha caracterizado hasta ahora sus sucesivos contactos telefónicos tanto con Putin como con Zelenski. Bennett se ha ausentado de reuniones del Gabinete y de actos oficiales para atender las llamadas urgentes de ambos líderes. Tras ser recibido en el Kremlin, donde mantuvo una entrevista de tres horas de duración, el primer ministro israelí prosiguió viaje a Berlín para informar en persona al canciller alemán, Olaf Scholz, quien ya le había visitado a comienzos de mes en Jerusalén. Bennett ha establecido también un canal de contacto con el presidente francés, Emmanuel Macron, y ha dado cuenta de sus gestiones a la Administración del presidente de EE UU, Joe Biden, su principal aliado.

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“Aunque la oportunidad no es muy clara, tenemos la obligación moral de hacer el esfuerzo, ya que contamos con acceso a ambas partes”, se ha limitado a justificar su actitud en público el primer ministro israelí. No es una amenaza existencial, sino una disputa territorial, viene a ser su mensaje, traducido a términos bien conocidos en Oriente Próximo. Esta es la tesis que hacen circular en la prensa hebrea los asesores mediáticos de Bennett: Ucrania podrá seguir siendo un Estado independiente con su propio Gobierno solo si acepta “sacrificios territoriales”, según destaca en Twitter el analista diplomático Barak Ravid.

En apenas nueve meses en el cargo, tras haber apeado al conservador Benjamín Netanyahu, quien llevaba 12 años en el poder, el prácticamente desconocido Bennett ha encontrado una vía para ganar presencia en la escena internacional. El dilema de Israel ante el conflicto de Ucrania se ha plasmado en una retórica de equidistancia, en la que Bennett, quien adopta un perfil de neutralidad, y se reparte los papeles con el ministro de Exteriores y socio clave del Gobierno, el centrista Yair Lapid, quien sí ha condenado expresamente la invasión rusa. El Gobierno israelí, sin embargo, no se ha sumado a las sanciones económicas impuestas a Moscú por los países occidentales y sigue manteniendo las conexiones desde Tel Aviv con los aeropuertos rusos, que han sido utilizadas por oligarcas próximos a Putin como Roman Abramóvich.

La presencia militar rusa en Siria, donde la aviación israelí lanza ataques periódicos contra fuerzas proiraníes, ha llevado a Bennett a transitar por la senda de la ambivalencia diplomática y evitar tanto las sanciones a Rusia como el envío de armamento a Ucrania. Moscú, que controla el espacio aéreo sirio desde su intervención militar en favor del presidente Bachar el Asad en 2015, ha seguido permitiendo los ataques de la aviación israelí contra objetivos de las milicias proiraníes en el vecino país árabe, como el que este mismo mes causó la muerte de dos guardianes de la revolución de Irán cerca de Damasco.

Concentración para seguir el discurso del presidente de Ucrania, Volodímir, Zelenski, el domingo en Tel Aviv.
Concentración para seguir el discurso del presidente de Ucrania, Volodímir, Zelenski, el domingo en Tel Aviv.JACK GUEZ (AFP)

Diáspora soviética en el Estado judío

El jefe del Gobierno israelí acudió a Moscú a su cita con Putin acompañado por el ministro de Vivienda, Zeev Elkin, de origen ruso. Más de un millón de israelíes, un 15% de la población, proceden de la diáspora que emigró al Estado judío tras la descomposición de la Unión Soviética. La evolución de la guerra se sigue muy cerca en el Estado hebreo y, pese a la neutralidad oficial, la opinión pública se muestra abiertamente favorable a ayudar a Ucrania. La situación de los cerca de 200.000 judíos que viven en el país de Europa oriental en guerra es una las principales preocupaciones del Gobierno israelí. Por ello, ha enviado una gran cantidad de ayuda humanitaria, en particular un hospital de campaña para atender a un centenar de pacientes al día, asistidos por unos 80 médicos y sanitarios.

Las restricciones que el Ministerio del Interior israelí impuso inicialmente a la entrada de los refugiados ucranios levantó ampollas entre la población judía, que hunde sus raíces en el éxodo masivo derivado del Holocausto. Israel ha permitido el paso hasta el momento a 3.500 ucranios judíos, que gozan del derecho a inmigrar y establecerse en el país, y a 10.000 no judíos. A este grupo se le llegó a obligar a abonar una fianza a fin de garantizar su retorno a Ucrania, se le fijó un cupo inicial, que ahora ha quedado circunscrito a quienes cuenten con familiares y amigos que, en principio, se hagan cargo de su manutención y gastos.

Los refugiados no judíos deben solicitar autorización previa su entrada al país para que se les permita abordar un avión con destino a Tel Aviv. Cerca de un 10% de las peticiones han sido rechazadas. Como advierte en la prensa hebrea Sahi Cohen, director de Alianza de Israel, ONG que atiende a los ucranios, “el Gobierno israelí está siguiendo una política de erigir alambradas para impedir la entrada de los refugiados”. Lo ha recordado el mismo Zelenski en su discurso a la Kneset al reclamar visados para todos los refugiados de Ucrania.

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Kiev se ha instalado en algo parecido a una tierra de nadie dentro de la guerra que comenzó hace 25 días en Ucrania. Las tropas rusas no han accedido al corazón de la capital ni han llevado a cabo incursiones o bombardeos intensos, aunque sí se producen intensos combates en las localidades de sus alrededores. Pero los cientos de miles de habitantes que todavía siguen viviendo en Kiev no tienen ni un solo día de calma. Este domingo ha vuelto a haber un ataque en un barrio residencial sin que se hayan producido víctimas mortales y al caer la noche, el fuego antiaéreo ha retumbado en toda la ciudad. Se calcula que aproximadamente la mitad de los tres millones de personas que vivían en la principal urbe del país la han abandonado desde que comenzó la invasión de las tropas del Kremlin el pasado 24 de febrero.

Los controles militares, las barricadas y los bloques de hormigón con los que se trata de frenar la posible incursión rusa en la capital forman ya parte de la nueva fisonomía. El tráfico es escaso y las aceras están desiertas casi a cualquier hora del día, pero a veces se forman atascos en los puntos en los que militares o policías requieren a los conductores que se identifiquen o que abran el maletero del coche para comprobar qué es lo que transportan. Hay miles de personas entre civiles y uniformados pendientes de la seguridad de la ciudad, pero los carros de combate rusos no se han acercado al centro.

Sin embargo, a las dos de la tarde del domingo una explosión se escuchó a varios kilómetros de distancia tras sacudir una zona residencial a medio camino entre el centro de Kiev y la localidad de Irpin, escenario desde hace días de intensos combates. Varios coches han ardido junto a un cráter horadado junto a un edificio de viviendas de 10 plantas. Los alrededores han quedado alfombrados de cristales que sonaban al crujir bajo el calzado, conforme los vecinos se iban acercando a contemplar lo ocurrido. No era la primera vez en los últimos días que caía un proyectil en esta zona.

Cientos de ventanas y las fachadas de varios bloques habían quedado dañadas. Las autoridades no han informado de víctimas mortales, pero sí se han registrado cinco heridos. Como ha ocurrido en los ataques que han tenido lugar en los últimos días, hasta la escena se ha desplazado con rapidez el alcalde de la capital, el antiguo campeón de boxeo Vitali Klichko. Junto a las ambulancias, que han trasladado a dos de los heridos al hospital, han llegado también camiones de bomberos para apagar el incendio. Es una ceremonia que se repite desde que, el segundo día de la guerra, Rusia atacó por vez primera en la capital un edificio donde viven civiles en una acción que se ha repetido en varias ocasiones desde entonces.

Eugeni, de 33 años, contempla lo ocurrido este domingo en su edificio a cierta distancia en compañía de una vecina de avanzada edad de la que se está haciendo cargo. Esperan a que la zona deje de estar acordonada por las fuerzas de seguridad para volver a casa pese a los destrozos. De fondo se escucha el trabajo para acabar de retirar los cristales del que fue su colegio, a unas decenas de metros del edificio donde habita. Contempla la escena con nostalgia. “Esta es mi ciudad y pienso regresar a mi casa”, cuenta decidido Eugeni señalando hacia la fachada dañada de su bloque. Con los ojos llorosos, pese a su determinación, explica que su mujer embarazada de seis meses se ha tenido que marchar lejos de Kiev. Ambos esperan un niño que será su primer hijo.

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Decenas de periodistas de todo el mundo han acudido hasta el lugar de la explosión para tomar imágenes o realizar conexiones en directo. Uno de los militares que custodia la zona se queja de lo que él entiende que son mirones. “La gente aquí vive bajo presión porque llevamos recibiendo cohetes de los rusos desde hace un mes. Vivimos bajo un peligro muy grande”, cuenta Anton, de 32 años, otro vecino, que se expresa en español. “La gente que vive aquí son completamente civiles. Aquí no hay ningún objetivo militar, como dice la Federación rusa que está bombardeando, y sí mucha gente que vive aquí, mujeres con niños, personas que no quieren dejar su ciudad natal. Cada noche, muchos han de refugiarse en los sótanos”, añade mientras de fondo se escuchan las detonaciones y suenan las alarmas que alertan ante un posible ataque aéreo.

Fuera del cordón de seguridad se ha instalado una carpa de la Cruz Roja donde son atendidos algunos vecinos. Diana, una voluntaria de 21 años cuenta que muchas son personas mayores a las que han de escuchar y a las que ofrecen un té y un café. “A muchas les cuesta abandonar su casa” incluso en días con ataques como este porque es “donde han vivido toda su vida”, comenta la joven voluntaria.

Mientras, lejos del lugar del ataque del domingo, la plaza que se abre delante de la catedral de Santa Sofía, en el centro, una alfombra de un millón y medio de tulipanes recuerda a los caídos en la guerra. La explanada se ha convertido en lugar de peregrinación para algunos kievitas que acuden a contemplar la escena o a fotografiarla con su móvil.

Un millón y medio de tulipanes forman una alfombra en honor de los caídos en la guerra delante de la catedral de Santa Sofía de Kiev.
Un millón y medio de tulipanes forman una alfombra en honor de los caídos en la guerra delante de la catedral de Santa Sofía de Kiev.Luis de Vega

A unos 700 kilómetros de esa plaza, en el sur del país, se ha registrado el segundo ataque con misiles hipersónicos, de acuerdo a la información rusa. Ha sido en Konstantinovka, una ciudad de 70.000 habitantes, donde el proyectil lanzado desde Crimea y capaz de burlar las defensas antiaéreas, habría destruido “un gran almacén de combustible”, según el Kremlin. “Desde esa base se efectuaban los principales suministros de combustible para vehículos blindados ucranios en áreas de combate en el sur de Ucrania”, ha asegurado el Ministerio de Defensa ruso.

Ucrania ha denunciado este domingo otra matanza de civiles que asegura se produjo el 11 de marzo en Kreminna, una ciudad de 23.000 habitantes de Lugansk. Serhii Haidai, comandante del óblast de Lugansk —zona controlada por las tropas ucranias en esta región contestada por los separatistas prorrusos—, ha denunciado este domingo en su Telegram el Ejército ruso mató a 56 personas en una residencia de ancianos. “Lo hicieron de forma deliberada y cínica”, ha afirmado. Haidai ha añadido que no han podido recuperar los cadáveres, y que 15 supervivientes fueron trasladados a un geriátrico en la zona ya ocupada por Rusia de Svatove.

La Defensora del Pueblo ucrania, Ludmila Denisova, ha calificado el ataque de “genocidio”, y ha pedido que se establezca un Tribunal Militar Especial. “Por cada crimen de este tipo, por cada vida inocente quitada, el liderazgo del Estado agresor debe rendir cuentas con toda la severidad del derecho penal internacional”, ha afirmado en un mensaje de Telegram.

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Anna Reid, periodista e historiadora británica de 56 años, vivió entre 1993 y 1995 en Ucrania como corresponsal de The Economist y The Daily Telegraph y nunca ha dejado de regresar a ese país. Borderland: A Journey Through the History of Ukraine (”Tierra de frontera: un viaje por la historia de Ucrania”, sin edición española) resume sus profundos conocimientos de este Estado. Se trata de un libro que mezcla la historia con la crónica de viajes y que la realidad le ha obligado a actualizar varias veces (la última edición salió en 2015). Acaba de publicar en castellano un ensayo convertido ya en un clásico sobre la Segunda Guerra Mundial, Leningrado (Debate, traducción de Raquel Marqués). Esta conversación se desarrolló por teléfono el pasado miércoles.

Pregunta. En su libro sostiene que ser ucranio no tiene que ver ni con un apellido, ni con la lengua que se habla, sino que se trata de una elección moral.

Respuesta. Los historiadores han exagerado mucho la idea de la identidad de frontera al referirse a Ucrania, y la primera culpable soy yo porque titulé así mi libro. Pero [el presidente ruso Vladímir] Putin se ha apoderado de esta idea y muchos comentaristas occidentales la repiten sin ni siquiera ser prorrusos. Sin embargo, se ha impuesto la versión rusa de que Ucrania siempre ha estado invadida por otros países, que siempre ha estado internamente dividida, algo que Rusia enfatiza especialmente desde 2014 cuando se anexionó Crimea. Y, que, por lo tanto, siempre ha estado condenada a ser un Estado fallido, una especie de tierra de sangre. Pero no es verdad en absoluto. Durante largos periodos de su historia, Ucrania ha sido un territorio próspero y pacífico, que además se transformó totalmente desde su independencia en 1991. No podemos olvidar que Kiev y Odesa fueron dos ciudades muy ricas y la tercera y la cuarta en importancia durante el viejo Imperio ruso.

P. En su libro, escrito en los años noventa, ya asegura que el Kremlin estaba tratando de desestabilizar Ucrania. ¿Pensó alguna vez que iba a llegar tan lejos, que iba a destruir ciudades enteras?

R. Creo que muchos observadores, tanto ucranios como internacionales, fueron incapaces de interpretar a Putin. Pensaban que se conformaría manteniendo una guerra de baja intensidad en el este del país, como si hubiese lanzado una pastilla venenosa contra Ucrania porque, mientras existiese ese conflicto, no podría ni en la UE ni en la OTAN. Algunos creían que tal vez trataría de crear un corredor terrestre que uniese el Donbás con Crimea. Pero incluso para mí, que llevó estudiando esa parte del mundo desde hace mucho tiempo, resultaba inconcebible que lanzase sus tanques contra Kiev.

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P. ¿Es una exageración decir que Ucrania parece un país maldecido por la historia? Padeció la Primera Guerra Mundial; la guerra civil posterior a la Revolución, que tuvo lugar mayoritariamente en su territorio; la deportación masiva de los kulaks, los pequeños campesinos con tierras; la hambruna organizada por Stalin que mató a millones de personas entre 1932 y 1933; la Segunda Guerra Mundial; el Holocausto; las deportaciones de pueblos enteros tras el conflicto como los tártaros; la guerra de 2014 en el Donbás y la invasión actual…

R. Creo que en la primera mitad del siglo XX, Ucrania sufrió más que cualquier otro país europeo si se mira el porcentaje de muertos sobre el conjunto de la población. Pero no siempre fue así: vivió un gran auge durante la segunda mitad del siglo XIX, también al final de la Unión Soviética y después de la independencia.

Tienda del centro de Moscú con propaganda a favor de Putin y de la guerra en Ucrania.
Tienda del centro de Moscú con propaganda a favor de Putin y de la guerra en Ucrania.MAXIM SHIPENKOV (EFE)

P. ¿Por qué Ucrania, pese a sentirse una nación desde hace siglos, no logró la independencia hasta 1991? ¿Por qué a diferencia de otras naciones que lograron convertirse en Estados tras la Primera Guerra Mundial sobre las cenizas de imperios difuntos, Ucrania no lo consiguió?

R. Ucrania alberga un movimiento nacionalista desde la mitad del siglo XIX, que hacía mucho hincapié en el lenguaje, en el folclore, en la literatura o en los clubs deportivos. Al carecer de poder político, se construyeron muchas instituciones cívicas. Es cierto que otros pueblos lograron Estados tras la Primera Guerra Mundial tras la disolución del Imperio Austrohúngaro. Sin embargo, no se puede olvidar que dos tercios del actual territorio ucranio estaban dominados por Rusia. Y pese a que los ucranios enviaron representantes a la conferencia de paz de París de 1919, que se multiplicaron los contactos y que existieron gobiernos ucranios embrionarios en 1918 y 1919, no lograron persuadir a las potencias victoriosas. Y, de todos modos, cualquier independencia de Ucrania hubiese sido aniquilada por Stalin, que no dudó en matar de hambre a casi cuatro millones de personas y en deportar y asesinar a una gran parte de los intelectuales ucranios.

P. ¿Qué dice sobre Ucrania que escritores tan famosos como Joseph Conrad, Gregor von Rezzori, Joseph Roth, Bruno Schulz, Paul Celan y hasta Leopold von Sacher-Masoch naciesen en la actual Ucrania, pero escribiesen en otras lenguas y casi nadie les identifica como ucranios?

R. Significa que se trata de un país multiétnico, mucho menos de lo que fue porque Stalin deportó o asesinó a millones de personas. Ucrania siempre ha sido un país étnicamente mezclado en el que vivían polacos, rusos, ucranios, judíos, tártaros, rumanos… Una enorme mezcla de pueblos que hablan diferentes lenguas. Se trata de algo que define a Ucrania, que sea un país tan mezclado y tan híbrido y que sea un maravilloso babel en el que se hablaban diferentes lenguas en las calles. Nikolái Gógol utilizaba los dos idiomas, dependiendo de la audiencia a la que se dirigía. Los ucranios también podrían reivindicar a Anna Ajmátova, la gran poetisa de las purgas estalinistas, que nació cerca de Odesa, aunque pasó la mayor parte de su vida en San Petersburgo.

Soldados de los escuadrones de la muerte Einsatzgruppe C junto a cadáveres de judíos asesinados en Babi Yar, cerca de Kiev, en octubre de 1941.
Soldados de los escuadrones de la muerte Einsatzgruppe C junto a cadáveres de judíos asesinados en Babi Yar, cerca de Kiev, en octubre de 1941.US Holocaust Memorial Museum

P. ¿Cómo es posible que Putin haya logrado que se identifique el nazismo con Ucrania?

R. Ucrania fue totalmente ocupada por Alemania de 1941 a 1944 y se trató de una ocupación brutal. Es cierto que Alemania organizó dos batallones ucranios que contaban con unos 12.000 efectivos y que bajo la ocupación los nazis reclutaron a ucranios para diferentes tareas. También que hubo ucranios que fueron guardianes de campos de exterminio y que formaron parte de los escuadrones de la muerte que participaron en el Holocausto de las balas. Era algo deliberado: los nazis reclutaban a eslavos para lo que consideraban los trabajos sucios. Pero en las partes de Rusia ocupadas por los nazis ocurrió exactamente lo mismo. Y no se puede olvidar que cientos de miles de ucranios lucharon en el Ejército rojo, que muchos fueron héroes de la Unión Soviética.

P. ¿Es la historia, o mejor dicho, la manipulación de la historia, uno de los frentes de esta guerra?

R. Sí, sin duda. La primera seña de que el Kremlin estaba tramando algo contra Ucrania fue el largo ensayo que publicó Putin en julio del año pasado. Tenía 7.000 palabras y se titulaba ‘Sobre la unidad histórica de rusos y ucranios’. Es un texto largo, que empieza en el siglo X con el Rus de Kiev y llega hasta el presente. Es bastante factual, no dice muchas mentiras, aunque es muy sesgado. Por ejemplo, cuando llega al periodo estalinista es pura posverdad. No menciona que Stalin y Hitler se dividieron Polonia entre ellos y luego habla de liberación de territorios que nunca fueron rusos y apenas se refiere a la Gran Hambruna y solo para definirla como “una tragedia compartida”. Su concepto del oeste de Ucrania es que se trata de una tierra arrancada a su auténtico espíritu eslavo ortodoxo por unos malvados occidentales. Sí, creo que la historia es uno de los frentes de esta guerra. Me he pasado años respondiendo a preguntas del tipo de si todos los ucranios hablan ruso y explicando que la mayoría de ellos lo hablan, aunque en el oeste hablan sobre todo ucranio y en el este sobre todo ruso. Y que, en cualquier caso, la lengua que hablas no tiene nada que ver con tu lealtad política. Pero se trata de un mensaje que no ha calado totalmente. Muchos de los soldados que están combatiendo la invasión hablan ruso y hemos visto vídeos de ucranios insultando a los ocupantes en ruso.

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