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Las tropas rusas se han entrenado a conciencia con fuego real en Siria. Allí, el Ejército de Putin dio un vuelco a la guerra a partir de 2015 en favor del presidente Bachar el Asad, cuando su régimen se encaminaba hacia la derrota. Ensayado en Siria, el modelo de guerra de destrucción total de la resistencia, con prolongados asedios a ciudades que quedaron arrasadas por la aviación tras haber sido vaciadas a través de corredores humanitarios, amenaza con reproducirse ahora en Ucrania.

Bomberos y población civil, entre las ruinas en Alepo en abril de 2016 después de un ataque aéreo del ejército ruso.
Bomberos y población civil, entre las ruinas en Alepo en abril de 2016 después de un ataque aéreo del ejército ruso. Anadolu Agency (Getty Images)

El sitio del bastión rebelde de Gouta Oriental, en la provincia de Damasco, duró más de cinco años. Estuvo jalonado por bombardeos indiscriminados sobre la población civil, incluidos mercados y hospitales, y por ataques con armas químicas, hasta que la resistencia fue finalmente vencida por el hambre. El conflicto de Siria cumple este martes 11 años de hostilidades, marcadas por crímenes de guerra y contra la humanidad, que se han cobrado en torno a medio millón de muertos y han desplazado de sus hogares a la mitad de los habitantes. Y ahora Rusia saca partido de su preparación. En el campo de batalla sirio ha podido experimentar a sus anchas con diferente tipo de armamento, técnicas de combate urbano con milicias irregulares y estrategias militares de desinformación.

Explosión de un edificio de viviendas en Mariupol el 11 de marzo de 2022 después de recibir un impacto de artillería de un tanque ruso.
Explosión de un edificio de viviendas en Mariupol el 11 de marzo de 2022 después de recibir un impacto de artillería de un tanque ruso. Evgeniy Maloletka (AP)

El cerco de Alepo oriental —zona convertida en la capital de la oposición a El Asad desde 2012— se prolongó durante más de seis meses hasta los últimos días de 2016. Los analistas de la guerra en Siria, cuyos frentes se hallan estancados desde el inicio de la pandemia, observan ahora en Ucrania un patrón similar al que Rusia impulsó en el país árabe.

“Tras su intervención en 2015, Moscú puso en marcha una estrategia encaminada a eliminar todos los grupos rebeldes que se oponían a El Asad. Pese a que cometió crímenes de guerra y lesa humanidad asediando ciudades, imponiendo castigos colectivos y atacando sistemáticamente objetivos civiles, la comunidad internacional permaneció impasible. Parece evidente que esa pasividad ha envalentonado ahora a Rusia para extender los mismos métodos que en Siria”, sostiene Ignacio Álvarez-Ossorio, profesor de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad Complutense de Madrid, y especialista en el conflicto sirio.

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Vaciar las ciudades

“Rusia no está interesada en la negociación porque no está dispuesta a renunciar a sus demandas históricas en Ucrania. Las negociaciones emprendidas hasta el momento solo han avanzado, y de manera tímida, en el establecimiento de corredores humanitarios en algunas ciudades asediadas. Kiev puede convertirse en una nueva Alepo”, advierte el profesor Álvarez-Ossorio, que se dispone a publicar Siria, la década negra (2011-2021), en edición de Catarata, su segundo libro sobre la interminable guerra en el país árabe. En su opinión, “Moscú parece querer que la población civil abandone las ciudades para poder golpear con más intensidad a los focos de resistencia, lo que necesariamente implica la intensificación de los bombardeos y la destrucción sistemática de todas aquellas que no se rindan”.

Rescate de civiles entre los escombros tras el bombardeo aéreo ruso en la ciudad de Alepo, en Siria, en abril de 2016.
Rescate de civiles entre los escombros tras el bombardeo aéreo ruso en la ciudad de Alepo, en Siria, en abril de 2016.Anadolu Agency (Getty Images)

Joshua Landis, director del Centro de Estudios de Oriente Medio de la Universidad de Oklahoma (EE UU), advierte: “El poder aéreo es decisivo. El presidente ruso Vladímir Putin se apoyará cada vez más en su superioridad aérea para destruir la resistencia ucrania. A medida que se vaya enfrentando a una mayor presión para finalizar su misión, los bombardeos indiscriminados serán más abundantes”.

“Rusia no está utilizando aún la aviación en la misma escala que en Siria. Pero recurre a disparos de mortero, tanques y artillería, sobre todo porque es más económico. Estados Unidos usó principalmente artillería en el asedio de Raqqa (este de Siria) para derrotar al ISIS en su capital siria en 2017″, precisa Landis, uno de los expertos internacionales que más de cerca sigue la guerra siria, para subrayar que Rusia no ha sido la única potencia en recurrir a la destrucción total de la resistencia enemiga en ese conflicto.

En su estudio Oriente Medio y el Norte de África ante la guerra en Ucrania: vasos comunicantes, Eduard Soler i Lecha, investigador del CIDOB, considera que la “decisiva contribución a la supervivencia de El Asad ha debido dar a Putin mayor confianza todavía sobre el poderío de sus capacidades militares”. Para este experto del centro de investigación de asuntos internacionales con sede en Barcelona, “Siria ha sido el terreno de pruebas de los crímenes de guerra que ahora sufre Ucrania”.

Cráter provocado por un bombardeo del ejército ruso en la ciudad de Mariupol el 13 de marzo de 2022.
Cráter provocado por un bombardeo del ejército ruso en la ciudad de Mariupol el 13 de marzo de 2022. Evgeniy Maloletka (AP)

¿Cómo impedir que se cometan más violaciones del derecho internacional humanitario? “La imposición de una zona de exclusión aérea fue una de las principales demandas de los grupos opositores y de las fuerzas rebeldes sirias, pero nunca llegó a ser contemplada por la comunidad internacional. En el caso de Ucrania lo veo escasamente factible”, amplía su análisis el profesor de la Universidad Complutense de Madrid en un intercambio de mensajes.

“Una zona de exclusión equivaldría a una declaración de guerra de la OTAN contra Rusia. EE UU solo la estableció en la región kurda y con el único objetivo de destruir al ISIS (Estado Islámico, en sus siglas inglesas)”, coincide el profesor estadounidense en una respuesta enviada por correo electrónico.

En función de cuánto tiempo se mantenga en pie la resistencia ucrania se irá previsiblemente intensificando la estrategia de los corredores humanitarios, como los que sirvieron para vaciar el este de Alepo de decenas de miles de habitantes antes de quedar arrasado, sostienen los analistas consultados.

“En Siria hubo asedios por hambre y barriles bomba (bidones cargados de explosivos lanzados desde helicópteros) contra objetivos civiles después de que EE UU ignorara sus propias líneas rojas (en el ataque químico de Gouta Oriental de 2013)”, tercia a través de Twitter Charles Lister, director de los programas sobre Siria y Extremismo del Instituto de Oriente Medio, con sede en Washington, para remarcar una ausencia de voluntad occidental de intervenir directamente en el conflicto sirio, y que ahora vuelve a aflorar en Ucrania.

La inconcebible leva de la legión extranjera de Putin

Vladímir Putin dio luz verde el jueves al alistamiento de hasta 16.000 combatientes de Oriente Próximo para luchar junto a las fuerzas rusas en Ucrania. Aunque el presidente ruso aseguró que Moscú no iba a pagar a los voluntarios, el Ejército sirio ha anunciado que cobrarán hasta 3.000 dólares mensuales en una campaña de reclutamiento abierta en la página web de la Cuarta División, una de las unidades de élite del régimen de Bashar el Asad, según el portal digital informativo Middle East Eye.

Su destino sería el Donbás, la región oriental ruso hablante ocupada en parte por Rusia desde 2014. Putin dice responder así a las declaraciones del presidente ucranio, Volodimir Zelensky, sobre la incorporación de 16.000 combatientes internacionales a una Legión Extranjera adscrita a las Fuerzas Armadas de Ucrania.

El Ejército sirio ha dependido de los bombardeos aéreos rusos y de la fuerza de choque de las milicias vinculadas a Teherán (Guardia Revolucionaria, de Irán, y Hezbolá, de Líbano) para recuperar el control sobre dos terceras partes del territorio nacional. El escenario que debería afrontar para las tácticas de guerrilla urbana y, sobre todo, el clima de Ucrania tienen poco que ver con los campos de combate de Siria.

“No sería la primera vez que Rusia moviliza fuerzas sirias para combatir en otros conflictos (como en Libia). No obstante, soy bastante más cauto en torno a la posible movilización de soldados sirios leales a El Asad, entre otras razones, porque el ejército está completamente diezmado tras 11 años guerra y solo está en disposición de enviar una ayuda testimonial”, previene desde Madrid el profesor Álvarez-Ossorio.

Rusia se ha apoyado en el pasado en fuerzas auxiliares árabes para sus operaciones en Siria, como la Brigada al Quds, de refugiados palestinos, y los llamados Halcones del Desierto, que operan en los pasos de contrabandistas. Ambas destacaron por su empuje en la batalla de Alepo.

“Mi instinto me inclina a ser cauteloso. Es muy posible que se trate de propaganda de guerra, pero podría convertirse en realidad”, abunda el profesor estadounidense Landis. “El Gobierno ucranio está dando la bienvenida a un gran número de combatientes extranjero. Las similitudes con Siria son cada vez mayores”, apostilla.

El analista Charles Lister cuestiona también en Twitter la utilidad de las fuerzas sirias para Putin. “Si el régimen de El Asad envía tropas a Ucrania, no serán más que carne de cañón en la batalla en un entorno que les es completamente ajeno”, remacha.

De la maquinaria de propaganda de guerra que se ha activado desde Moscú hasta Kiev, pasando por Damasco, da idea la información que acaba de difundir SANA. La agencia estatal de noticias Siria, alerta del presunto reclutamiento en Ucrania de 450 combatientes yihadistas del antiguo Frente al Nusra, la filial siria de Al Qaeda, desplazados desde Idlib (último feudo rebelde), a través de territorio turco, hasta el frente de Ucrania.

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Primero una comparación. El 6 de marzo de 2013, el australiano Andrew Harper, del Alto Comisionado para los Refugiados de la ONU (ACNUR), reunió a un grupo de periodistas en el campo de Zaatari, en Jordania, a 15 kilómetros de la frontera con Siria. Allí, Harper manifestó lo siguiente: “Hemos llegado al refugiado un millón”. Ese era el número de sirios que habían abandonado sus hogares y cruzado la frontera para huir de la violencia. Un millón, dos años después de iniciadas las revueltas contra el régimen de Bachar el Asad que sumergieron al país en una contienda civil. La ofensiva lanzada por Rusia en Ucrania el pasado 24 de febrero alcanzó esa misma cifra en tan solo siete días. Dos años se tardó en el conflicto sirio, frente a una semana en el Este de Europa ―la cifra de desplazados fuera de Ucrania supera ya los 2,6 millones―.

La radiografía de la crisis de refugiados en Siria dista mucho de la ucrania. La del país árabe no fue una crisis que afectase en gran medida a Europa hasta el verano de 2015, cuatro años después de que estallase la violencia. Vayamos un poco más atrás. Los ciudadanos que dejaban sus casas en los primeros meses de los enfrentamientos de rebeldes sirios y el Ejército de El Asad, entre 2011 y 2012, no tenían como objetivo, en líneas generales, dejar el país. Doce meses después de las primeras revueltas en la localidad siria de Deraa, detonante de la represión militar, una portavoz de ACNUR reconocía en conversación con este periódico que no había “avalancha” de refugiados. “La gente se resiste a irse”, manifestó.

La mayoría de los sirios que abandonaban sus casas eran desplazados internos (200.000 en marzo de 2012), no cruzaban los pasos fronterizos. Los bombardeos aéreos y el fuego de artillería no llegaron de un día para otro; fueron in crescendo —Rusia inició su intervención junto a Damasco en septiembre de 2015—, empujando a los ciudadanos a, primero, mudarse al campo y, segundo, tratar de alcanzar la frontera, hasta donde era difícil llegar ―tras el fuego aéreo llegaba la infantería con una vileza que no distinguía entre civiles y uniformados―. Problema, las infraestructuras sirias no eran ni mucho menos las de Ucrania que, sobre todo a través de su red ferroviaria, ha logrado abrir camino a los huidos de la invasión rusa. Segundo, las condiciones de acogida en los países vecinos no eran tan favorables como las expresadas ahora por la UE para los ucranios. Tres destinos posibles: las tiendas de campaña en campos de acogida, una vivienda de familiares de forma temporal o sufragarse un alquiler en el mejor de los casos, con los precios al alza.

Efecto llamada

Los flujos migratorios se mueven sin duda por necesidad, pero también por las expectativas de mejora en el destino. Y en el caso sirio eran muy pobres. Francesco Pasetti, investigador del centro de análisis CIDOB, apunta un detalle sociodemográfico para explicar la acogida esta vez de las personas que llegan desde Ucrania: “El colectivo migrante ucranio está acostumbrado a moverse en el territorio de la UE. Entre 2014 y 2019, 3,5 millones de ucranios recibieron un permiso de residencia por parte de los Estados miembros de UE, la mayoría de carácter temporal en sectores de baja cualificación”.

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Pese a las dificultades, los sirios atravesaron de forma paulatina los cruces fronterizos hacia Turquía, Líbano, Jordania e Irak. Según pudo comprobar este periódico en visitas a los campamentos en la frontera, la mayoría de sirios mantenían la idea de regresar a Siria, al menos en esos primeros años de guerra. Ese anhelo se fue difuminando. La violencia no cesó y los países vecinos agotaron sus capacidades de acogida. La guerra en el norte, en la frontera con Turquía, se recrudeció con la aparición del Estado Islámico. La batalla en 2015 de Kobane, en la linde turco-siria, dejó un enorme agujero por donde huyeron miles de civiles. Ankara decidió abrir la puerta de ese flujo hacia el Mediterráneo y fue entonces cuando Europa se convirtió en destino fundamental.

Refugiados sirios en la frontera con Turquía, este domingo.
Refugiados sirios en la frontera con Turquía, este domingo. OMAR HAJ KADOUR (AFP)

También fue en ese momento cuando la guerra siria se acercó más a Berlín, Estocolmo, Roma, Madrid… Habían pasado cuatro años del inicio de las hostilidades. “El enfrentamiento entre Europa y Rusia marca claramente la posición de la UE a nivel estratégico y político”, prosigue Pasetti, “pero también en el plano simbólico e identitario. Ucrania es Europa, Siria no lo es. Esta es nuestra guerra, aquella no lo era”. El 2 de septiembre de 2015, Alan Kurdi, sirio de tres años, natural de Kobane, apareció muerto en la costa turca. Fue el símbolo de un drama migratorio que movilizó a la UE con la canciller alemana Angela Merkel a la cabeza, que expresó la disposición de su país a acoger a refugiados sirios.

Fue ahí cuando las expectativas sobre la tierra prometida europea crecieron al fin. Sin duda un efecto llamada ―erróneamente denostado―, unido a otros muchos, como pudo comprobar este periódico al acompañar a los desplazados a través de la ruta de los Balcanes. A preguntas sobre por qué viajaban en ese momento, muchos respondían: “Porque lo dijo Merkel”.

Cuatro años y medio después de la tan manida Primavera Árabe siria, en aquel mes de septiembre de 2015, la UE cerró un acuerdo para el reparto de 160.000 refugiados sirios llegados a Grecia y Italia, principales puertos en el mar Mediterráneo. Dos años después, apenas uno de cada cinco se había desplazado legalmente al resto de la UE. El compromiso fracasó con tres países a la cabeza en incumplimiento: Hungría, Polonia y República Checa. El Tribunal de la UE declaró ilegal y deliberado su rechazo a acoger a los solicitantes de asilo.

Los dos primeros no acogieron a ninguno de los refugiados que les tocaba según el reparto. Hoy, Polonia y Hungría, que comparten frontera con Ucrania, encabezan la lista de países europeos en la recepción de los desplazados por la guerra lanzada por Rusia. “Como hemos visto en medios de comunicación, también por parte de representantes políticos”, afirma el investigador del CIDOB, “hay un relato y un juicio moral muy diferente a los que tuvimos tras la crisis de 2015: ahora se trata de nosotros, no de otros, estas personas son nuestros verdaderos refugiados”.

Alrededor de 6,6 millones de sirios han huido de su país en la última década debido a la guerra. La inmensa mayoría, 5,6 millones, se han quedado en los países vecinos.

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Sobre la guerra en Ucrania abundan las comparaciones y los lamentos de las lecciones no aprendidas. Es cierto que los errores en Irak y Afganistán han servido de advertencia a los servicios de inteligencia de EE UU, que han puesto más celo en esta coyuntura, pero la experiencia de la guerra siria —aún en curso— cuenta mucho en el siniestro haber de Putin.

Pero la mala conciencia, casi más que los intereses geopolíticos, formatea el silencio del establishment europeo y norteamericano sobre la guerra en Siria. En 2013 se dejó hacer a Al Asad, que gaseando los suburbios de Damasco traspasó la línea roja trazada por Obama. Con ello Putin vio expedito el camino para sus propios planes, y en 2015 desplegó las tropas rusas en Siria, tras haberse anexionado Crimea el año anterior.

En cuanto a esa izquierda que aún se alimenta de indigestas consignas antiimperialistas, a buen seguro le disgusta que con Ucrania se transparente de nuevo la falacia de que Rusia representa algo que no sean sus propios intereses ultranacionalistas. Y a la generalidad de los ciudadanos les escuece —o debería— el poso racista de la distinta acogida dada a los refugiados de ahora (europeos, cristianos, “rubios”) frente a los de antes (asiáticos, musulmanes, “morenos”).

Sin embargo, por más que la herida siria incordie, inhibirse ya se ha visto adónde lleva. Estos días, ante la inminente batalla de Kiev, debería tenerse muy en cuenta, Alepo, la gran victoria de Putin en Siria. Porque Kiev, como Alepo, es el símbolo de lo que está por venir: un nuevo atolladero de la Historia.

Los corredores humanitarios con los que Putin juega al ratón y al gato en Ucrania ya fueron objeto de chalaneo en Alepo: le sirvieron a Al Asad para mofarse de la Unión Europea, la cual ensayó sin éxito un papel estratégico que también hoy Rusia le niega. Es de temer que en Kiev, como en Alepo, la población civil quede encerrada en las ratoneras de una ciudad dividida, hasta la limpieza final de toda resistencia.

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En la toma de Kiev, como en la de Alepo, la guerrilla urbana será decisiva. Dado que el Ejército regular ruso no resulta funcional en este terreno, Putin ya ha reclutado y trasladado a Ucrania mercenarios sirios duchos en la guerra urbana. Se suman a los chechenos, que también han pasado por Siria. Por más que unos y otros no conozcan el terreno como los ucranianos, su furor y falta de escrúpulos pueden suplir esta inferioridad, como ya sucedió en Alepo.

Justo en aquellas fechas, en vísperas de las elecciones estadounidenses de 2016 que ganó Trump (con fundadas sospechas de confabulación putinesca), el ministro de Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, alertó de que una nueva guerra fría podría estar a la vuelta de la esquina. Quizá el cambio de presidente en la Casa Blanca haya empujado a Putin a retomar los planes de los días de Alepo. Entonces, como ahora, nunca la ONU fue tan inoperante.

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Ofuscado por el lento avance de las tropas rusas, el presidente de Chechenia, Razmán Kadírov, dejó claro el pasado 27 de febrero cómo concibe que debería ser la ofensiva sobre Ucrania. “Pase lo que pase, en la guerra se mata y se destruye. Sin ello no se logra nada, por desgracia”, dijo el delfín de Vladímir Putin en el Cáucaso Norte, y advirtió de que si el pueblo ucranio no se rinde, “entonces debemos terminar lo que comenzamos, y de inmediato”.

El jefe supremo de la República de Chechenia, país de mayoría musulmana, ha aportado a la guerra la 46ª Brigada de la Guardia Nacional, fuerza que responde únicamente ante el presidente de la Federación de Rusia y no ante el Ministerio de Defensa. En concreto, se han desplegado dos batallones especializados en perseguir a los enemigos del régimen, el batallón Yug (Sur, en ruso) y el Sever (Norte), cuyos soldados son conocidos como los kadirovtsi, los leales al presidente checheno.

Para el Kremlin, las fuerzas chechenas tienen un aura especial que las diferencia del resto del Ejército. Primero, su población rusa digiere mejor sus pérdidas humanas tanto por su etnicidad como por ser de minoría musulmana. Esto último también hizo que cobrasen importancia en Siria desde 2017 para vigilar a la población. Y segundo, son veteranas de guerras como las dos chechenas, las de Oriente Medio y del este de Ucrania. Kadírov ha convertido estas fuerzas en su propia guardia pretoriana y desde la pacificación de la república han sido su arma para la represión de cualquier rastro opositor en la región.

La brutalidad de los kadirovtsi es conocida. Novaya Gazeta publicó una investigación el año pasado en la que localizó a al menos 12 personas ejecutadas por sus fuerzas de seguridad en una oleada de detenciones a finales de 2016. Uno de los miembros de las fuerzas especiales que participaron en aquella operación, Suleimán Gezmajmáyev, contó detalles sobre los interrogatorios. Según su relato, si un detenido “no confesaba, se volvía a intentar dos o tres horas después, hasta que confesaba o moría”. Entre otros instrumentos que empleaban, nombraba porras eléctricas, bates de goma y barriles de agua de 100 litros donde los detenidos eran sumergidos colgados desde el techo.

El Sever está curtido en combate. Las autoridades rusas confirmaron que había sido enviado a Siria en 2017, cuando el diario independiente Nóvaya Gazeta publicó que sus tropas habían recibido sendos manuales sobre cómo actuar en la república árabe. En concreto, cómo diferenciar a periodistas de espías y cómo identificar a oficiales de inteligencia, combatientes y mercenarios.

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Uno de los exmiembros más famosos de Sever es Zaur Dadáyev, segundo al mando del batallón que perpetró el asesinato del opositor Borís Nemtsov frente al Kremlin en 2015. Dadáyev fue condenado por el asesinato del político, una de las principales figuras contra la guerra entonces, aunque nunca se investigó quién ordenó el atentado.

Presencia en Ucrania

La primera prueba de la presencia de las fuerzas de la república del Cáucaso en Ucrania la reveló el propio Kadírov el 26 de febrero, cuando publicó en su perfil de Telegram un vídeo de un militar izando en la valla de un puesto de la Guardia Nacional de Ucrania una bandera chechena con el retrato de su padre, Ajmat Kadírov. “Alabado sea Alá. Den la bienvenida a Rusia”, escribió el mandatario. No especificó cuál era aquel lugar, aunque un vídeo de otro soldado en las mismas puertas indicó que sería Gostomel, a unos 25 kilómetros de Kiev.

Ese mismo día también circuló la información de que habrían muerto en Ucrania los comandantes Magomed Tusháyev, responsable de Sever, y Azor Bisáyev, de la OMON (un destacamento especial de la policía) de Ajmat-Grozni. Kadírov publicó en sus redes un vídeo en el que supuestamente conversaba con ellos por teléfono y decía que están “más vivos que todos los vivos, e incluso más vivos que los que difunden falsedades desde el sofá”. Además, afirmaba que no presentaban un rasguño y estaban dotados de suministros al completo.

Un día después, el presidente de Chechenia criticaba el lento avance de las Fuerzas Armadas rusas en Ucrania y urgía a “comenzar una operación a gran escala en todas las direcciones”. “Más de una vez he participado personalmente en tácticas y estrategias contra terroristas, he combatido en batallas, y en mi opinión los planes elegidos en Ucrania son demasiado lentos”, escribió en su perfil personal.

El líder checheno, que combatió junto con su padre contra las tropas rusas en la guerra de Chechenia de los noventa, ha difundido también otros vídeos donde se ve a sus tropas rezando en un claro de un bosque mientras un convoy de cientos de vehículos del Ejército ruso avanzaba lentamente.

El diario Chechnia Segódniya publicó que Kadírov habría enviado unos 12.000 hombres al frente, y el mandatario obligó al medio a retractarse. Aún no está claro si las unidades chechenas participarán en lo más duro de los combates, aunque según el periódico independiente Kavkazski Úzel (El Nudo del Cáucaso, en castellano) todo apunta a que sí. El diario, declarado agente extranjero por las autoridades rusas, tuvo acceso al coronel del Servicio Federal de Seguridad (FSB) y exdiputado de la Duma Estatal (el Parlamento ruso), Guennadi Gudkov. Según sus informaciones, el Ejército checheno participará en el asalto a Kiev, y su tarea podría ser la represión y las incursiones contra objetivos específicos. Kadírov ha anunciado este martes que han muerto dos de sus hombres en Ucrania y seis han resultado heridos.

Uno de los grandes enemigos de Kadírov es el presidente ucranio, Volodímir Zelenski, que se ha negado a abandonar el país. El mandatario checheno afirmó a finales de enero que si él fuera el presidente ruso, “hace mucho que habría ocupado Ucrania, enviado allí tropas y restablecido el orden”. Y un día después de comenzar la invasión, reunió a miles de personas en Grozni y señaló directamente al presidente ucranio. “Señor Zelenski, el tiempo de las payasadas ha llegado a su fin. Ha llegado la hora de cumplir el deber con su pueblo para evitar consecuencias irreversibles. Hoy más que nunca es necesario implementar los acuerdos de Minsk”, amenazó Kadírov.

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La cabeza del Estado Islámico (ISIS, en sus siglas en inglés) ha sido arrancada de cuajo poco después de que volviera a emerger tras su derrota en 2019. Una gran operación de comandos de fuerzas especiales de Estados Unidos transportados en helicópteros ha acabado este jueves con la vida de su líder, Abu Ibrahim Al Hachemí al Quraishi, según ha anunciado el presidente Joe Biden. “Gracias a la capacidad y el valor de nuestras Fuerzas Armadas, hemos retirado del campo de batalla a Al Quraishi. Todos los soldados han regresado sin daño de la operación”, dijo el mandatario en un comunicado inicial antes de comparecer frente a los medios. El ataque fue lanzado de madrugada en Idlib (noroeste de Siria), último bastión de las milicias rebeldes. Un alto cargo de seguridad de la Casa Blanca aseguró que la muerte de Al Quraishi se produjo, informa Reuters, al hacer estallar una bomba que portaba consigo rodeado de miembros de su familia.

El Pentágono confirmó a las pocas horas de la operación que la “misión contraterrorista”, en la que no se habían registrado “bajas de EE UU”, había sido “un éxito”, sin ofrecer más detalles. El Observatorio Sirio para los Derechos Humanos, una ONG que cuenta con informadores sobre el terreno, contabilizó al menos nueve cuerpos sin vida, entre ellos dos civiles, en la población de Atmeh, en un área próxima a la frontera turca que acoge campamentos con decenas de miles de desplazados internos. Los denominados cascos blancos, equipos de rescate que operan en el bando insurgente, elevaron a 13 la cifra de fallecidos, en la que incluyeron a seis menores y cuatro mujeres.

Esta operación ordenada por el Pentágono es la más amplia desde el ataque en el que fue abatido en 2019 el fundador del Estado Islámico, Abubaker al Bagdadi, en una zona cercana de Idlib. Varios helicópteros, uno de los cuales resultó dañado, aterrizaron a las afueras de Atmeh a primera hora de la madrugada del jueves. Los enfrentamientos en la zona se prolongaron durante más de dos horas, según testigos citados por Reuters que dieron cuenta de intensos intercambios de disparos y explosiones.

La designación de Al Quraishi como máximo líder del ISIS se produjo pocos días después de la muerte de Al Bagadi, en octubre de 2019. El ISIS sostiene que ambos pertenecen al linaje de Mahoma, ya que la estirpe de los Al Quraishi se remonta al clan tribal del profeta. Al Bagdadi se autoproclamó en 2014 califa del Estado Islámico, que extendió sus fronteras a caballo de Irak y Siria sobre una superficie equivalente a la del Reino Unido y una población más de 11 millones de personas.

El ISIS levó a Al Quraishi al nivel de “emir de los creyentes y califa de los yihadistas”. Puede tratarse, sin embargo, del nombre de guerra con el que fue rebautizado con apellidos califales un jefe de las milicias que ya estaba en el punto de mira de los servicios de espionaje occidentales. Su verdadera identidad apunta al yihadista Mohamed Said Aderamán al Mawla, nacido hace 45 años en Tal Afar (norte de Irak, cerca de Mosul), informa Óscar Gutiérrez. Era considerado uno de los ideólogos del Estado Islámico que justificó el intento de genocidio de la minoría religiosa yazidí en el norte iraquí y uno de los cerebros de las operaciones de terrorismo global del ISIS.

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El principal grupo yihadista que opera en Idlib es Hayat Tahir al Sham, que controla la mayor parte del territorio asediado por las tropas leales al presidente sirio, Bachar el Asad, con apoyo de sus aliados de Rusia. Se trata de herederos del Frente al Nusra, anterior filial de Al Qaeda en Siria, de la que también deriva Hurras al Din, grupo desplegado en la zona donde se ha registrado la operación este jueves y que cuenta con yihadistas extranjeros en sus filas.

EE UU suele atacar con drones a los grupos yihadistas en Siria, salvo en los casos en los que actúa contra destacados líderes, cuya identidad busca confirmar mediante pruebas de ADN obtenidas de sus restos. La arriesgada operación sobre el terreno lanzada ahora en Idlib pone de relieve que se trataba de un objetivo de alto nivel.

Un espectacular asalto de células durmientes del ISIS a la prisión de Hasaka, en el noreste de Siria, para liberar a excombatientes yihadistas fue aplastado la semana pasada por las milicias kurdas de las Fuerzas Democráticas Sirias, que controlan la cárcel en la que están detenidos 3.500 yihadistas, con el apoyo de la aviación y fuerzas especiales de Estados Unidos, su aliado en la lucha contra el extinto califato. Esta ha sido la mayor acción armada del ISIS registrada en Siria desde su derrota en el campo de batalla hace casi tres años. Murieron cerca de 300 yihadistas, entre reclusos y combatientes, más de 70 milicianos kurdos y una decena de civiles.

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Socorristas sirios retiran un cadáver tas el ataque de EE UU, este jueves en Idlib.
Socorristas sirios retiran un cadáver tas el ataque de EE UU, este jueves en Idlib.ABDULAZIZ KETAZ (AFP)

Una operación de comandos de fuerzas especiales de Estados Unidos transportados en helicópteros ha causado en la madrugada de este jueves una decena de muertos, entre ellos civiles, en Idlib (noroeste de Siria), último bastión de las milicias rebeldes. El Pentágono confirmó que la “misión contraterrorista”, en la que no se han registrado “bajas de EE UU”, fue “un éxito”, sin ofrecer más detalles por el momento. El Observatorio Sirio para los Derechos Humanos, ONG que cuenta con informadores sobre el terreno, contabilizó al menos nueve cuerpos, entre ellos dos niños, en la población de Atmeh, en un área próxima a la frontera turca que acoge campamentos con decenas de miles de desplazados internos. Los denominados Cascos Blancos, equipos de rescate que operan en el bando insurgente, elevaron a 13 la cifra de fallecidos, en la que incluyeron a seis menores, informa Reuters.

Esta operación ordenada por el Pentágono es la más amplia desde el ataque en el que fue abatido en 2019 el jefe del Estado Islámico (ISIS, por sus siglas en inglés), Abubaker al Bagdadi, en una zona cercana de Idlib. Varios helicópteros aterrizaron a las afueras de Atmeh a primera hora de la madrugada del jueves. Los enfrentamientos en la zona se prolongaron durante más de dos horas, según testigos citados por Reuters que dieron cuenta de intensos intercambios de disparos y explosiones. El presunto objetivo del ataque era un líder yihadista, no identificado por ahora, que se encontraba durmiendo junto con su familia en una casa de la localidad.

El principal grupo yihadista que opera en Idlib es Hayat Tahir al Sham, que controla la mayor parte del territorio asediado por las tropas leales al presidente sirio, Bachar el Asad, con apoyo de sus aliados de Rusia. Se trata de herederos del Frente al Nusra, anterior filial de Al Qaeda en Siria, de la que también deriva Hurras al Din, grupo desplegado en la zona donde se ha registrado la operación este jueves y que cuenta con yihadistas extranjeros en sus filas.

EE UU suele atacar con drones a los grupos yihadistas en Siria, salvo en los casos en los que actúa contra destacados líderes cuya identidad busca confirmar mediante pruebas de ADN obtenidas de sus restos. Una arriesgada operación sobre el terreno, como la de Atmeh, apunta a la presencia de un objetivo de alto nivel dentro de Al Qaeda. Previsiblemente, un jefe regional o incluso el máximo líder de la organización, Ayman al Zawahiri, quien aparentemente impulsó la escisión de Hurras al Din en Idlib, según informa The New York Times.

Un asalto de células durmientes del ISIS a la prisión de Hasaka, en el noreste de Siria, para liberar a excombatientes yihadistas fue aplastado la semana pasada por las milicias kurdas de las Fuerzas Democráticas Sirias, que controlan la cárcel en la que están detenidos 3.500 yihadistas, con el apoyo de la aviación y fuerzas especiales de Estados Unidos, su aliado en la lucha contra el extinto califato. Esta ha sido la mayor acción armada del ISIS registrada en Siria desde su derrota en el campo de batalla hace casi tres años.

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El asalto de células durmientes del Estado Islámico (ISIS, por sus siglas en inglés) a la prisión de Al Sina en Hasaka, en el noreste de Siria, para liberar a excombatientes yihadistas ha sido aplastado este miércoles tras seis días de combates a sangre y fuego. Las milicias kurdas de las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS), que controlan la cárcel, han anunciado el fin del ataque, que ha sido sofocado con apoyo de la aviación y fuerzas especiales de Estados Unidos, su aliado en la lucha contra el extinto califato. Se trata de la mayor acción armada del ISIS registrada desde su derrota en el campo de batalla hace casi tres años.

Después de que dos conductores suicidas lanzaran en la noche del día 20 sus camiones cargados de combustible y explosivos contra las puertas del penal, en el distrito de Gewayran, en las afueras de Hasaka, dos centenares de combatientes del ISIS se apoderaron de edificios y cruces de caminos. En una acción coordinada, cientos de los 3.500 presos yihadistas arrebataron las armas a sus guardianes. Mientras la mayoría de los amotinados se dio a la fuga de inmediato, otros internos se atrincheraron con decenas de rehenes en parte de la prisión al verse acosados por las fuerzas kurdas. Más de 45.000 civiles han huido de sus casas en los primeros días en medio de un frío glacial durante los primeros cinco días de enfrentamientos, según datos recabados por agencias de Naciones Unidas.

Los portavoces kurdos se limitaron a asegurar a través de Twitter que el asalto había terminado, sin que el centro de prensa de las FDS informara de bajas en los combates. Más de 500 reclusos yihadistas se rindieron poco antes de que los últimos combatientes del ISIS depusieran las armas. El Observatorio Sirio para los Derechos Humanos, ONG asentada en Reino Unido que cuenta con informadores sobre el terreno, había contabilizado en la tarde del martes más de 180 muertos entre los asaltantes y presos yihadistas, 37 en el seno de las fuerzas kurdas y al menos 10 civiles abatidos por presos fugados.

El mando de la coalición internacional contra el ISIS ha intentado quitar hierro al asalto yihadista y ha anunciado que la respuesta militar que han afrontado los combatientes extremistas ha sido contundente. “En su desesperado intento por recuperar la relevancia, el Daesh [acrónimo árabe para Estado Islámico] ha dictado una sentencia de muerte para sus seguidores que han participado en el ataque”, advirtió el general estadounidense, John W. Brennan, comandante de las fuerzas de la coalición. El mando militar no explicó, sin embargo, cómo ha sido posible que más de 10.000 milicianos kurdos no hayan podido contener en casi una semana el resurgimiento armado del ISIS. La batalla por el control del penal se recrudeció desde el pasado domingo con la intervención de helicópteros y aviones de combate estadounidenses, según ha confirmado el Pentágono, en apoyo de las FDS. Unidades de las fuerzas especiales de EE UU se desplegaron también sobre el terreno con vehículos blindados.

Fuerzas kurdas desplegadas, el domingo en la cárcel de Hasaka (Siria).
Fuerzas kurdas desplegadas, el domingo en la cárcel de Hasaka (Siria).Hogir Al Abdo (AP)

Menores atrapados como escudos humanos

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Unicef, el órgano de la ONU para la infancia, había alertado de que los intensos enfrentamientos que se libraban en Hasaka ponían en grave peligro a los entre 700 y 850 menores, algunos de los cuales rondan los 12 años, internados en el recinto penitenciario junto con sus familias. Las fuerzas kurdas acusaron a los yihadistas de utilizar a niños y adolescentes como “escudos humanos”. Letta Tayler, subdirectora de crisis y conflictos de Human Rights Watch (HRW), ha asegurado en Twitter que recibió mensajes de voz de un adolescente extranjero desde la cárcel de Hasaka en el que describía la presencia de numerosos cadáveres en la prisión. “Si algo les pasa a estos menores, los países de origen de los chicos van a tener las manos manchadas de sangre infantil”, denunció Tayler ante el rechazo de la mayoría de los Estados a repatriar a los llamados niños del ISIS, de los que unos 150 se encuentran atrapados en el penal de Al Sina.

La resurrección militar del ISIS en Siria se ha producido mientras la atención internacional se concentra en la tensión bélica en Ucrania. Muchos observadores se han visto sorprendidos por el espectacular golpe de mano yihadista contra la cárcel, después de que las fuerzas terroristas fueran aplastadas en marzo de 2019 por las milicias kurdas a orillas del Éufrates en el poblado de Baguz, fronterizo con Irak. Desde entonces, el ISIS se había limitado a vagar por el desierto en la frontera sirio-iraquí sin un califato territorial, oculto en células durmientes que cometían de tiempo en tiempo atentados aislados en zonas desérticas.

“El ataque contra la prisión demuestra que el ISIS tiene un poder de permanencia considerable. Esta es la primera vez que lanzan una operación urbana importante”, destaca el profesor estadounidense Joshua Landis, veterano especialista en el conflicto sirio. “Los yihadistas están tratando de reagruparse, ya que las condiciones son ahora favorables para el reclutamiento de combatientes”, resalta Landis, director del Centro de Estudios de Oriente Medio de la Universidad de Oklahoma.

“Una terrible sequía ha arruinado la agricultura en gran parte del noreste de Siria. Igual de relevante es la continua fricción étnica entre kurdos y árabes”, argumenta este experto en un intercambio de mensajes. La población árabe suní, mayoritaria en la región, se queja de que las fuerzas kurdas les discriminan y les tratan como terroristas potenciales. “Las disputas étnicas y sectarias se ven agravadas, además, por las malas condiciones económicas, la falta de empleo y la incertidumbre política en la región”, puntualiza Landis.

El yihadista ceutí Zuhair Ahmed Ahmed, en la cárcel de Hasaka (Siria), en 2021.
El yihadista ceutí Zuhair Ahmed Ahmed, en la cárcel de Hasaka (Siria), en 2021.Natalia Sancha

Preso yihadista español en la prisión atacada

El complejo de Gewayran, un antiguo centro educativo, es la mayor prisión gestionada por las FDS, que tienen bajo su poder a unos 12.000 prisioneros del Estado Islámico, de los que una tercera parte son extranjeros procedentes de medio centenar de países, según HRW. Entre estos brigadistas internacionales del ISIS se encuentra previsiblemente el español Zuhair Ahmed Ahmed, nacido en Ceuta hace 31 años, quien fue entrevistado por EL PAÍS el año pasado en la cárcel de Hasaka. Se entregó tras la derrota del Estado Islámico a las FDS después de haber combatido en las filas del ISIS desde 2013 y de perder las piernas en el ataque de un dron en 2015.

Omar al Harshi, otro yihadista preso de nacionalidad española, también puede hallarse en la cárcel de Gewayran, donde las fuerzas kurdas han concentrado a excombatientes del Estado Islámico, aunque su paradero no ha sido confirmado. Al Harshi está casado con la madrileña Yolanda Martínez, ingresada en el campamento para familiares de yihadistas de Al Roj (50 kilómetros al norte de Hasaka) junto con sus cuatro hijos pequeños. En el centro de internamiento para menores Al Houri (próximo a Al Roj) se encuentra presuntamente también el niño español Abdurahman Aabou Fernández, de 13 años.

El ataque lanzado ahora por el ISIS sigue la estela de la campaña de fugas carcelarias masivas organizada por grupos armados suníes iraquíes en 2012. Estas audaces operaciones le sirvieron al yihadismo para poder reagrupar a sus combatientes antes de lanzarse a la conquista de un amplio territorio, a caballo entre Siria e Irak, sobre el que se fundó el autodenominado califato islámico dos años después.

Ante todo, el profesor Landis considera que el asalto a la cárcel de Hasaka ha devuelto al ISIS una atención internacional de la que había carecido en los últimos tiempos. Además, ha obligado a Estados Unidos (que mantiene desplegados unos 900 miembros de sus fuerzas especiales en Siria) y a la coalición que encabeza a regresar a la primera línea del frente en contra de su voluntad.

“La situación en las cárceles [para yihadistas] es mortificante. Las tribus árabes han tratado, sin éxito, de excarcelar a sus familiares presos, que no han comparecido ante un juez ni han tenido un proceso con garantías”, advierte el investigador estadounidense. “El ataque subraya también la hipocresía de los gobiernos occidentales, que afirman estar trabajando por los derechos humanos y el Estado de derecho, pero que se han lavado las manos sobre la situación de miles de detenidos, entre ellos cientos de niños, que permanecen olvidados en Siria”.

Proclamado en junio de 2014 en la gran mezquita de Mosul, la tercera ciudad iraquí, el califato territorial dejó de existir hace cerca de tres años tras haber acumulado un territorio equivalente al de Reino Unido y contar con 10 millones de habitantes, una población similar a la de Portugal. Las fuerzas kurdas dieron la batalla a los yihadistas junto a una coalición internacional liderada por Washington a partir del verano de 2014. En un conflicto donde intervienen en Siria desde hace más de una década grandes potencias globales como EE UU y Rusia, y regionales, como Irán y Turquía, la lucha contra el ISIS ha sido el único denominador común entre los bandos enfrentados. Sobre sus militantes y líderes presos en Siria pesan acusaciones tan graves como el intento de genocidio contra la minoría yazidí en el norte de Irak o las órdenes dadas para ejecutar atentados masivos en países occidentales.

“El ISIS se ha estado reconstruyendo lenta, silenciosa y metódicamente en Siria e Irak desde la derrota de su califato territorial en marzo de 2019 (…), que fue una tarea estratégicamente simple en comparación con el complejo seguimiento de contrainsurgencia, contraterrorismo e inteligencia necesario después”, recapitula Charles Lister, director de los programas sobre Siria y Extremismo del Instituto de Oriente Medio, en una publicación de este centro de estudios con sede en Washington. “Sin embargo, en lugar de adaptarse a ese desafío complejo, la coalición internacional recortó sus propios recursos y dejó que la presión aumentara sobre su aliado táctico: las FDS. No es difícil imaginar que este ataque marque un punto de inflexión en los esfuerzos del ISIS para recuperarse y resurgir”.

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Las milicias durmientes del Estado Islámico (ISIS, por sus siglas en inglés) se han despertado con el mayor ataque lanzado desde su derrota territorial en marzo de 2019. En un inesperado golpe de mano, un centenar de combatientes del ISIS hicieron estallar el jueves un camión cisterna cargado de combustible a las puertas de la cárcel de Ghwayran, en la ciudad de Hasaka (noreste de Siria), donde están internados más de 3.500 presos, entre ellos centenares de yihadistas y líderes de la milicia integrista islámica, bajo control de fuerzas kurdas aliadas de Estados Unidos.

La batalla por el penal se ha recrudecido desde entonces con la intervención de la aviación estadounidense, según ha confirmado el Pentágono. Hasta este domingo se han contabilizado más de 120 muertos –77 yihadistas, 39 milicianos de las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS, alianza de oposición de mayoría kurda) y siete civiles–, de acuerdo con datos recabados por el Observatorio Sirio para los Derechos Humanos, ONG asentada en Reino Unido que cuenta con informadores sobre el terreno.

Decenas de presos huyeron de la cárcel de Ghwayran, la mayor gestionada por las FDS, que tienen bajo su poder en centros declarados a unos 12.000 prisioneros del Estado Islámico, de los que una tercera parte son extranjeros procedentes de medio centenar de países, según la ONG Human Rights Watch. El ataque yihadista sigue la estela de la campaña de fugas carcelarias masivas organizada por grupos armados suníes iraquíes en 2012 para reagrupar a sus combatientes antes de lanzarse a la conquista de un amplio territorio, a caballo entre Siria e Irak, sobre el que fundaron el denominado califato islámico dos años después.

Las fuerzas kurdas mantienen cercada la prisión después de haber capturado a gran parte de los reclusos huidos, de acuerdo con las declaraciones a France Presse de Abdelkarim Omar, portavoz internacional de la autoproclamada Administración autónoma kurda en el noreste de Siria. Muchos de los internos se amotinaron el jueves tras la explosión del vehículo bomba, se apoderaron de armas de los guardianes y se han atrincherado en la zona norte del penal. El ISIS se ha atribuido la operación en un vídeo, según la cadena británica BBC, y asegura que la mayoría de los presos yihadistas han sido liberados.

Jefes tribales árabes en la zona citados por Reuters aseguran que la política de discriminación ejercida por las FDS sobre la población árabe suní ya había desatado el descontento de la población antes de la intervención armada del ISIS contra la prisión. Miles de civiles han escapado del área de Hasaka ante la creciente intensidad de los combates

La resurrección militar del Estado Islámico se produce en Siria después de que sus milicias fueran aplastadas en marzo de 2019 por las milicias kurdo-árabes a orillas del Éufrates en el poblado de Baguz, fronterizo con Irak. Desde entonces, el ISIS vaga por el desierto en la frontera sirio-iraquí, oculto en células durmientes que ahora se han desperezado.

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Fin del califato territorial

Proclamado en junio de 2014 por su líder, Abubaker al Bagdadi en la gran mezquita de Mosul, la tercera ciudad iraquí, el califato territorial dejó de existir en 2019 tras haber acumulado un territorio equivalente al de Reino Unido y contar con 10 millones de habitantes, una población similar a la de Portugal. Las fuerzas kurdas dieron la batalla a los yihadistas junto a una coalición internacional liderada por Washington a partir del verano de 2014. En un conflicto donde intervienen en Siria desde hace más de una década grandes potencias globales como EE UU y Rusia, y regionales, como Irán y Turquía, la lucha contra el ISIS ha sido el único denominador común entre los bandos enfrentados.

El intento de genocidio contra la minoría yazidí en el norte de Irak, el efecto multiplicador de la barbarie en las redes sociales y la cadena de atentados en países occidentales —desde la matanza de la sala Bataclan de París, en 2015, al atentado de las Ramblas de Barcelona, en 2017—, son razones de peso para que un resurgimiento armado del ISIS vuelva a suscitar preocupación en el mundo.

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Alaa M., este miércoles tras su llegada a un tribunal de Fráncfort.
Alaa M., este miércoles tras su llegada a un tribunal de Fráncfort.BORIS ROESSLER / POOL (EFE)

Alaa M., un médico sirio de 36 años que fue capturado en 2020 en el Estado federado de Hesse (Alemania), y que es sospechoso de haber cometido crímenes contra la humanidad, incluida la tortura de prisioneros en hospitales militares en Siria, ha comparecido este miércoles en un tribunal de Fráncfort, en el segundo caso de este tipo que lleva a cabo la justicia alemana. Hace una semana, un tribunal de Coblenza condenó a un exoficial de los servicios de espionaje sirios a cadena perpetua por crímenes de lesa humanidad. El acusado llegó a Alemania en 2015 para trabajar como médico, gracias a un visado expedido por este país para los sirios que trabajan en determinados sectores en los que falta mano de obra cualificada. Alaa M. trabajó como cirujano ortopédico en varios hospitales antes de ser reconocido por unos refugiados sirios. En el momento de su detención, en junio de 2020, ejercía en una clínica de rehabilitación en Bad Wildungen, una tranquila ciudad balneario de Hesse. Sus colegas desconocían su pasado.

La Fiscalía acusa a Alaa M. de “haber torturado e infligido graves daños físicos y psicológicos” a por lo menos 18 detenidos entre 2011 y 2012 en el hospital militar de la ciudad siria de Homs y en los calabozos de los servicios secretos en la misma localidad. Además, se le imputa un asesinato y otros cuatro de lesiones graves. El acusado, según dos testigos, estaba en formación médica en el hospital militar cuando, como médico asistente, vertió alcohol sobre los genitales de algunos prisioneros y luego les prendió fuego. Supuestamente golpeó, pateó, colgó del techo y azotó a varios detenidos.

“Alaa M. no es una excepción en Siria”, ha dicho Annsar Shahhoud, un refugiado sirio, a Tagesschau, el informativo de televisión con mayor audiencia en el país “Los médicos han participado sistemáticamente en la violencia desde 2011. Supervisan las torturas, los asesinatos y emiten certificados de defunción falsos”, ha señalado.

Alaa M. está en prisión preventiva desde su detención en 2020 y podría ser condenado a cadena perpetua. Los fiscales alemanes se han acogido a las leyes de jurisdicción universal que les permiten solicitar juicios para los sospechosos de crímenes contra la humanidad cometidos en cualquier parte del mundo. Alemania se ha convertido en un país pionero en juzgar los crímenes del régimen del presidente sirio, Bachar el Asad.

La acusación más grave a la que se enfrenta Alaa M. tiene que ver con la muerte de un opositor. Según la Fiscalía, un preso, que había sido detenido por participar en una manifestación contra el régimen, sufrió un ataque epiléptico al cabo de una sesión de tortura. Alaa M. fue llamado para prestarle auxilio, pero en lugar de ello le golpeó y pateó en al menos dos ocasiones. El preso murió al poco tiempo, sin que se determinase la causa exacta de la defunción.

Según informaciones del semanario Der Spiegel, que difundió en 2020 la verdadera identidad de Alaa M. en una investigación conjunta con la cadena catarí Al Jazeera, los dos testigos en cuyas declaraciones se fundamenta el caso se encontraban detenidos donde el acusado realizó sus torturas.

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Los fiscales consideran que Alaa M. es un partidario fanático de El Asad, que llamaba “cucarachas” a los opositores y participaba “de todo corazón” en la represión. “La apertura del segundo juicio en Alemania por crímenes de lesa humanidad cometidos en Siria muestra que los esfuerzos para hacer justicia por las atrocidades cometidas en ese país están ganando impulso”, ha señalado en un comunicado la ONG Human Rights Watch antes de que comenzara la audiencia.

El abogado sirio Anwar al-Bunni, que dirige una organización en Berlín en defensa de los derechos humanos y que ayudó a preparar el caso contra Alaa M., dijo en vísperas de la apertura del juicio que la presencia del médico ante el tribunal arrojaría más pruebas de que el Gobierno sirio instigó la tortura para sofocar el levantamiento contra El Asad.

“Esperamos que se le condene a cadena perpetua”, dijo al-Bunni, quien añadió que el tribunal podría emitir un veredicto antes de que termine este año.

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Un antiguo coronel de los servicios de inteligencia sirios ha sido condenado por la justicia alemana a cadena perpetua por crímenes contra la humanidad en el marco del primer juicio en el mundo vinculado a los abusos cometidos por el régimen de Bachar el Asad. Anwar Raslan, de 58 años, era el principal acusado en un proceso histórico que ha dado esperanza a muchos de los 800.000 sirios que residen en Alemania de que se haga justicia después de que fracasaran los intentos de establecer un tribunal internacional para Siria.

El Tribunal Superior de Coblenza que ha condenado a Raslan se ha basado en el principio de jurisdicción universal, que permite juzgar delitos graves en tribunales de terceros países. El proceso empezó en abril de 2020 y causó gran revuelo a nivel internacional. Desde 2002, Alemania es uno de los países europeos con una interpretación más amplia de lo que se considera justicia universal, lo que le permite, por ejemplo, juzgar a acusados de crímenes de lesa humanidad sin necesidad de que entre las víctimas haya ciudadanos alemanes, como exigen otros Estados de la Unión Europea. Más de 80 testigos y varias víctimas de tortura han comparecido en Coblenza para relatar las barbaridades cometidas durante la guerra civil siria.

El tribunal considera probado que Raslan cometió 27 asesinatos y que fue responsable de la tortura de al menos 4.000 personas en una prisión gestionada por el servicio de inteligencia en la capital siria, Damasco, donde era jefe de interrogatorios. El veredicto incluye también condenas por otros delitos como las lesiones graves, agresiones sexuales y privación de libertad. La Fiscalía acusaba a Raslan del asesinato de 58 personas. La defensa había pedido la absolución.

Los jueces consideran que el excoronel era quien supervisaba y tomaba las decisiones como jefe de la unidad de investigaciones del departamento de inteligencia 251, que dirigió entre 2011 y 2012. De ese departamento dependía la cárcel de Al Jatib, donde se cometieron los crímenes.

Raslan fue detenido en febrero de 2019, cinco años después de su deserción de las filas del régimen sirio y de que consiguiera entrar en Alemania como refugiado. Mientras permaneció en el país haciéndose pasar por otra de las muchas víctimas de la guerra y la represión llegó a participar en las conversaciones de paz de Ginebra II como parte de la delegación de la oposición siria en 2014. Durante el juicio ha defendido que simpatizaba en secreto con la oposición y que nunca torturó ni dio órdenes para que nadie lo hiciera.

La justicia ha podido actuar contra Raslan gracias a que otro refugiado le reconoció en Berlín. La ONG alemana Centro Europeo para los Derechos Humanos y Constitucionales (ECCHR, por sus siglas en inglés), que se dedica a dar asistencia jurídica, le ayudó a presentar una denuncia y empezó así un proceso que ha ido sumando decenas de testimonios recogidos por la Fiscalía General y la policía. Los miles de fotografías de víctimas de la represión que un informante, conocido con el seudónimo César, pudo sacar del país y que documentan el horror de las cárceles sirias, también han contribuido a construir el caso.

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La justicia alemana dictó el primer veredicto en este proceso el año pasado. El tribunal de Coblenza condenó a un antiguo miembro de los servicios secretos sirios, Eyal Alghareib, de 44 años, a cuatro años y medio de cárcel como cómplice de un crimen de lesa humanidad por haber ayudado a otros a privar de libertad y a torturar a 30 personas mientras estaban bajo su custodia. Fue la primera vez que un tribunal de justicia calificó lo sucedido en Siria como crímenes de lesa humanidad.

La acusación contra Alghareib, agente de menor rango que Raslan, se disgregó de la principal, lo que permitió acelerar el procedimiento. Alghareib llegó a Alemania en abril de 2018, también como solicitante de asilo. En otoño de 2011, después de que el régimen disolviera violentamente una manifestación en Duma (al sudeste del país), participó en el arresto de 30 personas y en su traslado a la cárcel del departamento 251 en Damasco. Según el tribunal, les custodió en uno de los autobuses y “vio que ya habían sido golpeados de camino a la prisión y al llegar a ella”. El acusado “sabía de la tortura regular y sistemática” en ese centro y “la aceptó”, afirmaron los jueces.

“Este veredicto es importante para todos los sirios que han sufrido y siguen sufriendo los crímenes del régimen de El Asad. Demuestra que la justicia no debería seguir siendo un sueño para nosotros. Es solo un comienzo y tenemos un largo camino por recorrer, pero para nosotros, las personas afectadas, este juicio y el fallo de hoy son un primer paso hacia la libertad, la dignidad y la justicia”, declaró Ruham Hawash, superviviente sirio de la cárcel de Al Jatib y uno de los demandantes en el caso, en palabras recogidas en un comunicado de ECCHR.

“Es solo un primer paso para abordar los crímenes en Siria, pero ese primer paso suele ser el más difícil”, aseguró Patrick Kroker, abogado del ECCHR. “El objetivo sigue siendo llevar a altos cargos de El Asad, como el exjefe de inteligencia de la Fuerza Aérea Jamil Hassan, ante la justicia por sus crímenes”. Esta ONG presentó en 2017 una querella contra Hassan y al año siguiente la justicia alemana emitió una orden de arresto internacional contra él.

Los abogados que han participado en el juicio creen que las pruebas presentadas podrán ser utilizadas por otros fiscales de países europeos en los que también se aplica la justicia universal. La justicia internacional está de momento paralizada después de que China y Rusia vetaran en el Consejo de Seguridad de la ONU la investigación de los crímenes de guerra en Siria en la Corte Penal Internacional.

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