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La vida de la periodista Valeria Ratnikova, de 22 años, dio un vuelco en apenas cinco minutos. El tiempo que tardó en comprar un pasaje de avión de Moscú a Estambul. “Tuve que actuar muy rápido porque apenas quedaban billetes”, relata. Empaquetó deprisa el equipaje (ropa de entretiempo, un par extra de zapatos, productos de higiene, el portátil, la tableta y cargadores), cerró la puerta de su apartamento y se fue hacia el aeropuerto. Atrás quedaban sus pertenencias y toda una vida. Y la duda de no saber si podrá regresar. “Ha sido una decisión muy dura. Jamás pensé en abandonar Rusia”.

Ratnikova terminó su carrera universitaria hace tres años y se presentó enseguida en Dozhd TV porque quería dedicarse al periodismo político y hacerlo en uno de los pocos medios autónomos respecto de las directrices del Kremlin que existían en su país. No fue fácil: el año pasado, este canal de televisión, como muchos otros medios y periodistas independientes, fue declarado “agente extranjero”, lo que implica que deben publicar sus contenidos bajo esa etiqueta, además de sufrir mucho más control por parte de las autoridades. “Nuestro canal era uno de los pocos que cubría la guerra en Ucrania de forma objetiva y nuestra audiencia creció mucho. Eso al Gobierno no le gustó, y a los seis días bloqueó nuestra web porque decían que publicábamos bulos. Lo cual es mentira. Al mismo tiempo aprobaron la ley que condena a prisión a quienes diseminen información no oficial; por eso decidimos irnos”, afirma.

Casi todos los medios independientes han sido cerrados y hasta 300 periodistas rusos han elegido la vía del exilio, explica otra periodista refugiada en Estambul que pide que no se publiquen sus datos. Por llamarle guerra a la guerra (en lugar de “operación militar especial”) pueden caer hasta 15 años de cárcel, más que por asesinar a alguien.

Valeria es solo una de las decenas de miles de compatriotas que han escapado de la Rusia de Vladímir Putin en las últimas semanas. Opositores rusos elevan esta cifra a 300.000. Desde el inicio de la invasión de Ucrania, en el país se han disparado las búsquedas en internet de términos como “emigración”, “vuelos”, “visados”, “asilo político”…

Los cerca de 50 aviones que aterrizaban diariamente en Estambul procedentes de Moscú, San Petersburgo y otras ciudades rusas se han ido reduciendo progresivamente a apenas 15: los operados por Turkish Airlines y alguna pequeña aerolínea rusa. De ahí que los precios se hayan elevado hasta superar los 1.500 euros, en un momento en que el rublo ha perdido más de un cuarto de su valor. Aun así, los vuelos desde Rusia aterrizan en Turquía llenos de pasajeros desde hace semanas. Lo mismo ocurre en los países vecinos que aún mantienen las conexiones aéreas: a Georgia han llegado varios miles de ciudadanos rusos, y en Armenia están aterrizando unos 6.000 al día, según un miembro del Parlamento. Y en Israel han aterrizado otros 2.000. Hay quienes están optando también por Asia o países del golfo Pérsico, pero Estambul ofrece una vida más asequible, según apunta una joven rusa, y buenas conexiones con Europa Occidental, objetivo final de muchos de estos emigrados.

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Daniil, un técnico que trabajaba con organismos oficiales y temía por su seguridad en Moscú dada su participación en las protestas contra la guerra, denuncia: “Todo está cambiando muy rápidamente en Rusia. Después del día 24 de febrero nos despertamos en un país diferente. Cada día se aprueban nuevas leyes, cada vez más duras. Antes la represión era ocasional; ahora es masiva. Antes sabías que quizás podías terminar en prisión por tus ideas políticas, ahora sabes que vas a terminar en la cárcel, cien por cien seguro. Tenía miedo de que algún compañero me delatase por algo que he dicho o hecho”.

El temor no es infundado a tenor de los últimos discursos de Putin. El miércoles, el presidente ruso denunció a los “quintacolumnistas” que “viven mentalmente” en Occidente: “El pueblo ruso siempre será capaz de distinguir a los verdaderos patriotas de la escoria y los traidores, y escupirlos de la misma forma que se escupe un mosquito que accidentalmente te entra en la boca”.

Un porteador turco transporta edredones y ropa de cama a una de las viviendas alquiladas por el proyecto Kovcheg para acoger a rusos que han huido de su país por el deterioro de la situación política, pero tienen dificultades para acceder a sus fondos por las sanciones.
Un porteador turco transporta edredones y ropa de cama a una de las viviendas alquiladas por el proyecto Kovcheg para acoger a rusos que han huido de su país por el deterioro de la situación política, pero tienen dificultades para acceder a sus fondos por las sanciones.Andrés Mourenza

El éxodo no es únicamente de periodistas o individuos significados con la oposición. Académicos, artistas, técnicos, programadores, diseñadores y otros empleados del creciente sector tecnológico también se han unido. Alexei Levinson, analista del Centro Levada de Moscú, explica: “Se trata de profesionales con un nivel educativo alto. Hay quienes se marchan porque se sienten en peligro debido a la situación política y quienes lo hacen por la situación económica”.

“Rusia”, añade Alexei, “está a las puertas de una situación económica muy mala. Debido a las sanciones, muchas compañías están marchándose o cerrando porque no pueden proveer servicios o mercancías. Y este déficit de profesionales va a empeorar aún más las cosas”. El que los dirigentes rusos califiquen de “traidores” a quienes emigran tiene como objetivo, según este analista, detener esta fuga de cerebros.

Anna, experta en marketing y empleada en una de estas empresas, relata: “En mi avión a Yereván estaba claro, por la pinta, que todo era gente de las tecnológicas y de la intelligentsia. El vuelo se retrasaba y entró un hombre con un distintivo del FSB [servicio de seguridad interior ruso] a hacer comprobaciones. Alrededor del avión había además hombres con uniforme militar, lo cual era muy raro. Fue muy estresante. Así que cuando aterricé en Yereván suspiré aliviada”. En la capital de Armenia se alojó durante unos días, sin parar de encontrarse rusos por todas partes: “Incluso se han marchado compañeros que eran de esos que no se despegan del ordenador y odian viajar”.

Muchos no saben qué será de ellos porque trabajaban en proyectos gestionados desde Rusia, pero destinados a empresas de Europa o Norteamérica. Además, se enfrentan a un problema: solamente disponen del dinero que pudieron retirar antes de irse. Las sanciones occidentales han hecho que sus tarjetas bancarias dejen de funcionar y la desconexión del sistema SWIFT hace prácticamente imposibles las transferencias. El diario turco Dunya publicó esta semana que se ha notado un gran incremento de la apertura de nuevas cuentas en bancos turcos por parte de ciudadanos rusos.

Anna, por ejemplo, ha tenido que echar mano de la tarjeta de su novio, que lleva años residiendo en el Reino Unido; pero otros no tienen ese apoyo. Asociaciones de periodistas en Turquía se han organizado para acoger a sus colegas rusos. Otras iniciativas, como la denominada Kovcheg (El Arca), financiada por el magnate exiliado Mijaíl Jodorkovski, tratan de ayudar también a los rusos que escapan.

Brecha generacional

Tres voluntarios rusos ayudan a un porteador turco a cargar los edredones, sábanas y almohadas que acaban de comprar en una bocacalle del barrio de Yenikapi. Arrastrando su carretilla, el porteador enfila las empinadas cuestas hasta el apartamento que los miembros de Kovcheg han encontrado: un alquiler decente por seis habitaciones, que les permitirá alojar a 12 personas. Quienes se acogen a esta ayuda deben solicitarlo, y la asociación comprueba su historia para certificar que corren riesgo si permanecen en Rusia, puntualiza Eva Rapoport, una antropóloga que residía en Estambul y se ha unido al proyecto como voluntaria: “Yo no estaba involucrada en ningún movimiento de protesta, pero esta guerra ha superado cualquier línea roja. Y no podía quedarme de brazos cruzados. Así que ayudo a estas personas que se han quedado entre la espada y la pared, entre Putin y las sanciones”.

Daniil y Sasha son los primeros en llegar al piso, recién aterrizados desde Uzbekistán. “Teníamos mucho miedo de no poder salir, de que se cancelasen todos los vuelos al exterior”, explica Sasha: “Nos ocurrió varias veces que no pudimos comprar los vuelos porque se cancelaban en medio del proceso. Y cada vez hay más rumores de que cerrarán las fronteras para que no se vaya nadie”.

Daniil y Sasha huyeron de Rusia y llegaron a Estambul a través de Uzbekistán, temerosos de ser detenidos por su participación en las protestas contra la guerra.
Daniil y Sasha huyeron de Rusia y llegaron a Estambul a través de Uzbekistán, temerosos de ser detenidos por su participación en las protestas contra la guerra.Andrés Mourenza

Una pequeña Moscú en Estambul

Otra académica, que prefiere no dar su nombre, explica su huida en que no quería quedarse en “un Estado que se está convirtiendo en totalitario”. En su caso ha roto, además de con su patria natal, con su familia: “Mi madre me dijo que soy una traidora y que me avergonzaré de mi decisión. Lo peor es que tiene parientes en Ucrania. Yo ya he renunciado a convencerla. El problema es la televisión, mis padres se pasan el día con la televisión encendida y la propaganda estatal es como una secta: les dice que les van a mentir y que son objeto de una conspiración, y ellos se creen que es la única verdad. No han aprendido a buscar diferentes fuentes de información”.

No es la única. “Mis padres no apoyan lo que está pasando, pero tampoco entienden abandonar el país. Así que hemos llegado al acuerdo de no hablar de las noticias. Además, podría ser peligroso para ellos”, asegura Anna poco antes de despedirse de la entrevista. Son casi las 10 de la noche del martes y va a empezar el concierto: cientos de personas esperan pacientemente a que les permitan entrar a Kadiköy Sahnesi, la sala donde va a actuar el popular rapero ruso Oxxxymiron. El 11 de marzo anunció en las redes sociales su actuación en Estambul bajo el lema Rusos contra la guerra, cuyos ingresos se dedicarán a ayudar a los refugiados ucranios.

Las entradas se agotaron en pocas horas. En la sala, los asistentes, casi todos rusos, corean frases contra Putin y a favor de Ucrania; y en escena, el rapero dice que, pese a haber escrito su nuevo álbum antes de la invasión, sus letras “resuenan más ahora”: “Puedes respirar atemorizado y quedarte mirando al cielo / Si resistes la mierda que nos rodea, no lo hagas con cara triste / Todo se repetirá, más de una vez. Pero estamos vivos por ahora / Es demasiado pronto para que fertilicemos la negra tierra”.

Varios de los rusos emigrados temen que la “rusofobia” desatada por la actuación de su Gobierno termine por afectarles, aunque en Turquía todavía no se han dado casos como sí ha ocurrido en Georgia o en países de Europa Occidental. “Nuestra misión es explicar que no todos los rusos apoyan la guerra. Es una tarea muy importante”, sostiene la periodista Valeria Ratnikova. Sobre todo porque no saben cuánto durará su exilio.

El restaurante Istanbul 1924, anteriormente Rejans, fue fundado por rusos que escaparon de su país tras la Revolución y la guerra civil en los años veinte del pasado siglo. Se convirtió en un centro de las tertulias y la cultura rusa en Estambul.
El restaurante Istanbul 1924, anteriormente Rejans, fue fundado por rusos que escaparon de su país tras la Revolución y la guerra civil en los años veinte del pasado siglo. Se convirtió en un centro de las tertulias y la cultura rusa en Estambul.Andrés Mourenza

Al final de un callejón que parte de la avenida Istiqlal, subiendo unas estrechas escaleras, hay un restaurante que parece de otro tiempo. Lo es. Las sillas de madera, la pianola, los candelabros, mantienen la elegancia de hace un siglo. Se llama Istanbul 1924, antes se llamó Rejans. Y es uno de los vestigios de la comunidad rusa de Estambul: aquí los emigrados rusos enseñaron a los turcos a beber vodka con limón, a apreciar nuevas artes escénicas… El local se convirtió en uno de los centros de tertulias políticas y culturales de los años veinte, cuando más de 200.000 rusos blancos escaparon de su país tras la Revolución y la guerra civil, entre ellos el pintor Pável Chelishchev, la familia Smirnov (que estableció su destilería de vodka en Estambul durante cuatro años) o un niño llamado Vladímir Nabókov [tiempo después autor de la novela Lolita, entre otras]. Años más tarde, también eligió esta ruta hacia el destierro otro ruso de renombre: León Trotski.

“Muchos rusos llegan a Estambul como escala para obtener un visado e irse a otro país. Pero algunos se quedarán, porque está cerca de Rusia”, opina la antropóloga Eva Rapoport: “Así que Estambul podría convertirse en un foco de cultura rusa no putiniana, que muestre que Rusia es mucho más que apoyo a la guerra”.

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Los ministros de Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, y ucranio, Dmitro Kuleba, se reúnen por primera vez este jueves en Turquía para tratar de buscar una salida al conflicto desatado por la invasión rusa de Ucrania. Las tres rondas de negociaciones que ha habido hasta ahora en Bielorrusia se han saldado con pocos resultados, entre ellos el establecimiento de varios corredores humanitarios que se pusieron en marcha el martes entre denuncias de bombardeos e incumplimientos del alto el fuego. El encuentro entre los mandatarios de Exteriores, el de más alto nivel hasta ahora, se produce 24 horas después del ataque ruso contra un hospital materno-infantil de Mariupol, una localidad ucrania a orillas del mar Negro que lleva días siendo asediada. Las autoridades ucranias han informado este jueves de que tres personas, entre ellas una niña, murieron en el bombardeo, y el alcalde informó de la muerte de otras 1.200 durante el fuerte asedio que sufre la ciudad desde hace nueve días, donde se están abriendo ya fosas comunes para los fallecidos y donde se está desencadenando una catástrofe humanitaria.

Lavrov y Kuleba llegaron a la ciudad turca de Antalya —uno de los destinos preferidos por rusos y ucranianos para sus vacaciones veraniegas, al sur del país— el miércoles por la noche y han mantenido con el jefe de la diplomacia turca, Mevlüt Çavusoglu, sendos encuentros bilaterales ante de la reunión entre los tres, que ha arrancado sobre las 9.30 de la mañana, hora peninsular española, y está previsto que dure al menos hora y media.

Çavusoglu ha expresado su deseo de que la reunión sea un “punto de inflexión” en la situación de guerra y se dé un “paso importante” hacia la paz. El Ministerio de Exteriores ruso ha dicho que se han producido avances a raíz de las tres reuniones entre los equipos negociadores de ambos países celebradas en Bielorrusia en las últimas semanas. Y de hecho, un representante del Gobierno ucraniano afirmó el miércoles que su país podría aceptar las demandas de “neutralidad” hechas por Moscú, pero no las de desmilitarización. Sería, eso sí, si se dan suficientes garantías de respeto a la soberanía de Ucrania y se retiran las tropas rusas. Kiev tampoco está dispuesta a concesiones territoriales en Crimea y Donbás, como pretende el Kremlin. Así las cosas, antes de llegar a Antalia, Kuleba explicó que acudía a la cita a negociar “de buena fe” pero “sin grandes expectativas”.

El director general de la Organización Internacional de la Energía Atómica (OIEA), Rafael Mariano Rossi, también mantendrá este jueves reuniones con los ministros ruso y ucraniano en la localidad mediterránea, después de la alarma internacional generada por los ataques rusos a centrales atómicas en Ucrania. “Espero hacer progresos en la urgente cuestión de garantizar la seguridad de las instalaciones nucleares de Ucrania”, ha señalado.

Las negociaciones entre ucranianos y rusos se celebran en el marco del Foro Diplomático de Antalya, un acto anual organizado por el Ministerio de Exteriores de Turquía que suele atraer a dirigentes, diplomáticos y exministros de todo el mundo. De hecho, Lavrov también mantendrá un encuentro con la vicepresidenta de Venezuela, Delcy Rodríguez, en un momento en que Estados Unidos trata de cortejar al Gobierno de Nicolás Maduro para buscar nuevas provisiones de hidrocarburos con los que sustituir a los rusos. En Antalya también se espera la llegada del representante europeo de Política Exterior, Josep Borrell, aunque será en los próximos días.

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La iniciativa es el resultado de los esfuerzos diplomáticos de Turquía, cuyo presidente, Recep Tayyip Erdogan, ha hablado por teléfono con una veintena de jefes de Estado y de Gobierno desde el inicio de la guerra, incluida una conversación el pasado domingo con su par ruso, Vladímir Putin, y varias con el presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski. El ministro de Exteriores turco ha mantenido a su vez 40 reuniones telemáticas con sus homólogos para preparar el terreno, entre ellas seis con Kuleba y cuatro con Lavrov.

Las conversaciones se producen pocas horas después del ataque ruso contra una maternidad y un hospital infantil en la asediada ciudad de Mariupol (en la costa del mar de Azov, al sureste, 446.000 habitantes). El ataque se produjo durante el alto el fuego pactado por Kiev y Moscú para que miles de personas atrapadas en la urbe, en una situación crítica, pudieran salir por los corredores humanitarios. El presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, responsabilizó este miércoles a Moscú de la “atrocidad”. “Hay niños, personas bajo los escombros”, ha afirmado en sus redes sociales. “¿Hasta cuándo el mundo será cómplice ignorando el terror?”, ha añadido. “¡Europeos! No podrán decir que no vieron lo que les pasó a los ucranios, a los residentes de Mariupol”, ha subrayado Zelenski.

Según ha informado este jueves la municipalidad de Mariupol en Telegram, al menos tres personas han muerto en ese ataque, entre ellas una niña. El primer balance cifraba en 17 las personas heridas, principalmente miembros del personal del hospital. El Kremlin ha asegurado que las fuerzas rusas no disparan contra objetivos civiles. El alcalde de la ciudad del sureste del país, por su parte, ha asegurado que han fallecido 1.200 personas desde que se iniciara el asedio a esta ciudad hace ya nueve días.

Situación “apocalíptica” en Mariupol

En la ciudad portuaria la situación es “apocalíptica”, ha denunciado Cruz Roja. No hay suministro de agua potable, apenas quedan alimentos en las tiendas saqueadas ni medicinas, no hay calefacción ni electricidad y tampoco funcionan correctamente las redes de telecomunicaciones, y los civiles permanecen acurrucados en los refugios para resguardarse de los bombardeos sin tregua. Según el Ayuntamiento de la ciudad, los cadáveres se apilan en las calles y las autoridades están haciendo fosas comunes para enterrar a los fallecidos ya que es imposible enterrarlos de otra manera por los bombardeos continuados.

Casi 3.000 recién nacidos se quedarán pronto sin medicinas ni alimentos en Mariupol, según el ministro de Exteriores ucranio. Las pocas informaciones que llegan desde dentro de la urbe, rodeada por las fuerzas rusas, confirman que sus habitantes ya están viviendo una tragedia humanitaria. Unas 200.000 personas están tratando de huir de la ciudad, ha informado el Comité Internacional de la Cruz Roja.

Mariupol es una de las ciudades donde debería funcionar uno de los seis corredores humanitarios pactados entre Moscú y Kiev para permitir la evacuación de civiles, aunque por ahora no se ha permitido la salida de personas de esa ciudad. El resto de las rutas han funcionado, aunque con diferente grado de cumplimiento. El presidente Zelenski ha asegurado que más de 35.000 personas fueron evacuadas este miércoles a través de estos corredores.

Solo han podido escapar unos 5.000 civiles de Sumi, en el noreste del país, donde una bomba mató a 22 personas, según las autoridades ucranias. Desde la localidad de Enerhodar, donde está la central nuclear de Zaporiyia, ocupada por las fuerzas rusas, que mantienen retenidos a sus empleados, un convoy de refugiados, compuesto sobre todo por mujeres y niños, ha conseguido abandonar la ciudad, según las autoridades ucranias.

El Ayuntamiento de Bucha, al noroeste de Kiev con 28.500 habitantes, aseguró en su página de Facebook que los militares rusos impedían el paso de 50 autobuses con civiles. En Izium (46.600 censados), en la región de Járkov, en el este de Ucrania, la salida de los habitantes se retrasó por los bombardeos rusos, según denunció su gobernador, Oleh Synehoubov, en un mensaje publicado en Telegram.

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Los ministros de Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, y ucranio, Dmitro Kuleba, tienen previsto reunirse por primera vez este jueves en Turquía para tratar de buscar una salida al conflicto desatado por la invasión rusa de Ucrania. En principio, lo harán en la ciudad sureña de Antalya y en un formato a tres, con la presencia de su homólogo turco, Mevlüt Çavusoglu. “Nuestro objetivo más urgente es el cese de los combates”, explicó el jefe de la diplomacia turca al anunciar la cita, que consideró un “paso importante” hacia la paz y la estabilidad. Posteriormente, la portavoz de Exteriores rusa, María Zajarova, confirmó a la agencia TASS la participación rusa en la reunión.

La iniciativa es el resultado de los esfuerzos diplomáticos de Turquía, cuyo presidente, Recep Tayyip Erdogan, ha hablado por teléfono con una veintena de jefes de Estado y de Gobierno desde el inicio de la guerra, incluida una conversación este domingo con su par ruso, Vladímir Putin, y varias con el presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski. El ministro de Exteriores turco ha mantenido a su vez 40 reuniones telemáticas con sus homólogos para preparar el terreno, entre ellas seis con Kuleba y cuatro con Lavrov. “Eso sin contar los mensajes que nos enviamos continuamente”, añadió.

Turquía es uno de los miembros de la OTAN con más pedigrí —entró a formar parte en 1952—, pero en los últimos años ha preferido negociar su expansión exterior directamente con el Kremlin. Ha comprado a Rusia un sistema de misiles que puede suponer una amenaza para aeronaves de la Alianza Atlántica y, sin embargo, también ha vendido armas a Ucrania, especialmente drones que están castigando las columnas militares rusas. Cómo combinar todas estas variables se ha convertido en la cuadratura del círculo para el Gobierno de Erdogan al iniciar Rusia la guerra en Ucrania: Ankara condenó “la invasión ilegal”, pero se abstuvo en la votación sobre la expulsión de Rusia del Consejo de Europa; ha cerrado los estrechos al paso de buques militares rusos, pero rechaza secundar las sanciones de la UE y EEUU. Una de cal y otra de arena.

La razón es que se trata de uno de los países —fuera de los directamente implicados— que más puede perder a raíz del conflicto. “Turquía sigue una política de equilibrio. La principal razón es que los dos estados que están combatiendo son vecinos importantes, con los que Turquía mantiene relaciones de carácter estratégico y un elevado volumen comercial”, afirma Muhittin Ataman, analista del centro de estudios progubernamental SETA.

Erdogan se ha acostumbrado en los últimos años a hablar de tú a tú con su homólogo ruso, Vladímir Putin, con quien le resulta más fácil llegar a acuerdos que a través de la farragosa institucionalidad que implican los tratos con sus socios occidentales, en cuyas negociaciones siempre aparecen referencias a los derechos humanos, la imparcialidad judicial y otros asuntos, a su juicio, molestos. A la vez, el Gobierno turco teme enfadar a Rusia y que esta le pague desestabilizando aquellos escenarios como Siria, Libia y el Cáucaso, donde la sintonía entre ambos líderes ha permitido que cada país conserve su esfera de influencia. Pocos días antes del inicio de la invasión de Ucrania, el viceministro de Exteriores de Rusia, Mijail Bogdanov, explicó que las conversaciones entre los militares rusos desplegados en Siria y su contraparte turca estaban “muy avanzadas”, y pocos desean que se reanuden las hostilidades. En el recuerdo queda el bombardeo de hace dos años —que numerosos analistas achacan a la aviación rusa— que mató a 34 soldados turcos en Siria, pero que Ankara evitó atribuir a Moscú. “Turquía y Rusia han conseguido atemperar sus diferencias. Hay temas en los que no están de acuerdo, pero tratan de que eso no empañe sus relaciones”, defiende Emre Ersen, profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad de Mármara.

La prudencia turca también se explica por razones económicas. Turquía compra a Rusia un tercio del gas y un cuarto del petróleo que consume, y una empresa rusa construye la primera central nuclear turca. El 80% del trigo que importa Turquía proviene de Rusia y Ucrania, y lo mismo ocurre con otros cereales y el aceite de girasol. El encarecimiento en las materias primas puede tener un efecto nocivo en una Turquía donde los precios se han doblado en apenas un año. Ersen subraya, además, que las sanciones contra Rusia y el propio conflicto pondrán en aprietos dos métodos turcos para obtener divisa: el turismo (rusos y ucranianos son el 27% de los visitantes a Turquía) y la construcción en el exterior (empresas turcas tienen proyectos por valor de 18.000 millones de euros en Rusia).

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Alianza estratégica con Ucrania

A pesar de esta aparente posición neutral, hay un gran enfado turco con Rusia por su ataque a Ucrania, asevera Yörük Isik, analista del think-tank estadounidense Middle East Institute y director de la consultora estambulí Bosphorus Observer, especializada en temas marítimos. Erdogan se reunió con Zelenski en Kiev solo tres semanas antes de la intervención rusa: firmaron un tratado de libre comercio y el líder turco se ofreció a mediar ante Moscú. “Turquía es el principal inversor extranjero en Ucrania, y allí hay cientos de empresas y miles de ciudadanos turcos. Esta relación tiene un aspecto militar muy importante, porque son dos países que se complementan perfectamente. Lo que Turquía necesita desesperadamente, por ejemplo motores y tecnología aérea, lo tiene Ucrania, y viceversa”, apunta Isik.

Ucrania ha comprado vehículos militares a Turquía, ha encargado la construcción de corvetas y ha recibido al menos una docena de drones artillados Bayraktar TB2. La semana pasada llegó un segundo lote, ya en plena guerra, pero el Gobierno turco se escudó en que son acuerdos comerciales llevados a cabo por una empresa privada (empresa, eso sí, que pertenece a la familia de un yerno de Erdogan). Estos drones se han mostrado efectivos frente al avance ruso, tanto que en las redes sociales se ha popularizado una canción en honor al arma de fabricación turca. Además, empresas militares turcas habían llegado a acuerdos con la fábrica ucraniana Motor Sich para manufacturar los motores de los nuevos helicópteros de ataque turcos, de los drones TB2 y de un modelo superior, el Akinci. Esa fábrica está situada en Zaporiyia, cerca del frente de combate, y, cree Isik, “probablemente se convertirá en un objetivo de Putin”.

Teniendo en cuenta esto se entiende que Turquía haya invocado la Convención de Montreux y haya prohibido el tránsito por los estrechos del Bósforo y los Dardanelos (a través de los que se comunican el Mediterráneo y el mar Negro) a los barcos militares rusos, una medida exigida por Kiev desde el primer día de ofensiva. La pasada semana, el ministro de Exteriores turco, Mevlüt Çavusoglu, anunció que se había pedido a Moscú retirar una petición de paso de cuatro buques. Según Reuters, se trataba de dos destructores, una fragata y un navío de reconocimiento.

“Esto son palabras mayores”, dice Isik, que asegura que durante varias semanas esta flotilla estuvo compuesta por siete naves, parte de ellas de la flota rusa del Pacífico y una armada con misiles de crucero, y estuvo dando vueltas en el norte del mar Egeo hasta que varios buques partieron hacia el sur, lo que indicaría que “Turquía presionó a Rusia incluso antes de aplicar Montreux para evitar que esos buques entrasen al mar Negro”. Para endulzar el mal trago a Rusia, Çavusoglu ha hecho extensible la prohibición del paso de buques militares por los estrechos “a todos los estados”, algo que no está recogido en la Convención de Montreux, que se ciñe únicamente a los estados beligerantes. Lo interesante, resalta el experto naval, es que la OTAN sacó sus naves del mar Negro a finales de enero, cuando es habitual que siempre haya alguna en patrulla rotatoria: “Probablemente, alguien en Bruselas tomó la decisión de no dar a Rusia la oportunidad de buscar provocaciones que utilizar como excusa”.

El cierre de los estrechos turcos no tendrá gran efecto en la ofensiva en Ucrania a corto plazo, puesto que ya hay una importante presencia naval rusa en el mar Negro, incluidos seis buques de sus flotas del Norte y el Báltico. Pero, sostiene el profesor Ersen, a medio-largo plazo podría afectar a la comunicación con el despliegue ruso en Siria, ya que obliga a que todos los suministros lleguen por vía aérea.

Otro efecto del conflicto, si no se detiene pronto, puede ser que Turquía refuerce su cooperación con países del Este de Europa como Bulgaria, Rumanía y Polonia si se siente “amenazada” por Rusia, opina Ataman. E igualmente, podría resultar en la normalización de las relaciones entre Turquía y la OTAN, toda vez que Ankara está mostrando “su valor estratégico para la seguridad en Europa”.

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El ministro de Exteriores turco, Mevlüt Çavusoglu, anunció este domingo que su país “aplicará la Convención de Montreux”, que prohíbe el paso de buques militares a través de los estrechos del Bósforo y los Dardanelos (por los que se accede del mar Mediterráneo y el Egeo al mar Negro) a los barcos de aquellos países implicados en una guerra. Esta prohibición concierne tanto a Ucrania como a Rusia, si bien es más relevante para el segundo país dada su mayor flota.

El Gobierno ucranio, tanto a través de su embajador en Ankara como en una conversación telefónica entre el presidente de ese país, Volodímir Zelenski, y su homólogo turco, Recep Tayyip Erdogan, había pedido activar la Convención de Montreux, firmada en 1936 y aún en vigor. El retraso en tomar una decisión, según explicó una fuente oficial turca, se debió a que los diplomáticos de Turquía debatían si podían calificar técnicamente lo que sucede en Ucrania de guerra, lo cual activaba Montreux, o se trata, como asegura la versión rusa, de una “operación militar”. En una entrevista este domingo con el canal turco CNNTürk, Çavusoglu explicó que se ha consultado a juristas, expertos y militares, y finalmente se ha llegado a una conclusión: “En un principio hubo un ataque ruso. Pero ahora, tal y como se puede apreciar con la situación de muchas ciudades, está claro de que ha evolucionado a una guerra”.

La medida es fuertemente simbólica e inclina a Ankara —miembro de la OTAN, pero con profundos lazos económicos, políticos y estratégicos con Moscú— del lado de Ucrania, un país con el que también ha forjado una alianza en los últimos años con la venta de drones armados (que están siendo usados contra las fuerzas rusas) y la utilización de tecnología ucraniana en la fabricación de drones.

Con todo, Rusia no debería tener mayores problemas a corto plazo con esta prohibición porque en los últimos meses ha trasladado numerosos efectivos de su Armada al mar Negro, incluidos buques de las flotas del Norte y el Báltico. Además, tal y como recordó el ministro Çavusoglu, la propia Convención de Montreux permite a los buques de países beligerantes entrar en el mar Negro en caso de que se hallen de regreso a su base, lo que podría servir para que barcos rusos de la flota del mar Negro que se hallen actualmente en el Mediterráneo accedan a las costas meridionales de Rusia y Ucrania. Eso sí, en caso de que el conflicto se alargue, podría suponer problemas logísticos para la Armada rusa, que mantiene despliegues en el Mediterráneo, por ejemplo en Siria.

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Lino Rojas y Yudith Pérez ante la estatua de Alejandro Magno, en octubre en Salónica, en una fotografía cedida por ellos.
Lino Rojas y Yudith Pérez ante la estatua de Alejandro Magno, en octubre en Salónica, en una fotografía cedida por ellos.Cedida

José y Reinaldo jamás tuvieron entre sus planes llegar a Estambul. Y, sin embargo, aquí están: sin pasaportes, sin dinero, sin su ropa, y con las esperanzas de reconstruir su vida fuera de Cuba truncadas a medio camino. “Durante el camino tuvimos miedo al atravesar Serbia y Macedonia [del Norte]. Al llegar a Grecia pensamos, ya está, la Unión Europea, defensores de los derechos humanos y la democracia. Y no es así. Cuando te crees ya a salvo en Grecia, es cuando peor la pasas, cuando tu vida ya no vale nada”. Aún, tres meses después de lo sucedido, les es difícil encontrar un sentido a lo que les ha pasado, a cómo han sido forzados a vivir indocumentados en Turquía tras ser expulsados ilegalmente por Grecia. Aún les cuesta digerir el trauma, las palizas sufridas y la indefensión a la que se les ha sometido.

Debido al desplome de la economía cubana durante la pandemia y, especialmente, después de la represión de las protestas sociales del pasado verano, miles de cubanos han abandonado la isla. Con numerosas rutas aéreas canceladas por la covid-19 y ante la imposibilidad para los cubanos de lograr visados para la mayoría de países, muchos han decidido tratar de alcanzar Europa vía Moscú. Fue lo que hicieron José y Reinaldo después de vender sus respectivos apartamentos en La Habana. No solo buscaban una vida mejor, sino que también temían la persecución por haber participado en las protestas que comenzaron el 11 de julio: Reinaldo asegura que perdió su último trabajo por no inscribirse en una lista de voluntarios para reprimir a los manifestantes (los nombres de ambos han sido modificados porque temen que sus familias en Cuba sufran represalias).

Tras un mes en Rusia buscando diferentes vías, el 28 de octubre volaron a Serbia, de allí atravesaron caminando la frontera con Macedonia del Norte y, en un taxi, llegaron hasta la frontera griega, que también cruzaron irregularmente a través de las montañas. En Polikastro (Grecia) tomaron un autobús a Salónica y, de allí, otro a Atenas. Sin embargo, siete minutos después de partir, la policía ordenó detener el vehículo y arrestó a Reinaldo, José y un tercer conciudadano que viajaba con ellos, además de a otra familia cubana de cuatro miembros que también iba en el autobús y a un paquistaní. “Nos pidieron los teléfonos y los pasaportes. Les dijimos que estábamos en Grecia para solicitar asilo político y un policía nos aseguró que era un mero trámite y que al día siguiente quedaríamos libres. Nunca más volvimos a ver nuestros teléfonos ni nuestros documentos”, explica José.

Entonces estaban demasiado cansados —llevaban 48 horas de viaje ininterrumpido sin dormir, casi 700 kilómetros, más de 50 kilómetros a pie— para darse cuenta de que habían entrado en un complejo mecanismo de deportaciones masivas puesto en marcha por las autoridades griegas, que incumple todos los parámetros de la legislación nacional, europea e internacional. Un sistema que, según los testimonios recabados por este diario, por organizaciones de derechos humanos y por investigaciones independientes, se compone de numerosos sitios de detención oficiales e irregulares gestionados por agentes de policía y militares a lo largo de más de 400 kilómetros en el norte de Grecia, donde los migrantes sufren palizas y robos por parte de las propias fuerzas del orden y se les despoja de documentos y teléfonos móviles para evitar que quede rastro de estas prácticas.

Los detenidos fueron transportados durante algo más de media hora hasta un calabozo donde pasaron la noche. En las siguientes horas llegó una veintena más de detenidos, la mayoría sirios y afganos, aunque también otra familia cubana con un niño de tres años. “Pedimos telefonear a un abogado, pero nos lo negaron. Tampoco nos hicieron firmar un documento conforme a que estábamos detenidos. Lo tienen todo bien pensado para que, a partir de ahí, dejes de existir”, apunta Reinaldo.

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Al día siguiente, sin dejarles recoger sus mochilas —tampoco los medicamentos que Reinaldo necesita para tratarse una enfermedad crónica—, cargaron a todos los detenidos en una furgoneta blanca sin ventanas ni distintivo (similares a las que este periodista ha visto en la zona fronteriza entre Grecia y Turquía y que son utilizadas para llevar a cabo las devoluciones ilegales de migrantes). “Íbamos muy apretados y conducían muy rápido, nos dábamos golpes contra los lados y no se podía apenas respirar”, asegura José. Al cabo de dos horas de recorrido, se detuvieron, cambiaron de furgonetas y separaron a los cubanos del resto. Siguieron otros 45 minutos de trayecto y llegaron a lo que identifican como un campamento militar cercano a Alejandrópolis, según pudo ver José en los carteles de la autopista a través de una rendija en la furgoneta: “Era un lugar con un gran portón, con un muro alto de hormigón que impedía ver hacia afuera. Los militares llevaban pulóver verde olivo y pantalones de camuflaje. Se pusieron pasamontañas y no les pudimos ver la cara”, añade.

Según el relato de ambos cubanos —que coincide con otros testimonios del grupo recabados por la ONG Josoor—, los agentes griegos apartaron en una sala a las mujeres y el niño de tres años con su padre, e hicieron desnudarse al resto, dejando las ropas en un montón. Cuando se desnudaron comenzaron a golpearles entre varios agentes con bastones de plástico y varas de madera. “Me quitaron el reloj, los aretes, las cadenas, las manillas (pulseras) y un anillo. Tengo un piercing en la tetilla, pero no podía desenroscarlo y entonces me acercaron una especie de taser eléctrico (arma de electrochoque). Uno me preguntó: ¿Eres cristiano o musulmán? Cuando les dije cristiano no lo prendieron”, narra Reinaldo, y José añade: “A los que respondían ‘musulmán’, era como si mentasen al diablo. Era increíble cómo les pegaban, una escena muy desagradable, algo que yo únicamente había visto en películas”.

Otro grupo de cuatro cubanos que fue expulsado de Grecia en una fecha anterior denunció un trato similar y publicó en las redes un vídeo en el que se percibe la espalda y la cabeza de uno de ellos con numerosos hematomas, incluidos varios de ellos con heridas abiertas y una mano completamente hinchada, todo ello supuestamente resultado de los golpes de los agentes griegos.

Tras la paliza, los agentes obligaron a José, Reinaldo y al resto a vestirse rápidamente con lo primero que encontrasen en el montón de ropa, pero ni siquiera les permitieron enfundarse los abrigos o calzarse, tampoco recuperar su dinero: 7.680 euros que, según su testimonio, llevaban para continuar su ruta hasta España. Los volvieron a meter en furgonetas y siguieron rumbo al Este. Un joven sirio que se introdujo en la furgoneta de los cubanos, trató de calmarles diciendo que iban a ser devueltos a Turquía, que él ya sabía el procedimiento, porque era la cuarta vez que lo sufría. “Yo no le creía. ¿Qué tiene que ver Grecia con Turquía? No entendía nada. Siempre pensamos que nos iban a llevar a un aeropuerto para deportarnos a Cuba o a Macedonia del Norte, que era por donde habíamos entrado”, dice José.

Ya era de noche cuando los desembarcaron en una zona boscosa junto al río Evros. “Íbamos en fila, por grupos de a 10, descalzos, con un agente con uniforme azul [el de la policía griega] custodiándonos delante y otro detrás. Había un chico sirio, muy joven, al que no dejaron vestirse, ni siquiera los calzoncillos. Iba con sus manos tapándose. Esa imagen no se me va a olvidar. No solo el frío que pasaba, sino todo lo que le hicieron. Le metían la cara contra una alambrada de púas, le metieron la cabeza al río varios minutos, le daban golpes, sobre todo un policía en particular. Sin necesidad. Por gusto. ¿Por qué tuvieron que hacerle eso?”, rememora José, y se estremece al recordarlo: “Los policías iban con la mano en la pistola, y yo pensé que nos llevaban ahí para matarnos. Después de todo lo ocurrido, pensé que nos mataban. Así que le dije a mi amigo: ‘Si sacan la pistola, echamos a correr por el bosque”. Pero no, lo único que querían los agentes griegos era deshacerse de ellos enviándolos a Turquía: los montaron en botes hinchables, por turnos y en absoluto silencio para burlar la vigilancia de los turcos, y los trasladaron a la orilla oriental del río. Desde allí estuvieron vagando varias horas hasta que los militares turcos los descubrieron y les indicaron cómo llegar a Estambul, donde llevan tres meses viviendo de manera absolutamente irregular.

“Un negocio bien montado”

No son los únicos, en los últimos meses, la ONG Josoor ha documentado la deportación ilegal de 35 cubanos de Grecia a Turquía. Y cada semana siguen siendo expulsados más: hombres y mujeres de todas las edades e incluso familias con niños menores de edad, pese a las frías temperaturas que, esta semana, provocaron que 19 personas murieran de hipotermia durante la travesía del río Evros.

La modelo Tsunami Valiente, residente desde hace 14 años en Turquía y que ha organizado a la comunidad cubana de Estambul para ayudar a sus compatriotas indocumentados, afirma que hay más de 50 de los que ella tiene noticias: “Están aterrorizados, llegan psicológicamente traumatizados porque los agreden, los encierran y aparecen en un lugar que no conocen sin saber lo que les ha pasado. Yo entiendo que han entrado ilegalmente a Grecia, porque escapan de la dictadura cubana, pero para deportar a alguien hay que seguir unas normas, y Grecia está violando las leyes europeas y los derechos humanos”.

Entre los últimos en ser deportados están Yudith Pérez Álvarez y Lino Antonio Rojas Morell, que llegaron a Grecia irregularmente, por la misma vía que José y Reinaldo. Después de tres meses residiendo en Salónica, con ayuda de una amiga de nacionalidad griega decidieron entregarse a las autoridades helenas para iniciar el proceso de solicitud de asilo en Grecia. El jefe de policía de la Unidad de Extranjería de Salónica, Dimitrios Savvidis, dio instrucciones de que se desplazaran hasta el centro de internamiento de migrantes de Fylakio, en la provincia de Evros (fronteriza con Turquía). Explicaron su caso a los oficiales a cargo del centro, pero inmediatamente fueron detenidos y despojados de sus teléfonos, sus zapatos, sus medicinas e incluso de la compresa de higiene íntima que llevaba puesta Yudith, para alojarlos en una celda en la que pasaron la noche. Al día siguiente, fueron trasladados en barcas a través del río Evros.

“Un oficial me tomó la billetera con 375 euros y únicamente me devolvió los documentos, dos estampitas y una foto de mi nieto. El resto se lo metió en el bolsillo”, dice Lino: “A mí esto me parece un negocio bien montado por ellos. Porque a mi amiga de Salónica le dijo la policía que podíamos llevar dinero, que en ese campo se vendían cosas, que había quioscos de alimentos. Y nosotros pedimos a parientes que nos girasen dinero. Es un negocio preparado para robarte, porque las personas cuando llegan ahí desaparecen, no quedan registrados”. Sin embargo, en el caso de Lino y Yudith ambos tienen documentación que prueba su paso por Grecia: fotografías en Salónica, la compra de tarjetas SIM con su número de pasaporte, y una inscripción en la oficina de Médicos Sin Fronteras para recibir la vacuna contra la covid-19 a través de un organismo oficial griego.

Grecia niega de plano la existencia de estas prácticas, pese a que incluso el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) y el Consejo de Europa se han quejado de ellas (en este caso, el Ministerio de Migración no respondió a las preguntas planteadas por EL PAÍS). Al quedarse los migrantes sin teléfonos móviles y sin documentos resulta muy difícil probar su paso por Grecia. “Pero, ¿cómo puede ser que yo, sin papeles, termine en Turquía, un país que exige visado a los cubanos?”, pregunta José de forma retórica.

Desde 2020, la Red de Monitorización de la Violencia Fronteriza (BVMN en sus siglas inglesas), en la que participan una docena de ONG y asociaciones europeas, ha documentado más de un centenar de casos en los que unas 8.000 personas fueron devueltas ilegalmente de Grecia a Turquía, la mayoría a través del río Evros. Natalie Gruber, portavoz de Josoor, asegura que en el 98 % de las deportaciones que documentaron en 2021 desde Grecia “hubo violencia”.

Una fuente del Gobierno turco, que contabilizó 16.000 devoluciones de refugiados y migrantes el pasado año, asegura que se ha empezado a detectar también el envío a territorio turco de personas que entraron a Grecia por un tercer país, como es el caso de los cubanos: “Grecia debe cumplir sus responsabilidades internacionales y poner fin a los pushback y expulsiones colectivas, y tratar a los solicitantes de asilo como seres humanos con derechos. Repetimos constantemente nuestras quejas en los foros internacionales. Por desgracia, ni Grecia ni la Unión Europea nos han hecho caso”.

Ruta de los Balcanes para llegar a España

Los grupos de Facebook de cubanos en Rusia, están repletos de mensajes de personas que ofrecen rutas aparentemente fáciles para llegar desde Moscú a Grecia y España: «Manden privado y les explico». Y otros tantos, de personas denunciando haber sido estafados tratando de hacer esas rutas. “Hay algunos a los que les ofrecen pasaje en un supuesto tren de Moscú a Madrid que no existe por 4.000 dólares (3.500 euros)”, explica José. 

Hay quienes intentan llegar a la UE a través de la frontera rusa con los países bálticos o a través de la frontera entre Bielorrusia y Polonia, pero la mayoría se inclina por la llamada “ruta de los Balcanes” (de Turquía y Grecia a Europa Central), si bien en sentido contrario al utilizado desde la crisis de los refugiados de 2015. Aquel año, cerca de un millón de refugiados y migrantes llegaron a la UE a través de esa ruta, pero el control fronterizo se ha reforzado desde entonces y los cruces irregulares se han reducido drásticamente.

Desde Moscú, los cubanos vuelan a Serbia, otro de los países que no les exige visado. Luego, cruzando las fronteras de manera irregular atraviesan Macedonia del Norte —donde en los últimos tres meses han sido detenidos unos 200 cubanos sin papeles— o Kosovo y Albania, para llegar a Grecia en extenuantes caminatas a través de las montañas. Desde ahí intentan llegar a Italia en ferri o en avión, o directamente a España usando documentos falsos y aprovechando la menor vigilancia dentro del espacio Schengen. En octubre, un centenar de cubanos fueron detenidos cuando trataban de tomar un vuelo hacia Milán en la isla griega de Zante (las embajadas de Cuba en Grecia y Turquía no han respondido a las preguntas de EL PAÍS).

«En Atenas deben haber llegado unos 1.000», explica un cubano que pasó por Grecia y ahora se halla en España; una cifra que confirma otro migrante cubano que logró montarse en un avión hacia España tras 20 intentos infructuosos: “Yo tuve suerte, pero cada vez está más difícil salir de Grecia”. Según confirman varias fuentes, la vigilancia ha aumentado y las policías griega y española han iniciado investigaciones sobre las redes de tráfico de personas que, en su opinión, manejan este nuevo flujo migratorio. Los cubanos entrevistados, sin embargo, aseguran haber empleado la ayuda de los traficantes solo en algunos tramos de la ruta y que la mayor parte del camino la hacen siguiendo los consejos de otros compatriotas y guiándose por Google Maps.

Pese a las dificultades de la ruta y a que muchos pierden sus ahorros a manos de traficantes sin escrúpulos o policías con aún menos criterios éticos, las imágenes de aquellos que lo consiguen, posando orgullosos en España en sus publicaciones de Facebook, seguirán animando a otros a intentarlo. 

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El suicidio de un joven en una residencia de estudiantes regentada por una cofradía islámica ha puesto el foco del debate en Turquía en las organizaciones religiosas, cuyo poder económico se ha incrementado desde la llegada de Recep Tayyip Erdogan al poder, y alrededor de las cuales se han multiplicado las denuncias de abusos sexuales y malos tratos.

El pasado 10 de enero, Enes Kara, un estudiante de Medicina de 20 años de la Universidad del Éufrates (provincia de Elazig), se tiró por la ventana del séptimo piso del edificio en que vivía, una residencia estudiantil propiedad del movimiento islamista Nur. Un mes antes de acabar con su vida, Kara había publicado un vídeo en las redes sociales en el que afirmaba haber “perdido la alegría de vivir”. En el vídeo relataba cómo desde pequeño había pasado por internados religiosos y que su familia le había obligado a alojarse en una residencia islámica al marchar a la universidad, pese a que él no quería porque hacía años que había perdido la fe.

Las estrictas reglas y dureza de la vida en la residencia —acudir a todos los rezos desde el amanecer, lecturas coránicas, clases religiosas obligatorias incluso los fines de semana además de los estudios de su carrera— acabaron por minar al joven. “Cuando te obligan a hacer estas cosas contra tu voluntad sientes que has perdido tu libertad. (…) Estoy psicológicamente agotado”, decía en el vídeo.

Tras conocer la noticia de la muerte, sus compañeros de facultad organizaron una concentración en la que pidieron medidas para poner fin a los “suicidios por desesperación” de los jóvenes turcos sometidos a presiones familiares, sociales, religiosas y económicas. “¿Cuántas vidas más hemos de perder antes de que se pase a la acción?”, se preguntó la estudiante que leyó el comunicado, en el que se pedía investigar las residencias gestionadas por organizaciones religiosas. En varias ciudades ha habido concentraciones y manifestaciones de protesta, algunas con decenas de detenidos, y el caso ha reabierto el debate sobre las tarikat y cemaat, las organizaciones islámicas que, además de sus actividades religiosas, mantienen intereses en diferentes sectores, especialmente en la educación: cursos de Corán para niños, internados, residencias universitarias, colegios confesionales, cursos de preparación de exámenes y oposiciones…

Algunas familias envían a sus hijos a estos centros para que reciban una formación religiosa, otras porque son más asequibles, otras por las oportunidades de futuro que se abren. Pero periódicamente son objeto de escándalos que en muchos casos se achacan a la falta de supervisión. “Legalmente, debería haber una supervisión del Ministerio [de Educación], pero no la hay y cuando la hay dudo mucho que los inspectores se atrevan a denunciar las irregularidades”, lamenta el periodista turco Ismail Saymaz, autor de dos libros sobre el poder que han alcanzado las tarikat.

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En diciembre, el cocinero de una residencia de estudiantes de la provincia de Antalya degolló a un estudiante de 18 años convencido de que era el Deccal, el falso mesías que, según el Corán, anticipa la llegada del Juicio Final. El edificio había sido alquilado por una fundación islamista a una congregación que no tenía licencia para operarlo. En 2016, un internado perteneciente a la orden religiosa de los Süleymanci en la provincia de Adana ardió debido a la falta de mantenimiento de su instalación eléctrica y murieron 11 niños de entre 10 y 12 años y un educador.

Con todo, la mayoría de denuncias se centra en malos tratos y abusos sexuales. Por ejemplo, un empleado de un internado para estudiantes de enseñanza media en la provincia de Esmirna condenado por abusar de siete niños. O el director de una residencia de la provincia de Adiyaman que obligaba a niños de 10 y 11 años a ver porno con él y los tocaba. O los imanes de las provincias de Bartin y Afyon que abusaron de varias niñas. O el caso de un internado religioso de Karaman en el que un profesor, miembro de la influyente fundación religiosa Ensar, violó a unas 45 niñas en un periodo de cuatro años. En todos estos casos se ha producido una condena al menos en primera instancia.

Muchos de estos casos no son ni siquiera reportados por el daño psicológico que sufren las víctimas o el miedo de sus familias, como explicaba una menor al diario Cumhuriyet tras hacerse público que en su internado se pegaba a los estudiantes con martillos, se les obligaba a masajear a sus profesores o a dormir y ducharse con ellos: “Al menos se abusó de 30 niños, pero se callaron por miedo a que les persiguiesen los malos espíritus de los maestros”. Recientemente, el jeque (líder espiritual) de la comunidad religiosa Ussaki, en la provincia de Sakarya, fue condenado a 10 años de cárcel por violar a una niña de 12 años, hija de la mujer que limpiaba en la congregación, aunque se sospecha que abusó de más menores. El jeque trató de convencer al padre de la víctima de que retirase su denuncia con argumentos religiosos, luego le instó a matar a la niña y disfrazarlo de suicidio y, ante la negativa, envió a sus seguidores a darle una paliza y a tratar de sobornarlo.

La influencia de las ‘tarikat’

A raíz del suicidio de Enes Kara, algunos comentaristas y partidos de izquierda han llegado a pedir la ilegalización de las tarikat o que se les retire la gestión de centros educativos, a lo que el dirigente de uno de los partidos de la coalición gubernamental respondió: “Si por la muerte de un niño hay que cerrar las congregaciones religiosas, cuando muera un borracho habría que cerrar las tabernas”. De hecho, el principal partido de la oposición, el laico y centroizquierdista CHP, se ha mostrado inusualmente cauto. “El Gobierno intenta mostrar al CHP como enemigo de la religión y atizar el miedo de sus electores diciendo que si la oposición llega al poder nos obligará a quitarnos el velo y a afeitarnos las barbas, nos cerrará los cursos de Corán y las tarikat, así que el CHP ha preferido no entrar en la polémica”, opina Saymaz.

Y es que estas cofradías están profundamente arraigadas en el tejido social del mundo musulmán, pues han servido desde hace siglos para vehicular la religiosidad y la espiritualidad popular. Muchas son de inspiración sufí —aunque sea solo en su aspecto formal—, si bien la mayoría de las actuales abrazan una versión del islam ortodoxa e incluso fundamentalista. Tras la instauración de la República y la abolición del califato, el fundador de la Turquía moderna, Mustafa Kemal Atatürk, decretó la prohibición de las tarikat en 1925. Pero sobrevivieron en la clandestinidad y comenzaron a resurgir en la década de 1950 gracias al apoyo de sucesivos gobiernos de derecha. Crecieron así en influencia política —el apoyo del jeque de una cemaat a una determinada formación política puede arrastrar los votos de miles de seguidores de la congregación— y económica, pues extendieron sus inversiones “hasta convertirse en grandes grupos empresariales, con intereses en la Educación, la Sanidad y los medios de comunicación”, explica Saymaz. “Además, han instaurado fundaciones y asociaciones que mantienen protocolos con el Estado y así reciben fondos públicos, además de las donaciones privadas”, añade el periodista.

Extenderse por el sector educativo es para las congregaciones religiosas un objetivo esencial, ya que mediante el adoctrinamiento de los más jóvenes pueden captar futuros discípulos. Y para los estudiantes, además de la motivación religiosa o ideológica, hay cuestiones más prácticas: dada la extensión de la influencia de estas organizaciones, cuyos adeptos tienen puestos de responsabilidad en numerosos ministerios, en muchos casos sirven para colocar en la Administración o buscar empleo a sus miembros.

El caso más paradigmático es el movimiento Hizmet de los seguidores del predicador Fetulá Gülen, que llegó a amasar tal poder que era capaz de controlar los exámenes de acceso al funcionariado y al cuerpo de Policía. Hasta que su desmesurada ambición le enfrentó a su antiguo aliado Erdogan, contra el que Ankara asegura que lideraron el intento de golpe de Estado en 2016. Tras la ilegalización del movimiento gülenista, sus despojos —cientos de edificios, residencias de estudiantes, colegios y universidades— han sido repartidos por el Gobierno entre diferentes fundaciones vinculadas a la familia Erdogan y numerosas tarikat, a cual más conservadora.

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El presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, viajó este jueves a Kiev para entrevistarse con su homólogo ucranio, Volodímir Zelenski. El objetivo del mandatario turco es usar sus buenas relaciones tanto con el líder ucranio como con el ruso, Vladímir Putin, para intentar mediar en la tensión entre ambos países, que ha puesto en alerta a Europa y la OTAN.

“Estamos actuando para rebajar las tensiones en lugar de echar leña al fuego de la escalada militar”, dijo Erdogan en una rueda de prensa sin preguntas junto a Zelenski. El presidente turco reiteró su oferta de mantener “conversaciones bilaterales” entre los gobiernos de Rusia y Ucrania en Turquía, algo que también propuso a Moscú, aunque el Kremlin puso como condición que se invite también a representantes de los separatistas prorrusos. El ministro de Defensa ucranio, Oleksii Reznikov, expresó el apoyo de su país a que las conversaciones ruso-ucranias, hasta ahora llevadas a cabo en Minsk (Bielorrusia) se trasladen a Estambul.

Lazos con la comunidad tártara

“Estamos preparados para hacer todo lo que esté en nuestras manos por la paz”, aseguró Zelenski, a la vez que agradeció a Erdogan la defensa de Ucrania. Turquía ha subrayado en varias ocasiones su apoyo a “la integridad y soberanía” de todo el territorio ucranio, “incluida Crimea”, ocupada por Rusia en 2014 y que históricamente fue hogar de una relevante comunidad tártara con estrechos lazos culturales, lingüísticos y políticos con Turquía.

En los últimos años, Turquía ha reforzado sus lazos con Ucrania en todos los ámbitos. Este jueves, Erdogan y Zelenski firmaron 12 acuerdos bilaterales, incluido uno de libre comercio que pretende aumentar los intercambios hasta los 10.000 millones de dólares (unos 8.740 millones de euros), un tercio más que en la actualidad. Además del comercio, la construcción de infraestructuras y el turismo, ambos países han tejido una importante alianza en el campo militar. Ankara ha vendido drones armados a Kiev, que el ejército ucranio ha utilizado ya contra los rebeldes prorrusos del este del país, y la principal empresa productora de drones de Turquía, Baykar, utiliza ahora motores ucranios para sus aparatos. Esta cooperación ha alcanzado un grado estratégico con la firma de acuerdos para la transferencia de tecnología. Ucrania, además, ha entregado a Turquía a varios individuos perseguidos por el Gobierno de Ankara sin seguir un proceso legal.

Esta venta de drones ha molestado a Moscú, pero Turquía sigue manteniendo buenas relaciones con el Kremlin, principalmente porque sus dos líderes se han acostumbrado a una relación transaccional en la que ambos pueden llegar a acuerdos de tú a tú sabiendo que se llevarán a la práctica, pues ningún estamento de sus respectivas administraciones pondrá obstáculos a su cumplimiento. Así, Rusia y Turquía han pactado altos al fuego en diversos conflictos como Libia, Siria o el Nagorno-Karabaj, donde apoyan a bandos enfrentados. Además, el Gobierno turco ha adquirido una batería de defensa antimisiles rusa S-400 y ha manifestado interés en comprar una segunda, pese a que ello le ha llevado a enfrentarse con Estados Unidos y otros aliados. De hecho, los intentos de Erdogan por mediar entre Rusia y Ucrania son vistos como una estrategia de Turquía para mostrar su importancia estratégica al resto de socios de la OTAN, de la que forma parte desde 1952.

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Sin embargo, resta saber qué influencia puede tener Erdogan ante Putin, en un momento en que el líder ruso busca un acuerdo directo con Washington y dado que la dependencia de Turquía respecto a Rusia es mucho mayor que al revés. Lo es desde el punto de vista energético —en enero, Rusia fue el principal origen de las importaciones turcas, sobre todo debido al gas—, turístico —el 19% de los extranjeros que visitaron Turquía en 2021 fueron rusos, y el 8% ucranios— y de la seguridad: si el régimen sirio no avanza sobre el último bastión rebelde de Idlib, lo que provocaría una oleada de millones de refugiados a la vecina Turquía, es porque no tiene el visto bueno de Moscú. Como si se tratase de un mensaje, en la mañana del jueves, aviones rusos bombardearon zonas del sur de la provincia de Idlib.

Erdogan anunció la pasada semana que Putin ha aceptado la invitación de acudir a Turquía para tratar, entre otras cuestiones, la tensión con Ucrania. Este jueves, Erdogan reiteró que la visita de Putin se producirá en las próximas semanas, tras el viaje del mandatario ruso a la inauguración de los Juegos Olímpicos de Invierno en Pekín. El portavoz del Kremlin reconoció que se ha hablado de la posibilidad de que el viaje a Turquía se produzca a finales de febrero, pero matizó que todavía no se ha cerrado ninguna fecha.

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Las imágenes muestran los cuerpos de 12 migrantes, vestidos con escasa ropa, que yacen al borde de un camino de tierra, en mitad del campo. Han muerto helados por el frío, después de que fueran devueltos a Turquía por las autoridades griegas, según ha denunciado este miércoles el ministro turco del Interior, Süleyman Soylu, en su cuenta en Twitter. “Doce de los 22 inmigrantes empujados de vuelta por las unidades fronterizas griegas, despojados de sus ropas y zapatos, han muerto congelados. La UE es irremediablemente débil y está vacía de sentimientos humanos. Las unidades fronterizas griegas son matones contra las víctimas”, ha cargado el responsable de migración de Turquía en su mensaje en la red social, que ha acompañado de cuatro fotografías en las que se ven los supuestos cadáveres pixelados.

Se desconocen, por el momento, las identidades y los orígenes de las víctimas, que fueron encontradas cerca de la localidad de Pasaköy ―en la provincia turca de Edirne― a poco más 11 kilómetros del paso fronterizo de Ipsala, el más importante entre Grecia y Turquía. La delegación del Gobierno en Edirne publicó este miércoles por la mañana un comunicado en el que aseguraba que se habían hallado los cadáveres de nueve migrantes y a una persona en riesgo de congelación que fue trasladada al hospital de la cercana ciudad de Kesan. Horas después, en un segundo comunicado, la misma oficina explicó que, durante las labores de búsqueda, se habían encontrado otros dos cadáveres y que el migrante ingresado en el hospital había fallecido. “Los equipos de la Gendarmería, las unidades fronterizas, la policía y la AFAD [La Agencia de Desastres y Emergencias] continúan las tareas de búsqueda”, apuntó la delegación provincial del Gobierno.

En las imágenes publicadas por el ministro Soylu se distinguen ocho personas. Cuatro de ellas están tumbadas bocarriba con los brazos en cruz, uno yace bocabajo en mitad de un camino de tierra, tres están postrados cerca de una máquina agraria. Ninguno de los fallecidos que se ven en las fotografías lleva abrigo: uno de ellos va vestido con una camisa de manga larga de cuadros y un pantalón; otro, con pantalones cortos, y un tercero, que todavía tiene puesta una mascarilla sobre el rostro, con una sudadera negra.

Testimonios recogidos por este diario entre personas devueltas por Grecia a Turquía indican que en los últimos meses es cada vez más común que la policía griega obligue a los migrantes a entregar sus abrigos y su calzado antes de enviarlos, a través de lanchas hinchables, al otro lado del río Evros, que hace de frontera entre ambos países.

El Gobierno turco acusa recurrentemente a las autoridades griegas de devolver a Turquía a inmigrantes que llegaron al país europeo de manera irregular, una denuncia que las autoridades griegas rechazan pese a que diversas organizaciones de derechos humanos han documentado multitud de casos y a que tanto ACNUR como el Consejo de Europa han protestado por estas prácticas. En los dos últimos años, la Red de Monitorización de la Violencia Fronteriza, compuesta por una docena de ONG y asociaciones europeas, ha documentado más de un centenar de incidentes en los que más de 5.000 personas fueron devueltas ilegalmente de Grecia a Turquía a través del río Evros. Además, según una fuente del Gobierno turco, unos 16.000 migrantes fueron forzados a volver por las autoridades griegas de forma irregular a través del mar Egeo el año pasado.

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El Gobierno de Atenas denuncia que Ankara se niega a que le sean devueltos por los cauces legales los migrantes y potenciales refugiados que acceden a Grecia a través de territorio turco, tal y como prevé el acuerdo migratorio firmado por Unión Europea y Turquía en 2016 y un acuerdo bilateral greco-turco anterior.

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El presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, el 12 de enero en el Parlamento en Ankara.
El presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, el 12 de enero en el Parlamento en Ankara.ADEM ALTAN (AFP)

Los ingenieros forestales Salih Usta y Ahmet Demirtas fueron condenados recientemente a dos años de cárcel. Su delito fue contradecir la narrativa oficial sobre un árbol: un tejo de la provincia turca de Zonguldak que el Gobierno local ―del partido que dirige el presidente Recep Tayyip Erdogan― había presentado como el más antiguo del mundo, con 4.112 años. Usta y Demirtas, miembros de la Asociación de Investigación de Problemas Forestales y del Medio Rural, consideraron sospechosa la afirmación y tomaron una muestra del árbol (como han hecho cientos de veces durante su carrera) que fue analizada por el departamento de botánica de la Universidad de Estambul. El resultado fue que la edad del susodicho tejo es en realidad de unos 2.000 años.

Poco después de hacer pública su investigación, se les abrió un proceso judicial, formalmente por haber tomado una muestra sin permiso, pese a que lo hicieron antes de que el árbol fuese declarado bajo protección oficial. Los ingenieros no entrarán a prisión porque el castigo les fue reducido a 20 meses de cárcel por buen comportamiento durante el juicio, pero será una pena que constará para siempre en su expediente.

“Cuando se nos abrió el proceso estábamos seguros de que acabaría en absolución, porque la Gendarmería dejó claro en su informe que no habíamos dañado el árbol”, explicó Usta en declaraciones al medio digital Diken: “Pero el actual poder político se ha acostumbrado a decir mentiras y a que esas mentiras sean sostenidas por los demás. Y cuando alguien demuestra que mienten, tratan de castigarlo”.

No son los únicos. En los últimos años, en Turquía, un científico ha sido arrestado y enjuiciado por revelar las cantidades reales de sustancias cancerígenas vertidas en una zona industrial del noroeste del país ―aunque finalmente fue absuelto después de tres años de proceso―; se ha abierto una investigación contra un grupo de académicos que ha cuestionado los datos oficiales de inflación; varios periodistas, analistas y un exgobernador del Banco Central se enfrentan a querellas criminales por poner en duda las previsiones económicas del Gobierno, y el presidente y sus aliados de la ultraderecha han acusado de terrorismo y han amenazado con clausurar la principal asociación médica del país por criticar la falta de transparencia en los datos de los ensayos clínicos de la nueva vacuna turca contra la covid-19.

Y, cuando se le preguntó por los números de sus medidas económicas, el nuevo ministro de Finanzas, Nurettin Nebati ―un politólogo doctorado con una tesis sobre las bondades del partido de Erdogan―, respondió que no daría cifras porque “la economía no son únicamente números […] sino el brillo de los ojos”. Se podría argüir que Turquía tiene un problema con los números y las estadísticas, o al menos con aquellos que contradicen la versión edulcorada de la realidad que transmite el Gobierno de Erdogan.

Estadísticas manipuladas

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Al ingeniero informático Güçlu Yaman no le cuadraban los datos de la pandemia que ofrecía el Ministerio de Sanidad y por eso comenzó a investigar. “En agosto de 2020, los médicos se quejaban de que estaban desbordados, en cambio, los números de casos de covid y las muertes que daba el Ministerio eran muy bajos. Había una manipulación muy importante para atraer turistas”, explica Yaman. Si en la mayoría de países europeos existen instituciones públicas o universitarias que se dedican a monitorizar el exceso de mortalidad, en Turquía el estudio más completo sobre la cuestión depende de esta persona que lo inició por su cuenta: descargando los datos de diferentes páginas web de ayuntamientos y cementerios ha conseguido probar que la mortalidad en Turquía se ha incrementado un 32% durante la pandemia.

Mientras tanto, el Instituto de Estadística oficial (TÜIK, por sus siglas en turco) ha pospuesto indefinidamente la publicación de sus estadísticas anuales de mortalidad y de otros baremos demográficos que habrían permitido calcular el coste real en vidas de la pandemia. Pese a todo, el propio ministro de Sanidad, Fahrettin Koca, ha reconocido finalmente que la cifra real de muertes por covid es “probablemente dos o incluso tres veces mayor” que la oficial de 84.000 fallecidos, algo que Yaman considera una reivindicación de sus cálculos: “La gestión de la pandemia ha sido un desastre y Turquía es hoy uno de los países con mayor exceso de mortalidad del mundo. Para que la realidad no se conozca, las autoridades ocultan los datos y repiten constantemente que somos uno de los países que mejor la ha gestionado”.

El Instituto de Estadística turco se ha convertido en el organismo público que menos confianza despierta y, a inicios de diciembre, el jefe de la oposición, el socialdemócrata Kemal Kiliçdaroglu, se personó en su sede, pero la policía le bloqueó el paso. Kiliçdaroglu quería pedir explicaciones sobre el cálculo que más polémica ha causado en el último año: el de la subida de los precios. “Hasta hace cinco años nadie cuestionaba los datos de TÜIK, pero desde entonces ha comenzado a haber serias dudas sobre su veracidad”, explica Veysel Ulusoy, profesor de Econometría y director del Grupo de Estudios sobre la Inflación (ENAG). Tampoco ayuda que los dirigentes a nivel nacional y regional del organismo estadístico hayan sido despedidos y sustituidos por personas cercanas al Ejecutivo.

Así pues, Ulusoy y otros académicos han establecido un sistema alternativo de cálculo de la inflación. Utilizando un programa informático de scraping (técnica utilizada para extraer información de internet) que recoge diariamente 250.000 datos de precios en diversas webs de supermercados y tiendas en línea de los mismos 400 productos que utiliza TÜIK para calcular la inflación y siguiendo los métodos de cálculo empleados por estudios similares en la Universidad de Harvard y el Instituto Tecnológico de Massachusetts, los miembros de ENAG llevan año y medio publicando sus datos sobre la inflación. Así han demostrado que los precios se han incrementado más del doble de lo reconocido por el Gobierno. “Cuando la economía va mal, tienes dos opciones: o arreglas lo que no funciona o manipulas los datos para dar la sensación de que todo va bien. Pero esto tiene efectos en el bienestar de la gente porque, por ejemplo, el dato de inflación de TÜIK se emplea para calcular el nuevo salario mínimo”, explica Ulusoy.

Los cálculos de ENAG han recibido tanta atención que, finalmente, su director ha sido llamado a declarar en una investigación judicial iniciada a petición del Ministerio de Economía y de TÜIK, que denuncian que los cálculos de este grupo independiente “atentan contra la reputación” del organismo estadístico. Ulusoy se encoge de hombros: “Las acusaciones son tan irracionales que no creo que terminen en una sala de juicio”.

La realidad de Erdogan

Erdogan afirmó el miércoles 12 que, efectivamente, los datos de la inflación y el tipo de cambio “no se corresponden a la realidad”: en este caso, porque según el presidente la realidad es mucho mejor de lo que muestran los números. Hay cada vez más gente que denuncia que Erdogan vive en una realidad paralela que él mismo ha construido, pero que sobre todo han edificado su círculo de cortesanos y el coro de medios de comunicación afines. Al líder turco le enfada que lo contradigan, piensa que él conoce mejor que nadie la situación en las calles ―que hace años no pisa con la asiduidad con la que solía hacerlo― y, por eso, al final, la imagen que le pintan sus asesores es solo la que esperan que agradará a su jefe.

De ahí que cuando la realidad golpea con la fuerza de los hechos, Erdogan monte en cólera. Según fuentes gubernamentales citadas por el periodista Erdal Saglam, el presidente está ahora enfadado con su nuevo ministro de Economía, porque las medidas decretadas para resolver la crisis monetaria que vive el país ―medidas que muchos expertos habían dicho que no servirían―, efectivamente, no funcionan como esperaba. Ni los turcos han corrido a convertir sus ahorros en divisa a liras ni la moneda turca se ha apreciado tanto como sus asesores le habían dicho que ocurriría.

Es probable que Erdogan pensase realmente que fue su discurso de la noche del 20 de diciembre el que rescató la lira del abismo al que estaba a punto de precipitarse y le hizo recuperar el 50% de su valor en menos de 24 horas. No importa que los datos que se han conocido a posteriori muestren que la razón de esa momentánea recuperación se debió a que el Banco Central intervino bajo cuerda en los mercados y compró miles de millones de liras para elevar su valor a costa de quemar sus reservas. Para Erdogan, fueron sus palabras. Después de todo, así lo pintaban los medios y los diputados oficialistas: un valeroso Quijote luchando y venciendo a los pérfidos gigantes del mercado. De ahí que ahora se enfade cuando la realidad le lleva la contraria.

Esta situación entraña obvios peligros, como señala el economista Timothy Garton Ash: “Turquía corre el riesgo de convertirse en algo como una secta, donde la lógica económica, las teorías y la racionalidad son ignoradas en favor de los disparates que suelte el líder supremo”.

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