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El presidene cubano, Miguel Díaz-Canel, y el ruso, Vladimir Putin, en el Kremlin, en una imagen de 2018.
El presidene cubano, Miguel Díaz-Canel, y el ruso, Vladimir Putin, en el Kremlin, en una imagen de 2018.MAXIM SHEMETOV

Pese a que nunca las relaciones entre Moscú y La Habana podrán ser como antes, cuando la isla realizaba el 70% de sus intercambios comerciales con la extinta URSS —que hasta comienzos de los años noventa mantuvo en la isla una base de radioescucha y espionaje y una brigada militar—, estos días Rusia escenifica un notable acercamiento con su antiguo aliado en momentos que crecen las tensiones internacionales debido al conflicto en Ucrania. El lunes, el presidente ruso, Vladimir Putin, habló por teléfono con su homólogo cubano, Miguel Díaz-Canel, y durante la conversación ambos mandatarios expresaron su voluntad de profundizar “la cooperación estratégica” y “la disposición de trabajar estrechamente para fortalecer las relaciones bilaterales”, acordando “intensificar los contactos en diversos niveles con el objetivo de ampliar la cooperación en comercio, economía e inversión”, según versiones oficiales de ambos gobiernos. El mismo lunes por la noche, el embajador ruso en Cuba, Andrei Guskov, recibió en el aeropuerto de La Habana un avión con 20 toneladas de ayuda humanitaria para el sector de la salud, el quinto cargamento de este tipo que llega a la isla desde el pasado 31 de diciembre, y ya van 83 toneladas de donaciones en menos de un mes, a las que hay que sumar las más de 200 toneladas de ayuda humanitaria del año pasado.

“Rusia continuará brindando su ayuda a Cuba, no dejaremos de estar a su lado en estos tiempos difíciles”, dijo Guskov durante el acto de recibimiento de la carga. “Esperamos que este material solicitado por la parte cubana sirva de fuerte apoyo a los especialistas nacionales que luchan contra la pandemia de covid-19, que libran en complicadas condiciones a causa del bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por EE UU”, aseguró el embajador, que anunció que está listo para zarpar desde su país un barco con una donación de 19.500 toneladas de trigo.

El intercambio telefónico entre Putin y Diaz-Canel llamó la atención por producirse en medio de las tensiones de Moscú con Estados Unidos y la Unión Europea, pocos días después de las declaraciones del viceministro ruso de exteriores, Serguei Riabkov, que no descartó un despliegue militar en Cuba y Venezuela como respuesta a la política de EE UU en Ucrania, que Moscú considera una amenaza a su seguridad. El asesor de Seguridad Nacional de EE UU, Jake Sullkivan, respondió de inmediato que si Rusia avanzaba “en esa dirección”, EE UU “lidiará” con ello “de forma decisiva”. Algunos analistas minimizaron el peligro y consideraron el cruce de declaraciones e intenciones parte del ajedrez geoestratégico entre ambos países —“fanfarronadas”, llegó a decir un alto funcionario del Departamento de Estado—, pero ahí quedaron las amenazas haciendo revivir el fantasma de la crisis de los misiles de 1962, cuando Moscú desplegó en Cuba cohetes nucleares y el mundo estuvo al borde de una guerra atómica.

Nada de eso parece probable en la actualidad, pero sí es obvio que, en medio de una crisis de caballo como la que atraviesa Cuba, con el embargo norteamericano recrudecido, la economía en quiebra y presentes los coletazos de la convulsión social provocada por las manifestaciones de protesta del 11-J, La Habana se deja querer por Moscú, aunque es consciente de que la ayuda rusa es limitada e incapaz de resolver la grave situación económica de Cuba. A mediados de los años ochenta del siglo pasado, los intercambios económicos anuales entre Cuba y la ex Unión Soviética alcanzaron los 8.000 millones de dólares. En los 10 primeros meses de 2021, los intercambios comerciales fueron de 100 millones de dólares. Las inversiones rusas reales en estos momentos son escasas, si bien en el pasado reciente se anunciaron planes importantes, como el de rehabilitar la red ferroviaria y un gran proyecto de ferrocarriles, que implicaría una inversión rusa de casi 1.900 millones de dólares —pero que de hecho ni ha empezado—. También hay intereses rusos en el sector energético y en la producción de crudo nacional, pero las cifras de las que se hablan son muy reducidas, si se compara con antes.

Tras la desaparición de la URSS, Moscú y La Habana transitaron por un periodo de grandes tensiones. Rusia acabó con las subvenciones e intercambios —el PIB cubano cayó un 35% en solo tres años—, se llevó a sus soldados, desactivó la base de espionaje de Lourdes —hoy Universidad de Ciencias de la Información, que durante la pandemia ha funcionado como centro de atención de pacientes de Covid-19— y paralizó el proceso de construcción de una central atómica en Cienfuegos. Poco a poco, ambos países fueron reconstruyendo sus relaciones sobre la base de cómo funciona en el mundo la economía real, y en 2014 Moscú condonó el 90% de la deuda cubana, valorada en más de 30.000 millones de dólares, suscribiéndose nuevos acuerdos de cooperación económica.

En lo político, en cambio, las relaciones son más sólidas, casi de aliados, y el respaldo ruso a La Habana es absoluto frente a EE UU. El Kremlin ha criticado las sanciones de EE UU a funcionarios cubanos por las represión durante las manifestaciones del 11-J, y considera los juicios que en estos momentos se desarrollan en la isla —ya han sido juzgados cientos de manifestantes, y algunos de ellos condenados a penas de hasta 30 años de cárcel por sedición— un “asunto interno” en el que no caben injerencias, pese a las críticas internacionales. Las donaciones de alimentos, medicamentos e insumos sanitarios en estos momentos de crisis son ahora uno de los pilares de la relación bilateral, pero nunca hay que olvidar el interés geoestratégico de Rusia en Cuba (y viceversa) mientras persista el enfrentamiento de ambos países con EE UU.

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Washington y Moscú se cruzan advertencia día sí y día también a cuenta de la presencia militar de Rusia en la frontera con Ucrania. La relación entre Estados Unidos y China se encuentra en su peor momento desde que los dos países establecieron lazos diplomáticos plenos en 1979. La Unión Europea, aunque buscando una posición propia, también afronta el pulso Oeste-Este. Los recelos por el rearme nuclear se han multiplicado. Sin embargo, en medio de la escalada de tensión con la que despidieron 2021, las grandes potencias aparcaron este lunes sus diferencias para enviar un mensaje de tranquilidad al mundo y comprometerse a evitar la proliferación de armamento atómico.

Estados Unidos, China, Rusia, Reino Unido y Francia, los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, emitieron un comunicado conjunto en el que advierten de que “no se puede ganar una guerra nuclear y que [esta] nunca debe librarse”. La expresión evoca el principio que lograron establecer Ronald Reagan y Mijaíl Gorbachov en los últimos compases de la Guerra Fría. Fue el estadounidense quien pronunció primero las palabras en su Discurso del Estado de la Unión en 1984: “Una guerra no puede ganarse y no debe librarse”, dijo. Al año siguiente, ambos líderes la citaron en un comunicado para la historia tras su cumbre en Ginebra.

Desde el inicio de la era nuclear, en 1945, los arsenales atómicos se han convertido en uno de los grandes riesgos de la seguridad internacional, pero todas las potencias que los han desarrollado miran por el rabillo del ojo lo que hace el resto antes de renunciar al suyo.

“Mientras existan [armas nucleares] deben utilizarse con fines defensivos, de disuasión y de prevención de la guerra”, señalan los Gobiernos en su texto de este lunes. La declaración se hace pública antes de la décima conferencia de revisión del Tratado sobre la No proliferación (TNP), que iba a celebrarse a partir de este martes en el cuartel general de la ONU en Nueva York, pero el pasado miércoles fue pospuesta para más adelante con motivo de la pandemia.

Las ambiciones de Irán despiertan especiales recelos. El régimen está cada vez más cerca de lograr la bomba nuclear mientras las negociaciones de la mesa de Viena para tratar de reactivar el acuerdo de 2015 para frenar su programa atómico continúan atascadas. Irán tiene 11 veces más uranio enriquecido de lo permitido, según los últimos informes del Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA), y buena parte de ese combustible alcanza hasta el 60% de pureza, un umbral muy por encima del 3,67% que permitía aquel acuerdo y más cerca del 90% que se requiere para un eventual uso militar. Así, el plazo para que Irán disponga de suficiente uranio enriquecido para una bomba atómica se ha reducido de un año a uno o dos meses. Y la elección del ultraconservador Ebrahim Raisí como presidente del país ha lastrado aún más el diálogo.

Desde Washington, con todo, no solo se mira con vértigo a Irán. Este verano, dos informes alertaron del incremento del arsenal nuclear de China. Uno publicado a finales de julio, a cargo de la Federación de Científicos Americanos (FAS, en sus siglas en inglés) advirtió de que el régimen de Xi Jinping está construyendo una nueva red de 110 silos para el lanzamiento de cabezas nucleares en la región de Xinjiang. Solo unas semanas antes, otro trabajo del Centro James Martin para los Estudios de No Proliferación hablaba de otros 119 silos cerca de la ciudad de Yumen, una zona desértica.

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La capacidad que se le calcula al gigante asiático, de 350 cabezas nucleares (según la Federación Americana de Científicos), queda aún lejos de las 4.000 que operan Estados Unidos y Rusia, pero los números revelan que China aprieta el acelerador (un año atrás, el Pentágono cifraba en menos de 200 cabezas el arsenal). Joe Biden y Vladímir Putin llegaron a un acuerdo el pasado febrero para prorrogar su tratado de no proliferación New START, que fue firmado en 2010 y limita el número de cabezas nucleares desplegadas por cada uno a un máximo de 1.550 y 700 sistemas balísticos en tierra, mar y aire.

Las cinco potencias subrayan en su texto de este lunes su “voluntad de trabajar con todos los Estados para establecer un entorno de seguridad que permita conseguir más progresos en materia de desarme, con el objetivo último de un mundo sin armas”, según ha explicado en un comunicado aparte la presidencia francesa, informa la agencia AFP. Ese objetivo último, a la vista de los números, parece aún muy lejano.

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Directiva de la UDI sostuvo reunión con Lavín y Matthei para calmar tensiones

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