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Un indigente pide ayuda en una estación de metro de Nueva York.
Un indigente pide ayuda en una estación de metro de Nueva York.Eduardo Muñoz

Medianoche del 26 de febrero, en un andén de la estación de metro de Times Square. Un desfile de espectros zigzaguea entre quienes esperan; algunos conscientes, pidiendo dinero o farfullando, otros ensimismados, mientras una mujer a medio vestir, los labios muy pintados de rojo y un carrito con bolsas y cartones a rastras, prorrumpe en gritos de animal herido. Enajenada, se encara con los viajeros y los amenaza. La mayoría de usuarios retroceden y buscan el amparo de las paredes, con el miedo en los ojos. Pero el recelo y la desconfianza que suscita el metro neoyorquino a algunas horas no es nada en comparación con la mañana de mediados de enero en la que una mujer de 40 años que esperaba en esa estación para ir al trabajo fue empujada por un hombre a la vía. Dos policías patrullaban por el andén contrario.

El homicidio aleatorio de Michelle Go a manos de un sintecho con graves problemas mentales y un historial de delitos menores puso el foco sobre la seguridad en el metro de Nueva York, abierto las 24 horas, 472 estaciones y cientos de kilómetros de vías que movilizan una ciudad disfuncional en términos de transporte: sus autobuses urbanos son los más lentos de EE UU. La identidad del agresor planteó además un factor añadido: el metro como cobijo de cientos de vagabundos, muchos de ellos diagnosticados por los servicios de salud mental y que, como si de una puerta giratoria se tratase, entran y salen del hospital al metro o el albergue, en cualquier orden. La última semana de febrero durmieron en los albergues una media de 48.000 indigentes, según los servicios sociales de la ciudad, de casi nueve millones de habitantes. Pero no hay plazas para todos, y muchos -se calcula que al menos un millar- pasan la noche en las estaciones o en los vagones.

Un millar de policías ha reforzado la vigilancia en las instalaciones del metro.
Un millar de policías ha reforzado la vigilancia en las instalaciones del metro.eduardo munoz

Herido de muerte por la pandemia, que remató su déficit -el número de viajeros en días laborables no superó los tres millones hasta febrero pasado, 43% menos que antes-, el metro de Nueva York no puede permitirse mala prensa, va en ello también la recuperación de la ciudad. El alcalde, Eric Adams, y la gobernadora del Estado, Kathy Hochul, anunciaron en febrero un plan de mejora de la seguridad del suburbano, con el despliegue adicional de un millar de policías -ya había mil patrullando-, así como 30 equipos de intervención psicosocial. Una iniciativa que según las ONG criminaliza a los más vulnerables y que, desde su aplicación, cosecha críticas de ineficacia. Casi medio millar de personas (455) fueron expulsadas durante la primera semana de la campaña.

La ONG Coalition for the Homeless ha calificado el plan de nauseabundo. “Repetir las fallidas estrategias policiales del pasado no terminará con el sufrimiento de las personas sin hogar que duermen en el metro. Es repugnante escuchar al alcalde comparar a los sintecho del metro con un cáncer. Son seres humanos. El propio departamento de policía dijo recientemente que los que se refugian en el sistema de transporte lo hacen por falta de alternativas más seguras. Criminalizar la falta de vivienda y las enfermedades mentales no es la respuesta”, señala Shelly Nortz, subdirectora ejecutiva de la ONG.

Falta de camas psiquiátricas

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En la pesadilla del metro de Nueva York, además de la suciedad y las ratas, confluyen como un torrente muchas causas. La eliminación de camas psiquiátricas derivada del proceso de desinstitucionalización (cierre de los antiguos manicomios y abordaje integral, psicosocial, del paciente en la comunidad); el embargo de parte de las restantes para responder a la pandemia (600 camas, según Nortz); la endeblez congénita del sistema de salud público; los desahucios por la crisis económica y la sanitaria (la moratoria que amparaba a los morosos concluyó en enero), la falta de viviendas asequibles… y la propia crisis de imagen de Nueva York a causa de una oleada de violencia rampante.

Un indigente, en el vestíbulo de una estación del metro neoyorquino.
Un indigente, en el vestíbulo de una estación del metro neoyorquino.eduardo munoz

De todo ello puede hablar Tony Manfredonia, de 53 años, sintecho desde que la Gran Recesión le dejó sin nada. “Dormí en el metro hasta hace dos días pero me tuve que ir de madrugada porque una mujer empezó a atacarme, fuera de sí, me pateaba y pinchaba con un cuchillo. Me asusté mucho”, dice sobre una compañera de infortunio con la que compartía, entre una decena, el vestíbulo de una estación de Manhattan. “A veces duermo en albergues pero si llegas tarde, están todas las plazas ocupadas. La ropa me la han dado en una iglesia y como lo que encuentro por ahí, restos de restaurantes o comida caducada de los súper”, explica, mientras se señala la pulcra trenca azul marino que le protege del frío. “Esta noche dormiré en un albergue de Brooklyn, pero hay demasiadas reglas. En el metro, si los compañeros no son conflictivos, tienes más libertad. Pero desde luego no es lo que se puede llamar vida, al menos la que tenía antes”. El hombre dice no haber tenido problemas con la policía desde que empezó la campaña del metro.

El número de agresiones y asesinatos en el suburbano registró en 2021 su mayor cifra desde 1997, según datos de la policía divulgados a finales de enero, si bien se redujeron los hurtos y robos. Ocho asesinatos en 12 meses, con un episodio tan terrible como la muerte a puñaladas de dos indigentes en la línea A por otro sintecho, que también malhirió a otros dos vagabundos, durante una enloquecida cacería aleatoria de 24 horas. Según una encuesta de la Universidad de Quinnipiac (Connecticut) publicada a principios de febrero, el 48% de los viajeros del metro neoyorquino asegura sentirse inseguro, frente al 40% que sostiene lo contrario. El miedo se incrementa en las horas nocturnas, hasta el 62%.

Una patología urbana

Herbert y Laurie, un matrimonio de administrativos que va en metro a trabajar, confiesan que su sensación de intranquilidad va en aumento. “Muchas veces no te puedes ni sentar en el vagón porque el asiento entero está ocupado por un vagabundo descalzo o borracho o ambas cosas. Si está más o menos consciente, es mejor no mirarle a los ojos, porque puede mosquearse, y menos aún recriminarle”, explica Herbert a la salida de una estación. “No sé si el plan del alcalde funcionará pero el metro necesita una reforma integral, y la seguridad es el primer paso. No es un hotel, ni un hospital para enfermos mentales”. Paul, coordinador de una orquesta juvenil, señala sin embargo que está igual que siempre, y que su principal preocupación es que se le acerque alguien sin mascarilla. “No está ni mejor ni peor. Ni la inseguridad es nueva ni la sensación de miedo me parece tan justificada, creo que hay mucha alarma mediática, además de un intento de ponerse medallas con la limpieza de las instalaciones”, explica en una estación de la línea 1.

Años de negligencia y desatención en la prestación de servicios sociales -lo público es además casi anatema en EE UU- han enquistado las deficiencias del metro, convirtiéndolo en una patología urbana. La falta de camas psiquiátricas y una ley -surgida a raíz de otro empujón mortal en el metro, en 2013- que permite el ingreso forzoso de una persona en una unidad de salud mental se contradicen; ley a la que por cierto recurre el plan del alcalde. Los equipos de intervención psicosocial, que incluyen a un par de agentes de policía, evalúan por el momento la situación de los sintecho en seis líneas, pero muchos creen que es una solución cosmética.

Alrededor de un millón de sintecho pasa la noche en las estaciones y los vagones del metro de Nueva York.
Alrededor de un millón de sintecho pasa la noche en las estaciones y los vagones del metro de Nueva York.eduardo munoz

El antropólogo médico Kim Hopper, de la Universidad de Columbia y con 25 años de experiencia en los servicios de salud mental de la ciudad, no oculta su pesimismo acerca del plan del Ayuntamiento. “Este problema surgió hace muchos años. Hoy tenemos más evidencia si cabe de la importancia de las viviendas de apoyo (y de facilitar el acceso a ellas) para las personas que luchan contra problemas mentales y no tienen hogar. Sin alternativa habitacional, simplemente engañamos al público haciéndoles creer que se da una solución, cuando todo lo que ha ocurrido es un desplazamiento masivo junto con alguna retención improvisada [ingreso hospitalario por orden judicial]. No funciona, así que no durará”.

Elizabeth Bowen, del Instituto de Trabajo Social de la Universidad de Buffalo (Nueva York), se expresa en parecidos términos: “La ciudad debería considerar el trauma que han sufrido la mayoría de las personas sin hogar. Para muchos, esto incluye experiencias traumáticas con la policía. El mejor enfoque sería trabajar con equipos comunitarios de salud mental, sin policía, que estén capacitados clínicamente. El énfasis debe ponerse en conectar a esas personas con tratamiento y vivienda permanentes, no en reprimir a quienes duermen en los trenes porque no tienen otras opciones seguras. Esto también significa que la ciudad debe estar preparada para proporcionar recursos adicionales para el tratamiento y la vivienda, a fin de abordar las causas de raíz”.

Christa, una estudiante de 17 años que se desplaza en metro a diario, intenta comprender con evidente desgana a qué se refiere la periodista cuando le pregunta por la inseguridad en el suburbano. “¿Insegura? Ni segura ni insegura, no leo noticias ni veo informativos. Es mejor no enterarse de nada. Y durante el trayecto sólo veo vídeos en TikTok o alguna serie en el móvil -dice, sin apenas levantar la vista de la pantalla-. ¿De veras el metro de Nueva York es peligroso, en serio?”.

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El canciller alemán, Olaf Scholz, se embarca este lunes en un nuevo esfuerzo diplomático para tratar de desescalar la crisis que amenaza con desembocar en un conflicto armado en Ucrania. Viajará el lunes a Ucrania para hablar con el presidente Volodímir Zelenski y el martes a Moscú para entrevistarse con Vladímir Putin. Si se hace caso a la información obtenida por los servicios estadounidenses de espionaje, que apuntan a una invasión rusa en torno al 16 de febrero, el intento alemán sería el último antes de la temida fecha, a la que también la OTAN da credibilidad. “Lo que estamos viendo en este momento es una amenaza muy, muy grave para la paz en Europa”, dijo este domingo Scholz.

Estados Unidos lleva días repitiendo que los más de 100.000 soldados movilizados por Moscú podrían realizar una incursión en cualquier momento. Rusia niega que tenga planes de atacar y mantiene sus tesis de que permanece vigilante para ver qué ocurre en las regiones separatistas de Donetsk y Lugansk. “Quiero averiguar cómo podemos asegurar la paz en Europa”, aseguró el canciller en Berlín tras la ceremonia de reelección del presidente alemán, Frank-Walter Steinmeier, respecto al objetivo de su viaje.

La situación es “extremadamente crítica”

Scholz ha devuelto a la primera línea los esfuerzos diplomáticos alemanes tras unas primeras semanas de perfil bajo por las que ha recibido críticas de la oposición. La semana pasada viajó a Washington para verse con el presidente estadounidense, Joe Biden, y subrayar la unidad entre los socios occidentales. Ahora se dirige al Este, donde podría convertirse en el último político occidental que se reúne en el Kremlin con Putin antes de la ofensiva militar, si esta se produce. Su visita llega en el momento más delicado de las últimas semanas. La situación en Ucrania se ha evaluado como “extremadamente crítica y muy peligrosa”, según fuentes gubernamentales.

El canciller comerá con Putin el martes y le dejará claro que una invasión tendría “consecuencias muy graves” para Rusia, aunque también subrayará la necesidad de seguir manteniendo el diálogo, añadieron estas fuentes. En círculos gubernamentales se descartan las especulaciones sobre una posible moratoria de la expansión de la OTAN que impediría a Ucrania unirse a la alianza durante un periodo de tiempo.

“Es necesario ser claro y decir claramente que la agresión militar contra Ucrania, que pone en peligro su integridad territorial y su soberanía, dará lugar a duras reacciones y sanciones, que nosotros, junto con nuestros aliados en Europa y en la OTAN, hemos preparado cuidadosamente y que podemos poner en práctica inmediatamente”, aseguró Scholz. Al mismo tiempo, añadió, hay que “aprovechar las oportunidades de hablar que tenemos”. Y mencionó los diversos formatos en los que la diplomacia occidental conversa con Rusia para evitar el conflicto: con Estados Unidos, con la OTAN, en el marco de la OSCE y en el llamado formato de Normandía (Rusia, Ucrania, Francia y Alemania).

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“Ucrania puede estar segura de que mostraremos la solidaridad necesaria, como lo hemos hecho en el pasado”, subrayó el canciller durante su breve comparecencia ante los medios tras la elección de Steinmeier. Scholz recordó que Alemania es el país que más ayuda financiera ha aportado para la estabilización económica de Ucrania. “Continuaremos haciéndolo”, añadió y se refirió a la “doble estrategia” de los aliados: “Anuncios claros sobre lo que sucederá en caso de agresión militar y, al mismo tiempo, usar todas las formas posibles para intentar una salida pacífica de la crisis y que Rusia desescale la situación”.

Ofensiva diplomática

Fuentes gubernamentales aseguraron que desde Berlín no hay expectativas concretas con respecto al viaje, que llega después de una semana cargada de encuentros y conversaciones como la cita que tuvieron Putin y Macron o la charla telefónica del ruso con el presidente Biden. Scholz se reunió la semana pasada con los tres jefes de estado bálticos y el presidente del Consejo de la UE, Charles Michel, y el sábado habló con el presidente francés Emmanuel Macron después de su llamada telefónica con Putin. El presidente ruso y el canciller, que tomó posesión hace dos meses, solo se han reunido brevemente en eventos como las cumbres del G20, pero todavía no se han entrevistado de forma individual.

En las últimas semanas, el canciller ha sido criticado, tanto dentro como fuera de Alemania, por mostrar cierta tibieza con respecto a Moscú. Sobre todo, por sus silencios en referencia a la posible cancelación de la puesta en marcha del gasoducto Nord Stream 2, que llevaría gas de Rusia a Alemania sin pasar por Ucrania. Biden se ha mostrado muy contundente respecto a la paralización de la infraestructura en caso de ataque ruso. Ucrania también ha manifestado su disgusto por la negativa de Berlín a enviar armas.

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travesía en bicicleta
en lo corrido de sus viajes se han encontrado con otros grupos de ciclistas para compartir experiencias, quiere llegar a Cartagena y pide apoyo.

Ahora el deportista requiere apoyo económico para poder culminar la última etapa de travesía en bicicleta.

Noticias Pasto.

Como un ejemplo a seguir fue catalogada la travesía del ciclista nariñense Jairo Obando quien decidió emprender un viaje en bicicleta al norte del país.

El deportista dio a conocer que el propósito es cumplir con 1.400 kilómetros de recorrido, razón por la cual desde el pasado 2 de enero inició su viaje.

Indicó que la travesía arrancó desde la ciudad de Pasto y el propósito es llegar hasta Cartagena.


Por medio de sus redes sociales explicó como ha sido todo este proceso y como día y noche ha tenido que avanzar en medio de la travesía.

Añadió que luego de pasar por varios departamentos, hoy se encuentra en Córdoba.

Cuenta que en lo corrido de sus viajes se han encontrado con otros grupos de ciclistas para compartir experiencias.

Sin embargo, explicó que para cumplir con este último tramo necesita apoyo, razón por la cual acudió a la solidaridad de todos los nariñenses.

Señala que requiere ayuda económica, para poder cumplir con esta última etapa del recorrido.

Dijo que aquellos que deseen apoyarlo en esta iniciativa, pueden contactarse a través del 3183137722 para hacerle llegar cualquier aporte que le permita cumplir su meta.

 



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