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El estruendo de las bombas y los ataques en diferentes regiones de Ucrania sigue silenciando posibles avances en las conversaciones diplomáticas para llegar a un acuerdo que ponga fin a la guerra tras 19 días de invasión rusa. Un proyectil lanzado sobre un edificio residencial de ocho plantas en Obolon, un barrio al norte de Kiev, dejó este lunes al menos un muerto. Otro ataque cerca de la fábrica aeronáutica Antonov dejó otra víctima mortal. Es, de nuevo, una señal clara de que, aunque no haya conseguido todavía su objetivo de someter a la capital ni siquiera acercar sus soldados al centro urbano, el presidente ruso, Vladímir Putin, no se olvida de la principal urbe del país, que aparece cada vez más rodeada.

Aproximadamente la mitad de sus tres millones de habitantes han salido ya buscando un lugar más seguro, aunque allí aguanta sin mostrar intención de irse y con constantes apariciones en redes sociales el presidente Volodímir Zelenski. Varios de sus representantes volvieron este lunes a mantener contactos de manera telemática con el Kremlin, pero, de momento, no hay más anuncio que el de seguir tratando de avanzar este martes. El propio mandatario, que apuesta por verse cara a cara con Putin, reconoció en un vídeo que las negociaciones están siendo “difíciles”.

Mientras, en el este de Ucrania, donde la guerra no ha cesado desde 2014, los separatistas prorrusos apoyados por Moscú y enfrentados a Kiev han denunciado el lunes un bombardeo en la ciudad de Donetsk del que acusan a Ucrania y que dejó, al menos, 16 muertos. Kiev ha negado su responsabilidad. El acoso sigue en ciudades ya muy castigadas en estas casi tres semanas de guerra como Járkov, la segunda el país, en el noreste, o la portuaria Mariupol, a orillas del mar de Azov. El alcalde de Járkov, Igor Terejov, denunció un bombardeo incesante de la localidad. Al menos dos personas murieron en un ataque con misiles a un edificio residencial de la urbe, en el este de Ucrania. Los servicios de emergencia y rescatistas buscaron durante horas bajo los escombros para intentar localizar a los vecinos desaparecidos. El edificio, cercano al centro histórico, fue alcanzado por la mañana, lo que produjo un “incendio masivo” debido a los daños en las tuberías que suministran gas al inmueble, según información de los servicios de emergencia citada por la agencia Reuters. Járkov, una ciudad estratégica a escasos kilómetros de la frontera rusa, ha sufrido bombardeos desde el comienzo de la invasión rusa.

Unos bomberos tratan de apagar un incendio en un edificio golpeado por un proyectil ruso, este lunes en Járkov.
Unos bomberos tratan de apagar un incendio en un edificio golpeado por un proyectil ruso, este lunes en Járkov.Pavel Dorogoy (AP)

También en el oeste, zona por la que cientos de miles de personas han escapado del conflicto, sobre todo a través de la frontera con Polonia, los ataques se suceden en los últimos días. En los alrededores de Lviv se podía escuchar el paso de varios aviones y ver el trazo en el cielo de un misil. Hasta el momento, según cifras de la ONU, han salido del país 2,8 millones de habitantes. Otros dos millones son desplazados internos.

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Además, nueve personas han muerto y otras nueve han resultado heridas como consecuencia de un bombardeo de una torre de televisión en la ciudad de Antopil, al oeste de Kiev. El gobernador de la provincia de Rivne, Vitali Koval, ha indicado este lunes que aún hay personas bajo los escombros, por lo que el balance de muertos y heridos podría aumentar, según recoge el portal de noticias ucranio Babel.

“Tenemos que mantenernos firmes y luchar para ganar, para lograr una paz que los ucranios merecen, una paz honesta con garantías de seguridad para nuestro Estado, para nuestro pueblo. Y ponerlo por escrito durante las difíciles negociaciones”, señaló el presidente Zelenski este lunes en una grabación. Según señaló el negociador ucranio Mijailo Podoliak en Twitter, las autoridades de Kiev acudieron a la cita de esta cuarta ronda negociadora con la intención de lograr un alto el fuego, la retirada inmediata de las tropas rusas de su territorio y garantías de seguridad. Todo ello parece muy lejano según se están desarrollando los acontecimientos en el frente de batalla. “Se ha hecho una pausa técnica en las negociaciones hasta el martes” para que los grupos de trabajo puedan “aclarar definiciones”, añadió Podoliak.

“Las partes están expresando activamente sus posiciones, que ya han sido aclaradas, la comunicación es difícil, pero continúa”, explicó Podoliak, para quien “la razón de las discordancias” obedece a los sistemas políticos “muy diferentes” que tienen ambos países. “Ucrania es un país que mantiene el diálogo libre en la sociedad y un consenso obligatorio. Rusia practica, en definitiva, la supresión de su propia sociedad”, agregó. Pese a ello, negociadores de ambas partes detectaron algún pequeño avance. “Los rusos no están haciendo más ultimatums y escuchan nuestras propuestas”, dijo Podoliak. Por su parte, Leonid Slutsky, presidente del Comité de Asuntos Internacionales de la Duma [Cámara baja del Parlamento ruso], destacó un “progreso sustancial” en la marcha de las negociaciones.

El esfuerzo diplomático tuvo este lunes un segundo escenario en Roma, donde se han reunido enviados de Estados Unidos y China tras conocerse que Rusia solicitó ayuda económica y de material militar al gigante asiático poco después de iniciar la invasión de Ucrania. Desde China, el Ministerio de Exteriores ha calificado este lunes esta noticia de “desinformación”. El Kremlin también niega la petición de ayuda.

Zelenski señaló la noche del domingo que sus representantes estaban negociando un posible encuentro con Putin. “Nuestra misión es clara: hacer todo lo que sea posible para asegurar una reunión entre los dos presidentes”, dijo en un vídeo. Y destacó que una de las exigencias de Ucrania es la apertura de corredores humanitarios para las ciudades sitiadas. En total, unas 150.000 personas han sido evacuadas, según los datos ofrecidos este lunes por el alto funcionario de la presidencia de Ucrania Kirilo Timoshenko. Pese al elevado número de evacuaciones, Zelenski lamentó que todavía queda mucha gente atrapada en enclaves como Mariupol, en el sureste del país.

La alcaldía de esta ciudad señaló que unos 160 coches con civiles pudieron salir este lunes de la localidad. La información fue confirmada por la vice primera ministra de Ucrania, Irina Vereshchuk, quien también criticó que Rusia continúa bloqueando la entrada de ayuda humanitaria. Uno de los residentes de Mariupol que logró escapar del asedio y comunicarse con sus allegados en otro municipio del país explicó que el corredor humanitario estuvo abierto hasta las 17.00, hora local (16.00 horas en la España peninsular), pero que la mayor parte de la población de Mariupol no fue informada de la posibilidad de abandonar la ciudad. De acuerdo con esta fuente, las fuerzas del Kremlin impidieron que la población saliera de la localidad en autobuses y solo permitieron el uso de coches particulares, informa Margaryta Yakovenko.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) confirmó este lunes un total de 31 ataques contra centros sanitarios desde el inicio de la invasión en Ucrania, en los que 12 personas murieron y otras 34 resultaron heridas. Una de las víctimas es la mujer embarazada que sobrevivió al ataque ruso contra el hospital materno infantil de Mariupol y cuya imagen dio la vuelta al mundo, tumbada en una camilla y sujetando su tripa. Tanto ella como su bebé murieron finalmente. Los bombardeos contra civiles, y muy especialmente contra hospitales, apuntan a la comisión de crímenes de guerra por parte de Moscú. Según la Fiscalía de Ucrania, al menos 90 niños han fallecido desde el inicio de la agresión.

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Natalya decidió en 20 minutos cuánta vida le cabía en la maleta sin saber si volverá algún día a Kiev. “[El pasado jueves] nos despertamos en torno a las seis de la mañana y vimos por Facebook que la guerra había comenzado. No fue por ninguna explosión. Así que básicamente cogimos solo algo de ropa, lo que se puede coger en 20 minutos. Recogí a mi madre, cogí a mi perro, nos subimos al coche y salimos. Espero que podamos volver dentro de tres meses para reconstruir nuestro país, que están destruyendo”. Tiene 29 años y fuma con rostro cansado en el paso fronterizo de Siret, por el que acaba de cruzar a Rumania desde Ucrania. “Teníamos una vida feliz. Mi madre y yo tenemos un negocio familiar. Y ahora somos refugiadas. No pensaba que fuese a vivir una guerra en el siglo XXI. Creíamos que los medios exageraban, pero una persona [el presidente ruso, Vladímir Putin] decidió hacer eso”, dice como si no tuviese claro si está dentro de una película de ficción.

Natalya, refugiada ucrania, tras entrar a Rumania.
Natalya, refugiada ucrania, tras entrar a Rumania. Alex Onciu

Forma parte de un grupo de solo mujeres que han alcanzado en tres coches la frontera. Llegaron a Rumania en la madrugada del martes, tras dos días y medio seguidos dentro de los vehículos, a causa del embotellamiento que hay a la entrada al país balcánico. “Solo paramos a echarnos [en el coche] una siesta de cuatro horas”, apunta a su lado Eleanora Samburska. Todas tienen frío: es madrugada y los termómetros marcan cero grados.

Desde el inicio de la guerra, han entrado en Rumania unos 105.000 ucranios y salido poco más de 62.000, según datos difundidos a última hora de la tarde de este martes por la policía de fronteras de Rumania. En las últimas 18 horas, más de 7.000 accedieron por alguno de los cuatro pasos oficiales que hay en los más de 600 kilómetros de frontera que comparten los dos países. Otros 7.600 entraron en ese mismo periodo a Rumania a través de la pequeña Moldavia. Casi todos son mujeres y niños, porque los hombres menores de 60 años tienen prohibido salir de Ucrania por la ley marcial decretada por el Gobierno de Volodímir Zelenski en respuesta a la invasión rusa.

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Rumania no suele ser un país de destino, sino sobre todo de tránsito. Quienes atraviesan Siret parecen dividirse en tres grupos, a tenor de sus testimonios: los extranjeros evacuados por sus países; los ucranios para los que Moldavia y Rumania eran simplemente la vía más rápida para huir de la guerra, porque residían en el sur del país; y, un fenómeno más reciente, los habitantes de la bombardeada capital de Kiev que buscan un plan B a los atascos interminables en las salidas hacia el oeste. Son aquellos vecinos de Kiev que ―”de momento”, suelen matizar― se dirigen a Polonia porque tienen allí familiares y amigos (los ucranios suponen un millón de los 38 millones de habitantes de Polonia, atraídos por una generosa política de visados y sueldos más altos), pero han preferido dar un gran rodeo, ya dentro de la UE, a cambio de abandonar Ucrania cuanto antes. Desde Kiev hay más o menos la misma distancia al cruce fronterizo rumano de Siret que al polaco de Dorohusk, entre 500 y 600 kilómetros.

A este último grupo pertenece Oksana Boiko, de 36 años, que acaba de entrar en Rumania con su hijo de 15 años. Su marido, cuenta, se ha quedado a “ayudar a mantener el control” de la ciudad de Ivano-Frankivsk (230.000 habitantes), en el suroeste de Ucrania, aunque no combate directamente contra las fuerzas rusas. “Nuestra primera parada será aquí, luego quizás Polonia… y luego, ya lo pensaremos”, afirma mientras espera la luz verde del policía para continuar su trayecto.

Oksana Boiko, en su coche tras cruzar la frontera.
Oksana Boiko, en su coche tras cruzar la frontera. Alex Onciu

En Siret, algunas imágenes se repiten cada poco: las madres cargando paquetes de pañales, los niños aferrados a su peluche favorito para la travesía, los coches donde se juntan tres generaciones, las ojeras y miradas perdidas como tratando de asimilar algo que está pasando demasiado rápido. Unos pocos coches de gama media-alta y el elegante atuendo con el que algunas ucranias llegan a Rumania recuerda que la fina línea entre una vida desahogada y convertirse en refugiado en un país desconocido es, a veces, una mera cuestión de días.

Muchas llegan al paso fronterizo en sus vehículos. A otras los acercan lo más posible (bastantes optan por andar los últimos kilómetros en paralelo al atasco) hombres que luego tienen que dar media vuelta. Es lo que le sucedió al novio de Galyna (prefiere no dar su apellido). Trataron de cruzar juntos, aun a sabiendas de que era casi imposible porque él, con 30 años, es carne de reclutamiento. “Ahora él está allá, yo aquí… y no sé lo que hacer”, dice con los ojos vidriosos. “He pasado los últimos días en el refugio que tiene el sótano de mi edificio. Ves y ves las noticias tratando de entender cómo actuar”, relata. Al final, la empresa de tecnologías de la información en la que trabaja la ha evacuado en autobús desde Kiev con otras empleadas. De momento, van a seguir operando desde la sede que tiene en Rumania.

Envuelto en una manta, Darpan Vemra, de 20 años, hace cola de madrugada frente a un hotel llamado Frontera, en el que un letrero luminoso sigue dando la bienvenida a los visitantes, como congelado en el tiempo (hace apenas una semana) en el que el trasiego no era solo en uno de los sentidos. Vemra es uno de los alrededor de 20.000 jóvenes indios que estudian en Ucrania, más asequible que otros países europeos. Los indios conforman el mayor grupo de estudiantes extranjeros en la exrepública soviética (un cuarto del total). Uno de los 16.000 que quedaban por evacuar murió este martes en un bombardeo en Járkov.

Estudiantes indios evacuados de Ucrania, en una tienda de campaña en la parte rumana del paso fronterizo de Siret.
Estudiantes indios evacuados de Ucrania, en una tienda de campaña en la parte rumana del paso fronterizo de Siret.Alex Onciu

“La última noche ya dormimos en un refugio en Ucrania. Ahora iremos a Bucarest para volar de vuelta a India. Las clases van a seguir en internet, lo que es un problema porque en nuestros estudios [Medicina] las prácticas son muy importantes. Esperaremos un mes, dos… y luego quizás volveremos”, declara con resignación Vemra, que cursa estudios en la Universidad Estatal de Medicina de Bukovina, en Chernivtsi. Un coordinador los organiza de 15 en 15 a toda prisa en furgonetas que salen según se llenan. “Ya he perdido la cuenta de cuántos han salido hoy”, admite. Frente al hotel, las mantas, abrigos, mochilas y maletas no dejan ver el suelo de una enorme tienda de campaña naranja de emergencias.

Otro estudiante extranjero evacuado es Islam Touimi, que a sus 18 años escogió un centro educativo de Dnipró —ciudad ucrania que las tropas rusas tratan de cercar— para especializarse en Aduanas y Finanzas. En unos días, volará de vuelta a Saïda, su ciudad natal en Argelia. “Estos días mi madre me llamaba preocupada unas cinco veces al día”, cuenta. Ha salido en un convoy de cinco autobuses con otros 250 magrebíes.

Una familia atraviesa la frontera este martes.
Una familia atraviesa la frontera este martes.Alex Onciu

Entre tenderetes de ayuda, mantas tiradas por el suelo y coches aparcados en los arcenes, también forman parte del agitado paisaje de Siret los rumanos que han venido a ayudar. Por un lado, los que van por libre, como la joven en un cruce que sostiene bajo la nieve un cartón en el que ha escrito en ucranio e inglés que ofrece alojamiento gratis hasta a cinco personas. O Dana Miron, la vecina de la cercana ciudad de Suceava que llevaba cinco horas en el coche esperando a una familia ucrania para llevarla a dormir a casa de su hermana. Tiene 23 años y coordina las recogidas a través de una página de Facebook que surgió a raíz de la guerra. Desde entonces, ha venido todas las noches.

Por otro, están los que forman parte de un esfuerzo coordinado. Marius Dan es voluntario de ADRA, la organización humanitaria de la Iglesia Adventista del Séptimo Día, y conduce cada noche los 100 kilómetros que separan su casa del puesto fronterizo. “Me llevaría alguna familia a mi casa, pero es muy lejos y todos quieren, si es posible, quedarse por aquí. Como vienen cansados, no pueden conducir cien kilómetros más”, asegura. Daniel Criham, de 23 años, ayuda a las ucranias a cargar las maletas y plegar los carritos mientras Bogdan Oprea ―16 años mayor y voluntario con los bomberos― está apostado frente a una mesa con productos básicos gratuitos que tomar a voluntad, sin preguntas. “Lo que más piden son medicamentos. Principalmente, paracetamol. Agua menos porque suelen llevar suficiente”, explica a escasos metros del puesto fronterizo. Hay también pañales, tampones y gel hidroalcohólico, comprados con donaciones de particulares. “Una mujer que acababa de cruzar me preguntó: ¿Esto viene de la gente de Rumania? Le respondí que sí y se echó a llorar”, recuerda.

Marius Dan, voluntario en una organización.
Marius Dan, voluntario en una organización.Alex Onciu

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El presidente de Estados Unidos, Joe Biden, ha anunciado este lunes que emitirá una orden ejecutiva para prohibir “las inversiones, el comercio y la financiación de personas estadounidenses hacia, desde o las regiones separatistas de Donetsk y Lugansk”, en el este de Ucrania. Biden reacciona así a la decisión del presidente ruso, Vladímir Putin, de reconocer la independencia de esos dos territorios.

El líder estadounidense ha convocado al equipo de Seguridad Nacional en la Casa Blanca este lunes, el tercero de febrero, en el que el país celebra la fiesta federal del Día de los Presidentes. También ha hablado por teléfono con los mandatarios de Ucrania, Volodímir Zelenski, y Francia, Emmanuel Macron, y con el canciller alemán Olaf Scholz. En un comunicado emitido por la Casa Blanca tras esos intercambios, Washington especifica que esa orden “también proporcionará autoridad para imponer sanciones a cualquier persona que opere en esas zonas de Ucrania”. “Los Departamentos de Estado y del Tesoro darán más detalles en breve. También anunciaremos en breve otras medidas relacionadas con la flagrante violación de los compromisos internacionales de Rusia que se ha producido hoy [este lunes]”, añade el escrito.

La Casa Blanca ha especificado que esas medidas “son independientes y se sumarían a las rápidas y severas sanciones económicas”, de las que vienen hablando las autoridades estadounidenses desde hace semanas, y que, aseguran, han estado “preparando en coordinación con los aliados y socios para el caso de que Rusia se decida a invadir Ucrania”. “Seguimos consultando estrechamente con nuestros aliados y socios, incluida Ucrania, sobre los próximos pasos y sobre la actual escalada de Rusia a lo largo de la frontera”, concluye el comunicado.

Por la mañana, el Kremlin había anunciado que Putin estudiaría la petición de mayor autonomía de las autodenominadas repúblicas “ante el bombardeo masivo de su población”. “Con todo esto en mente, el presidente de Rusia dijo que tenía la intención de firmar un decreto relevante en un futuro próximo”, en referencia a un texto que avale la independencia de estos territorios. Putin ha anunciado su decisión a Macron y a Scholz por teléfono.

Luego ha ofrecido en Moscú un discurso televisado en el que ha recurrido a argumentos históricos para defender la importancia de Ucrania para Rusia. Durante su intervención de 40 minutos, Putin ha acusado a Kiev de ser una “marioneta” de Estados Unidos. Ha definido el país como un Estado fallido y ha acusado a sus dirigentes de llegar al poder gracias a un golpe, la revolución del Maidán que hace ocho años derribó a un presidente aliado del Kremlin.

El Secretario de Estado de Estados Unidos, Antony Blinken, dijo la semana pasada que el reconocimiento que ha llegado hoy para los territorios separatistas del este del país “socavaría aún más la soberanía y la integridad territorial de Ucrania, constituiría una grave violación del derecho internacional, y pondría en duda aún más el compromiso declarado de Rusia de continuar con la diplomacia para lograr una resolución pacífica de esta crisis”. También insistió en que Estados Unidos y sus aliados están preparados para una respuesta “rápida y firme”.

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La Administración de Biden también ha asegurado que dispone de “información creíble” que probaría que Rusia ha elaborado una lista de personas a las que “matar o mandar a campos [de detención] tras la ocupación militar” en Ucrania. Así se lo ha comunicado una funcionaria estadounidense en Naciones Unidas en una carta enviada a Michelle Bachelet, Alta Comisionada de la ONU para los Derechos Humanos.

Por la mañana, Jake Sullivan, asesor de seguridad nacional de la Casa Blanca, ha advertido en una entrevista televisiva que, según los datos de sus servicios de inteligencia, un ataque ruso a Ucrania sería “extremadamente violento”. El ataque, ha añadido, puede llegar en cuestión de horas. Sullivan ha explicado que Estados Unidos no espera una “guerra convencional” entre dos ejércitos, sino que Rusia buscaría “reprimir, aplastar y dañar” a la población.

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En un ambiente cada vez más eléctrico por la acumulación de tropas rusas junto a las fronteras ucranias y las alertas de Occidente sobre otra invasión al estratégico país del este, Moscú eleva la tensión con nuevas maniobras militares conjuntas con Bielorrusia. Los ejercicios, que empezarán el 10 de febrero, añaden otro punto caliente al escenario en Ucrania, que comparte alrededor de un millar de kilómetros de fronteras con Bielorrusia, y se suman a otras maniobras rusas en el mar Negro, el Caspio y regiones del sur del Cáucaso próximas a Georgia. Blindados rusos han comenzado este martes a llegar a Bielorrusia. Se unen al movimiento de trenes cargados de decenas de vehículos y armamento que siguen avanzando desde lejanos puntos de Rusia hacia las fronteras orientales.

El Reino Unido, mientras, envió armas a Ucrania, un apoyo “defensivo” en respuesta al “comportamiento cada vez más amenazante de Rusia”, según el responsable de Defensa británico, Ben Wallace. “Hemos tomado la decisión de suministrar a Ucrania sistemas ligeros de armas defensivas antitanque”, dijo Wallace, que invitó a su homólogo ruso, Serguéi Shoigu, a Londres para conversaciones.

Además, “un pequeño número” de especialistas británicos entrenará al ejército ucranio en el uso del armamento suministrado. Instructores de Reino Unido han estado en Ucrania desde 2015, en programas de entrenamiento de las fuerzas armadas y Londres también ha vendido barcos a Kiev y le ha proporcionado un préstamo de unos 2.000 millones de euros para modernizar su armada. Rusia considera una provocación los acuerdos de defensa de Ucrania con sus aliados de Occidente y también la presencia de especialistas militares en el país que va a cumplir ocho años de guerra en la región del Donbás con los separatistas prorrusos apoyados militar y políticamente por el Kremlin. La última guerra de Europa se ha cobrado ya unas 14.000 vidas.

Las maniobras militares de los ejércitos ruso y bielorruso —las segundas importantes de este año, tras las del pasado septiembre— se realizarán entre el 10 y el 20 de febrero. Con el nombre de Determinación Aliada-2022, se desarrollarán en dos puntos: el borde occidental de Bielorrusia, cerca de Lituania y Polonia (ambos miembros de la OTAN), y a lo largo de la frontera con Ucrania, un escenario que la inteligencia de Kiev y de Occidente ya habían anticipado como uno de los puntos posibles de entrada de la amenaza rusa, cuando Minsk y el Kremlin están cada vez más cerca. También temen que estas maniobras sean una treta para colocar de manera semi-permanente botas rusas en Bielorrusia.

Moscú no ha revelado cuántos soldados participarán en las maniobras ni cuánto armamento pesado se va a trasladar, aunque el viceministro de Defensa ruso, Alexander Fomin, apuntó en una sesión informativa este martes con agregados militares que planea enviar 12 cazas Su-35 avanzados y dos baterías de sistemas antiaéreos S-400. Participarán en medidas de búsqueda y destrucción de “formaciones ilegales” y la defensa de la frontera contra “grupos armados de militantes”, según remarcó Fomin, citado por la agencia estatal Tass.

Aleksandr Lukashenko, que gobierna con mano de hierro Bielorrusia desde hace décadas, aseguró el lunes que las maniobras militares conjuntas son necesarias debido al supuesto incremento de fuerzas de la OTAN en Polonia y los Bálticos y por el aumento de soldados ucranios junto a las fronteras con Bielorrusia, una linde bastante porosa que Kiev empezó a reforzar recientemente. Lukashenko, que tradicionalmente había sido un amortiguador entre Rusia y Occidente, está cada vez más cerca del presidente ruso, Vladímir Putin, su apoyo fundamental desde las protestas contra el fraude electoral y por la democracia que sacudieron Bielorrusia en 2020 y que reprimió con dureza.

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El Gobierno ucranio ya ha advertido de que Rusia puede lanzar un nuevo ataque —en 2014 se anexionó la península de Crimea con un referéndum considerado ilegal por la comunidad internacional y celebrado con presencia militar rusa— desde varias direcciones, incluido desde Bielorrusia. Según los cálculos de la inteligencia ucrania y la de EE UU, Rusia ha concentrado unos 80.000 soldados junto a las fronteras ucranias y varios miles más en Crimea. Creen también que el Kremlin no ha tomado aún una decisión sobre otra intervención militar, pero también sostienen que podría estar esperando a que el lodoso suelo de sus fronteras orientales y el este de Ucrania se congele para operar sin problemas con los vehículos pesados.

Moscú, mientras, niega planes de invasión, argumenta que puede movilizar a sus tropas con total libertad dentro de sus fronteras y que lo hace por la “amenaza creciente” de la OTAN. Putin exige a la Alianza Atlántica y a Estados Unidos garantías por escrito de que Ucrania y otros países miembros de la antigua URSS (como Georgia) no se unirán a la organización, pese a que recibieron la invitación en 2008; una invitación que está lejos de materializarse.

El Kremlin busca, además, algún tipo de acuerdo legal que obligue a la OTAN a retirarse a las posiciones que ocupaba en 1997. Moscú, Washington y la Alianza han mantenido conversaciones diplomáticas este mes sobre el tema sin llegar a ninguna solución para desescalar una situación cada vez más caldeada.

Cuando la tensión aumenta, el Ministerio de Defensa de Ucrania ha anunciado este martes que acelerará los planes para formar batallones de reservistas, que permitirán el despliegue rápido de unos 130.000 reclutas para sumar a su ejército de unos 240.000 militares; batallones que incluirán a voluntarios de las Fuerzas de Defensa Territorial, a las que se han apuntado personas de entre 18 y 60 años.

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