Countries in Sub-Saharan Africa, especially the Sahel, recorded 48 percent of all extremist deaths globally in 2021, attributed to groups affiliated with the Islamic State (IS) terror group, while attacks declined by 68 percent in Western countries, where they were motivated more by political views than religious reasons.
The ninth edition of the Global Terrorism Index, released on Wednesday, indicates that deaths from terrorism fell 1.2 percent last year, to 7,142, while attacks increased 17 percent to 5,226, which shows that “attacks became less deadly in 2021.”
According to the report prepared by the Australian Institute for Economics and Peace, extremism is increasingly concentrated in conflict zones – where 97.6 percent of deaths from terrorism occurred -, with Afghanistan as the country with the highest impact from extremism, followed by Iraq, Somalia, Burkina Faso, Syria, Nigeria, Mali, Niger, Myanmar and Pakistan, out of the 163 countries included in the analysis.
Soldados franceses de Barkhane se retiran de la base militar de Gao, en el norte de Malí, el pasado 9 de junio de 2021.AP
Níger y, en menor medida, los países del golfo de Guinea serán los dos nuevos puntos fuertes de la presencia militar francesa y europea en el Sahel tras el anuncio de la retirada de las tropas de las operaciones Barkhane y Takuba de Malí, que confirmó este miércoles el presidente francés Emmanuel Macron. Níger, amenazado por la violencia terrorista tanto desde el este como desde el oeste, ya formaba parte de la estrategia internacional de la lucha antiyihadista con la presencia en su territorio de bases de drones de Africom (Estados Unidos) y de Barkhane (Francia), pero la inclusión de países como Costa de Marfil, Ghana o Benín coincide con la expansión de la actividad de los grupos armados hacia los estados del golfo de Guinea. La actividad de estos grupos se limita por ahora a las regiones fronterizas del norte, si bien cada vez es más intensa.
El presidente de Níger, Mohamed Bazoum, dio el primer paso en ese sentido este viernes al aceptar de manera explícita la instalación de fuerzas especiales europeas en su territorio a través de Twitter. “Nuestro objetivo es que nuestra frontera con Malí sea segura. Esperamos que después de la partida de Barkhane y Takuba esta área esté aún más infestada y que los grupos terroristas se fortalezcan. Sin embargo, sabemos que pretenden extender su influencia. Por lo tanto, las nuevas bases no estarán lejos de Ménaka y Gao. Acogerán especialmente a Takuba, porque tiene grandes ventajas para nosotros”, aseguró Bazoum.
Sin embargo, el Gobierno de Níger tendrá que actuar con prudencia debido a la pujanza de movimientos ciudadanos que rechazan la presencia militar francesa. Es el caso de la asociación Pasemos la Página, que ha logrado movilizar a miles de personas en actos de protesta como los que lograron bloquear un convoy militar francés que iba camino de Malí en noviembre de 2021 después de que sufriera el mismo problema en Burkina Faso. Este sentimiento antifrancés alimentó los golpes de Estado tanto en Malí como en Burkina Faso y los expertos coinciden en que Níger no está exento de ese riesgo.
Lucha antiterrorista
La otra región a la que irán los soldados franceses y europeos que salgan de Malí es la de los países del golfo de Guinea. El pasado 8 de febrero, dos patrullas de guardias forestales encargadas de la vigilancia del parque nacional W, en el norte de Benín, pisaban sendas minas artesanales que provocaron ocho muertos y 12 heridos. Este atentado yihadista, el más grave en la historia de este país, es la muestra más reciente del avance de los grupos islamistas radicales desde Malí y Burkina Faso hacia el sur. Precisamente el contagio del terrorismo en el golfo de Guinea fue el centro de las preocupaciones del último Foro sobre Paz y Seguridad celebrado en Dakar (Senegal) en diciembre, donde el jefe de Estado senegalés Macky Sall, hoy presidente de la Unión Africana, habló de “metástasis”.
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En noviembre pasado, Togo sufrió el primer ataque terrorista de su historia y en el norte de Costa de Marfil las escaramuzas son frecuentes desde principios de 2021. Hace tan solo 10 días, el jefe de Estado Mayor de la Defensa francés, Thierry Burkhard, se trasladó hasta este país africano para reunirse con su homólogo marfileño y visitar la recién inaugurada Academia Internacional de Lucha Contra el Terrorismo, creada bajo los auspicios de París y Abiyán, que mantienen un elevado grado de cooperación militar. La base francesa más grande de todo el continente está en la capital económica marfileña y alberga a casi un millar de soldados, desde donde realizan labores sobre todo logísticas de apoyo a Barkhane.
La salida de Malí de la operación militar francesa y de la fuerza europea Takuba, lo que implica a unos 2.400 efectivos franceses y unos 900 del Viejo Continente, en un plazo de entre cuatro y seis meses deja en el aire el futuro de la misión de formación del Ejército maliense (EUTM) que desarrolla la Unión Europea desde 2013 con una notable presencia española de más de medio millar de soldados. “He enviado una misión a Malí para comprobar con las autoridades malienses en qué condiciones y con qué garantías podríamos considerar la posibilidad de mantener o no nuestras misiones de formación” que operan allí, dijo este jueves a los medios Josep Borrell, alto representante europeo de Asuntos Exteriores, quien añadió que “la respuesta llegará en los próximos días”.
El ministro español de Exteriores, José Manuel Albares, ha defendido en los últimos días la continuidad de la EUTM y, en cualquier caso, abogó por una adopción de decisiones desde el ámbito europeo. Alemania es, tras España, el segundo país que más tropas aporta a esta misión. Este jueves, Christine Lambrecht, ministra de Defensa germana, se mostró más escéptica que su homólogo español. “La pregunta es si logramos nuestros objetivos políticos, es decir a quién apoyamos y a quién capacitamos”, manifestó la ministra.
La Misión de Estabilización de Naciones Unidas en Malí (Minusma) también se ve seriamente afectada por la desaparición de Barkhane del teatro de operaciones, sobre todo por el importante peso francés en el apoyo aéreo en materia de seguridad. Con unos 15.000 uniformados se trata de uno de los operativos de la ONU que ha sufrido más víctimas mortales (268) desde que comenzó su despliegue en 2013. Alemania es, junto a Francia, el país europeo que más soldados aporta a la misión de la ONU y Lambrecht aseguró este jueves que su participación tanto en EUTM como en Minusma será debatida en el Parlamento germano en mayo próximo.
Al calor de la pandemia, el Sahel ha experimentado una cascada de golpes que han acabado con los Gobiernos de Sudán, Chad, Guinea-Conakry, Malí (en dos ocasiones) y recientemente, Burkina Faso. Uno de esos escenarios de los que cualquier país sensato se mantendría alejado si no fuese porque la cercanía geográfica le alcanza, el terrorismo le salpica, y la larga sombra del Kremlin le acecha, como es el caso de la Unión Europea. A esta espiral autoritaria hay que añadir el fracaso de Francia, cuyo Ejército lidera las operaciones militares antiterroristas de la zona, en una guerra de desgaste prolongada en tablas. La expulsión del embajador de Francia en Malí, a raíz de las declaraciones del ministro de Exteriores francés acusando a la Junta Militar de estar en connivencia con los mercenarios rusos del grupo Wagner, representa el último episodio en el deterioro de relaciones que apunta a una posible retirada de las fuerzas armadas francesas.
La situación tiene no pocas resonancias con el Afganistán de ayer y de hoy. Nos encontramos ante países que comparten la receta infalible de la inestabilidad estructural: enfrentamientos interétnicos, millones de jóvenes sin perspectiva de futuro, un enjambre de grupos insurgentes en colaboración con el Estado Islámico o Al-Qaeda y, como pétreo telón de fondo, gobiernos corruptos y Estados disfuncionales con instituciones incapaces de controlar y cumplir con la sociedad. El triunfo de los talibanes en Afganistán los ha convertido en referente a seguir, y las milicias yihadistas que operan en el Sahel se hacen eco en sus exigencias: expulsar a las tropas internacionales, acabar con los gobiernos seculares, imponer la sharía en todo su rigor bajo la tutela de la hisba (la policía moral islámica) y, de nuevo, el sometimiento de la mujer como seña de identidad innegociable. En el centro de Malí, informa International Crisis Group, el Grupo por el Apoyo del Islam y de los Musulmanes azota en público a aquellas que no se cubren con el hiyabo el niqab.
Todo ello, unido a la creciente simpatía de la población local hacia sus dictadores y mercenarios rusos, debería llamar nuestra atención, actualmente centrada en Ucrania, pues como afirma el general Didier Castres en una tribuna de Le Monde, “con la irrupción de Wagner en Malí, asistimos a la aparición de una especie de far west de las relaciones internacionales”. Como ocurrió en su momento en Afganistán. @evabor3
El golpe de Estado protagonizado por militares en Burkina Faso este lunes sigue el mismo que el vivido en Malí hace un año y medio. El avance del yihadismo ante la incapacidad de los ejércitos nacionales y de la operación militar Barkhane liderada por Francia para hacerle frente desencadenan una oleada de cólera popular que sienta las bases del alzamiento militar. Buena parte de la población, desesperada ante el reguero de muertos, heridos y desplazados por la violencia, acoge la llegada de los militares al poder —con asonadas de baja intensidad— con la esperanza de un cambio, todo ello trufado de un creciente sentimiento antifrancés. La vuelta al orden constitucional mediante la promesa de elecciones queda como una cuestión secundaria ante la magnitud de la amenaza.
Este es el tercer golpe de Estado militar que vive la región de África occidental en el último año y medio pues, además de Malí, también Guinea-Conakry sufrió una sublevación el pasado 1 de octubre. Sin embargo, en este caso el detonante fue la intención del presidente depuesto Alpha Condé de permanecer en el poder más allá de los dos mandatos previstos en la Constitución, lo que provocó numerosas protestas ciudadanas duramente reprimidas. Está previsto que la Comisión Económica de Estados de África Occidental (Cedeao) envíe una delegación en los próximos días para negociar un calendario electoral con los militares golpistas.
Precisamente la vuelta al orden constitucional es una de las primeras promesas que realizó el teniente coronel Damiba, como también hizo en Malí el coronel Assimi Goïta o en Guinea el teniente coronel Doumbouya, líder de la junta militar. Sin embargo, en estos dos últimos países los militares no han dado señales de tener intención de dejar el poder con prontitud. De hecho, tras prometer comicios en febrero, los militares malienses dieron marcha atrás y pidieron hasta cinco años para llevar a cabo la transición, lo que provocó un régimen de duras sanciones por parte de la Cedeao. Por ahora, las nuevas autoridades burkinesas, que este martes reabrieron las fronteras aéreas, no han hablado de plazos, aunque han advertido que los mismos serán aprobados en coordinación con la sociedad civil.
Las tensiones entre el régimen de Kaboré y los militares eran evidentes desde la caída del régimen de Blaise Compaoré en 2014, pero el desencadenante ha sido la violencia yihadista. “Había un importante descontento tanto de la población civil como de las fuerzas de defensa y seguridad frente al constante deterioro de la situación en materia de seguridad en los últimos años. Los ataques sangrientos son moneda corriente, como el de Solhan de junio de 2021 con 160 víctimas y más recientemente el ataque de Inata en noviembre pasado en el que fallecieron 57 personas, 53 de ellas gendarmes, que despertó una gran indignación por los errores en la cadena de aprovisionamiento. Esto agravó las tensiones y la desconfianza entre fuerzas de seguridad y el Gobierno”, asegura Ornella Moderan, experta en el Sahel del Instituto de Estudios de Seguridad.
Otro elemento común entre los recientes golpes de Estado en Malí y Burkina Faso es que apenas encuentran resistencia y se producen prácticamente sin violencia. Los protagonistas también tienen puntos en común. El líder golpista maliense, el coronel Assimi Goïta, es un joven oficial curtido en la lucha antiterrorista en su condición de exjefe de las Fuerzas Especiales; por su parte, el nuevo hombre fuerte de Burkina Faso, el teniente coronel Paul-Henri Sandaogo Damiba, acababa de ser nombrado responsable de la tercera región militar burkinesa, la de Uagadugú, y había liderado una unidad antiterrorista en la zona de Dori, uno de los puntos calientes del yihadismo al norte del país. Licenciado en Criminología, en junio pasado vio la luz su ensayo Ejércitos de África occidental y terrorismo: ¿respuestas inciertas?
Este martes, decenas de personas salieron a las calles de Uagadugú y otras ciudades burkinesas para celebrar la caída del presidente Roch Marc Christian Kaboré, tal y como sucedió en Bamako en agosto de 2020. El movimiento Sauvons le Burkina considera que no había otra alternativa frente a un régimen que había abandonado sus responsabilidades en materia de seguridad. Por su parte, Smockey, líder del movimiento Balai Citoyen, acusa al régimen de Kaboré de gestión calamitosa. “Nunca lograron estar a la altura de las aspiraciones de las masas populares que, sin embargo, crearon las circunstancias para su llegada al poder”, asegura el rapero en referencia a las revueltas de 2014 que provocaron la caída del dictador Blaise Compaoré y la renovación democrática en Burkina Faso.
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La comunidad internacional ha reaccionado este martes como era de prever, condenando el golpe de Estado y pidiendo la liberación inmediata de Roch Kaboré. El presidente francés, Emmanuel Macron, aseguró a los periodistas que había hablado con los nuevos dirigentes del país y que estos le transmitieron que el ya expresidente se encontraba en buen estado de salud y que no existía ninguna amenaza para su salud física. Los acontecimientos de Burkina, dijo, “se inscriben en una sucesión de numerosos golpes de Estado militares que son extremadamente preocupantes en un momento en que la región debe tener una prioridad, que es la lucha contra el terrorismo islamista”.