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Manifestantes contra el presidente Kais Said, el pasado día 20 en Túnez.
Manifestantes contra el presidente Kais Said, el pasado día 20 en Túnez.ZOUBEIR SOUISSI (REUTERS)

El presidente de Túnez, Kais Said, decretó este miércoles la disolución del Parlamento después de que un grupo de 124 diputados –sobre un total de 217– organizasen una reunión por internet mediante la aplicación Zoom para anular los decretos aprobados por el mandatario desde que implantó el estado de excepción, el pasado 25 de julio.

El presidente, que ha ido acumulando poderes legislativos, judiciales y ejecutivos desde julio, decretó como primera medida el bloqueo de la aplicación en todo el país. Y después anunció mediante la difusión de un vídeo la disolución del Parlamento. “Debemos proteger al Estado de las divisiones. No dejaremos que continúe esta agresión contra el Estado”, declaró en el vídeo, según recoge la agencia Reuters.

Said es un jurista de 64 años, sin experiencia política previa, que arrasó con una candidatura independiente en las presidenciales de 2019, al obtener un rotundo 72,71% de los votos, frente al 27,29% de su rival. El antiguo profesor de Derecho Constitucional era partidario de regenerar el sistema para devolver la democracia al pueblo y combatir la corrupción. Pero los poderes del presidente estaban limitados a la política de defensa, relaciones exteriores y seguridad nacional. El 25 de julio suspendió temporalmente las funciones del Parlamento apoyándose en una interpretación muy discutida de un artículo de la Constitución que alude a situaciones excepcionales. En aquel momento, el 76,8% de los tunecinos respaldaban la medida del presidente, según la compañía de sondeos Sigma, la más solvente del país. Pero, poco a poco, Said fue perdiendo aliados a medida que acaparaba más y más poderes.

Este miércoles las críticas arreciaron en las redes sociales. Said Benarbia, responsable del Magreb para la ONG Comisión Internacional de Juristas (CIJ), tuiteó: “La Constitución es muy clara. El Parlamento no puede ser disuelto durante el estado de excepción, como viene regulado en el artículo 80. (…) El presidente no tiene autoridad constitucional para suspenderlo″. El artículo 80 fue el que esgrimió Said cuando suspendió las funciones del Parlamento en julio. En decenas de tuits se subrayaba este miércoles la frase de ese artículo donde consta que “el presidente de la República no puede disolver la Asamblea de Representantes del Pueblo”.

La ministra de Justicia, Leïla Jaffel, anunció que la fiscalía ha iniciado una investigación judicial contra los diputados que mantuvieron la reunión por internet, en la que se les acusa de conspirar contra el Estado. Un total de 116 de los 124 parlamentarios reunidos telemáticamente votaron a favor de un proyecto de ley para anular todos los decretos presidenciales adoptados durante el Estado de excepción.

El Parlamento de Túnez quedó muy atomizado tras las legislativas de 2019. El partido de origen islamista Ennahda resultó vencedor, pero solo con una cuarta parte de los votos. La imagen de este partido se había venido deteriorando en la última década. Muchos de sus críticos le achacaban ser los grandes responsables de la corrupción que carcome el país y del estancamiento económico. Said se hizo con todos los poderes en medio de un contexto social tenso agravado por la pandemia. A pesar de que el presidente de Túnez contaba con el apoyo de gran parte de la población, los partidarios de Ennahda lo llamaron desde un primer momento “golpista”. Y ahora, son los partidarios de Said quienes acusan a los diputados reunidos por internet, en su mayoría pertenecientes a Ennahda, de haber urdido un golpe de Estado.

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El periodista Haythem el Makki, de 39 años, llegó el pasado miércoles con el tiempo justo para preparar su comentario satírico sobre la actualidad. El presidente de Túnez, Kais Said, de 63 años, se acababa de reunir el día anterior con el vicepresidente del Banco Mundial para el norte de África, Farid Belhaj. El periodista comentó: “Por primera vez en dos años, Said se ha entrevistado con alguien que puede corregirle cuando dice tonterías”.

El programa Midi Show, donde participa el periodista El Makki, es el de mayor audiencia de Túnez. Se emite en la emisora privada Mosaique y cuenta con más de un millón de oyentes en un país de 11,8 millones de habitantes. Lleva desde el inicio de la primavera árabe, en 2011, en el mismo programa. Su comentario es el momento estelar del show. Y El Makki asegura que nunca ha dejado de expresar libremente lo que piensa. Tampoco ahora, cuando Kais Said mantiene suspendido el Parlamento desde el pasado julio y ha ido acumulando buena parte de los tres poderes del país.

Un 76,8% de los tunecinos apoyaron en las encuestas el cierre del Parlamento. El Makki también. “Cerrarlo fue una de las mejores cosas que ha ocurrido en este país”, sostiene. Para el periodista, igual que para muchos de sus compatriotas, la situación previa al 25 de julio se había convertido en “insostenible”. Su postura respecto al presidente es, sin embargo, mucho más crítica que la de su propia audiencia: calificó el cierre de la institución desde el primer momento como “un golpe de Estado” y advirtió de que nada bueno puede venir después de una medida semejante. “Aquí no puede haber final feliz”, señala, porque “Kais Said no reforma, solo destruye”.

Amira Mohamed, productora del programa de El Makki y vicepresidenta del Sindicato Nacional de Periodistas Tunecinos (SNJT, por sus siglas en francés), asegura que el acceso a la información del Gobierno “está casi prohibido”. “El presidente no tiene portavoz, no concede entrevistas, ni se presta a conferencias de prensa”, afirma. “No ha censurado ninguno de nuestros programas. Pero la presión de sus seguidores es muy fuerte. Y el gran peligro es la autocensura”.

El presidente viajó la semana pasada a Bruselas y pronunció ante la prensa una frase que evocaba otra del general francés Charles De Gaulle, cuando un periodista le preguntó en mayo de 1958 si garantizaría las libertades fundamentales. Un De Gaulle algo indignado ante la pregunta aseveró que jamás había atentado contra las libertades y que las había restablecido: “¿Por qué quiere usted que yo comience a los 67 años una carrera de dictador?”, replicó. Por su parte, Kais Said declaró: “Yo no voy a comenzar a mis años una carrera de dictador”. Y añadió: “Soy constitucionalista. Yo no puedo estar ligado más que al Estado de derecho y a las instituciones”.

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El periodista tunecino Meher Kacem opina sentado en una cafetería de la avenida Burguiba, la principal de la capital: “Es como si el presidente estuviera vestido de policía y con una porra, pero nos dijera: a mis años no voy a comenzar una carrera de policía. Pero alguien que toma los tres poderes es un dictador. Hay que llamar a las cosas por su nombre”.

Una señora, sentada en la mesa de al lado, interrumpe a Kacem para decir que el presidente no es ningún dictador. La mayoría de la población sigue confiando en Kais Said como el hombre que puede enderezar el rumbo de Túnez.

Kacem admite que él se expresa libremente y critica cada día al presidente. “Siempre hemos tenido presiones de todos los Gobiernos, eso no es ninguna novedad. Pero ahora el acceso a la información es más difícil que nunca. Y no hay un solo político de la oposición que tenga acceso a las televisiones públicas. Y si el pueblo sigue apoyándolo es porque en 10 años de revolución hemos visto ya de todo. No hemos construido ni un hospital, ni una facultad… Nada”.

El nivel de críticas que existe hoy en Túnez respecto al poder es mucho más elevado que en cualquier país de la región. El Makki asegura que no siente tanto miedo ante una posible deriva autoritaria del país como ante una bancarrota. “Temo que esto termine convirtiéndose en un Estado fallido”. En cuanto a una posible reducción de libertades, asegura que ha terminado por resignarse y aceptado que todas las revoluciones pasan por una situación similar antes de que la democracia se instale. “En Túnez no tenemos cultura democrática. La gente la ha adoptado, pero sin convicción. Y creen que todos los problemas que tenemos son por culpa de la democracia”.

El Makki dice que durante los 11 años que lleva participando en el programa Midi Show siempre hubo presiones del poder. No tiene, sin embargo, miedo a perder el trabajo ni a sufrir ninguna denuncia. “Pero mi caso es excepcional porque trabajo en uno de los pocos medios estables. La mayoría de mis colegas sufren muchas presiones para terminar ganando en un mes el equivalente a 200 euros. La situación de los medios es catastrófica”.

“Leyes a medida”

El periodista de radio Mosaique se muestra implacable en sus críticas al presidente, pero no quiere olvidarse de los políticos que le precedieron: “Los partidos políticos anteriores a Said nos han llevado a esta situación. Tenían un sistema de renta democrática. Hicieron leyes a medida para permanecer en el poder y no ser nunca juzgados. No había una solución constitucional. Estábamos en un callejón sin salida y ellos prepararon el terreno para la llegada de Said”.

El Makki dice que los partidos que han gobernado Túnez desde la revolución de 2011 no tienen nada de democráticos. Culpa, sobre todo a Ennahda y a Nidá Tunis, el partido laico, centrista y liberal que ganó las elecciones de 2014 y que gobernó en coalición con los islamistas de Ennahda. “La prueba de cómo era Nidá Tunis es que cuando se disolvió, sus militantes se repartieron entre siete partidos”.

Un observador internacional indica, con la condición del anonimato, que a los tunecinos les preocupa hoy más la cuestión económica que la de las libertades y el derecho a la información. “La gente quiere llegar bien a fin de mes. Y la democracia no ha traído dinero en sus 10 años de vida. Se ha crecido en una década con una media del 0,8% del PIB. Eso es muy poco para un país en desarrollo. Así, el mercado de trabajo no absorbe a los jóvenes que se incorporan ni a los nuevos licenciados. La revolución de 2011 explotó por la búsqueda de dignidad. Y después se añadió la libertad”.

“El problema”, advierte el periodista Kacem, “es que cuando se renuncia a las libertades también se suele perder las mejoras económicas”.

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Hassen Zargouni, el director de Sigma, la principal empresa tunecina de encuestas, pregunta al periodista en su despacho de la capital de Túnez:

–¿Usted ve tensión en la calle?

Él mismo responde que la calle está calmada; que aunque enero y febrero suelen ser “meses calientes”, meses donde falta el dinero y abundan las protestas, este año apenas ha habido manifestaciones. Y el dinero sigue faltando. Zargouni asegura que el presidente Kais Said, el jurista de 63 años que asumió todos los poderes el 25 de julio mediante una interpretación muy discutida de un artículo de la Constitución, aún goza de la confianza del pueblo. Y que solo “una élite” piensa que el país se esté metiendo en la cueva de una dictadura.

Zargouni no ahorra ninguna crítica respecto al “populismo” de Said. “El presidente ataca a toda la prensa de forma sistemática, solo se expresa en Facebook, sin conceder entrevistas. Utiliza un lenguaje de odio contra los partidos y las élites que conecta perfectamente con los jóvenes parados que están en el café con el poco dinero que la madre les ha dado a escondidas del padre”. Y a pesar de todo, Zargouni cree que Said es el hombre apropiado para sacar al país de la parálisis en que se encuentra desde 2011, cuando inició la revolución de la Primavera Árabe. “Debería estar un año más o dos en el poder, para limpiar el sistema”, argumenta.

Varios jóvenes en la parada de tren de El Menzeh, en Túnez, el 16 de febrero.
Varios jóvenes en la parada de tren de El Menzeh, en Túnez, el 16 de febrero. Ons Abid

Said llegó a la presidencia en 2019 con un rotundo 72,71% de los votos, contra el 27,29% de su rival, el liberal y magnate de medios Nabil Karui. Se presentó como un hombre íntegro, que nunca había participado en política. Abogaba por regenerar el sistema para devolver la democracia al pueblo y combatir la corrupción. Sin embargo, había un gran obstáculo para abordar esa tarea hercúlea: los poderes del presidente estaban limitados a la política de defensa, relaciones exteriores y seguridad nacional. Y para cualquier reforma constitucional se necesitaba la mayoría de dos tercios en el Parlamento.

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La Constitución que los tunecinos aprobaron en 2014 estableció un régimen parlamentario en el que se trató de evitar que ni el presidente ni el primer ministro se convirtieran en figuras demasiado fuertes, al estilo de los dos grandes autócratas del país, Habib Burguiba (1956-1987) y Zine el Abidine Ben Alí (1987-2011). Pero Said rompió las ataduras legales de su cargo recurriendo al artículo 80 de la Constitución, que permite al presidente tomar “medidas excepcionales” ante una situación de peligro inminente para el país.

Said suspendió el Parlamento el 25 de julio de 2021 y se convirtió en un hombre fuerte. El 76,8% de la población estaba de acuerdo con la medida del presidente, según la compañía Sigma. El encuestador Zargouni explica: “Ustedes, los occidentales, no pueden comprenderlo porque creen en las instituciones. Ustedes se llevaron las manos a la cabeza y pensaron que esto iba a ser una dictadura. Sin embargo, los tunecinos sabíamos que el sistema estaba podrido. Y el 80% de la culpa la tenían los islamistas del partido Ennahda. Ellos hicieron en 10 años lo mismo que había hecho Ben Alí: meter a su gente en todas las instituciones”.

Zargouni describe como “insostenible” la situación del país en julio: deterioro económico, parálisis del Parlamento, mala imagen de los diputados con agresiones físicas entre ellos, un Gobierno de coalición que estaba enfrentado al presidente. Y a todo eso se sumó la pandemia, con 250 muertos diarios en un país de 11,8 millones de habitantes. “El desacuerdo entre el jefe del Gobierno, Hichem Mechichi, y el presidente frenó la llegada masiva de vacunas”, añade Zargouni. “En cuanto Said asumió todos los poderes el 25 de julio, comenzaron a llegar vacunas”.

El politólogo Aziz Krichen, de 75 años, sostiene que los islamistas de Ennahda habían “colonizado” todos los sectores de la Administración, desde la justicia a la policía. “Los tunecinos sabemos que Ennahda había creado un Estado paralelo. Por eso, aunque Said tiene en el plano formal todos los poderes en sus manos, en realidad no controla ni la justicia, ni los medios ni la Administración”.

Krichen asume que Said hizo una interpretación “arbitraria” del artículo 80 de la Constitución. Pero cree que era “necesario” cerrar el Parlamento. El politólogo tampoco ahorra críticas para Said. Dice que usa un discurso populista, pero no ha hecho nada concreto para responder a los deseos de la población. Y le preocupa la economía. “Las libertades son importantes, pero no lo es todo. La gente continúa expresándose libremente. Sin embargo, sus condiciones sociales y económicas se han degradado mucho”.

El 22 de septiembre Said comenzó a gobernar por decreto y el 7 de febrero disolvió el Consejo Superior de la Magistratura (CSM), el órgano de 45 magistrados encargado de nombrar los jueces. Mientras la Unión Europea y Estados Unidos han expresado en varias ocasiones su preocupación por el estado de la democracia en Túnez, Said sigue su hoja de ruta hacia un nuevo régimen refrendado por un referéndum en julio y elecciones en diciembre.

Una oposición fragmentada

La oposición a Said está fragmentada. El grupo más activo es el de los seguidores de Ennahda. Hay una parte de la izquierda que se ha unido a los islamistas “contra el golpe”; otra que respalda a Said y una parte que dice que nunca se uniría a la “mafia” de Ennahda en ninguna reivindicación.

En las calles de Túnez es fácil encontrar a alguien que enseguida acusa a Ennahda de los grandes males que padece el país. En la sede de esta formación, el dirigente Noureddine Arbaoui culpa, sin embargo, a Kais Said. “El presidente boicoteó el trabajo del Parlamento y del Gobierno. En los seis últimos meses de Gobierno, de 24 ministerios teníamos 11 vacantes porque el presidente no aceptaba su nombramiento. Durante la pandemia, el presidente escondía las vacunas y a partir del 25 de julio aparecieron todas de golpe”.

Riadh Chaibi, consejero político de Ennahda, explica que lo que hizo Said es un golpe de Estado. “No hay democracia en el mundo con el Parlamento cerrado. ¿Que un golpe sea apoyado por el pueblo lo convierte en legítimo? La mayoría de los golpes se hacen con el apoyo del pueblo”.

Ciudadanos caminan bajo la estatua de Habib Bourguiba , en Túnez, el 17 de febrero.
Ciudadanos caminan bajo la estatua de Habib Bourguiba , en Túnez, el 17 de febrero. Ons Abid

En la puerta de la facultad de Derecho de Túnez, donde Kais Said impartía clases, las opiniones reflejan la brecha que se ha abierto en el país en torno a la figura del presidente. Hanén, una estudiante de 21 años, dice que Said es un dictador. “Y además es homófobo”. Cuando alguien le objeta que la mayoría de los dirigentes en el mundo árabe son homófobos, ella replica con una sonrisa: “Pero Túnez siempre ha sido la excepción, ¿no?”. Ameny, una estudiante de 22 años, se confiesa preocupada por que no haya ahora mismo separación de poderes en Túnez. Pero no teme que el régimen pase a ser una dictadura.

Samir, un hombre de 60 años, con traje y corbata, que pasa delante de la facultad porque trabaja en una oficina bancaria cercana, se expresa a favor de Kais Said: “No es el jefe de Estado ideal, pero es una persona íntegra. Y nosotros tenemos que reconstruir ahora lo que se ha destruido en los últimos 10 años”. Samir dice que está muy bien colocado en su puesto del banco para saber hasta dónde llega la corrupción en Túnez. “Ustedes los occidentales piensan en todos los logros democráticos de Túnez. Pero esos logros no sirven de nada cuando las instituciones están corrompidas”.

La economía es lo que más preocupa

La mayoría de los consultados en este reportaje se sienten más preocupados por la situación económica que por la pérdida de libertades y la concentración de poderes en una persona. El economista Radhi Meddeb señala que el paro en 2010 era del 13% y ahora es superior al 18%. “Y ya ese 13% era inaceptable. Por eso se levantó la gente en 2011″. A Meddeb le preocupa hoy en día el déficit público, que en 2010 era del 1% y en 2021 ha sido del 7,8%. “Con un déficit así, el margen de maniobra para luchar contra el paro es muy frágil. Y hoy seguimos sin tener claro cuál es la visión económica del presidente”, señala.

Meddeb también cree que la suspensión del Parlamento el 25 de julio tenía algo de “salvación”, que la situación era “inaceptable”. Pero advierte que una purga, una limpieza de las instituciones, no la puede emprender un solo hombre. “Eso tiene que venir de una transformación cultural que puede durar 20 o 30 años”.

Un observador occidental que solicita el anonimato explica que los tunecinos están muy orgullosos de las libertades que han conquistado. Pero, al mismo tiempo, precisa, “tienen culturalmente la necesidad de saber quién manda, quién es el jefe, a qué puerta hay que llamar”.

Ahora, ya no hay dudas.

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El presidente de Túnez, Kais Said, anunció el pasado domingo que pretende disolver el Consejo Superior de la Magistratura (CSM), un órgano independiente creado en 2016, compuesto de 45 magistrados. Said acusó al Consejo en un mensaje televisado de corruptelas y parcialidad. Declaró que los puestos y las nominaciones se venden según las afiliaciones de cada juez y añadió que algunos magistrados “han podido recibir” un gran suma de dinero como contrapartida a los nombramientos que designan. Esta medida supone un nuevo mazazo en la estructura democrática que ha regido el país desde la Primavera Árabe de 2011. Said ya destituyó al primer ministro, Hichem Mechichi, y suspendió las actividades del Parlamento el pasado 25 de julio. Desde entonces ha ido acaparando más y más poderes bajo la promesa de que pretende devolver el verdadero poder al pueblo.

El Consejo Superior de la Magistratura emitió un comunicado este fin de semana en el que aseguraba que continuaría ejerciendo sus funciones, “para defender la independencia del poder judicial”. Sin embargo, la policía cerró las puertas de la sede del organismo este lunes por la mañana e impidió el acceso del personal a sus puestos de trabajo, según informó la agencia Reuters.

El jurista Kais Said, de 63 años, arrasó en las presidenciales de 2019 con el 72,7% de los votos. Llegó al poder sin la ayuda de ningún partido, sin experiencia política previa, ni dinero para sufragar su campaña. Su bandera fue la lucha contra la corrupción, la lucha por la verdadera democracia. Aunque Said tiene un perfil ideológico muy religioso y conservador, su gran rival político era el partido islamista Ennahda, que ha sido la fuerza dominante en esta en el Parlamento y en el Gobierno.

Una parte del país culpa a Ennahda de las grandes deficiencias del país: la corrupción, el paro entre los jóvenes y el afán por disfrutar de los privilegios del poder a cualquier precio. Esta situación impulsó la popularidad de Said, sobre todo entre los jóvenes, que son quienes más sufren el desempleo. Said supo despertar la esperanza en una gran parte del pueblo. Pero los poderes que le otorgaban la Constitución del régimen parlamentario estaban limitados a Exteriores y a la seguridad interior.

El recurso que ideó Said para solventar ese gran inconveniente fue recurrir al artículo 80 de la Constitución, que permite al presidente tomar “medidas excepcionales” ante una situación de peligro inminente para el país. Los principales partidos de la oposición tacharon a Said de golpista. Pero Said siguió gozando de gran popularidad. Hasta que se ha ido desgastando en los últimos meses con la persistencia de los problemas económicos.

El periodista Nessim Bengharbia, especializado en Derecho Público y antiguo alumno del presidente, indicó desde París a EL PAÍS que la medida de Said contra el poder judicial es una grave violación del principio de separación de poderes y marca “un precedente peligroso”. Respecto a las acusaciones del presidente sobre la parcialidad y corruptelas de los miembros del CSM, Bengharbia señala que esos mismos argumentos de “corrupción” los utilizó Said para disolver el Parlamento. “Aunque ninguna de sus acusaciones ha sido probadas después”.

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Por su parte, Youssef Cherif, director de la filial en Túnez del centro universitario Columbia Global Centers, indicó también a este diario que la corrupción es endémica en Túnez,y afecta a la política, la justicia, el Ministerio del Interior, etc. “Así que, probablemente, el presidente no está equivocado al atacar este sector. Sin embargo, la justicia se ha dotado de cierta independencia gracias al CSM, y este CSM se ha mostrado poco dispuesto a aceptar las maniobras del presidente, en parte porque está compuesto por opositores a Kais Said o partidarios del [partido islamista] Ennahda. Y eso convierte al Consejo una institución a la que hay que derribar”.

“Said nunca acusa de corrupción a la policía”

Cherif asegura que esa oposición contra los poderes crecientes del presidente no se da en otros sectores como el Ministerio del Interior ni entre los sindicatos de policía. “Kais Said nunca ataca al Ministerio del Interior, nunca acusa de corrupción a la policía, aunque las acusaciones de corrupción y abuso de poder son tan fuertes como con la justicia”.

El ensayista tunecino Mehdi Kattou señaló a este diario que la disolución del Consejo era previsible, una cuestión de tiempo. Y cree que las acusaciones de Said son fundadas y que el estado de la justicia constituye uno de las grandes plagas de Túnez. Pero también piensa que la disolución del Consejo no arreglará nada. “Yo creo que habrá ahora un gran pulso entre el presidente y los jueces, que hoy por hoy tiene los medios, con razón o sin ella, para no dejarse intervenir por Said”.

Kattou cree que a partir de ahora podrán llegar medidas semejantes en relación a la ISIE (Instancia Superior Independiente para las Elecciones) y también respecto al Banco Central que “conserva aún una apariencia de autonomía e independencia”. “Kais Said ostenta a partir de ahora todos los poderes, lo que es extremadamente peligroso. Quienes le apoyan podrían hacerse una idea de la amenaza que eso supone solo con imaginar que esos mismo poderes estuvieran en manos de un adversario político”. El analista Kattou cree que, a partir de ahora, Kais Said es un hombre solo que pierde cada día apoyos sustanciales y que va tener que enfrentarse a una crisis de varias dimensiones.

El columnista Josh Rogin titula este lunes en una tribuna para The Washington Post del siguiente modo: “La democracia de Túnez está desapareciendo ante nuestros ojos”. El periodista esgrime: “Mientras nos distrae la guerra que se avecina en Europa, los ‘Juegos Olímpicos del genocidio’ en China y la pandemia interminable, la última esperanza de una democracia árabe exitosa en el Oriente Medio se está desvaneciendo”.

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Túnez está viviendo estos días escenas que creía ya superadas desde el fin de la dictadura, en 2011. El vicepresidente del partido islamista Ennahda y antiguo ministro de Justicia (2011-2013), Nordín Biri, de 63 años, fue detenido en la mañana del 31 de diciembre por agentes de paisano cuando salía de casa junto a su esposa. Los policías lo introdujeron a la fuerza en un vehículo sin presentar ninguna orden judicial, según denunciaron diversas ONG. Ese mismo día también fue arrestado Fati Baldi, miembro de la misma formación y antiguo funcionario del ministerio del Interior.

Said Benarbia, responsable de la ONG Comisión Internacional de Juristas (CIJ) para el Magreb, indicó a EL PAÍS que Túnez atraviesa su peor momento desde el inicio de la primavera árabe, hace 11 años. “Esto recuerda la época de las desapariciones forzadas, las detenciones secretas, los juicios injustos ante los tribunales militares, y el uso indebido de medidas de excepción y de lucha contra el terrorismo”, afirmó.

El presidente de Túnez Kais Saied, en octubre.
El presidente de Túnez Kais Saied, en octubre. ZOUBEIR SOUISSI (REUTERS)

El presidente del país, el jurista Kais Said, de 63 años, provocó una gran convulsión en el país el pasado 25 de julio cuando destituyó al primer ministro, Hichem Mechichi, y suspendió las actividades del Parlamento, órgano que seguirá clausurado durante los próximos 12 meses. Said prometió luchar contra la corrupción, derogar la Constitución de 2014 y devolver el poder al pueblo. Pero de momento es él quien se beneficia del mayor uso de poder que jamás obtuvo una persona en Túnez desde que el dictador Zine el Abidine Ben Alí huyó del país el 14 de enero de 2011. La Unión Europea, Estados Unidos, y varias ONG internacionales han alertado sobre la merma de libertades en el país.

El ministerio del Interior no ofreció ningún comunicado sobre las causas de la detención de los dos dirigentes de Ennahda hasta la tarde del viernes 31 de diciembre. En su mensaje aseguró que se había ordenado la detención de dos personas –de las que no se ofrecía sus nombres– “como medida preventiva”, ante la necesidad de “preservar la seguridad nacional”. Por su parte, la formación islamista calificó la acción de un “secuestro” que “marca la entrada del país en el túnel de la dictadura”.

Los familiares permanecieron 48 horas sin saber dónde se encontraba Biri. Al cabo de dos días fueron informados de que el dirigente había sufrido un problema de salud durante su detención y fue trasladado a un hospital de la localidad de Bizerte, a 60 kilómetros al norte de la capital. Finalmente, el pasado lunes 3 de enero, el ministro del Interior, Tufik Charfedín, aludió en una conferencia de prensa a la posible causa de la detención, sin mencionar los nombres de los dos detenidos. El ministro evocó de forma vaga un caso de “sospecha de terrorismo” que se remonta a 2013 y afecta a un asunto de pasaportes en la embajada de Viena en Túnez. Todo parecía demasiado nebuloso.

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Nordí Biri, que padece diabetes y problemas de tensión, se negó en principio a aceptar alimentos y medicinas en el hospital. El presidente Kais Said le acusó de intentar convertirse en una víctima. Biri, finalmente, aceptó ingerir alimentos y se encuentra en estado estable. Pero continúa bajo control de la policía.

Liberación o inculparles con pruebas

Eric Goldstein, director de Human Rights Watch en África y Oriente Próximo, asegura que las autoridades deberían liberar a los dos dirigentes de manera inmediata o inculparles si tienen pruebas de que cometieron algún delito. “Es tan simple como eso”, señaló en un comunicado.

Mientras tanto, el pasado miércoles, la justicia tunecina convocó a 19 dirigentes opositores para el próximo 19 de enero. Se les acusa de cometer irregularidades electorales. Entro ellos se encuentran los principales líderes de la oposición y el expresidente Moncef Marzuki (2011-2014), quien ya ha sido condenado en ausencia el pasado 22 de diciembre por un tribunal de Túnez que le acusa de atentar contra la seguridad del Estado desde el extranjero.

Marzuki, que se encuentra en París, es uno de los personajes que con mayor claridad ha criticado a Kais Said. Marzuki declaró en varias ocasiones que votó por Kais Said en las presidenciales de 2019, pero tras el pasado 25 de julio, cuando Said asumió poderes extraordinarios y comenzó a gobernar por decreto, lo tachó de “golpista” y de “dictador”.

La condena a cuatro años de cárcel de Marzuki despertó críticas en Túnez. Una de las más leídas fue la del periodista y ensayista Mehdi Kattou, quien escribió para sus más de 43.000 seguidores de Facebook que era “una vergüenza” condenar “por sus opiniones” a un expresidente del que él mismo –Kattou– ha sido uno de sus más feroces críticos.

Kattou se muestra muy crítico con el partido islamista Ennahda, que ha gobernado durante gran parte de la última década en Túnez y también con el presidente Said. “La situación es compleja”, asume. “La mediocridad que ha existido durante 10 años en toda la clase política y la parodia de la democracia que ha habido en esta década está empujando a los ciudadanos a hacer concesiones que corren el riesgo de ser irreversibles”. En cuanto a Said, el periodista concluye: “Toda persona que dispone de tales poderes sin contrapeso ninguno cae siempre en el autoritarismo”.

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