Los socialistas franceses se preparan para la peor derrota electoral de su historia moderna y Anne Hidalgo, su candidata, para un futuro como alcaldesa de París que puede acabar lastrado por este fracaso. Las expectativas para la primera vuelta de las elecciones presidenciales, el 10 de abril, son catastróficas para Hidalgo: entre el 2 y el 3% de votos, por debajo incluso del candidato comunista, Fabien Roussel.
Si se confirman las expectativas, será un resultado peor que el de 1969, cuando Gaston Defferre el candidato de la SFIO, antecedente del Partido Socialista (PS), sacó un 5% de votos. No alcanzar el 5% dejaría al PS sin la financiación de casi la mitad de los gastos de campaña que reciben los que han superado este umbral. Y dejaría a los socialistas, que todavía disponen de una sólida implantación municipal, al borde de la irrelevancia en la política nacional, y en riesgo de desaparición como marca electoral.
“El Partido Socialista va a morir”, anticipa el politólogo Gérard Grunberg, coautor de L’ambition et les remords: le socialistes français et le pouvoir, libro de referencia sobre la historia del PS. “Pienso que es el final”.
El politólogo Grunberg sostiene que lo que ocurre ahora es la culminación de lo que comenzó en 2017, cuando el centrista Emmanuel Macron conquistó el poder. Un proceso que también ha debilitado hasta el extremo a Los Republicanos (LR), el partido de la derecha moderada que, junto al PS, estructuró durante casi medio siglo la política francesa. La candidata de LR en estas presidenciales, Valérie Pécresse, aunque en mejor posición que Hidalgo, tiene pocas opciones para clasificarse para la segunda vuelta. Los sondeos le dan en torno al 10% de votos.
El declive del PS —el partido de François Mitterrand, y heredero de figuras míticas como Léon Blum o Jean Jaurès— es más grave. Hace cinco años, controlaba aún buena parte de los resortes del poder en Francia: la presidencia de la República, el Gobierno, la Asamblea Nacional, grandes ciudades. Era aún el primer partido de la izquierda. Ahora solo le quedan las ciudades; la hegemonía en la izquierda está en manos del populista Jean-Luc Mélenchon.
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Grunberg ve razones de fondo en la actual agonía socialista. “En 2017″, dice, “el Partido Socialista ya recibió un golpe casi mortal, porque su electorado de centroizquierda se marchó con Macron, y la otra parte se fue con Mélenchon”. En las presidenciales de 2012, el socialista François Hollande había sacado un 28,7% de votos en la primera vuelta. En 2017, el candidato del mismo partido, Benoît Hamon, sacó un 6,4% de votos.
Carteles electorales de la candidata socialista Anne Hidalgo, del actual presidente de Francia, Emmanuel Macron, y del comunista, Fabien Roussel, en Ciboure.Bob Edme (AP)
“Cuando se cae tan bajo y de forma tan brutal”, analiza Grumberg, “es muy difícil recuperarse. El Partido Socialista había perdido su credibilidad gubernamental y su electorado”. Grunberg apunta a otro motivo más inmediato por el descalabro. “Aunque ahora sea un partido electoralmente pequeñito”, sostiene el politólogo, “sigue estando dividido: no ha habido una reflexión común sobre qué había que hacer en estas elecciones”.
En la mesa estaba la opción de una candidatura conjunta con los ecologistas. Se descartó. Y, para salvar los muebles, o intentar el milagro, el partido recurrió a la figura con mayor proyección nacional: la alcaldesa de París. “El problema”, juzga Grunberg, “es que Anne Hidalgo ha sobrestimado sus cualidades y su posición”. Pero matiza: “Ni siquiera un buen candidato habría hecho más del 3, 4 o 5%”.
Serge Raffy, biógrafo de Hidalgo y de otras figuras políticas y editorialista del semanario L’Obs, apunta: “Anne Hidalgo estaba en el vagón de un tren que iba al precipicio. No es ni su personalidad ni su campaña lo que está en cuestión. Es el hecho de que ella, a su pesar, encarna el hundimiento del Partido Socialista en Francia”. Raffy desconfía de los obituarios precipitados del PS. “No sabemos qué ocurrirá”, dice. “Lo seguro es que hoy ya hay maniobras para retomar el Partido Socialista y crear una fuerza política”.
Uno de los que ha dado un paso al frente para tener un papel en el nuevo PS es el expresidente Hollande. “Hay mucho para reconstruir, incluso más allá de las elecciones”, dijo a EL PAÍS en febrero. En la misma entrevista, declaró: “Soy socialista, votaré por el candidato socialista”.
Otro expresidente, Nicolas Sarkozy, no ha seguido el mismo camino y estos días concentra toda la atención, porque a una semana de la elección, todavía no ha declarado su apoyo a Pécresse, la candidata de LR, el partido que él fundó. A Sarkozy nunca le gustó perder.
El presidente del Senado chileno, el socialista Álvaro Elizalde, fotografiado tras la entrevista con EL PAÍS en los pasiillos de la exsede del Congreso en Santiago, el 14 de marzo de 2022.Cristian Soto Quiroz
“El presidente Gabriel Boric, el día que asumió, dijo en los balcones de La Moneda que ‘vamos lento, porque vamos lejos’. Yo agregaría algo más: ‘Vamos lejos, porque vamos juntos’. Esa es la gran lección para la izquierda: la unidad en torno a proyectos de cambios profundos”, asegura el presidente del Senado, Álvaro Elizalde (Talca, 1969), que en varios pasajes de esta entrevista apela a la necesidad de una “alianza amplia de la izquierda que no renuncie a su vocación transformadora”. Elizalde lideró hasta hace unos días el Partido Socialista (PS), que hoy forma parte de esta Administración, con importantes ministerios, como el de Hacienda, pese a que no conforma el bloque de origen del actual mandatario y en la primera vuelta presidencial tuvo su propia candidatura.
Como la segunda autoridad de mayor importancia del país, le correspondió colocar la banda al nuevo presidente hace una semana. Desde su flamante despacho en el Senado, relata su mirada acerca del camino que ha tomado el PS, un partido que es parte de la Internacional Socialista y con estrechos vínculos con el PSOE español.
Pregunta. En España, Podemos entró al Gobierno liderado por el socialista Pedro Sánchez. En Chile, en cambio, es el histórico PS el que acompaña a un líder emergente de la izquierda. ¿Cómo lo explica?
Respuesta. Aquí, como en España, también fue necesario un entendimiento entre actores de izquierda para enfrentar unidos a la derecha y, en el caso de Chile, para asegurar el éxito del Gobierno. Aquí también, al igual que Podemos, el Frente Amplio tenía la idea del reemplazo. Pero la última elección parlamentaria en Chile, de noviembre del año pasado, demostró que somos una fuerza viva.
P. De lo que fue la Concertación de centroizquierda (1990-2010) solo ha quedado en una situación privilegiada el PS, hoy en el epicentro del poder.
R. Ha habido un cuestionamiento a los partidos tradicionales, particularmente de la centroizquierda, que se ha traducido en una merma de su representación electoral. Pero el PS es un partido que forma parte de la cultura chilena, que ha tenido un papel histórico en episodios muy relevantes, con presencia nacional. Existe una importante identificación en particular con la figura de Salvador Allende. Eso no significa que hayamos hecho todo bien, que no seamos autocríticos y que la crisis de los partidos tradicionales no nos afecte, al contrario. Pero hemos tenido mejores bases para enfrentar estos tiempos.
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P. ¿Qué ha hecho mal el PS? Hace al menos una década sufre una fuga de militantes hacia la izquierda y se conforman nuevos movimientos y partidos, como el Frente Amplio de Boric.
R. Durante mucho tiempo estuvo congelado el padrón electoral: se estableció un sistema de inscripción voluntaria con voto obligatorio. Por lo tanto, las nuevas generaciones no se inscribían y no participaban de los eventos electorales. El padrón empezó a envejecer y el sistema político le hablaba solo a quienes participaban en las elecciones y dejó de hablarles a las nuevas generaciones, perdieron el vínculo. Nosotros fuimos parte de ese error, sumado a que tuvimos un papel relevante en los distintos Gobiernos democráticos. Hoy día, a propósito del fenómeno del Frente Amplio, hay una irrupción de una nueva generación que se siente identificada con nuestra historia y principios, con coincidencias sustantivas, pero que se ha planteado con la lógica del reemplazo –algunos de ellos– respecto de los liderazgos tradicionales.
Hay una irrupción de una nueva generación que se siente identificada con nuestra historia y principios
Álvaro Elizalde
P. ¿Cómo lee los gestos de Boric a Allende?
R. El liderazgo de Allende es de carácter universal y es muy valorado especialmente por las nuevas generaciones. Hay una nueva generación que se siente heredera de Salvador Allende. Es la muestra de un socialista que planteó con mucha fuerza, sobre todo en su conducta política, que democracia y socialismo son dos conceptos indisolubles.
P. ¿Es socialista Boric, aunque no milite en partido?
R. En un sentido amplio, sí. Y por eso creemos necesario generar un espacio de convergencia con los movimientos y partidos emergentes que nos permita construir una mayoría. Boric es una persona de izquierda, con concepciones profundamente democráticas, con un compromiso por los derechos humanos que no admiten un doble estándar y comprometido por transformaciones profundas. Y desde el punto de vista cultural, muy identificado con lo que representa la historia de nuestro partido.
P. ¿Cómo se encara este Gobierno un proyecto de transformaciones profundas con una Cámara de Diputados atomizada y el Senado empatado con la oposición?
R. Tendremos que apelar al diálogo y al entendimiento con otros actores que permitan construir mayorías en torno a las reformas que ha planteado el Gobierno. Aunque no es fácil, hay sectores de la derecha que eventualmente podrían estar en disposición de esos entendimientos, porque están concientes de que en Chile hay un cuestionamiento al sistema político por su incapacidad de respuesta a las demandas de la ciudadanía.
P. En mayo de 2021, hace menos de un año, parte el Frente Amplio y el Partido Comunista le dio un portazo a su partido, que buscaba una definición conjunto en la primaria presidencial. Y usted dijo: “No se humilla al partido de Salvador Allende”.
R. El entonces candidato presidencial del Partido Comunista, Daniel Jadue, y la presidenta del partido de Boric se negaron a que nuestros aliados participaran de una primaria unitaria. Pero quiero distinguir: Boric tuvo una postura distinta. Por eso una vez que gana la presidencial, convoca al PS a ser parte de su Gobierno.
P. El Partido Socialista, entonces, gobierna con parte de un bloque político que hace menos de un año los humilló…
R. Pero no lo hizo Boric. Y, en segundo lugar, hay un interés superior. No se trata de pasarnos facturas unos con otros. Esa lógica fue la que generó la atomización de la izquierda y la centroizquierda en Chile. Siempre vamos a anteponer a Chile y a su pueblo ante otras consideraciones.
P. ¿Cómo se puede construir un futuro conjunto con una mirada tan diferente acerca del pasado? Líderes socialistas, como el propio expresidente Ricardo Lagos, ha sido especialmente criticado por la izquierda que hoy está en La Moneda.
R. Yo tengo una mirada muy crítica de la transición pero, siendo riguroso, bajo ninguna circunstancia se puede pensar que todo lo que se hizo antes fue malo. Pero al mismo tiempo, considero que si esta es la disputa entre las fuerzas de izquierda, la única beneficiada será la derecha.
Tengo una mirada muy crítica de la transición, pero no se puede pensar que todo lo que se hizo antes fue malo
Álvaro Elizalde
P. ¿Por qué Boric convoca a los socialistas a su Gobierno, si parte del discurso fundacional del Frente Amplio es la crítica a las Administraciones que el PS lideró?
R. Cuando Boric nos convoca, lo hace desde la lógica del respeto al partido. Y por varias razones. Lo apoyamos en segunda vuelta a cambio de nada, porque teníamos al fente la candidatura de José Antonio Kast, de extrema derecha, que representaba una amenaza a los avances civilizatorios. Era un deber patriótico. Pero, en segundo lugar, porque si no ampliaba la base de apoyo, especialmente parlamentario, se hacía mucho más difícil llevar adelante los compromisos programáticos. Boric tomó una decisión valiente, de ampliar su base de apoyo en torno a dos coaliciones: Apruebo Dignidad (el Frente Amplio y el Partido Comunista) y Convergencia Progresista (que integran los partidos, como el socialista, que conformaron la extinta Concertación y que forman la Internacional Socialista).
P. ¿Se unirán formalmente en un solo bloque?
R. Esto puede ser el primer paso para construir una alianza nueva con vocación de mayoría, pero hay que hacerlo sin apresuramiento.
P. ¿Qué opinión tiene del Partido Comunista chileno, que integra también el bloque de Boric?
R. Tenemos diferencias sustativas con el PC sobre todo en el ámbito internacional, pero también un profundo respeto. Hemos trabajado muchas veces juntos.
P. ¿El PS chileno es de izquierda o de centroizquierda?
R. Es un partido de izquierda, es su tradición, sobre la base del legado de Allende. Por lo tanto, comprometidos con cambios profundos. Es verdad que fuimos parte de coaliciones con sectores más moderados para construir mayorías. Y en el pasado cometimos el error de muchas veces no defender nuestras banderas con claridad, para explicarle a la ciudadanía que no se avanzaba más producto de la correlación de fuerzas en el sistema político y de la propia sociedad chilena. Eso puede haber desfigurado nuestra identidad.
P. Entonces, ¿esta alianza actual resulta más cómoda para ustedes que la que tuvieron con la Democracia Cristiana, desde 1990?
P. Sin lugar a dudas existe una identificación cultural mucho más fuerte. Pero como existe el error reiterado de juzgar al pasado con ojos del presente –porque las transformaciones que hoy se pueden impulsar son el resultado de esfuerzos que hiceron otros en otros tiempos–, sucede algo más grave: pretender construir el futuro con los ojos del pasado. Hay sectores conservadores de la centroizquierda que quieren reconstituir lo que era la lógica política de la transición. Pero es un error, porque Chile cambió, afortunadamente. Hoy hay generaciones completas que nacieron en la democracia, que se atreven más.
P. Para usted, entonces, que dice que culturalmente el Partido Socialista chileno está culturalmente más cercano al Frente Amplio que a la Democracia Cristiana…
R. Con la DC quiero ser bien cuidadoso, porque ha sido un actor fundamental para construir mayorías. En Chile es el centro el que inclina la balanza. Entonces, tenemos que tener una alguna alternativa para entendernos con el centro progresistas. No creo que haya que desmerecer el papel que cumple el centro progresista en la construcción de mayorías.
“Con la Democracia Cristiana quiero ser bien cuidadoso, porque ha sido un actor fundamental para construir mayorías
Álvaro Elizalde
P. ¿Por dónde debería empezar Chile sus reformas?
R. Tenemos un problema estructural con una pésima distribución de la riqueza y las políticas redistributivas han sido insuficientes. Y no ha sido posible avanzar con más fuerza por un marco constitucional impuesto en dictadura que declara fuera de la Constitución nuestras ideas, es decir, las reformas que tienden a construir un Estado de bienestar. Por lo tanto, una nueva Constitución permitirá liberarnos de la camisa de fuerza que representa la actual Carta Fundamental.
P. ¿Le preocupa que la Convención discuta sobre menores atribuciones al Senado? Este viernes, se votará la norma que plantea un bicameralismo asimétrico.
R. Es parte del debate. Y todos los sectores deben ser escuchados. Comparto con el presidente Boric que la nueva Constitución debe ser un factor de unidad y no de división, como ocurre con la actual. Si no, habrá una tendencia a querer reformar permanentemente la nueva Carta Fundamental. Con respecto al Senado, creo que garantiza que la voz de las regiones sea escuchada. Además, representa un sistema de contrapesos muy relevante en el sistema presidencialista.
P. La socialista Maya Fernández, nieta de Allende, asumió como ministra de Defensa. ¿Qué representa para el partido?
R. Para nosotros es un gesto reparador e importante.
El socialista António Costa ha ganado las elecciones en Portugal con una mayoría absoluta, que se puede considerar histórica en un país poco dado a dar victorias aplastantes a un solo partido. Es la segunda vez que el socialismo logra superar los 116 escaños, la barrera de la mayoría absoluta en una Cámara de 230. La anterior ocurrió en 2005, bajo el liderazgo de José Sócrates, y nadie del actual equipo de Costa tiene interés en recordarla. Sócrates está pendiente de ser juzgado por varios delitos relacionados con la corrupción durante su mandato. “Una mayoría absoluta no es el poder absoluto, no es gobernar solos, es una responsabilidad para gobernar para todos los portugueses”, proclamó Costa en su discurso en el hotel de Lisboa donde celebraron el triunfo este domingo. “Uno de mis objetivos es reconciliar a los portugueses con la mayoría absoluta y con el hecho de que son buenas para la democracia”, dijo casi al final de su intervención. En ese momento, el Partido Socialista (PS) ya daba por seguros los 117 diputados.
Aunque están pendientes de escrutarse parte de los sufragios procedentes del exterior (más de 1,55 millones de portugueses emigrados pueden participar), con el 99% ya computado, el PS había logrado el 41,6% de los votos frente al 27,8% del Partido Social Demócrata (PSD, conservador). Una diferencia entre ambos de 734.000 apoyos, que ninguna de las encuestas de los últimos días pronosticó. Casi todas daban un empate entre sus líderes y alguna llegó a colocar al candidato del PSD, Rui Rio, por delante del socialista. Lo que ninguna vaticinó fue que el respaldo a Costa sería tan contundente que le permitiría alcanzar la mayoría absoluta que le dará la estabilidad parlamentaria que buscaba. A título personal, el triunfo es un hito que le convertirá en el primer ministro que más tiempo permanezca en el cargo desde la Revolución de los Claveles. Superará así al conservador Aníbal Cavaco Silva, que gobernó 10 años, entre 1985 y 1995.
“Se han juntado a los socialistas muchos portugueses de distintas ideas que entienden que en este momento somos el partido que puede garantizar las condiciones de estabilidad”, señaló en un guiño hacia los votantes que ha podido captar tanto en los caladeros de la izquierda, porque les han decepcionado los dos partidos de la geringonça ―los socios parlamentarios minoritarios del PS, Bloco de Esquerda (BE) y Partido Comunista Portugués (PCP)―, como del centro. Ofreció diálogo a todos los grupos parlamentarios, pero también avisó de que gobernará con fidelidad al programa socialista y a las medidas que figuraban en el proyecto de Presupuestos de 2022, tumbados en la Asamblea por sus aliados, BE y PCP.
La tercera legislatura de Costa, que ha ido creciendo en cada cita en las urnas (como ya le ocurrió en los tres mandatos que se presentó a la Cámara Municipal de Lisboa), será mucho más cómoda que las dos anteriores, aunque enfrente tendrá una Cámara más hostil, con dos formaciones de derechas en ascenso más beligerantes que el PSD, el ultraderechista Chega y la Iniciativa Liberal. Ambas fuerzas han crecido a costa de las fugas del PSD, que ha perdido ocho escaños (de 79 a 71), y de la extinción del Centro Democrático Social (CDS), una formación de largo historial en Portugal y experiencia de gobernación. Por vez primera en 47 años de democracia se quedó fuera del Parlamento, lo que llevó a su líder, Francisco Rodrigues dos Santos, a dimitir y reprochar el escaso apoyo interno: “Nunca tuve tregua de mis opositores”.
El candidato del PSD, Rui Rio, tras el discurso donde reconoció su derrota, en Lisboa. STRINGER (REUTERS)
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También el presidente del PSD, Rui Rio, abrió la puerta a su salida aunque sin ser muy explícito: “Si se confirma que el PS tiene mayoría absoluta y, por lo tanto, un horizonte de gobierno para cuatro años, no veo cómo puedo ser útil en este marco, pero el partido decidirá”. Rio reconoció al Partido Socialista como el gran vencedor al movilizar el voto útil de la izquierda. “En la derecha no hubo la misma unión, se dispersó. Y nosotros no alcanzamos, ni de lejos ni de cerca, los objetivos que queríamos”, sostuvo.
Las dos fuerzas tradicionales de la derecha, PSD y CDS, pierden peso empujadas por dos partidos nuevos, que entraron por vez primera a la Asamblea en 2019 con un solo escaño y un discurso más radical. El Chega logró convertirse en la tercera fuerza, con el 7,15% de los votos, que le dieron 12 parlamentarios. El salto le permitió desbancar al Bloco de Esquerda, que era uno de los principales objetivos de su líder, André Ventura. Del otro, sobrepasar el listón del 10%, se quedó lejos. En una noche de euforia, Ventura criticó al PSD, su partido hasta 2018, y avisó a los socialistas: “La derecha no ha sabido estar a la altura de sus responsabilidades. Pasó todo el tiempo diciendo que no haría acuerdos con el Chega y el resultado está ahí. ¡António Costa, ahora voy a por ti!”. La consolidación de Ventura acaba con la excepcionalidad portuguesa en Europa, ya que ha sido uno de los últimos países en asistir al crecimiento de un partido de extrema derecha.
Iniciativa Liberal, que ha pasado de uno a ocho diputados, se convierte en la cuarta fuerza y da un gran espaldarazo a su líder, João Cotrim de Figueiredo, que defiende un liberalismo a ultranza en la economía (propone eliminar la progresividad fiscal en favor de una tasa única del 15%, entre otras medidas). La diferencia con Chega reside más en la posición ante nuevas reivindicaciones sociales, como la eutanasia o la gestación de vientres de alquiler, que los ultras rechazan.
Los votantes han castigado duramente a los socios minoritarios del Partido Socialista que habían formado en 2015 la geringonça, el Bloco de Esquerda y el Partido Comunista Portugués. Ambas formaciones votaron en contra del Presupuesto de 2022 por discrepancias con el PS en materias como la subida del salario mínimo o el refuerzo del Sistema Nacional de Salud, y parecen haber sido responsabilizados por los electores. El Bloco, que se mantenía como tercera fuerza desde 2015, con 19 diputados, ha sufrido un varapalo mayúsculo y solo ha logrado retener cinco escaños, su peor resultado desde 2002. Tras una sangría de 252.000 votos, pasa a ser la sexta fuerza, por detrás de la coalición formada por comunistas y Los Verdes (CDU), que pierde la mitad de los representantes (de 12 a 6), aunque su fuga de votos es más contenida que la del Bloco. Al retroceso comunista también ha podido contribuir que su candidato, Jerónimo de Sousa, se tuvo que retirar de la campaña para someterse a una intervención de urgencia y solo se reincorporó en los últimos días.
Lo cierto es que a los comunistas les ha ido mal en las urnas cuando han apoyado a los socialistas, como en la primera legislatura de la geringonça, y cuando los han dejado en la estacada, como ahora. El electorado del Bloco, sin embargo, se ha comportado de forma distinta. En 2019 le concedió el mismo apoyo que en 2015, cuando sumaron fuerzas al Partido Socialista y al Partido Comunista Portugués para presentar una moción de censura contra Pedro Passos Coelho (PSD), que había ganado las elecciones con un margen estrecho. Esa primera legislatura, Costa contó con la complicidad permanente de sus socios para dar estabilidad institucional y presupuestaria al país.
El entendimiento se torció a partir de la segunda legislatura, en 2019, hasta llegar a la ruptura final del pasado noviembre, cuando el Gobierno no pudo aprobar los Presupuestos. La incertidumbre política decidió al presidente de la República, Marcelo Rebelo de Sousa, a disolver la Cámara y convocar elecciones anticipadas. A partir del martes, Rebelo de Sousa comenzará a recibir a los líderes políticos en el palacio de Belém antes de encargar la formación de Gobierno.
El presidente de la República de Portugal, Marcelo Rebelo de Sousa, vota esta mañana en Celorico de Basto.HUGO DELGADO (EFE)
Nueva victoria del socialista António Costa y nuevo fracaso de las encuestas en Portugal. Con el 90% del voto escrutado, el candidato socialista ha ganado las elecciones con el 42% de los votos, que le colocaría cerca de la mayoría absoluta. A gran distancia se quedaría el Partido Social Demócrata (PSD, conservador), con el 29%. La igualdad descrita por las encuestas en los últimos días entre ambos candidatos se ha diluido el día de la votación. La distancia que les separa, 400.000 votos de diferencia a favor del PS, hace inviable que pudiera formarse una geringonça a la derecha si finalmente los socialistas no suman mayoría absoluta.
El cambio ya se intuyó con el sondeo a pie de urna de la Universidad Católica para la Radio Televisión de Portugal (RTP), que daba la victoria en las elecciones legislativas de Portugal al Partido Socialista, muy cerca de la mayoría absoluta, situada en los 116 diputados. Con la confirmación de estas estimaciones en el recuento oficial, el socialista António Costa (Lisboa, 60 años) afrontará su tercera legislatura con una situación mucho más cómoda en cuanto a sus propias fuerzas, aunque en un escenario más adverso a la derecha debido al avance de los ultras del Chega, la tercera fuerza con más del 7% de los votos con el escrutinio al 90%. A título personal, el triunfo es un hito para Costa, que podrá convertirse en el primer ministro que más tiempo ha permanecido en el cargo desde la Revolución de los Claveles.
Los votantes han castigado duramente a los socios minoritarios que habían formado en 2015 la geringonça, el Bloco de Esquerda (BE) y el Partido Comunista Portugués (PCP). Ambas formaciones votaron en contra del Presupuesto de 2022 por discrepancias con el PS en materias como la subida del salario mínimo o el refuerzo del Sistema Nacional de Salud, y parecen haber sido responsabilizados por los electores. De confirmarse, el gran batacazo de la noche fue protagonizado por el Bloco, que se mantenía como tercera fuerza desde 2015, con 19 diputados. El partido ha sido superado por los ultras de André Ventura, que había presentado la superación del BE como uno de sus grandes objetivos en estas elecciones, y se quedó en el 4% de los votos, muy lejos del 9% que había conseguido hace dos años. En cuanto a la coalición formada por comunistas y Los Verdes (CDU) no había llegado al 4%. Al retroceso comunista también ha podido contribuir que su candidato, Jerónimo de Sousa, se tuvo que retirar de la campaña para someterse a una intervención de urgencia y solo se reincorporó en los últimos días.
Las encuestas apostaban por un gran empate entre Rio y Costa que las urnas han desdeñado. Con este resultado el escenario de Rio al frente del partido no es del todo tranquilizador, ya que es un avance en votos respecto a 2019 pero no porcentajes. En cualquier caso Rio dispondrá de un grupo parlamentario menos díscolo, ya que está formado mayoritariamente por afines, tras la marginación de muchos de los que apoyaron a su rival en las primarias, Paulo Rangel.
El bloque de la derecha ha experimentado grandes avances en su ala más radical. El partido de André Ventura, el Chega, está lejos de los porcentajes que el líder de extrema derecha había previsto, pero en cualquier caso es un avance notable para una formación creada en 2019. Su consolidación política acaba con la excepcionalidad portuguesa en Europa, donde ha sido uno de los últimos países en asistir al crecimiento de un partido de extrema derecha. También sube notablemente Iniciativa Liberal, que tenía ahora un solo escaño y que defiende posiciones ultraliberales en economía y liberales en derechos sociales. El único partido castigado en el bloque de la derecha ha sido el Centro Democrático Social (CDS), que de ser un partido de gobierno (ha participado en coaliciones con el PSD) podría quedar fuera del Parlamento.
La Cámara que saldrá de las urnas muestra tanto una profunda polarización como un gran pluralismo. El ala derecha se ha radicalizado más con el avance de Chega e Iniciativa Liberal, mientras que a la izquierda se ha moderado, con el retroceso de BE y PCP. António Costa salió a por la mayoría absoluta y cambió el discurso cuando vio que las encuestas le eran desfavorables. Sin embargo, parece que conectó con la voluntad de la mayoría de los portugueses, que han culpado de la crisis política a sus antiguos socios y le han concedido al PS una victoria más clara.
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El presidente de la República, Marcelo Rebelo de Sousa, dará 24 horas de respiro a los líderes políticos, a los que comenzará a recibir en el Palacio de Belém a partir del martes antes de anunciar a quien encargará la formación de Gobierno. La solución más frecuente es que se señale al candidato del partido más votado.
La fragmentación que han consolidado las urnas frustra en principio los deseos de Rebelo de Sousa para lograr un gobierno que no dependiese de bandazos parlamentarios. Esta fue una de las razones que le llevó a disolver la Asamblea de la República y convocar elecciones a mitad de legislatura. Después de votar en Celorico de Basto, un pequeño pueblo de 2.500 habitantes en el norte de Portugal, aseguró que no se arrepentía y que había disuelto la Asamblea con el apoyo mayoritario del Consejo de Estado. “Lo que está hecho, está hecho. Yo confío en los electores. Nadie tiene que tener miedo de los votos de los portugueses ni de la democracia”, señaló.
En 1993, el socialista António Costa se presentó como candidato a la Cámara Municipal de Loures, una localidad del área metropolitana de Lisboa que sufría atascos cotidianos para acceder a la capital y que gobernaban los comunistas. Para evidenciar el pésimo estado de las infraestructuras y reclamar una conexión en metro, Costa organizó una carrera entre un Ferrari y un burro. Una foto le muestra ondeando la bandera para dar la salida.
La historia desvela, al menos, dos cosas. Costa (Lisboa, 60 años) lleva mucho tiempo en política y recurre al ingenio más allá de la ortodoxia ideológica. Si el próximo domingo 30 gana las elecciones, se podrá convertir en el primer ministro portugués con más tiempo de permanencia en el cargo desde la Revolución de los Claveles. Incluso si las pierde y dimite, como ha prometido, es ya a estas alturas el político luso más curtido en el poder desde que se estrenó, con 21 años, como representante en la Asamblea Municipal de Lisboa en 1982. El diario Público le bautizó el pasado verano como “el político Duracell” cuando fue reelegido secretario general del Partido Socialista (PS) por cuarta vez. “Es de lejos el mejor político portugués de su generación. Y el más implacable y el más feroz”, afirma el analista y abogado José Miguel Júdice, que le apoyó en su camino hacia la alcaldía de Lisboa en 2007, en el libro As sete estações da democracia, de la periodista Maria João Avillez. “Es muy emocional, pero con gran autocontrol”, añade.
La carrera de Costa es la de un rompedor de tabúes al que le han salido bien las apuestas de riesgo. El tabú que le hizo famoso en la socialdemocracia europea, entonces en horas bajas, fue el de 2015, cuando se convirtió en primer ministro gracias a una impensable alianza parlamentaria con el Bloco de Esquerda y el Partido Comunista Portugués (la famosa geringonça, que ahora le falló a mitad de legislatura y provocó el anticipo electoral). Costa lideró a los tres partidos de la izquierda para tumbar con una moción de censura al Gobierno más breve de la democracia portuguesa (27 días), que presidía el conservador Pedro Passos Coelho.
António Costa, que había sido pasante en el bufete de Jorge Sampaio (que protagonizó su propia geringonça como alcalde de Lisboa), pertenece a la familia socialista con más complicidad con la izquierda que con el liberalismo. Puede que también su origen explique la facilidad con que derribó el muro que dividía a comunistas y socialistas: es hijo del escritor Orlando de Costa, comunista represaliado en la dictadura, y la periodista feminista Maria Antónia Palla. A diferencia de otros colegas, no tiene un pasado marxista que sepultar: a los 12 años decidió que sería abogado como Perry Mason y socialista (se afilió dos años después).
El primer ministro portugués António Costa se prepara para votar este domingo de forma anticipada en Oporto para las elecciones del 30 de enero.PATRICIA DE MELO MOREIRA (AFP)
Antes de romper el tabú externo, ya había quebrado otro interno: desafiar al líder sin el pretexto de una crisis. En 2014 lo hizo con el entonces secretario general del PS, António José Seguro, poco después de que hubiesen ganado las elecciones al Parlamento Europeo con más de 100.000 votos de diferencia sobre el PSD (el conservador Partido Social Demócrata). “Por poucochinho” (poquitico), dijo esa noche en la televisión Costa. El “poucochinho” es hoy una de las expresiones predilectas para ironizar en la prensa portuguesa. En la cresta de su popularidad como alcalde de Lisboa, logró cerca del 65% de los votos en las primarias para elegir candidato a primer ministro y en noviembre de 2014 se convirtió en el nuevo líder del PS.
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Costa, que esta campaña se está fajando para tratar de alcanzar una mayoría absoluta que ningún sondeo contempla hasta ahora y no depender de otra geringonça, formó parte como ministro de los Gobiernos de António Guterres y José Sócrates. Estos días ha citado al primero para ilustrar el modelo de gobierno en minoría que podría seguir si gana con insuficientes apoyos, aunque pelee por una mayoría absoluta como la que consiguió el segundo. Sócrates, inmerso en un enmarañado macroproceso judicial por corrupción (Operación Marqués) y que pretende denunciar al primer juez instructor del caso, es el único tabú que Costa respeta.
Sus rivales internos están fuera de los círculos del poder. “Es un político que no admite, no acepta la menor divergencia. Quien ose enfrentarse a él va al limbo, o incluso al infierno”, sostiene Júdice. Una observación que contrasta con la imagen pública que cultiva. Aunque en algunos de los debates electorales se le ha visto irritado, sonríe a menudo y presume de optimismo. “Está siempre tratando de encontrar el camino para resolver los problemas, no es nada conformista”, señala a EL PAÍS Tiago Antunes, secretario de Estado adjunto al primer ministro. Tras reflexionar unos segundos sobre la pregunta de cuál es la marca de Costa, dice: “Es un hacedor, alguien que hace cosas, que las materializa y que tiene una vertiente muy pragmática”.
A veces son cosas sorprendentes, como la carrera entre el asno y el Ferrari o la apertura de un despacho como alcalde en Arroios, una zona degradada de Lisboa, para revertir la marginación en el barrio que, a la vuelta de los años, sería declarado el “más cool” del mundo por la revista Time out. Los gestos simbólicos son frecuentes: abrió al público los domingos el palacete de São Bento, su residencia oficial (sigue viviendo en su domicilio con Fernanda Tadeu, la profesora con la que se casó en 1987 y que le acompaña a diario en esta campaña).
“He visto pocos líderes con las habilidades y capacidades negociadoras del primer ministro”, le elogió en la última cumbre hispano-lusa celebrada en Trujillo (Cáceres) el presidente español, Pedro Sánchez. El ejemplo más llamativo es su complicidad con el conservador Marcelo Rebelo de Sousa, al que apoyó en las últimas elecciones presidenciales de 2021 frente a la candidata socialista, Ana Gómez. Otro tabú que se vino abajo.
El primer ministro António Costa come una fresa en un invernadero de Beja el pasado 19 de enero. MIGUEL A. LOPES (EFE)
Esta campaña ha prometido aligerar su Gobierno (el actual tiene 19 ministerios y 50 secretarías de Estado), regionalizar el país, subir salarios y abrir la puerta a una semana laboral de cuatro días. Lo público, lo partidario y lo personal se mezclan a veces. Lo mismo pide el voto ante las obras de un hospital que proyecta el Ministerio de Sanidad que en el pasado recurrió a su mejor amigo, Diogo Lacerda Machado, para negociaciones en la sombra en la aerolínea TAP o el quebrado Banco Espíritu Santo. En Bruselas goza de crédito gracias al equilibrio económico que logró antes de la pandemia —recortó deuda pública y aumentó el gasto social— y está bien posicionado para convertirse en otro político portugués al frente de algún cargo internacional.
A pesar de algunos signos que apuntan al fin de ciclo socialista —la pérdida de la emblemática alcaldía de Lisboa—, pocos le auguran una derrota. En los sondeos es el favorito como primer ministro. El periodista João Miguel Tavares vaticinó en Público: “La razón por la que Rui Rio [el líder conservador del PSD] va a perder las elecciones es muy sencilla: los portugueses todavía no están hartos de António Costa. Y en la historia de la democracia portuguesa solo hay una forma de que un primer ministro pierda: si su actuación política fue catastrófica más allá de cualquier duda razonable y sea percibida así por el electorado”.
En cuanto al final de la carrera de Loures de 1993: el burro llegó a la meta cinco minutos antes que el Ferrari.
315.000 portugueses se inscriben en el voto anticipado
Unos 315.000 portugueses se inscribieron para votar de forma anticipada y evitar así sumarse a las posibles aglomeraciones en colegios electorales el próximo domingo 30. El propio primer ministro y candidato socialista, António Costa, decidió dar ejemplo y este domingo depositó su papeleta en Oporto. El voto anticipado permite votar en urna en cualquier círculo electoral de Portugal, que luego se traslada a la circunscripción del elector. Por su parte, los confinados por coronavirus podrán salir para votar el próximo domingo. El Gobierno ha recomendado que lo hagan en la última hora de votación, entre 18.00 y 19.00.