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Nicolás Maduro, durante la ceremonia de inauguración del año judicial venezolano, en Caracas, el pasado 27 de enero.
Nicolás Maduro, durante la ceremonia de inauguración del año judicial venezolano, en Caracas, el pasado 27 de enero.Matias Delacroix (AP)

La guerra desatada por la invasión rusa de Ucrania es el conflicto bélico con mayores repercusiones geoestratégicas en décadas. Las hostilidades se libran en un territorio limitado, pero sus consecuencias son globales y están ya alterando el panorama de las relaciones internacionales, incluso en lugares muy lejos del frente. Entre los síntomas de cambio, destaca la primera reunión en años entre representantes de alto nivel de la Casa Blanca y el régimen venezolano, así como el redoblado interés de las potencias occidentales por coronar la negociación de un nuevo pacto nuclear con Irán.

Estos dos movimientos diplomáticos denotan la voluntad de Occidente de golpear el sector petrolero ruso y el consiguiente interés de apuntalar ese mercado a través de otros productores. El presidente de Estados Unidos, Joe Biden, firmó el martes una orden ejecutiva para impedir las importaciones de petróleo y gas rusos; también Reino Unido anunció que eliminará las importaciones de petróleo ruso para finales de año y estudiará reducir las de gas. La Unión Europea, mucho más dependiente de Rusia en este apartado que EE UU, no se ha sumado a estas últimas acciones. Pero en este contexto, países con grandes reservas como Venezuela e Irán, cuyas exportaciones están actualmente sometidas a regímenes sancionadores, cobran una renovada importancia.

Todo esto forma parte de una reconfiguración mucho más amplia. “La invasión de Ucrania es un acontecimiento sistémico. No transformará el mundo de forma integral como lo hizo la caída de la URSS, pero sí tiene importancia estructural”, comenta Riccardo Alcaro, coordinador de investigaciones y responsable del programa Actores Globales del Instituto de Asuntos Internacionales de Roma.

En este contexto, múltiples fuerzas impulsan cambios. La decisión de Occidente de apuntalar el mercado energético, de la que otros grandes productores podrían intentar sacar ventajas políticas, es la más inmediata, y plantea cuestiones delicadas, como señala Cathryn Klüwer Ashbrook, experta en relaciones internacionales y directora del Consejo Alemán de Relaciones Exteriores. “En el campo de batalla de Ucrania se libra una lucha entre dos sistemas, entre diferentes valores. ¿Pueden aquellos que defienden valores democráticos y de derechos humanos permitirse, mientras libran esa lucha, ser vistos acercándose a dictadores por la necesidad de petróleo? A mi juicio es una cuestión muy problemática, y el caso venezolano es especialmente sensible”, señala.

Pero hay otros factores que espolean una reconfiguración. Entre ellos, Alcaro destaca “la reconsideración, por parte de los aliados de Moscú, de su dependencia del Kremlin en este momento en que Rusia avanza hacia una catástrofe político-económica”. Esos países pueden tener la tentación de cambiar sus pilares de apoyo, y esto resultaría en un retroceso del protagonismo de Rusia, que quedaría reequilibrado con avances o bien de Occidente o bien de China.

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Venezuela es precisamente uno de los países que, en los últimos años, ha recibido apoyo de Moscú mientras las sanciones de EE UU asfixiaban su economía. La reunión celebrada en Caracas el pasado fin de semana —que el líder venezolano, Nicolás Maduro, calificó de “respetuosa y cordial”— representa un llamativo giro en el guion diplomático tras años de ruptura total de relaciones y confrontación. Las dificultades para que este acercamiento desemboque en progresos tangibles son enormes. Las discrepancias y la desconfianza son tan profundas que cuesta imaginar una aproximación sustancial.

Pero la liberación, el martes, de dos ciudadanos estadounidenses presos en Venezuela evidencia que hay voluntad de emprender un camino sobre la base de intereses convergentes: un alivio económico para Caracas, y más petróleo para Occidente. La capacidad productora venezolana está muy mermada, pero el país cuenta con enormes reservas.

En el caso de Irán, no hay un viraje político tan claro como el que ha supuesto la reunión en Venezuela, pero sí un reforzado sentido de urgencia en la negociación, que se prolonga desde hace casi un año, para reactivar el pacto nuclear reventado por la Administración Trump. “Sin duda, Occidente tiene mayor interés por cerrar el pacto, quizá, incluso, esté dispuesto a hacer alguna concesión más, pero no a cualquier precio”, comenta Alcaro.

El acuerdo con Irán se acerca

Las señales que emiten las partes implicadas en la negociación apuntan a que el acuerdo no está lejos. Las labores técnicas están sustancialmente culminadas, pero todo está a la espera de las últimas decisiones políticas sobre los escollos pendientes. De cerrarse el pacto, esto significaría —en términos sintéticos— que Irán volverá a asumir compromisos estrictos de limitación de su programa atómico, a cambio de que se levanten las sanciones que actualmente golpean, entre otros sectores, al petrolero.

Rusia ha introducido un elemento de complicación en estas conversaciones el pasado fin de semana. El Kremlin reclama garantías de que Occidente no trate de afectar su comercio, inversiones y cooperación técnico-militar con Irán en el marco de la represalia por la invasión de Ucrania. Moscú es parte del marco negociador, y su petición parece dirigida a entorpecer un pacto que ahora cobra nueva utilidad para Occidente. Pero no es lógico pensar que pueda boicotear del todo la negociación. “La presencia de China, Rusia y los europeos es importante; pero, en sustancia, esto depende de EE UU e Irán. Si ellos quieren, hay pacto”, observa Alcaro.

Que fructificaran las iniciativas diplomáticas, tanto con Irán como con Venezuela, no equivaldría a su realineación estratégica. Pero sí supondrían un cambio importante que abriría un nuevo escenario.

Las repercusiones del tsunami de la invasión de Ucrania alcanzan a muchos territorios con efectos llamativos. Entre los más cercanos a la zona del conflicto, cabe destacar la firma el lunes del primer ministro de Hungría, Víctor Orbán, de un decreto que permite el despliegue de tropas de la OTAN en la parte occidental de su país, un gesto que marca un viraje con respecto a sus retóricas y posicionamientos de tan solo días antes. La descolocación de los amigos de Putin en Europa es clamorosa, como bien evidencia el desolador papel de Matteo Salvini, líder de la Liga italiana, en la frontera polaco-ucrania, donde un alcalde local le echó en cara sus simpatías por Putin.

Más adelante, será interesante observar el impacto en otros múltiples puntos. Por un lado, países como Cuba, Nicaragua, Bolivia o Armenia —que apoyaron a Rusia en a votación de la ONU sobre la anexión de Crimea en 2014— han evitado esta vez dar su apoyo explícito en el voto de la semana pasada sobre la invasión, y esto muestra, por tanto, su distanciamiento de Moscú. Por otro lado, varios países africanos se han abstenido o han renunciado a votar, algo que es un claro reflejo de la vigencia de la proyección rusa en esa zona del mundo. Está por ver hasta qué punto esas naciones querrán mantener esa apuesta en el futuro. Y está por ver hasta qué punto Occidente estará interesado en colmar ciertos vacíos.

“Creo que el mundo avanza hacia una estructura bipolar. Por un lado, EE UU, la UE y otras democracias liberales; por el otro, China, una Rusia debilitada que no tendrá más remedio que apegarse a Pekín, y sus socios”, dice Ben Schreer, director ejecutivo de la rama europea del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos y coautor del estudio Las cambiantes estructuras de las alianzas publicado en diciembre. “En ese escenario, se reconfigurarán áreas de influencia, y Occidente afrontará el dilema de hasta qué punto cooperar con gobiernos que no encajan con los valores que abandera. Ya pasó en la Guerra Fría”.

Schreer cree que dentro de ese gran esquema bipolar seguirá prosperando el “minilateralismo”, es decir, pequeñas alianzas de países con objetivos específicos, que han cobrado impulso en los últimos años. Su tamaño reducido garantiza agilidad y cohesión en la persecución de los mismos fines. Destacan entre ellas el AUKUS (Australia, Estados Unidos, Reino Unido) y el QUAD (EE UU, India, Japón, Australia). “Grandes estructuras multilaterales como la OTAN y la UE han cobrado renovada vigencia. Pero ello no excluye que sigan desarrollándose iniciativas complementarias de minilateralismo. En Europa, por ejemplo, no me extrañaría que la cooperación entre los países nórdicos quedase reforzada. Y en el sureste asiático, sin duda, esa misma dinámica seguirá adelante”, dice el experto.

La invasión rusa de Ucrania impacta de lleno en la gran dinámica de fondo marcada por el ascenso de China, reforzando la unión de las democracias liberales, haciendo de la UE un actor geopolítico y sacudiendo viejos equilibrios. El tiempo dirá cómo irán encajando en el tablero las distintas fichas.

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Control de armas en las calles de Guayaquil, a finales de enero.
Control de armas en las calles de Guayaquil, a finales de enero.VICENTE GAIBOR DEL PINO (REUTERS)

El miedo campa en Guayaquil. La delincuencia en la capital económica de Ecuador ha alcanzado tal nivel que ha encerrado a los ciudadanos en sus casas. El país comenzó el año con un récord de 329 asesinatos contados hasta el 4 de febrero, que dejó lejos la ya exagerada cifra de muertes violentas del 2021. Guayaquil concentra un tercio de esas muertes. El año pasado ya se cerró con el doble de homicidios que 2020 -2.464 hasta el 30 de diciembre- y en enero hubo 122, una cifra mucho menor que la registrada este año.

Las muertes llegan en grupo, como ocurrió en unas canchas de fútbol en el sur de Guayaquil, cuando cinco personas fueron acribilladas por un supuesto enfrentamiento entre bandas a las nueve de la noche. Pero también ocurren en zonas turísticas, como le pasó a un visitante holandés al que mataron por tratar de robarle en las icónicas escalinatas de Las Peñas. Otro hombre fue ejecutado a modo de sicariato mientras cenaba en un restaurante lleno de gente en el norte de la ciudad. Y un repartidor que se perdió en un barrio marginal terminó muerto en un asalto para quitarle la motocicleta con la que trabajaba. Todo esto en el mes de enero.

La reacción oficial ha sido reforzar la presencia de cuerpos de seguridad en las calles y asociar la situación al narcotráfico internacional. El pasado octubre, el Gobierno decretó el estado de excepción y movilizó a militares en las calles, pero la ola de violencia no bajó. “Estaremos listos para responder ante cualquier reacción de los grupos de delincuencia organizada”, advirtió el pasado viernes la ministra de Gobierno, Alexandra Vela, al informar en una rueda de prensa de la detención de diez miembros de la banda Los Lobos, que según la Policía, es una de las que se disputa el control de la ruta de la droga dentro del país. “Un golpe de esta naturaleza puede tener efectos en varios lugares y aumentar la violencia”, auguró la ministra, que considera que se está librando una “guerra” entre el Estado, la sociedad y las bandas criminales.

La perturbación en la tranquilidad de la gente es tan palpable que las principales avenidas del centro de Guayaquil se quedan desiertas al caer la actividad laboral y los negocios comerciales se lamentan por la falta de clientes, aquejados además por las restricciones de la pandemia de covid-19.

La raíz del despunte de inseguridad es que Ecuador es hoy, de acuerdo a la explicación gubernamental, el punto de salida del narcotráfico internacional hacia Estados Unidos y Europa debido a la porosidad de las fronteras terrestres con Colombia y Perú. Y eso repercute en la violencia urbana, pero también en enfrentamientos recurrentes entre bandas dentro las cárceles del país y en las cifras récord de incautaciones. Hasta el 26 de enero, van más de 15 toneladas detectadas, el triple que hace un año. En todo 2021, llegaron a las 210 toneladas, casi el doble del año anterior. A la par, hubo más de 300 presos muertos en al menos cinco brotes de violencia dentro del sistema penitenciario.

Estos “logros”, declaró el presidente ecuatoriano Guillermo Lasso sobre las incautaciones, “tienen consecuencias como el aumento de muertes violentas en las calles como ha sucedido en enero”. Por eso, justificó el despliegue de militares en labores de patrullaje junto a 1.100 efectivos de la policía. No especificó el número de soldados que recorrerían las calles del país, pero prometió además entregar nueve millones de dólares para equipar a la Policía con autos, motos y armas. Días después, Lasso reconoció que la lucha contra el narcotráfico no era una “pelea fácil” y que sería irresponsable dar una fecha sobre cuándo terminaría la batalla y volvería la tranquilidad al país.

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Egrán, la aldea donde vivía el pequeño Rayan, amaneció este domingo casi vacía. Tres chiquillos sacaban seis cabras a comer a las nueve de la mañana. Los últimos periodistas iban recogiendo sus enseres. El monte estaba lleno de pequeños envases vacíos de botellas de agua, uno de los pocos rastros que dejaron los cientos de jóvenes que acompañaron el rescate durante varias noches. A un lugar de gente pobre estuvieron llegando pobres de todas partes de Marruecos. Y muchos encontraron cobijo para dormir. Pero ahora, el hogar del niño que sacaron muerto tras pasar cuatro días enterrado en un pozo parecía más vacío que nunca. La familia había desaparecido, exhausta tras tantas noches en vela.

Quedaba en la casa de Rayan algún miembro de las fuerzas auxiliares de gendarmería. El hombre charlaba con quienes iban llegando, les mostraba la inmensa brecha que se abrió en cuatro días y hasta sujetó a un reportero para que no pisara justo encima del agujero de 45 centímetros de diámetros por el que cayó Rayan. El pozo estaba pegado a la casa, junto a una pared. Y ahora, bajo la vivienda queda un enorme terraplén de más de 30 metros donde da miedo hasta asomarse.

Todo ese paisaje que se ve desde la casa de Rayan, esas montañas del Rif donde la gente malvive con la siembra del hachís, está lleno de barrancos empinados, de carreteras de polvo muy estrechas, de lugares donde puede sobrevenir un gran susto en cualquier momento. La vida es dura en lugares como Egrán. Y Marruecos está lleno de aldeas como esa, donde la gente vive al día, con su horno de piedra en la puerta de casa.

Tal vez por eso, porque saben que la familia de Egrán es una de tantas que luchan por el pan de cada día, muchos marroquíes se tomaron el rescate de Rayan como algo propio, como si el niño les tocase algo. Hasta el último minuto, incluso cuando los socorristas sacaron su cuerpo sin vida, el sábado a las 21:32, los cientos de jóvenes que estaban allí creían que había salido con vida. Pero enseguida los medios marroquíes difundieron el mensaje del Palacio Real en el que el rey Mohamed VI transmitía sus condolencias a la familia.

El mensaje decía que “Su Majestad” había seguido muy de cerca el rescate y había dado instrucciones para emplear “todos los esfuerzos posibles” para salvar al niño. “Pero la voluntad de Dios es imparable y el niño ha respondido a la llamada del Altísimo”, señalaba. El monarca agradeció el despliegue de “solidaridad” mostrado hacia la familia del niño.

En la casa de Rayan, a las 11 de la noche del sábado una mujer de la familia comenzó a gritar y dos hombres la agarraron y la metieron dentro de una habitación. Tras la noticia de la muerte, el sufrimiento se llevaba en silencio. Todo el mundo en ese momento intentaba ayudar en la aldea de Rayan al que tenía al lado. Ya fuera ofreciéndose para llevar a alguien en coche al pueblo más cercano, a unos 15 kilómetros, o aportando un cargador de teléfono, o simplemente sonriendo al desconocido.

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Buena parte del país pareció inmerso durante los cuatro días de rescate en ese sentimiento de fraternidad. Los jugadores marroquíes internacionales como el exmadridista Ashraf Hakimi escribían mensajes en las redes sociales. Desde Argelia, el país con el que Marruecos sostiene un conflicto diplomático que se ha agravado en el último año, el rescate era la noticia más seguida. Jugadores argelinos famosos como Youcef Belaili, Riyad Mahrez e Ismaël Bennacer enviaron mensajes de apoyo a la familia. La política de hostilidades entre Argelia y Marruecos seguirá su curso. Nadie puede esperar otra cosa, de momento. Pero la solidaridad entre pueblos muy próximos también persiste.

Mensaje del Papa

Desde la otra orilla del Mediterráneo también llegaban los mensajes. Este domingo, mientras tres niños de la aldea recogían en un saco la basura, muy lejos de allí, en la plaza de San Pedro, de Roma, el papa Francisco enviaba en francés un mensaje de agradecimiento a la nación: “Todo el pueblo estaba allí para salvar a un solo niño”. Llegaron también los pésames de casi todas las embajadas en Marruecos, así como un mensaje del presidente francés Emmanuel Macron dirigido a la familia de Rayan y al pueblo marroquí, donde decía que compartía la pena.

El caso de Rayan ha sacado a la luz, también entre muchos marroquíes, el rescate de Julen, el 26 de enero de 2019 en Totalán (Málaga). Rayan tenía cinco años y Julen, dos. El diámetro del pozo de Julen medía 25 centímetros y el de Rayan, 45. El agujero de Rayan tenía una profundidad de 32 metros y el de Julen, alrededor de 100. La operación de salvamento del niño marroquí duró cuatro días y la del español, trece. La autopsia definitiva de Julen, difundida tres meses después de su rescate, reveló que el niño había muerto por dos golpes sufridos al precipitarse por el pozo. Falleció el día mismo de la caída, el 13 de enero. Rayan, sin embargo, se encontraba con vida cuando cayó el pasado martes, según indicaron a este diario varios familiares, que habían conseguido grabarle en vídeo introduciendo un teléfono con una cuerda.

Los dramas en Marruecos, como en todas partes, siempre existieron. El pasado 24 de enero, por ejemplo, fallecieron calcinados tres niños nigerianos, todos ellos menores de siete años, cuando ardió la chabola en la que se encontraban, en las afueras de Nador, frente a Melilla. La madre, que se encontraba con ellos, murió solo días después a causa de las quemaduras.

Sin embargo, ha sido el drama de Rayan el que ha mantenido al país en vilo. Y el que ha sacado lo mejor de cada uno.

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