La Fundación Smurfit Kappa Colombia, que lleva más de 14 años trabajando en el marco de una alianza empresarial en el municipio de Yumbo, Valle del Cauca e implementó en el 2021 inversiones y cofinanciaciones por más de 2.200 millones de pesos para la ejecución de proyectos con impacto social, realizó una alianza con la Fundación WWB para apoyar el desarrollo de dos iniciativas que buscan promover la reactivación económica del territorio.
La primera iniciativa, llamada ‘Reactívate’, fue liderada por la Fundación WWB de la mano con la Fundación Smurfit Kappa para impulsar la activación y la recuperación económica de los ingresos de los negocios de 62 microempresarios que se vieron impactados por la emergencia económica generada por la pandemia del COVID-19.
El segundo programa, se desarrolló mediante un convenio con la Alcaldía Municipal de Yumbo como parte del Plan de Desarrollo Municipal bajo tres objetivos principales: desarrollar capacidades empresariales que permitan mejorar la gestión de los negocios; gestionar capital productivo como apoyo al fortalecimiento de las unidades de negocio; y brindar asistencia alimentaria a los microempresarios durante el proceso de formación.
En este último programa, que se llevó a cabo en el segundo semestre del 2021, la Fundación Smurfit Kappa administró y ejecutó más de $560 millones de pesos entregados por la Alcaldía y destinados a la adquisición de capital productivo para 220 microempresarios; y junto a la Fundación WWB otorgaron más de $100 millones de pesos en especie para el seguimiento y acompañamiento técnico a las unidades productivas.
Vale la pena destacar que, para el proceso de selección de los beneficiarios, la Alcaldía Municipal consolidó 800 candidatos que hacen parte de grupos vulnerables (discapacidad, mujer y familia, víctimas del conflicto, adultos mayores, grupos étnicos, LGBT y/o juventud) y, con este primer filtro, la Fundación Smurfit Kappa seleccionó 220 bajo criterios relacionados con la duración de sus negocios, el aporte a la generación de ingresos familiares, entre otros.
Actualmente se está trabajando con microempresarios individuales, microempresas de carácter asociativo y proyectos avanzados de la zona urbana y rural de Yumbo, incluyendo actividades tales como: formación y asesoría empresarial; suministro de capital productivo a las unidades productivas (equipos, herramientas, insumos, etc.); así como acompañamiento y seguimiento posterior a la entrega del capital.
“En la Fundación Smurfit Kappa tenemos el compromiso de trabajar por el mejoramiento sostenible de las comunidades en las que operamos a partir del fortalecimiento del capital humano, social, cultural, económico y comunitario. En esta oportunidad, reconocemos que los microempresarios son clave para la reactivación económica por la que estamos atravesando como sociedad y, en ese sentido, estamos uniendo fuerzas para apoyarlos en la gestión de sus negocios y fortalecer así la generación de ingresos en el municipio”, anotó Beatriz Mejía, Directora Ejecutiva de la Fundación Smurfit Kappa.
Para finales del 2021, los 210 microempresarios avanzaron en el plan de capacitación, alcanzando un 50% de los beneficiarios con conocimientos y manejo de herramientas virtuales para la promoción y venta de sus productos en redes sociales; además, la totalidad de ellos alcanzó una capitalización en sus negocios en términos de maquinaria, equipos, insumos y herramientas acorde a su plan de inversión gracias al apoyo recibido. Para el 2022, esta alianza continuará apoyando el fortalecimiento del tejido empresarial local por medio de visitas de seguimiento y asesoría a través de distintos programas para el desarrollo social y económico del municipio.
Un militar ucranio divisa con prismáticos un puesto del Ejército ruso, este domingo a las afueras de Brovary, un suburbio de Kiev.DIMITAR DILKOFF (AFP)
Transcurrieron seis días desde que el presidente de Estados Unidos dijo que creía que, en efecto, Vladímir Putin ya había tomado la decisión de invadir Ucrania, el 18 de febrero, viernes, hasta que se hizo efectiva la ofensiva rusa, la madrugada del jueves 24 de febrero, jueves. La Administración de Joe Biden llevaba semanas advirtiendo de que el dirigente ruso había realizado todos los preparativos necesarios para el ataque. Los servicios de inteligencia habían hecho y compartido el seguimiento milimétrico y en tiempo real del movimiento de las tropas rusas por la frontera del país hoy agredido. También conocían el plan del Kremlin de fabricar un pretexto en forma de ataque falso para justificar su acometida contra Ucrania.
La inteligencia de EE UU ha eliminado el factor sorpresa de la ecuación de la agresión rusa. Contribuyó a preparar la oleada sincronizada de sanciones al Kremlin y a facilitar la evacuación de ciudadanos estadounidenses en Ucrania. También sirvió para enviar tropas de refuerzo a los países miembros de la OTAN en el Este de Europa y, en definitiva, para conformar la postura de la opinión pública, unánime en su condena de la guerra.
Casi dos décadas después de la polémica invasión de Irak con el argumento jamás probado de la existencia de armas de destrucción masiva en ese país, la inteligencia de Estados Unidos se ha apuntado ahora una victoria, que no cumple ninguna función redentora, ni tampoco ha logrado impedir el ataque en la práctica: Putin se encuentra ya asediando la capital, Kiev, sin temblarle el pulso ante las víctimas civiles. Pero la información de la inteligencia estadounidense sí ha ayudado a unir a los aliados ante la amenaza del Kremlin y ha concedido un margen de maniobra para diseñar un programa de sanciones en varios frentes, coordinado y sin precedentes. Todo ello tampoco ha servido para parar lo que parece ser el mayor riesgo de una guerra mundial en 80 años.
“La calidad de la inteligencia estadounidense es algo que no podemos alcanzar, tienen penetrado hasta el último rincón de lo que ocurre en Moscú, y es evidente que temen sinceramente que algo puede ocurrir”, decía a este periódico un alto funcionario comunitario en Washington a principios de febrero. Sin embargo, en esas fechas las autoridades europeas empleaban aún un tono muy diferente del de Estados Unidos. Mientras los norteamericanos planteaban la retirada de diplomáticos del país, sus socios del Viejo Continente no consideraban que hubiera motivos suficientes. Si Washington exponía el arsenal de sanciones que estaba dispuesto a aplicar, Bruselas escondía las cartas.
En ese momento, en cualquier caso, Estados Unidos no daba por seguro aún que Moscú hubiera tomado la decisión de invadir, pero sí que tenía el plan perfectamente diseñado y que deseaba hacerlo. El 28 de enero el Pentágono advirtió de que Rusia tenía en la frontera con Ucrania plena capacidad militar para invadir todo el país, una acumulación de tropas —entonces cifrada en unos 130.000 militares— inédita “desde los tiempo de la Guerra Fría”. Y alertaba: “Hay múltiples opciones posibles, incluida la toma de ciudades y territorios significativos, pero también actos coercitivos y actos políticos que buscan la provocación como el reconocimiento de la ruptura de territorios”.
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El propio presidente ucranio, Volodímir Zelenski, llegó a prevenir a Occidente contra la difusión de mensajes “alarmistas” sobre un ataque inminente, lo que, unido a los continuos desmentidos de Rusia, contribuyó a generar dudas sobre la solidez de la información que manejaban los aliados. El tiempo ha despejado esas sospechas de un modo atroz.
Los primeros avisos de que algo así podía pasar llegaron a la Casa Blanca el pasado mes de octubre a través de reuniones secretas del equipo de Seguridad Nacional. El desaguisado de la retirada de las tropas estadounidenses de Afganistán estaba muy reciente, al igual que el conflicto surgido por el acuerdo militar suscrito con el Reino Unido y Australia a espaldas de los aliados. Biden trató de atajar las suspicacias con Europa. Decidió, en primer lugar, compartir los hallazgos de la inteligencia con los socios al otro lado del Atlántico (Alemania y otros países de la UE muy dependientes del gas ruso asumieron la información y obraron en consecuencia); luego, con la opinión pública. Acto seguido, redobló el envío de ayuda a Ucrania.
Siempre un paso por delante del Kremlin, la inteligencia estadounidense ha debido enfrentarse también a un componente fundamental de la guerra híbrida, la desinformación, sazonado por otro más tradicional, las operaciones de sabotaje. Washington alertó a finales de enero de que Rusia planeaba un ataque falso contra sus fuerzas en el este de Ucrania como pretexto para invadir la antigua república soviética. Un mes después, recurría a presuntos actos terroristas en Donetsk y Lugansk para justificar la “operación militar especial” que hoy ha situado al mundo al borde del abismo. El señuelo del sabotaje sigue siendo utilizado como recurso desinformativo por el Kremlin: el incendio en la central nuclear de Zaporiyia, asaltada este viernes, se debió a un “sabotaje ucranio” para desviar la culpa a Moscú, según el embajador ruso ante la ONU. La información satelital ha desmentido el pretexto.
Los avances en la criptología y la tecnología de intercepción electrónica durante la última década, junto con una dependencia cada más global de las redes informáticas y las comunicaciones móviles, han reforzado los recursos de inteligencia, según el diario The New York Times. Aunque el propio Vladímir Putin evita el uso de dispositivos electrónicos, sus soldados llevan teléfonos no seguros en sus bolsillos, lo que multiplica los puntos de recolección de datos.
Legisladores demócratas y republicanos han considerado estos días la precisión de las predicciones como un merecido espaldarazo a la comunidad de inteligencia, que arrastraba críticas por fiascos como el de Afganistán o, en 2003, el supuesto arsenal de armas de destrucción masiva de Sadam Husein.
Algunos en EE UU sostienen que Washington y Kiev podrían haber hecho más con esa abundante información recopilada, que la Administración de Biden ha compartido con la de Zelenski pese a una cierta reticencia inicial. La Casa Blanca suministró su inteligencia a Ucrania, incluso antes de que Rusia comenzara a acumular tropas el año pasado, y aceleró el intercambio de información durante la crisis. La Administración Biden rebajó las restricciones habituales en temas de inteligencia para compartir los hallazgos con los ucranios y, a continuación, con los aliados.
Aun así, Estados Unidos y Ucrania a menudo estuvieron en desacuerdo en público y en privado sobre la naturaleza y el alcance de la amenaza rusa y las acciones que debían adoptarse. Zelenski no movilizó a los reservistas hasta el miércoles 23, la víspera de la invasión, cuando decretó el estado de emergencia durante 30 días.