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Un grupo de 'staffers' traslada cajas de documentos a la oficina del líder de la minoría del Senado, Chuck Schumer
Un grupo de ‘staffers’ traslada cajas de documentos a la oficina del líder de la minoría del Senado, Chuck SchumerJOSHUA ROBERTS (Reuters)

Washington es a los abogados, asesores y políticos lo que Hollywood a los aspirantes a estrellas: el lugar donde matarse a trabajar, medrar y cumplir un sueño. Hacer una beca en el Capitolio es la puerta de entrada para un trabajo mal pagado de staffer, que es como se llama aquí a los asistentes de los legisladores. Suele implicar maratonianas jornadas donde lo que más se hace es atender el teléfono y llevar papeles de un lado a otro. Las cumplen sin rechistar porque están hambrientos de formar parte del núcleo duro de unos de esos congresistas o senadores. Incluso convertirse, quién sabe, en uno de ellos. En la cafetería de la cadena Dunkin’ Donuts que hay en el Capitolio se distingue fácilmente a los becarios de los asistentes. Los primeros se mueven a trompicones, con un gesto en sus caras entre la maravilla y la ansiedad. Los segundos entran al local con la urgencia de quien corre al baño, como si apenas les quedase tiempo para beber un café. Unos y otros tienen algo en común: sus condiciones laborales se han convertido en la última batalla del Congreso.

Las jornadas extenuantes, los bajos salarios y la presión propia de un trabajo exigente han generado una suerte de rebelión entre los empleados del escalafón más bajo del Capitolio. Hace una semana comunicaron su deseo de formar el primer sindicato de trabajadores en la historia del Capitolio y no solo han conseguido que la Casa Blanca los apoye, sino que tienen a sus jefes trabajando por ello.

Preparar el café de un congresista y comer las sobras de sus jefes

EL PAÍS ha podido hablar con uno de estos becarios, que aunque ya ha dejado de serlo, nos relata su experiencia de cuatro años. Se trata de un hombre blanco de 26 años que ha preferido mantener el anonimato al convocar el encuentro en el Capitol Hill Club, un antiguo edificio de cuatro plantas exclusivo para republicanos. En la primera planta, de ambiente más distendido, empleados de ambas Cámaras y algunos congresistas se reúnen a beber cerveza barata y picar queso cheddar gratis. Cada vez que alguien entra, los comensales lo escanean con la mirada. Se hacen guiños de una mesa a otra y mientras unos ríen a carcajadas, otros apenas susurran. “Aquí todos son alguien”, comenta el exbecario.

La primera tarea del día de sus tiempos en el Congreso, recuerda este empleado, era preparar el café de su jefe, un congresista republicano. A veces guiaba a los visitantes en un tour por el Capitolio o recibía a distintas asociaciones. Junto a sus compañeros, disfrutaba de la comida y cerveza que sobraban de las reuniones de sus jefes. Al final del día volvía directo a casa porque no tenía dinero para gastarlo en los bares. Durante tres meses, pagó todo con tarjetas de crédito en la sexta ciudad de EE UU más cara para vivir (el alquiler de un piso de una habitación cuesta de media 2.225 dólares al mes) La pregunta es inevitable: ¿Por qué la gente acepta esas condiciones? “Eres nuevo, Estás muy entusiasmado, crees que eres mucho más importante de lo que eres. Uno solo quiere formar parte del juego”, resume.

La experiencia de este exbecario se asemeja a los testimonios de otros jóvenes que EL PAÍS pudo recabar el miércoles en el Capitolio, que en su mayoría también hablaron bajo anonimato o bien prefirieron no hacer comentarios. Jonathan Reuss, de 20 años, se mudó de Florida a Washington para ganar nueve dólares a la hora, aunque aclara que no se siente explotado. “Las condiciones valen la pena. Me encanta este ambiente, quiero construir mi propia carrera política algún día”, comenta este joven aún imberbe, con un traje que le queda grande. La amiga que lo acompaña, Louisa, de la misma edad, comparte piso con otras tres chicas y está haciendo una segunda práctica en un proyecto de investigación para lograr llegar a fin de mes.

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Dificultades para cuadrar el mes

Casi la mitad de los empleados del Congreso tienen dificultades para pagar las facturas, según una encuesta de la Asociación de Personal Progresista del Congreso publicada el mes pasado. “Cuando pasé de becaria a empleada, ganaba 25.000 dólares al año (la media en Washington es 49.500). Tenía que vivir de cupones de alimentos [que entrega el Gobierno a los más desfavorecidos] y atención médica gratuita porque no podía pagar nada más”, dijo Audrey Henson, exmiembro del personal del Partido Republicano que fundó College to Congress, en una comparecencia ante un comité del Congreso en 2020.

Las becas no suelen ser remuneradas, pero las universidades ofrecen convenios para abaratar el coste de vida de los alumnos que se apuntan a pasar una temporada en la capital. El entrevistado, que recibió una paga de 350 dólares mensuales, justifica con estas palabras que los novatos no ganen un sueldo: “Tuve problemas porque no me pagaban lo suficiente, seguro. Fue duro, pero pensaba: ¿van a pagarle a un veinteañero por trasladar papeles más que a un adulto que está alimentando a su familia trabajando en una gasolinera?”, sostiene el joven de Michigan.

Afroamericanos y latinos, minoría en el Congreso

Esa precariedad provoca al final que sean pocos los jóvenes que pueden permitirse pasar así unos años, porque probablemente necesita ahorros o ayuda familiar. Dentro del alud de críticas al sistema de becas del Capitolio, una recurrente es la falta de diversidad étnica. La mayoría de afroamericanos y latinos no puede permitirse vivir en la capital sin un salario digno. Apenas el 3% del personal del Senado es negro, una cifra que se repite entre los jefes de gabinete, según un informe de 2020 del Centro Conjunto de Estudios Políticos y Económicos.

“Cuando eres joven y tienes ambición, cuando tratas de ganar más dinero tu rendimiento y lealtad laboral mejoran, sin duda. Cuando ganaba menos tenía mucha más hambre de éxito”, afirma el entrevistado en el Capitol Hill Club. Ese es el tipo de ambiente competitivo que el 85% de los empleados considera tóxico, según la Asociación de Personal Progresista del Congreso.

La mecha de la polémica por las condiciones laborales de los becarios y asistentes del Capitolio se encendió en Instagram. Una cuenta llamada Dear White Staffers (Queridos staffers blancos) se viralizó tras recoger acusaciones anónimas de antiguos y actuales subalternos. Denunciaban precariedad, malos tratos y diferentes grados de abuso y discriminación en la aparentemente glamurosa esfera del poder. Tras la exposición pública del problema en las redes sociales, un grupo de afectados formó el pasado viernes una entidad llamada Sindicato de Trabajadores del Congreso para exigir a los legisladores su derecho a sindicalizarse y así poder negociar de manera colectiva unas condiciones mínimas de empleo. El congresista demócrata Andy Levin presentó este miércoles una resolución, copatrocinada por 130 de sus compañeros, para sacar adelante la propuesta.

“Ahora es el momento de que los legisladores demuestren su compromiso con los trabajadores, incluido los suyos”, rezaba este jueves un comunicado del Sindicato de Trabajadores del Congreso. “La capacidad de nuestros jefes para servir mejor a los electores depende de cambios significativos para mejorar las vergonzosas condiciones laborales en el Capitolio, desde salarios dignos hasta un lugar de trabajo más seguro y protecciones contra la discriminación y el acoso”, añadía. A pesar de que los líderes de ambos partidos salieron a apoyar la sindicalización de los empleados, varios legisladores republicanos han adelantado que no van a votar a favor de la resolución. Se requieren 60 votos para aprobarla en el Senado, en el que republicanos y demócratas están empatados en número (50/50).

El Roll Call, un periódico de la capital estadounidense dedicado a informar de las trifulcas legislativas en el Congreso, dedicaba este miércoles media portada de su edición impresa (7,95 dólares) a una pregunta: ¿Cómo sería un sindicato de empleados del Capitolio? El ejemplar se podía encontrar en cada esquina del edificio federal. En un diario de mayor alcance, The Washington Post, Melissa A. Sullivan, una exbecaria y exempleada de ambas Cámaras, denunciaba los abusos verbales y la discriminación racial que sufrió por su acento latino en sus años en el Capitolio. El joven de Michigan cuyo testimonio ha recogido este periódico empatiza con la precariedad de los empleados. Reconoce que pasó por esa misma situación, pero, recuerda, toda la gente que conoció durante su beca ahora es “exitosa”. Define el éxito como un salario anual de seis cifras.

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«Mis jefes me dejan elegir mi salario»

10Pines es una empresa de tecnología fundada en 2010 con 85 empleados y sede en Buenos Aires. Hace software para clientes como Starbucks y Burger King, creando cosas como tarjetas de fidelidad en línea, aplicaciones y plataformas de comercio electrónico.

Cada año, el 50% de sus beneficios se reparte entre el personal.

Una foto de los empleados de 10Pines
10Pines se ubica en Buenos Aires. Tiene 85 empleados actualmente.

«Un aspecto clave [de los salarios abiertos] no es saber cuánto ganan los otros», dice Umansky, «sino saber quién gana más que quién. Es la jerarquía, ¿no?».

Su filosofía horizontal

10Pines aspira a tener una jerarquía horizontal y ser transparente con los empleados, tanto como sea posible.

Después de un período de prueba de tres meses, los nuevos empleados se unen al resto del equipo en reuniones abiertas mensuales en las que se toman decisiones clave de la empresa, como la evaluación de nuevos clientes, gastos, finanzas de la compañía y, por supuesto, salarios.

No hay un director general ni gerentes dentro de los equipos, aunque hay figuras de alto nivel, conocidos como «asociados» y «maestros».

«Como no hay jefes que decidan los aumentos, delegamos el poder al pueblo«, dice Jorge Silva, cofundador y «maestro» de 10Pines.

«No queremos una brecha salarial como en Estados Unidos».

Una reunión de 10Pines
Temas como los salarios de los empleados se discuten en reuniones abiertas como esta, celebrada antes de la pandemia de covid-19.

Los nuevos miembros pueden negociar su propio salario hasta cierto punto, dice Silva. El salario propuesto se discute con aquellos que tienen una experiencia similar en la empresa para obtener su consentimiento.

En la entrevista final del proceso de contratación, el candidato se encuentra con todo el equipo de unas 80 personas, una introducción a la forma en 4la que funciona la dinámica del grupo.

No hay preguntas técnicas en esta etapa, se trata más de aprender sobre los intereses de las personas y una oportunidad para que vean cómo funciona 10Pines.

«Hemos detenido los procesos de contratación en esta etapa», dice Silva. «Aún si alguien es un genio, podemos sentir si creará tensión al no encajar en el equipo».

Una «sociocracia»

10Pines llama a su enfoque «sociocracia». Se inspiró en el empresario brasileño Ricardo Semler y su experiencia en la transformación de la empresa de manufactura de su familia, Semco.

La convirtió en una «empresa ágil y colaborativa», con trabajadores que se encargaban de supervisar los asuntos que tradicionalmente se dejaban en manos de los gerentes.

Un empleado de 10Pines trabajando
La compañía dice que no aspira a la igualdad entre los empleados, sino a la justicia.

Descubrió que eso llevaba a una baja rotación de personal y revitalizaba a la empresa. Escribió sobre eso en un libro llamado Maverick!

«Lo tomamos como nuestra Biblia», dice Silva.

Según Ben Whitter, autor de Human Experience at Work (La experiencia humana en el trabajo) y director de la empresa de consultoría y coaching de empleados HEX Organization, en Reino Unido, cada vez hay más «empresas progresistas y transparentes».

Cree que la idea de tener salarios transparentes puede ser una buena forma de nivelar el campo de juego, entre hombres y mujeres, por ejemplo.

«En muchas empresas, los salarios se pueden fijar en la sombra. Pero de esta manera, queda claro y se rinden cuentas».

¿Sin problemas?

Sin embargo, también puede ver algunos inconvenientes en la estrategia de 10Pines.

Si bien esta idea puede funcionar cuando se tienen 80 empleados,si este número se duplica, las ventajas pueden disminuir, dice Whitter.

Y las decisiones de contratación basadas en que el individuo se reúna con toda la fuerza laboral pueden poner en desventaja a quienes suelen ser más introvertidos.

Al mismo tiempo, crea un «sesgo natural de pensamiento grupal, donde las personas toman decisiones que normalmente no tomarían individualmente, lo que plantea problemas sobre diversidad e inclusión» .

Una reunión de 10Pines
En 10Pines consideran que su sistema podría funcionar en empresas con más empleados si se subdividen en grupos.

Sin embargo, en 10Pines dicen que llevan a cabo programas de diversidad, como esquemas de aprendizaje solo para mujeres, y creen que su enfoque puede realizarse gran escala.

«Hemos evolucionado el proceso durante 12 años», explica Ángeles Tella Arena, una desarrolladora de software con experiencia en la firma.

«Por ejemplo, comenzamos discusiones salariales cuando teníamos 30 empleados y temíamos que no funcionara con 50, pero seguimos adaptándonos. Es necesario actualizar los procesos para mantener la confianza«.

Puede ser necesario crear una segunda oficina si la empresa continúa creciendo, la cual replicaría y ejecutaría el mismo sistema de forma autónoma, dice.

«La clave es entender que existe una diferencia entre ‘igualdad’ y ‘justicia'», dice Jorge Silva.

«No todos somos iguales, pero tratamos de ser justos. No queremos ser como la empresa clásica que trata de controlar a los empleados y los trata como niños».


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