The man accused of murdering 15-year-old Nickol Valentina last Thursday was identified as Pedro José Trujillo Pérez and is being prosecuted for having stabbed the young woman in the middle of a robbery in Bucaramanga, when she had just left school.

Trujillo, by stealing his cell phone, caused serious injuries to the victim when he was going down the stairs of the tunnel of the Mesón de los Búcaros interchange. Although Nickol Valentina was helped and quickly transferred to the Santander University Hospital, she died hours later due to the seriousness of her injuries.

Trujillo was captured last Friday in Barrancabermeja, 24 hours after committing the crime, and in the last few hours he accepted the charges filed by the Municipal Criminal Judge of Bucaramanga.

During the preliminary hearings held this weekend, according to the prosecutor in the case, the man would have said that he saw the girl alone in the tunnel when he decided to attack her.

(You can read: The man who murdered Nickol Valentina is in prison for stealing his cell phone).

“During the interrogation he said that he had seen the girl alone in the tunnel, he approached her and grabbed her by the neck, that she managed to free herself, came back and grabbed her by the neck and stabbed her in the neck and another that she does not remember where and flee. That when she left, the girl was still standing, “said the official.

The prosecutor also said that the captured, after arriving home, told a relative that he had to leave Colombia because “the girl died, I did not want to stab the girl.”

(You can read: A Nickol school attendant had already warned the Mayor about insecurity).

“Pedro José Trujillo Pérez acknowledges having done this and that he was in need, that he has a son in Venezuela for whom he has to answer, but that he is sorry,” the prosecutor assured.Trujillo accepted the charges filed by the investigating body and it was learned that he had a history of robbery even in the same place where he attacked Nickol Valentina.


Los vehículos y las tropas de la Guardia Nacional se despliegan en el National Mall cerca del Monumento a Washington de la capital.
Los vehículos y las tropas de la Guardia Nacional se despliegan en el National Mall cerca del Monumento a Washington de la capital.STEFANI REYNOLDS (AFP)

El presidente Joe Biden ofrecerá este martes su primer discurso del estado de la Unión en un Congreso vallado por medidas de seguridad. Las rejas que rodearon durante meses el Capitolio tras el asalto del 6 de enero de 2020 han vuelto a levantarse “por precaución”, según informó este domingo la policía, que se prepara para una posible protesta de camioneros contra las medidas sanitarias obligatorias por la pandemia, inspirada en el caso canadiense. Mientras que el alcance de la manifestación está en el aire, el Pentágono ha aprobado el despliegue de 700 miembros de la Guardia Nacional y cincuenta vehículos militares blindados para ayudar a los agentes locales en caso de algún incidente.

La autodenominada Caravana del Pueblo está transmitiendo por Facebook su viaje de 4.000 kilómetros, desde California hacia la capital. En la transmisión se alcanza a ver una fila conformada por varios camiones y gente apoyándolos en las aceras con banderas estadounidenses. Está previsto que los activistas lleguen el 5 de marzo a Beltway, una carretera de circunvalación que rodea Washington. El despliegue de la Guardia Nacional, que ayudará a controlar el tráfico en los puestos designados y en los puntos que conducen al Capitolio, se ha aprobado hasta el 8 de marzo tanto dentro como fuera de la ciudad.

Kyle Sefcik, organizador de una de las principales caravanas que han salido de California rumbo a la capital estadounidense, ha publicado este lunes que la fila de vehículos se ha disuelto por la falta de participantes. “Se me ha interrogado, censurado, detenido y acusado por agencias del gobierno federal”, afirmaba sin pruebas Sefcik en el monumento a Washington, donde adelantó que estará este martes para reclamar que la Administración de Joe Biden ponga fin al estado de emergencia declarado por su antecesor para frenar el coronavirus.

La portavoz de la Casa Blanca, Jen Psaki, y la alcaldesa de Washington, Muriel Bowser, han informado que la situación de las caravanas se está monitoreando de cerca, con un Plan de Respuesta a Incidentes Críticos para el Capitolio. “Solicité el apoyo de agencias policiales externas, así como de la Guardia Nacional, para que nos ayuden con nuestras precauciones de seguridad”, sostuvo este domingo el jefe de Policía del Capitolio,Tom Manger, en un comunicado. Los camioneros, según las informaciones, provienen de distintos puntos del país, no solo de California. Entre los participantes hay activistas que viajan desde Virginia Occidental, Pensilvania y Vermont.

Los camioneros estadounidenses decidieron organizar una caravana a la capital estadounidense cuando estallaron las manifestaciones en Canadá tres semanas atrás. Desde entonces, cada vez son más los Estados que han levantado las restricciones relacionadas con la pandemia y el pasado viernes los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC, por sus siglas en inglés) relajaron las recomendaciones sobre el uso de mascarillas. Además, el Tribunal Supremo rechazó en enero la orden firmada por Biden que exigía a los trabajadores de grandes empresas estar vacunados contra la covid-19.

Suscríbase aquí a la newsletter de EL PAÍS América y reciba todas las claves informativas de la actualidad de la región.

Únete a EL PAÍS para seguir toda la actualidad y leer sin límites.

Suscríbete



Source link


La ofensiva militar que Vladímir Putin lanzó la madrugada del jueves contra Ucrania ya ha tenido las primeras consecuencias económicas para el país ruso. Tras las fuertes sanciones que EE UU, la Unión Europea y Reino Unido han puesto en marcha —desde el cierre del espacio aéreo a las aerolíneas rusas hasta la expulsión parcial de Rusia de la plataforma de pagos internacionales SWIFT—, China se postula como su mejor aliado para conseguir sobrevivir a la asfixia económica a la que está abocado en el corto plazo.

Aunque la relación entre ambos países parece gozar de buena salud y Putin visitó Pekín apenas unas semanas antes de iniciar la invasión del país vecino, coincidiendo con la celebración de los Juegos Olímpicos de Invierno, el papel que jugará el mandatario chino, Xi Jinping, en la guerra, es todavía una incógnita. Sus intercambios económicos se intensificaron durante el último año, pero el margen de maniobra de Jinping en el plano diplomático es mucho más reducido. Su imagen para con el resto de países y el difícil equilibrio de intereses que debe alcanzar China dejan la puerta abierta a muchos escenarios.

En el vídeo que acompaña esta noticia, el redactor de EL PAÍS Pablo León, actualmente encargado de la información internacional, explica las claves de la relación entre los dos regímenes y las posibles actuaciones del mandatario chino en el contexto bélico actual. Responderá, entre otras, a la siguientes cuestiones: ¿qué intereses comparten China y Rusia? ¿En cuáles divergen? ¿Qué papel desempeña China en el ajedrez internacional? ¿Cuánto depende el Kremlin del apoyo chino para conseguir vencer? ¿Puede Xi Jinping ocupar el hueco dejado por Occidente en la economía rusa tras las sanciones impuestas a Putin? ¿Cómo puede cambiar la relación entre el país chino y el resto de actores internacionales si decide apoyar al líder ruso en su empresa?



Source link


Semyon se echa a la espalda varias ruedas de plástico y las apila a las puertas de un edificio de la Administración de Dnipró, la cuarta ciudad más poblada de Ucrania, a orillas del río Dniéper. El inmueble está rodeado de sacos de arena y la entrada casi bloqueada por una trampa antitanque. Pocos metros más allá, en la plaza de los Héroes, en el césped, decenas de personas rellenan botellas de vidrio y cortan mechas caseras para preparar cócteles molotov. Junto al río, un restaurante prepara macarrones con queso para los soldados ucranios y las milicias ciudadanas. Dnipró se prepara para la llegada de las tropas enviadas por el presidente ruso, Vladímir Putin. Y lo hace con todo lo que tiene: un contable que ha pasado a empuñar un arma en las fuerzas de defensa territorial, una ingeniera que se ha hecho conductora para llevar suministros, una red de donación de sangre, otra que prepara comida, voluntarios que construyen barricadas.

La ciudad, de un millón de habitantes, en el centro del país, estratégico nudo de comunicaciones y que Rusia trata de cercar para impedir el paso de suministros enviados por los aliados desde Polonia y de tropas ucranias hacia el sur y hacia Kiev, se alista para la guerra total. La imagen se repite por todo el país. Ucrania, el país más grande de Europa, donde viven 44 millones de personas, teje redes de resistencia activa, que se han revelado fundamentales para afrontar el ataque ruso cuando las tropas de Putin avanzan en su ofensiva y se incrementan los ataques. Las imágenes de civiles enfrentando a tanques rusos o tratando de impedir el paso de las tropas a sus ciudades se multiplican.

El presidente ucranio, Volodímir Zelenski, cuya popularidad se ha disparado desde la invasión, ha pedido a la población que ayude a contener la ofensiva con cualquier medio que esté en sus manos. Dnipró es una ciudad volcada en ello. “En el quinto día de la guerra rusa a gran escala contra el pueblo de Ucrania nos mantenemos firmes”, dijo Zelenski este lunes. “Cada crimen que los ocupantes cometen contra nosotros nos acerca cada vez más. Rusia nunca imaginó que se enfrentaría a tanta solidaridad”, recalcó.

A las puertas del hospital militar de Dnipró, Elena y su esposo, Alexander, hacen cola para llevar ropa, pañales y comida a los enfermos. A su lado, una mujer de unos 50 años carga una gran bolsa de cucharas de plástico blancas. “Tengo un puesto de café y es lo que he pensado que sería más útil”, afirma. El centro sanitario, en el centro de la ciudad, está designado para tratar a los heridos (sobre todo a los graves) del frente sur y del este. Tiene 400 camas, pero en los últimos días ha superado esa cifra y han tenido que usar también las salas de recuperación, explica Sergi Bachinski, subdirector del centro, al que llegan sanitarios de toda la zona para ofrecerse a ayudar a tratar a los heridos. No pueden trasladarles en helicóptero por los ataques aéreos rusos —las alarmas antiaéreas de la ciudad se han convertido en una música constante en los últimos días—, así que usan autobuses y trenes, dice Bachinski.

Únete a EL PAÍS para seguir toda la actualidad y leer sin límites.

Suscríbete

Un restaurante de Dnipró prepara comidas para los soldados y para los milicianos con alimentos donados por empresas y ciudadanos, este lunes.
Un restaurante de Dnipró prepara comidas para los soldados y para los milicianos con alimentos donados por empresas y ciudadanos, este lunes.María R. Sahuquillo

Anna Fedicheva, una ingeniera civil de 37 años, ha ofrecido su coche, amplio, para transportar “lo que haga falta”. En Dnipró y otra muchas localidades se ha creado un grupo en las redes sociales de conductores para ayudar en temas logísticos. Con una mascarilla de tela negra, que tiene impreso en brillantina un árbol de Navidad, la mujer cuenta que se planteó unirse a las Fuerzas de Defensa Territorial, gestionadas por el Ministerio de Defensa, brigadas de milicias que tienen como misión proteger las infraestructuras de las ciudades, pero no se encontró en condiciones. Tampoco se planteó salir del país. “Trato de pensar que [los rusos] no nos van a ocupar, creo en nuestra patria y en nuestra libertad”, asegura Fedicheva, que cuenta que, antes de esta pesadilla, estaba contenta su vida: “Me gustaba mi trabajo, salir a bailar con los amigos, ir al cine, una vida simple. A veces crees que todo es un sueño y de repente te despiertas y no; es real”.

La mesa donde Myroslav Malynovski prepara cócteles molotov tiene una paralela en Lviv, en el oeste del país, donde Kira Shivenko, pintora de 28 años, rellena botellas con una mascarilla quirúrgica y guantes de látex; o en Kramatorsk (este), donde un grupo de jóvenes se ha organizado para preparar ese explosivo casero del que ya dan la receta las radios y muchos periódicos. “¿Putin se pensó que les recibiríamos con flores? Aquí les tenemos preparadas unas bebidas de bienvenida”, dice este jubilado, de 65 años, mientras coloca una de las botellas de vidrio en una caja de cartón. “No vamos a huir. Este es nuestro país y ellos son los ocupantes, Ucrania es un país democrático, europeo”, dice Malynovski. “Resistiremos hasta el final”.

Reparto de armas entre la población

Solo en la región de Kiev se han repartido unas 18.000 armas civiles, según el Gobierno. Ahora, Zelenski ha propuesto liberar a los presos con experiencia militar si están dispuestos a unirse a las fuerzas armadas ucranias. Una medida muy controvertida que da la idea de las ansias y la desesperación del Gobierno: el Ejército ucranio tiene muchos menos efectivos que el ruso, también una menor capacidad en tecnología de defensa. Hace unos días, además, Zelenski invitó a extranjeros a luchar en Ucrania. “Si tiene experiencia de combate en Europa, venga a nuestro país y defienda Europa junto con nosotros”, dijo en un mensaje de vídeo. El día antes de la invasión, Zelenski movilizó a 36.000 reservistas, 5.000 personas retiradas de la Guardia Nacional y a otras 5.000 de la Policía de Fronteras. El armar civiles en un ambiente tan tenso también puede generar problemas. El Gobierno ucranio ha afirmado que Rusia ha infiltrado a paramilitares y saboteadores en todo el país y los registros de vehículos y las detenciones son habituales.

El segundo día de ofensiva rusa, cuando el alcance de la agresión estaba claro, Oleg Trubnikov, de 60 años, se presentó en el cuartel de reservistas de Kramatorsk, en la región de Donetsk, en la parte controlada por el Gobierno, donde decenas de hombres hacían cola el viernes para recibir indicaciones y destino. Trubnikov no recibió la llamada. Tiene una discapacidad y cree que no le aceptarán para la movilización, pero estuvo en el Ejército soviético y cree que puede aportar experiencia. “O ayudar en lo que sea”, dice. “Estoy aquí para defender Ucrania de los rusos. Es lo menos que puedo hacer”, añade.

En Dnipró, Maxim Shanin señala que tan importantes son las fuerzas de defensa como la logística. El restaurante que gestiona, en el centro de la ciudad, forma parte de una recién creada red de locales que cocina comida para los soldados ucranios y para las personas que se han unido a las milicias y que levantan barricadas con arena muy cerca del local o protegen alguno de los puentes de Dnipró. La red de 11 locales prepara comidas, desayunos y cena para casi 4.000 personas cada día. El restaurante de Shanin, el típico local de moda de vinos con un aire hipster e industrial, está lleno de sacos de patatas, botellas de aceite y paquetes de pasta. En la cocina, un equipo de cocineros prepara los almuerzos que un grupo de voluntarios mete en fiambreras y en bolsas de plástico con una carita sonriente y el mensaje: “Gracias por tu labor”.

Unos 250 voluntarios se han apuntado al proyecto, que se está replicando en otras ciudades, dice Shanin. “Cada uno ponemos nuestro granito de arena. Esta situación nos ha unido más que nunca frente al agresor. La ciudadanía quiere trabajar junta para ayudar al Ejército, al Gobierno, al presidente. Algunos pueden ir a luchar con sus propias manos y otros no. Aquí cocinamos y los haremos hasta la victoria”, dice.

Sigue toda la información internacional en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal.

Contenido exclusivo para suscriptores

Lee sin límites





Source link



Tras Francia y Eslovaquia, Ucrania es el país del mundo que más depende de la energía nuclear para cubrir su demanda eléctrica. En 2020, más del 50% de su electricidad provino de sus 15 reactores. A medida que avanza la invasión rusa y los enfrentamientos se aproximan a las instalaciones atómicas crece la preocupación de los organismos internacionales por el riesgo de desencadenar un accidente radiactivo de catastróficas consecuencias. Ucrania tiene experiencia: en abril se cumplirán 36 años del desastre de Chernóbil, el accidente nuclear más grave de la historia.

El Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) está realizando un seguimiento estrecho de la situación desde el estallido del conflicto. Y en sus informes advierte: existe un “riesgo muy real de que las instalaciones con material radiactivo sufran daños durante el conflicto, con consecuencias potencialmente graves para la salud humana y el medio ambiente”. “Hago un llamamiento urgente y enérgico a todas las partes para que se abstengan de cualquier acción militar o de otro tipo que pueda amenazar la seguridad de estas instalaciones”, pidió este domingo el director general del OIEA, el argentino Rafael Mariano Grossi. El lunes, ante las informaciones que apuntaban al avance de las tropas rusas cerca de la mayor central nuclear del país, ubicada en Zaporiyia, Grossi insistió en sus advertencias: “Es extremadamente importante que las plantas de energía nuclear no se pongan en riesgo de ninguna forma”.

La Inspección Estatal de Regulación Nuclear de Ucrania (SNRIU) informó el fin de semana del impacto de misiles en las instalaciones de un centro de residuos radiactivos en Kiev, aunque sin daños en el edificio ni indicios de una liberación tóxica. Además, siempre según el OIEA, la sucursal en Kiev de la empresa estatal especializada Radon fue atacada, lo que obligó a su personal a refugiarse durante la noche del sábado al domingo. “Estas instalaciones suelen contener fuentes radiactivas en desuso y otros desechos de baja actividad de hospitales e industrias”, explica el OIEA.

Las preocupaciones no se centran tanto en las instalaciones de desechos radiactivos sino en los 15 reactores en activo (repartidos por cuatro centrales) con los que cuenta Ucrania. El OIEA esté siguiendo con “especial atención” la “seguridad tecnológica y física de sus reactores nucleares” en funcionamiento.

Únete a EL PAÍS para seguir toda la actualidad y leer sin límites.

Suscríbete

Los combates en el sur de Ucrania se están acercando a la ciudad de Zaporiyia, donde se encuentra la mayor central nuclear del país y de Europa. Ambas fuerzas se disputan el control de esta central, según Reuters. Mientras que las autoridades rusas afirman haber tomado el sitio, la empresa ucrania que gestiona las instalaciones lo desmiente y afirma que sigue suministrando electricidad a todo el país. La central cuenta con seis reactores y tiene una potencia de 5.700 megavatios —Almaraz, la mayor de España, es de 1.100 megavatios—.

La OIEA afirmó este lunes que el Ministerio de Asuntos Exteriores de Ucrania le había informado de que “las fuerzas rusas estaban operativas cerca de las instalaciones, pero no habían entrado” todavía en la planta. Grossi recalcó que se debe evitar cualquier acción militar o de otro tipo que pueda amenazar la seguridad de la planta.

Ya hubo enfrentamientos en la zona de exclusión de Chernóbil al inicio de la invasión. El Gobierno ucranio informó el jueves de un aumento de los niveles de radiación en la zona, que se atribuyó al paso de vehículos militares pesados que removieron el suelo contaminado. El OIEA aclaró que “las lecturas de radiación permanecieron bajas y no representaron ningún peligro para el público”. Además, las instalaciones seguían operando con normalidad este fin de semana.

El OIEA y el Grupo Europeo de Reguladores de Seguridad Nuclear (ENSREG) mantuvo el domingo una reunión con el regulador ucranio. Tras el encuentro, ENSREG emitió un comunicado de condena a la invasión rusa y pidió “la máxima moderación, para evitar cualquier acción que pueda poner en riesgo las instalaciones nucleares del país”. Este grupo coordinador, del que forma parte el Consejo de Seguridad Nuclear (CSN) de España, mostró su “gran preocupación” por los ataques con misiles directamente desde la zona de exclusión de Chernóbil. Y expresó una preocupación similar por el resto de instalaciones nucleares del país. Esta organización pidió que se deje al personal de las centrales “ejercer sus responsabilidades reglamentarias en materia de seguridad nuclear en todos los emplazamientos nucleares del país”.

Sigue toda la información internacional en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal.





Source link



Quizá la Europa geopolítica era un objetivo al que no faltaba discurso, sino acción. La guerra del Kremlin contra Ucrania ha despojado a los europeos de las divisiones internas que, a menudo, han impedido a la Unión Europea actuar como potencia global.

Es sorprendente que la debilidad de la política exterior europea se haya superado precisamente en el escenario más geopolítico y divisivo de todos. Rusia siempre ha sido uno de los flancos débiles de la política exterior de la Unión. Por razones históricas, conviven en la UE países que consideran la injerencia del Kremlin como la principal amenaza a su seguridad y países para los que Rusia queda demasiado lejos.

En el plano de los intereses, algunos Estados miembros están mucho más expuestos al mercado ruso y a sus recursos energéticos que otros, que pueden desacoplarse más fácilmente. En el plano diplomático, algunas capitales europeas insisten en la necesidad de acercamiento y diálogo con Rusia, y otras prefieren ceñirse a los contactos estrictamente necesarios.

Todo ello se ha traducido en múltiples visiones estratégicas y en considerar a Rusia simultáneamente “socio” y “desafío estratégico”. También en equilibrios polisémicos en la UE que, según el ámbito, pasaban por rehuir, contener o aceptar el partenariado con Moscú. Hasta hoy.

La agresión militar contra Ucrania ha unido a Europa como ninguna otra crisis internacional anterior. Se ha adoptado un paquete de sanciones sin precedentes; se restringen las importaciones necesarias para el sector energético y se cierra el espacio aéreo ruso; se castiga a Putin, Lavrov y a los oligarcas cercanos al Kremlin; Alemania modifica su política de exportación de armamento; y se utilizan fondos europeos para reforzar la defensa de Ucrania. Discusiones perennes sobre la “autonomía estratégica” dejan paso al poder de la acción concertada con Estados Unidos y el Reino Unido.

Únete a EL PAÍS para seguir toda la actualidad y leer sin límites.

Suscríbete

Incluso el frente iliberal encabezado por Hungría se suma a un nuevo consenso en lo exterior, tras repetidos intentos de bloqueo de la política exterior europea hacia China u Oriente Medio. Mientras tanto, Polonia y otros abren sus fronteras a los refugiados ucranios, sólo siete años después del cisma entre este y oeste que suscitó la anterior crisis migratoria.

Vivimos sumidos en una lucha constante contra el reloj. En Ucrania, para frenar la invasión rusa y, en la UE, cuando juzgamos precipitadamente su capacidad de respuesta a las crisis. La Europa geopolítica, todavía inmadura, tal vez necesitara que afloraran las divisiones internas de dos crisis anteriores, la del euro y la de refugiados, para una acción más concertada hoy.

Los pasos dados tras el Brexit, la pandemia y, ahora, Ucrania muestran que, cuando se dirimen el proyecto, la salud o la seguridad de los europeos, Europa responde. Falta que siga siendo así si la crisis escala o se prolonga.

Sigue toda la información internacional en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal.

Contenido exclusivo para suscriptores

Lee sin límites





Source link


A Olga, de 40 años, se le saltan las lágrimas. No es del frío, que es intenso a primera hora de la mañana en Kiev, la capital de Ucrania, sino de pensar que no sabe qué le queda por delante en los próximos días. Los habitantes tratan de prepararse para lo peor, si es que eso es posible. El reloj pasa unos minutos de las ocho de la mañana y ante las puertas del supermercado Silpo aguardan de manera ordenada y casi en silencio medio centenar de personas. Olga, que vive junto a sus hijos de 13 y 20 años, acude a hacer la compra sin saber muy bien para cuántos días debe hacerla. Nadie sabe hasta cuándo habrá alimentos en los lineales de los supermercados si el conflicto se alarga. “Vemos que nadie está ayudando a Ucrania, que está en Europa, mientras Rusia no tiene límites ni fronteras”, lamenta.

“Todos nos estamos preparando porque no sabemos lo que tenemos por delante ni cuándo vamos a poder salir”, comenta en la misma línea Vladímir, de 40 años, tras haber tardado un par de horas en hacer la compra en el Ultramarket del centro comercial Multimall. Este padre de dos hijos de seis y ocho años, reconoce que él y su mujer se están ahorrando darles detalles de qué es lo que está sucediendo. “Intentamos mantenerlos al margen de la guerra para preservar su estabilidad psicológica. Puede que les hablemos de ello un poco más adelante”, comenta.

Esas colas para conseguir comida, la reactivación parcial del tráfico o ver a personas de un lado para el otro por la ciudad —hasta un corredor haciendo deporte— suponen una pequeña resurrección tras el fin de semana de obligado letargo. La capital de Ucrania acaba de salir de 39 horas de toque de queda que han mantenido a la población en casa desde la tarde del sábado a la mañana del lunes.

Dos mujeres regresan a casa en el día en que miles de personas han hecho cola en los supermercados de Kiev para comprar comida ante el riesgo al desabastecimiento.
Dos mujeres regresan a casa en el día en que miles de personas han hecho cola en los supermercados de Kiev para comprar comida ante el riesgo al desabastecimiento.Luis de Vega

Únete a EL PAÍS para seguir toda la actualidad y leer sin límites.

Suscríbete

Pero esa resurrección es, sin embargo, un espejismo. Kiev vive bajo el yugo de la guerra. Ha alcanzado ese punto de daltonismo en el que las flechas y rayas blancas que marcan direcciones y parcelan en carriles el asfalto no cumplen su función. Tampoco el rojo, amarillo y verde de los semáforos. No hay apenas tráfico que regular y los pocos vehículos que circulan no ven necesario detenerse ante las señales lumínicas. Pero cualquiera que deambule o circule por las calles de Kiev estos días puede ser considerado culpable mientras no se demuestre lo contrario. Se percibe cierto vacío de poder e impunidad, barra libre para levantar a la mínima el arma. La situación se vuelve con frecuencia tensa ante las barricadas que jalonan la urbe.

Muebles, contenedores de basura, escombros, coches, neumáticos, árboles, sacos terreros… Cualquier cosa es útil para montarlas. Una barrera que saben que no va a servir para nada en caso de que los carros de combate rusos lleguen. Pero hay que intentarlo. Como sea. Por eso, los ciudadanos también recolectan miles de botellas de vidrio. No son para reciclar, sino para preparar cócteles molotov. Son conscientes asimismo de que no hacen ni cosquillas a los tanques. Pero ahí están y, como las barricadas, cumplen su función tranquilizadora.

Dos viejos coches, un Volga blanco y un Giguli verde, sirven para armar una de esas fortalezas en uno de los cruces de la avenida Vadima Getmana de Kiev. Ambos han sido claramente elegidos para ser sacrificados para la causa. Entre la cola de vehículos que se genera, se desgañita y no para de hacer gestos para que avancen o se detengan Sasha, de 45 años. Va vestido de militar y armado con su rifle AK47 pero, en realidad, es un civil. Su papel explica bien esa delgada línea que hay entre las milicias y los profesionales de las Fuerzas de Seguridad. Es un sistema cada vez más implantado en Kiev desde que el pasado jueves el presidente ruso, Vladímir Putin, ordenó a sus tropas invadir y atacar Ucrania.

Civiles armados en un control con una barricada cerca del centro de Kiev.
Civiles armados en un control con una barricada cerca del centro de Kiev.LUIS DE VEGA

Igor, de 50 años, se pasea por el lugar orgulloso también luciendo su kaláshnikov. A ninguno de los presentes, identificados con brazalete amarillo, les hace gracia en principio la presencia del reportero, pero acaban por dejarlo campar a sus anchas un rato y hasta aceptan que haga algunas fotos. Igor, que vive justo en uno de los edificios de esquina que coronan el cruce, muestra en la parte de atrás el parque infantil que estos días emplean como laboratorio para elaborar los cócteles molotov. En el sótano, que emplean como refugio, su hijo Danil, de 21 años, se abre el chaquetón en medio de una amplia sonrisa y muestra la pistola que lleva a la altura del corazón en una cartuchera. Cuenta que se la ha dado su padre pero que no ha pegado un tiro en su vida.

Cerca de allí, en el centro de las varias manzanas que ocupan la zona de los estudiantes se ha amontonado en un cruce una de esas montañas de cacharros que forman una barricada. Hasta una cocina y una puerta puede verse en el amasijo. Rondan el lugar tres estudiantes de ingeniería que explican que van haciendo turnos con otros compañeros cada dos horas día y noche y están organizados a través de chats. Van todos equipados también con brazalete amarillo improvisado con cinta adhesiva ancha. Dos compañeras conversan con ellos durante unos minutos. “Kiev se mantendrá a salvo, fuerte y ucrania”, afirma Nastya, estudiante de Lingüística de 21 años, mientras expulsa el humo de la última calada que ha dado al cigarro.

Junto a ellos tienen varias cajas de cócteles ya listos para ser prendidos y lanzados. También, junto a un árbol, tienen acumulados cientos de cascos para seguir preparando más proyectiles artesanales de este tipo. No tienen más armas que esas botellas incendiarias. Alexander, de 22 años, explica el plan: “Si vemos soldados o vehículos rusos, avisamos a la Policía o al Ejército y damos su posición. Tiramos unos cócteles y corremos al refugio”.

Sigue toda la información internacional en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal.

Contenido exclusivo para suscriptores

Lee sin límites





Source link

top