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Era solo una escultura creada por el amor de unos abuelos hacia sus nietos, pero ha terminado convertida en un lugar de peregrinación turística. SI no has visto la película Mi Vecino Totoro, del maestro Hayao Miyazaki, te recomendamos hacerlo, porque es una obra maestra del cine de animación.

En una de las escenas icónicas de la película, las dos niñas protagonistas están esperando el autobús bajo una fuerte lluvia, cuando Totoro, un espíritu del bosque, se planta a su lado como si nada, mientras espera a su propio Gatobús, un autobús con forma de gato. En Japón Totoro es un ídolo nacional para niños y mayores, pero especialmente para los niños. Así que dos abuelos de la prefactura de Miyazaki (casualidades del destino), decidieron construir un Totoro a tamaño real, con parada de autobús y todo, para sus nietos, en los bordes de unas tierras de cultivo que tenían:

Fue un trabajo duro, para dos personas de más de 70 años, que tuvieron que trabajar a la intemperie. Primero crearon la forma con un barril del madera, y fueron aplicando capas de cemento hasta obtener la barriga de Totoro. Recubrieron toda la figura con ladrillos para hacerla más resistente, y la terminaron de dar forma con más cemento. Finalmente tuvieron que esculpir el rostro y los grandes bigotes, hasta obtener la forma definitiva.

Era solo un regalo para sus nietos, pero al estar al aire libre, la hermosa escultura se convirtió en un lugar de peregrinación para los fans de la película, que acudían en docenas todos los días, para hacerse fotos con Totoro. La pareja de abuelos, lejos de molestarse, dejaron un paraguas rojo junto a la señal de la parada, para que las fotos salieran aún mejor ambientadas. En los días de lluvia, las visitas para hacerse una foto con el Totoro en las mismas condiciones atmosféricas que en la película, se multiplicaban.

La parada de autobús de Totoro se volvió tan popular entre los habitantes de la zona, que se ha convertido es una parada real del autobús turistico oficial inspirado en la mítica película. Un auténtico Gatobús, que recorre la prefactura de Miyazaki los fines de semana:

 

Una emotiva y entrañable historia que no es nueva, pero que si no la conoces, y te gusta la película, resulta reconfortante en estos tiempos oscuros en que vivimos. Mi Vecino Tororo se puede ver en Netflix, y también está disponible en Blu-ray, por apenas 12 euros.


Mariupol va camino de convertirse en una de las ciudades borradas casi hasta los cimientos: Gernika, Coventry, Alepo, Grozni. Este domingo, después de semanas de un estrechísimo y virulento cerco a la ciudad portuaria, de intensos bombardeos y de un asedio feroz, Rusia ha dado un ultimátum a las fuerzas ucranias: que entreguen lo que queda de Mariupol, se rindan y abandonen la localidad antes de las cinco de la mañana (hora de Moscú, cuatro de la mañana hora de Ucrania y tres de la mañana hora peninsular española). El Ministerio de Defensa ruso remarca que en en la ciudad se está produciendo una “catástrofe humana” y culpa de ello a las “fuerzas nacionalistas”. Moscú ha acusado a Kiev de utilizar “nazis”, “mercenarios extranjeros” y “bandidos” para mantener como rehenes a centenares de civiles en la ciudad. “Bajen las armas. Todos los que lo hagan tienen garantizado un paso seguro fuera de Mariupol”, ha exigido el director del Centro Nacional Ruso para la Gestión de la Defensa, Mijail Mizintsev en una sesión informativa este domingo. “Las autoridades de Mariupol ahora tienen la oportunidad de tomar una decisión y pasarse al lado del pueblo, de lo contrario, el tribunal militar que les espera es solo un poco de lo que merecen por sus terribles crímenes, que la parte rusa está documentando cuidadosamente”, ha añadido.

El ultimátum llega tras días de un asalto cada vez más brutal a la ciudad y que se ha agudizado en las últimas horas. Y cuando el Kremlin, en otra exhibición de músculo militar utilizó por primera vez sus nuevos misiles hipersónicos. Lo ha hecho contra áreas civiles en el oeste de Ucrania, no demasiado lejos de territorio de la OTAN. Mientras, los combates en Mariupol son durísimos. A horas de expirar el plazo límite dado por el Kremlin, las tropas de Vladímir Putin, que invadieron Ucrania el 24 de febrero, ya controlan tres barrios y están luchando en el centro de la localidad, una zona en llamas y con edificios arrasados hasta los cimientos. Además, se han hecho con el control del puerto. Mientras, la ciudadanía de la que fue una vez una próspera urbe industrial, trata de salir como puede de la ratonera de Mariupol a través de los corredores humanitarios, bajo el fuego de artillería y dejando toda su vida atrás; en muchas ocasiones también dejando atrás a familiares y seres queridos de los que tras 25 días de guerra ya nada saben. Mariupol se ha convertido también en la ciudad de los desparecidos.

Muchos de los que pudieron escapar antes de lo que puede ser la ofensiva final vagan por el circo estatal de Zaporiyia, en el centro-sur del país, convertido en un lugar de primera acogida para desplazados por la invasión. Un circo que ya no es un circo. Ya no están los “payasos divertidos”, que anuncia el colorido cartel de la función que debía representarse estos días: “Expresión”. Tampoco “bola de coraje, una atracción única e inimitable donde motociclistas realizan trucos locos y encantadores dentro de una bola de metal”. Ahora, el circo de Zaporiyia es un núcleo de vidas rotas por la guerra de Putin contra Ucrania. De personas evacuadas que tratan de escapar de las bombas que fulminan ciudades como Mariupol y que temen qué más puede padecer la ciudad cuando expire el ultimátum del Kremlin. De personas que buscan, que revisan las decenas de carteles caseros pegados a la entrada rastreando pistas a sus seres queridos: una madre que quedó atrás en la huida, un hermano con quien se perdió el contacto hace semanas en medio de los ataques, un esposo que se cree capturado por las fuerzas de ocupación rusas, un padre que puede ser uno de esos cadáveres que yacen sin recoger y sin enterrar en las calles de lo que queda de la ciudad del mar de Azov, asediada por las tropas del Kremlin.

Un cartel con la fotografía de un chico: “Atención, residentes de Mariupol: un equipo de artistas de Ucrania, familiares y amigos buscan al artista gráfico Daniil Sergeevich Nemirovski (1993), que estuvo en el refugio de la Academia Nacional de Bellas Artes hasta el 1 de marzo y salió para buscar a sus abuelos insulinodependientes. Desde entonces no se sabe nada de él”. Vladímir lleva un buen rato de pie, muy quieto, leyendo todos los mensajes. Busca a su esposa, Alexandra, de 32 años. “Estábamos separados desde hace unos meses, pero quiero saber cómo está, dónde, no sé nada de ella”, cuenta. Él escapó de Mariupol el jueves en coche con varios compañeros de trabajo. Se unieron a un convoy humanitario y ahora busca y busca en el circo de Zaporiyia.

Cada nombre, cada letra en esas decenas de mensajes es una historia. Y quizá una decena de personas que la extrañan y buscan. O más. Cuánta gente se daría cuenta si un día faltáramos. El viernes, una mujer con dos chiquillos pequeños pegó un cartel con su nombre, su teléfono y un mensaje en el que pedía pistas de su esposo. Los soldados rusos se lo llevaron seis días antes. No le volvió a ver. Cómo se escapa de un infierno cuando se deja atrás, en el horror, a un ser querido.

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Con el avance de las tropas del Kremlin algo estancadas en la ofensiva, las fuerzas de Putin se aplican con ferocidad contra objetivos civiles y refuerzan el asedio a Mariupol, pieza clave para Rusia. Desde que Rusia la cercó, unas 24.000 personas habían logrado hasta el sábado salir de la ratonera en la que se ha convertido la localidad portuaria (con unos 400.000 censados antes de esta guerra), que lleva semanas estrangulada, bombardeada, sin agua, luz, gas o calefacción, donde escasean los alimentos y los fármacos.

Un cadáver cubierto por una manta en una calle de Mariupol, este domingo.
Un cadáver cubierto por una manta en una calle de Mariupol, este domingo. ALEXANDER ERMOCHENKO (REUTERS)

Pero se cree que todavía pueden quedar allí, en medio de los fuertes combates, unas 300.000 personas en una situación que las organizaciones sanitarias, como Médicos sin Fronteras o la Cruz Roja, con personal sobre el terreno, describen como “catastrófica”. Uno de los regimientos ucranios que lucha en la ciudad, el batallón Azov (que empezó en 2014 como una milicia voluntaria de corte ultranacionalista hasta que las Fuerzas Armadas la absorbieron como parte de la guardia nacional), afirma que cuatro buques de guerra han bombardeado la ciudad desde el mar, que ya controlan por completo. También, la planta metalúrgica AzovStal, la mayor de Europa.

Mientras se abren camino en la conquista de Mariupol, las tropas de Putin, que como parte de ese ultimátum ofrecen también un alto el fuego hasta las 10 de la mañana de Moscú (las 8.00 hora peninsular española) para organizar evacuaciones de la ciudad, han implantado la estrategia de capturar a población civil y deportarla en contra de su voluntad a Rusia, aseguran las autoridades ucranias. Y de derivar algunos de los corredores humanitarios para escapar del infierno de una ciudad en llamas al país agresor. “Lo que los ocupantes están haciendo hoy es familiar para la generación anterior, que vio los horribles eventos de la Segunda Guerra Mundial, cuando los nazis capturaron a la fuerza a las personas”, ha denunciado el alcalde de Mariupol, Vadym Boychenko, en una publicación en su canal de Telegram. “Es difícil imaginar que en el siglo XXI las personas sean deportadas a la fuerza a otro país”. La política de las detenciones también se repite en las ciudades ocupadas con alcaldes, concejales, periodistas y personas que han organizado marchas contra la invasión y las tropas rusas. Las fuerzas de Putin han conquistado Berdiansk, Jersón, Melitopol y otras. Pero tienen que conservarlas. No solamente frente al Ejército ucranio: allí la ciudadanía no les ha recibido con flores.

Ataque a una escuela de arte

Los ataques son constantes en Mariupol. Este domingo, mientras los servicios de emergencia buscaban supervivientes del ataque el jueves al Teatro Dramático de la ciudad, donde según las autoridades se refugiaban cientos de personas y solo se ha rescatado por ahora a 130, un nuevo bombardeo estalló en una escuela de arte, en el este de la urbe, donde se escondían unas 400 personas, según el Ayuntamiento. Kiev ha acusado a Rusia de ese nuevo ataque indiscriminado contra la población civil en su estrategia de tierra quemada. Moscú asegura que no ataca objetivos civiles y a su vez acusa a las autoridades ucranias y al Ejército de Kiev de montar farsas para culpar al Kremlin y de bombardear a sus propios ciudadanos.

Unos 4.000 civiles han muerto en Mariupol, según las autoridades locales, desde que comenzaron los combates. La ciudad es geoestratégicamente muy importante para Putin porque permitiría crear un corredor terrestre desde Crimea (que Rusia se anexionó ilegalmente en 2014) a los territorios del Donbás, que Moscú controla a través de los separatistas prorrusos. Pero también es muy simbólica porque es sede del batallón Azov.

Esos 4.000 muertos, sin embargo, son solo una estimación. Al principio los funcionarios de Mariupol llevaban un recuento —incluso un pequeño mapa— con la intención de organizar la recogida de los cuerpos. Después se hizo imposible. Hay fosas comunes con personas sin identificar. Quizá uno de esos nombres de los carteles del circo de Zaporiyia. O de los grupos de Telegram en los que los vecinos se intercambian desesperadamente cualquier información útil. Y vídeos de la ciudad. Y fotos en las que se puede ver la destrucción de sus casas.

Viktoria Káshpor ha puesto un cartel en el circo de Zaporiyia para buscar a sus abuelos, a su hermana y a su sobrino. Llegó el viernes a la ciudad con su esposo, sus dos hijos y su yerno. “No sé dónde está el resto de mi familia. Ni lo que necesitan. Sé que mis abuelos se quedaron en su garaje, pero no pudimos llegar allí. Bombardearon mi casa y desde el 4 de marzo nos escondimos en el sótano con otras personas. No salimos durante dos semanas y media. Mi hija vino a buscarme, me agarró de la mano y simplemente corrimos”, relata. Pasaron 19 controles. Varios de ellos de las tropas rusas, que ya se han hecho con el control de una buena franja del sureste del país.

Un hombre miraba el tablón de anuncios donde las personas que han huido de Mariupol buscan noticias sobre sus familiares y amigos desaparecidos.
Un hombre miraba el tablón de anuncios donde las personas que han huido de Mariupol buscan noticias sobre sus familiares y amigos desaparecidos.María Sahuquillo

Viktoria se pudo duchar el viernes por primera vez en tres semanas. Y dormir en un apartamento (prestado), en una cama, con cristales en las ventanas. Pero también dice que aunque ahora no esté bajo los bombardeos constantes, tenga calefacción, agua, gas y comida, no puede descansar porque no sabe qué ha sido de sus seres queridos. “Traté de hacerles llegar mensajes de que estamos aquí, se lo digo a todo el mundo, a cada persona que me encuentro, por si alguien les conoce o se los encuentra, o sabe qué ha sido de ellos. Puede que incluso ellos lleguen y ya no tengan teléfono móvil, pero lean estos mensajes”, dice la mujer, de 45 años, que ahora es una de los 10 millones de personas que han tenido que dejar sus casas por la guerra de Putin.

Como un matrimonio mayor, de Enerhodar, donde las tropas rusas ocuparon la central nuclear, que come un plato de sopa en el centro de diversiones de Zaporiyia, donde las taquillas son ahora un punto de registro y el puesto de palomitas —dulces y saladas—, una improvisada farmacia. El circo ha atendido ya a unas 4.500 personas que han huido de distintas ciudades del sudeste del país, explica Vladislav Moroco, concejal de cultura de la ciudad y ahora uno de los responsables del centro. En los percheros del guardarropa cuelgan abrigos y jerséis donados. En el suelo, un rosario de botes de conservas. Un poco más allá, decenas de pares de zapatos que esperan la llegada de los desplazados que aún no han logrado salir tras numerosos corredores humanitarios fallidos.

Un cartel en picuda letra cursiva entre los anuncios del circo, dice: “Atención, pistas de Nosurov Vladímir y Ludmila Nosurova (91 años); Goltvenko Natalia (92 años); Gotvenko Alexander (91 años)”. ¿Los padres de alguien? ¿Tíos? ¿Abuelos? Otro anuncio con una dirección de Mariupol muestra la fotografía de una mujer sonriente, de cabello corto y vestido de verano: “Borisova Natalia Evgenievna (1964). No se sabe nada de ella desde el 2 de marzo”. Otro más, en boli azul y letra apresurada: “Busco a mi madre, Svetlana Baranovich (64). Desaparecida en Mariupol desde el 1 de marzo”.

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La insistente retórica de Vladímir Putin sobre su supuesto objetivo de “desnazificar” Ucrania y proteger a la población prorrusa con la invasión del país potencia una narrativa que va mucho más allá del intento de justificar una guerra ilegal. El presidente ruso pretende, a la vez, alimentar su versión del nacionalismo ruso moderno de corte étnico presentando a Rusia como un país rodeado de enemigos que solo puede salir victorioso si hace valer el lugar que ocupa en el mundo como superpotencia. Y la alusión al nazismo contiene todos los elementos necesarios para azuzar el anhelo neoimperialista de Putin.

En su discurso del 24 de febrero, justo antes de la invasión a Ucrania, el mandatario hizo este llamamiento a los ciudadanos: “¡Queridos camaradas! Sus padres, abuelos, bisabuelos no lucharon contra los nazis ni defendieron nuestra patria común para que los neonazis de hoy tomaran el poder en Ucrania”. La frase condensa en menos de 30 palabras la visión de lo que el historiador José María Faraldo, autor de El nacionalismo ruso moderno (Báltica Editorial, 2020), considera elementos claves del neoimpeiralismo de Putin: el victimismo, la exaltación de Rusia como una superpotencia y el nacionalismo de corte etnicista.

En primer lugar, con el llamamiento a combatir a los neonazis, Putin apela al gran padecimiento de la Unión Soviética frente a la Alemania nazi, que provocó la muerte de entre 22 y 29 de millones de personas. Al mismo tiempo, exalta la Gran Guerra Patriótica —nombre con el que en Rusia se conoce a la II Guerra Mundial— que logró frenar el avance de Adolf Hitler, mito fundamental de la Unión Soviética, y que le ayuda a presentar a Rusia como una superpotencia mundial. Y, por último, alude a los lazos familiares —padres, abuelos y bisabuelos— en línea con su visión nacionalista etnicista, que solo considera a los auténticos rusos —no a todos los ciudadanos de las antiguas repúblicas soviéticas— vivan o no en el país.

“Es un discurso muy potente, muy enraizado en la población, y Putin ha conseguido relacionar el neoimperialismo de la gran potencia que desea con la idea de que se fundamenta en un sacrificio enorme del pueblo ruso, como si no hubiera habido ningún otro pueblo soviético que hubiera luchado contra los nazis, como los ucranios, los bielorrusos o los kazajos”, sostiene Faraldo.

Rusofobia

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Pero, además, el recurso al nazismo ayuda también a Putin a profundizar en su idea de rusofobia cuando acusa a Occidente de apoyar al Gobierno neonazi de Ucrania. Es lo que el politólogo británico de origen ucranio Taras Kuzio ha denominado “complejo de Weimar”, es decir, la victimización de Rusia como un país cercado y amenazado por potencias hostiles que podría llegar a desintegrarse, como le ocurrió a la Unión Soviética.

El mandatario fue muy elocuente en este aspecto en su discurso del 16 de marzo, cuando afirmó: “Quiero ser lo más directo posible: el discurso hipócrita y las recientes acciones del supuesto Occidente colectivo esconden intenciones geopolíticas hostiles. No soportan —simplemente no soportan— que Rusia sea fuerte y soberana, y no nos perdonarán por nuestra política independiente o por defender nuestros intereses nacionales”. Y añadió: “Al igual que en la década de 1990 y a principios de la de 2000, quieren intentar acabar con nosotros. (…) Fracasaron entonces, y fracasarán esta vez”.

“Ese discurso victimista de que los rusos llevan siglos siendo perseguidos, de que siempre están rodeados de enemigos, que nadie los quiere y que es mejor que los teman antes de que los quieran, ha sido promovido conscientemente por Putin durante todos estos años”, añade Faraldo.

Frente a esa hostilidad, la defensa de Rusia es “reivindicar su papel como superpotencia mundial”, lo que le permite responder a “los traumas de identidad de la población rusa, como la humillación por la desaparición de la Unión Soviética o el lastre de oligarcas y políticos corruptos como Boris Yeltsin”, analiza Eric Pardo, profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad de Deusto y experto en Rusia y Ucrania.

Y, en última instancia, la defensa de la población rusa de Ucrania frente a los ataques nazis alude a la idea del “Russki Mir o mundo ruso, que va más allá de lo que es Rusia”, continúa Faraldo. “Son los rusófonos o personas que hablan ruso o están relacionadas con la cultura rusa, que se encuentran en cualquier parte del mundo y a los que el Estado ruso protegerá”. Es lo que el historiador describe como un “sovietismo rusificado al que apelan los nacionalistas rusófonos fuera de la Federación, el mismo que ha impulsado las violencias en las fronteras, sea en Ucrania, Georgia o Transnitria”.

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Santiago de Cali, agosto 16 de 2022. Diez centros de protección de adulto mayor en la capital del Valle recibirán ayuda y apoyo económico por parte del Gobierno departamental para el cuidado y bienestar de más 291 usuarios.

Los recursos, provenientes de la Estampilla Pro Adulto Mayor ya se empezaron a entregar. Tres fundaciones y centros de protección de Cali recibieron cheques por $100 millones, $37 millones y $17 millones.  “Estas ayudas se hacen a estos centros de protección con la Estampilla del Adulto Mayor, recaudo que hace la Gobernación del Valle y ese dinero se divide en varios centros de protección y Centros Vida del Valle del Cauca. Es un trabajo hecho de corazón para que todos puedan tener ese aporte”, señaló Jimena Toro Torres, secretaria de Desarrollo Social y Participación del Valle.

“Para nosotros esos $100 millones significan $1.000 millones, ese dinero será de mucha bendición para este centro de protección, tengo muchos ‘bebés’ que son abandonados, y estas ayudas nos caen del cielo”, expresó con alegría y agradecimiento Ana Beiba Lazo, directora de la Fundación para el anciano ‘La Misericordia de Jesús’ que atiende a 120 ancianos en el barrio Alfonso Bonilla Aragón.

Así también, Bertha Libia Ayala, directora de la Fundación Asilo de Abuelos (Fundasab), agradeció la ayuda de $37 millones que beneficiarán a 40 abuelos. “La Gobernación nos ha apoyado mucho y no ha habido escasez de nada porque gracias a Dios han estado muy presentes con nosotros”, dijo.

Con una sonrisa, Olga Lorena Ruiz, directora Fundación Ser Grande, aseguró que “para nosotros es una enorme bendición porque nuestra población es 100% vulnerable, no solo son adultos mayores sino que también son discapacitados, personas que necesitan enormemente esta ayuda que nos está otorgando la Secretaría de Desarrollo Social, muchas gracias, que Dios les dé enormes bendiciones”.


Los niños se sienten incómodos cuando sus madres lloran. No saben cómo reaccionar, hacen una mueca que quiere ser una sonrisa de circunstancias. Viktoria es diferente: acaricia la mano de su madre cuando a esta se le humedecen los ojos. Llora porque su hija, de 10 años, acaba de explicar a los periodistas de EL PAÍS que lo que va a echar más de menos es a sus abuelos. Están sentadas en el banco de una parada de tranvía de Lviv, al oeste de Ucrania, a 800 kilómetros de su hogar. Su casa se encuentra en el frente de guerra, en una aldea de la provincia de Járkov. Llevan dos días de viaje y todavía les queda uno más hasta llegar a la frontera con Polonia. Allí les espera su padre, que trabaja en Varsovia.

De entre los más de un millón de refugiados ucranios que han huido de la guerra, decenas o cientos de miles son niños que escapan de la mano de sus madres. Otros tantos se esconden en refugios diariamente o malviven en ciudades cercadas como Mariupol. Casos como el de Viktoria evidencian hasta qué punto la guerra se muestra con todo su horror a los ojos espantados de un niño.

El frío fue inusualmente severo este sábado en Lviv. Viktoria se calaba justo por encima de los ojos su gorra con el logo de TikTok. Vlad tiene 11 años y también procede de la provincia de Járkov. En su mochila tuvo tiempo de meter una camisa, un pantalón y la comida que su madre le encomendó cargar. El más importante de sus enseres es un muñeco azul, un monstruito redondo: se lo dio su padre cuando se despidieron en la estación de Járkov. “Lo perdí en el tren y lloré mucho”, recuerda Vlad, “pero al final lo encontramos”. Tanto él como Viktoria y su hermana Juliana están inusualmente tranquilos en la estación de Lviv, en el oeste de Ucrania. “Es que ya lloramos mucho ayer al partir el tren”, se justifica Juliana, “porque sabíamos que bombardearán nuestra ciudad”.

Stanislava y Vladislava son amigas y se reencontraron en Lviv. De 8 y 9 años, respectivamente, eran vecinas en Kiev. Fue precisamente en la escuela cuando oyó los primeros misiles caer en la capital de Ucrania. “Estábamos todos encerrados en el refugio y pasamos mucho miedo”, relata Stanislava, y en voz baja confiesa que también pasó vergüenza: no se atrevía a romper el silencio en el refugio para avisar a la profesora que tenía pipí.

Mientras, en un salón de bodas de un hotel de la ciudad rumana de Suceava, Dina Vok, de 13 años, se sienta en un colchón. A su alrededor hay cientos de personas, todos refugiados como él, que han salido por la frontera rumana. Dina es de esos que se guarda todo para dentro. Viene con su tía y primos de la ciudad de Vinitsia, donde siguen su padre, militar, y su madre, una enfermera que sintió la obligación moral de quedarse.

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Escucha música y juega con su primo, o a los videojuegos en el móvil, para combatir el aburrimiento, pero ha dejado de consultar TikTok porque, dice, “está lleno de propaganda rusa”. Hace poco más de una semana, lo hizo mucho para lidiar con el nerviosismo. Su madre lo había despertado pocas horas antes, justo al empezar la guerra, y explicado sin medias tintas que debía marcharse porque Rusia estaba bombardeando su país. “Estaba muy asustado. Iba metiendo en la maleta la ropa que ella me decía”, recuerda. Cuando el coche se quedó detenido en un enorme embotellamiento a la salida de la ciudad, se centró en consultar su teléfono: “Miraba todo el tiempo TikTok, Google News y Telegram para saber qué pasaba”, cuenta.

Entiende que “esto es muy real, no un sueño”, pero su sudadera verde, con la palabra “Positive” serigrafiada, resume su filosofía de vida. “Aquí estoy bien: puedo comer y hace calor”, asegura, aunque se nota todo lo que le pasa por la cabeza —y se esfuerza por no exteriorizar— cuando alguien menciona a sus padres.

— ¿Qué es para ti la guerra, Dina?

— Cuando un país mata a gente de otro porque es ambicioso.

Ahora se dirigen a Bucarest para que su madre, que está saliendo por otra frontera, le dé “un abrazo” antes de regresar a Ucrania. Él irá a Emiratos Árabes Unidos, donde viven sus abuelos. “Será muy chulo. Una especie de vacaciones del cole. Y allí hace calor”.

Dina Vovk, en el hotel Mandachi de Suceava (Rumania).
Dina Vovk, en el hotel Mandachi de Suceava (Rumania). Alex Onciu

Sofia Holodalina, de 14 años, se pone a dar saltitos de alegría sentada a lo indio cuando se acerca el periodista, y eso que piensa que “los periódicos son cosa de viejos”. Es lo más parecido a algo divertido que le ha pasado esta semana. Llegó hace unas horas a Rumania desde Zaporiyia, que justo ocupa ese día los titulares porque alberga la mayor central nuclear de Europa y ha sido tomada por las tropas rusas.

Saca sus ganas de reír cuando su madre explica que tenían pensado ir en la segunda mitad de 2022 a visitar a su hermana en Torrevieja, en la provincia de Alicante, pero la guerra les ha obligado a adelantar los planes. “¡Gracias, Putin, por este favor!”, tercia con sonrisa pícara enfundada en un chándal. Y cuando el periodista le cuenta que en Torrevieja hay playa se le dibuja una sonrisa y se queda mirando hacia otro lado. “Creo que me quedaré en España. No creo que quiera volver ya a Ucrania. Solo para ver cómo se reconstruye, cómo se rehace todo de la nada”.

Islam, 12, en el centro, cuida de su hermano Yasín, 4, mientras otro hermano, Illias, de siete, se abraza a su madre, en la estación de Kiev.
Islam, 12, en el centro, cuida de su hermano Yasín, 4, mientras otro hermano, Illias, de siete, se abraza a su madre, en la estación de Kiev.Luis de Vega

En la abarrotada y caótica estación de Kiev, uno de los lugares que sirven de escapatoria de la guerra, Islam, de 12 años, no quita un ojo a sus hermanos pequeños, Ilias, de siete, y Yasín, de cuatro. Se mueven alrededor de una gran maleta de ruedas naranja en medio de cientos de personas. Les acompaña su madre, Kamala, de 28, que, aparentemente, no habla ucranio y deja que sea su hijo el mayor el que se comunique con el reportero. Su padre, Ali, de 35 años, les acompañará hasta la frontera y luego regresará a Ucrania. Para esta familia uzbeca, llegada a Ucrania hace cuatro años, ha sonado otra vez la hora de emigrar. Al niño se le ve resuelto y seguro en medio de la vorágine. Para ellos se ha acabado, al menos de momento, el seguir el curso escolar, el redondear la integración lejos de Uzbekistán… Riadas de personas, tanto extranjeros como ucranios, acuden cada día a tratar de buscar hueco en alguno de los trenes que parten hacia Lviv. Acceden desde el recibidor de la estación a la planta alta y, tras comprobar que el siguiente convoy hacia el oeste parte de la vía 10, se dirigen directamente al andén y a su nueva vida

A las seis de la mañana del viernes, Nika, de 11 años, abandonó su casa de Odesa, junto a su madre, dos de sus hermanas y su perrita. Seis horas después cruzaban la frontera de Moldavia. Llegaron en coche. En la tienda donde se ofrece un té y bocadillos a los recién llegados, esperaban a que un primo las llevara Chisinau, la capital, para quedarse con él “una semana”. Nika cumplirá 12 años la semana que viene y guarda la esperanza de estar de regreso para entonces. “Llora todo el rato porque su mejor amiga se ha ido a Polonia y ya no volverá, se quedará allí estudiando”, cuenta su madre. Las niñas corrigen el inglés de su madre, ríen, al momento se quedan absortas. “Queríamos irnos, daba mucho miedo. Hemos tardado una hora en cruzar la frontera”, dice la mayor de las hermanas que no habla más inglés. María, la hermana más pequeña, de 9 años, dice “Estoy bien”. Coge un peluche y sigue jugando con la tableta entre sus maletas. Las otras se turnan para ver el móvil, para cargar la perra en brazos. Tienen todas los labios cortados del frío.

En este reportaje han colaborado Luis de Vega desde Kiev y Alejandra Agudo desde Palanca (Moldavia).

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Jamundí, marzo 26 de 2022. Elementos como el vestuario, instrumentos musicales, recetas gastronómicas de la región y especímenes que representan la biodiversidad como la guagua, garza blanca, zarigüeya y el armadillo, hacen parte de la Exposición Museográfica Itinerante ‘Valle del Cauca Afro y Biocultural’ que inició su muestra en el corregimiento Robles, de Jamundí.


“Se ven cosas de aquí de la región, todo lo que corresponde a la actividad del día a día, lo que hacían las personas, nuestros abuelos, cómo se ha vivido y cómo se sobrevive en el campo”, destacó el agricultor de Robles, Gonzalo Vargas.

La exposición se realiza en una alianza interinstitucional entre la Secretaría de Asuntos Étnicos del Valle e Inciva, con el fin de “recrear las tradiciones ancestrales de las comunidades afro que se ubican en el municipio de Jamundí. La idea es realizar un proceso de educación ambiental para enseñarle a los niños y a las niñas la importancia de estas tradiciones”, sostuvo Jonathan Velásquez, director de Inciva.

Por su parte, el secretario de Asuntos Étnicos, Rigoberto Lasso, anunció que la exposición estará en Robles hasta el 29 de marzo y luego se trasladará a los corregimientos de Quinamayó, Villa Paz, Bocas del Palo y se gestiona su llegada a Paso de La Bolsa.

 

Dagua (Valle del Cauca), agosto 17 de 2022. Con el entusiasmo de ofertar productos como el chocolate, cítricos, café, frutas y hortalizas cultivadas de forma limpia sin químicos, y también intercambiar semillas con sus 94 compañeros campesinos, Judith Toro, del corregimiento La Virgen, asistió al I ‘Encuentro de Saberes, Semillas y Sabores Mercado Campesino Agroecológico’, liderado por la Gobernación del Valle junto a la Alcaldía de Dagua.

“Las semillas para nosotros y nuestras familias son muy importantes, las semillas son grandiosas, con ellas nosotros volvemos a los ancestros, a nuestros padres, a nuestros abuelos, a los tiempos donde teníamos unas semillas que no eran envenenadas, que no teníamos ningún problema en cultivarlas en cualquier sector y todo se nos daba, entonces debemos volver a eso, enseñarles a nuestras familias cómo es el proceso de semillas”, destacó esta productora.

El primer Encuentro Agroecológico marca la pauta del Plan Agroecológico del Valle para brindar una alternativa de consumo, “un mercado campesino agroecológico entrega todas las posibilidades de comercio directo, además brinda posibilidades de consumir alimentos libres de agroquímicos, libres de procesos que adicionan elementos de síntesis química, son alimentos que benefician la salud de todas las personas”, precisó Freddy Herrera, secretario encargado de Desarrollo Rural, Agricultura y Pesca del Valle.

Artistas locales amenizaron la jornada, mientras los productores participaron de un ritual de semillas donde compartieron la vida de productos alimenticios como yuca, frijol, chocolate y maíz.

“Detrás de la producción limpia está la vida, el sentir, está el mejorar la calidad de vida de todos los colombianos. Invitamos a todos los consumidores a volver a consumir productos 100% orgánicos, cultivados sin químicos, cultivados por campesinos que todos los días con su esfuerzo propio alimentan con el corazón y el alma”, dijo emocionado Ismael Yatacue, representante de Asomerquel.



La guerra empieza con un audio de tu tía a las cinco de la mañana: “Hemos recogido todos nuestros documentos, un poco de comida, agua. Estamos sentados pensando adónde ir. De fondo suenan los disparos o los misiles, no lo sé. Pero ir, ¿adónde? Suenan por todo el país”. La guerra continúa con un segundo audio, en el que dice que se han subido todos al coche y que se dirigen fuera de la ciudad. Todavía no ha amanecido y en Mariupol, una ciudad de casi medio millón de habitantes situada en el Donbás, los disparos suenan aún más amenazantes porque no sabes de dónde vienen ni dónde puede caer un proyectil.

Mariupol lleva desde 2014 siendo la última frontera de Ucrania frente a la región separatista de Donetsk. Es la ciudad más importante de la zona después de que Donetsk, que antes era la capital de la región, quedase en manos de los separatistas. Por eso, cuando el martes Putin reconoció la autodenominada república popular como un Estado soberano y situó sus fronteras no en las que los separatistas habían conseguido arrebatar a Ucrania, sino en las reconocidas en la Constitución, Mariupol quedó automáticamente anexionada a ese nuevo Estado reconocido por Putin. Mariupol es un punto estratégico para Ucrania y Rusia. También la ciudad de la que esta mañana ha huido mi familia.

Aprendes desde la distancia que la guerra no es lo que se explica en los libros de Historia. No son solo los tira y afloja entre potencias hasta que la cuerda acaba rompiéndose. Ni la dialéctica bélica en los despachos, los ninguneos, los gestos feos. La guerra, eso no te lo explica nadie, es comprobar si los cimientos del sótano en el que antes guardabas confitura de cerezas van a resistir un bombardeo. Son las sirenas antiaéreas sonando en Kiev, la gente escondida en el metro, que se construyó profundo durante la Guerra Fría por miedo a las bombas estadounidenses. Y ahora resulta que las bombas que dan miedo son las de tu vecino de toda la vida. La guerra es el pánico que encoge tus entrañas cuando tu familia no te coge el teléfono. Y marcas de nuevo. Marcas una y otra vez hasta que alguien contesta al otro lado y entonces sientes un alivio tan grande que en vez de hablar, lloras.

También la guerra es que el grupo familiar de WhatsApp se llene de mensajes de tu abuela diciendo que han conseguido pasar el checkpoint militar de Mariupol y ya van camino a la región de al lado. Entender que ahora tus tíos, abuelos y primos son refugiados. Repetirte esa frase y no acabar por captar todo su peso porque es tan doloroso que puede hacer que simplemente te desmorones.

Han pasado ya unas horas desde que Putin atacó Ucrania. Ya hay varios muertos, todavía no tenemos números exactos. Tras el shock inicial de la mañana, la información sigue confusa. Mi familia ha conseguido salir de Mariupol y alojarse en varios pisos alquilados en una ciudad que a duras penas conocen, pero que, por su situación geográfica, no es estratégica ni para Rusia ni para Ucrania. Mientras llegaban a la ciudad, mi tía me ha dejado otro audio: “En los checkpoints de Mariupol ya no dejan salir a nadie. Solo a mujeres y niños y andando, sin coches. Los hombres se deben quedar en la ciudad”. En el momento en el que escribo esto, Volodímir Zelenski, el presidente de Ucrania, ha dado la orden de repartir armas a todo ciudadano ucranio que quiera defender su país y ha declarado la ley marcial. La guerra ha empezado.

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Todos los escritores, desde los novelistas a los traductores, redactores, periodistas, etc., luchan a diario contra la procrastinación. Y la montaña se vuelve mucho más empinada cuando teletrabajas, o cuando tienes que cumplir unas fechas de entrega.

Por suerte, un empresario japonés llamado Takuya Kawai ha encontrado la solución: la cafetería anti-procrastinación. Cuando entras, no puedes salir hasta que no terminas el trabajo. Y además el encargado te echa broncas con la dureza que tú le pidas, si nota que no avanzas.

No es una broma: se llama Manuscript Writing Cafe, y está ubicado en el distrito de Koenji, en Tokio. En este vídeo puedes ver al encargado explicar la reglas de este estricto café anti-procrastinación (tiene subtítulos en inglés):

原稿執筆カフェ:公式解説動画(90秒)

La cafetería Manuscript Writing Cafe solo admite escritores: novelistas, periodistas, traductores, redactores, etc. Cualquier persona que trabaje con palabras.

Al entrar al café tienes que rellenar una tarjeta en donde explicas el objetivo que te has puesto. Por ejemplo: escribir 5.000 palabras, completar 5 páginas, terminar el artículo, etc. También indicas el tiempo que vas a necesitar para completarlo.

Un encargado irá supervisando tu trabajo. Puedes elegir si quieres que su actitud sea amistosa (te animará a seguir), incisiva, o agresiva, en cuyo te vigilará más de cerca y te echará una pequeña bronca si no avanzas, como un profesor.

El café cobra por horas, pero a cambio ofrece una serie de servicios. Se puede elegir entre tres tipos de mesas: desde una barra con taburete a una pequeña mesa compartida, o un despacho individual.

El nuevo Kindle Paperwhite premium posee una pantalla de 6,8 pulgadas, y un 20% más de potencia que la generación anterior. Con respecto al modelo estándar tiene 32 GB de almacenamiento, carga inalámbrica Qi y sensor de luz.

Todas las mesas tienen WiFi gratis, numerosos conectores USB, y hasta un dispositivo que refrigera el portátil.

Las bebidas son gratis, pero solo se puede beber agua (que puedes calentar o enfriar tú mismo), té o café.

Como decimos, el encargado no te permite salir del recinto hasta que no has acabado el trabajo. Según explica en el vídeo, la idea es crear un ambiente tenso, como el de una biblioteca el día antes de un examen importante, en donde todo el mundo trabaja frenéticamente y unos se inspiran a otros para concentrarse y mantener el ritmo.

No sabemos lo que ocurrirá si algún cliente se rinde o quiere marcharse sin terminar su trabajo. Pero noticias /life/dos-abuelos-japoneses-crean-totoro-gigante-nietos-convierte-parada-oficial-autobus-1030219" title="La historia del Totoro gigante y la parada del autobús">en Japón la gente normalmente es tímida y muy educada, y tienen mucho amor propio como para rendirse en público, así que no deberían producirse altercados.

Según los testimonios que recoge la propia web de esta cafetería anti-procrastinación, los clientes están muy agradecidos porque han podido acabar sus trabajos, y en tiempo récord.

Quizá es el momento de exportar la idea a otros países, señor Takuya Kawai... 

Foto Gobernación del Valle

Elementos como el vestuario, instrumentos musicales, recetas gastronómicas de la región y especímenes que representan la biodiversidad como la guagua, garza blanca, zarigüeya y el armadillo, hacen parte de la Exposición Museográfica Itinerante ‘Valle del Cauca Afro y Biocultural’ que inició su muestra en el corregimiento Robles, de Jamundí.

“Se ven cosas de aquí de la región, todo lo que corresponde a la actividad del día a día, lo que hacían las personas, nuestros abuelos, cómo se ha vivido y cómo se sobrevive en el campo”, destacó el agricultor de Robles, Gonzalo Vargas.

La exposición se realiza en una alianza interinstitucional entre la Secretaría de Asuntos Étnicos del Valle e Inciva, con el fin de “recrear las tradiciones ancestrales de las comunidades afro que se ubican en el municipio de Jamundí. La idea es realizar un proceso de educación ambiental para enseñarle a los niños y a las niñas la importancia de estas tradiciones”, sostuvo Jonathan Velásquez, director de Inciva.

Por su parte, el secretario de Asuntos Étnicos, Rigoberto Lasso, anunció que la exposición estará en Robles hasta el 29 de marzo y luego se trasladará a los corregimientos de Quinamayó, Villa Paz, Bocas del Palo y se gestiona su llegada a Paso de La Bolsa.

Fuente: Laura Vanegas Ochoa / Gobernación del Valle

La inteligencia artificial está consiguiendo resultados que, hace unos años, apenas podíamos imaginar. Y eso a veces genera polémica, como ha ocurrido con los deepfakes.

La empresa de geneología MyHeritage aplica la inteligencia artificial a las fotos de nuestros antepasados. Primero creó Deep Nostalgia, para dotar a los rostros de animación y gestos, desde guiñar un ojo o enviar besos.

Ahora va un paso más allá con LiveStory, una versión mejorada que permite a los rostros de nuestros abuelos y bisabuelos hablar y contar anécdotas e historias de las fotos en donde aparecen. Puedes verlo en este vídeo. Al final hay un ejemplo en donde el mítico escapista Houdini, habla sobre su vida y logros:

MyHeritage es una plataforma online dedicada a crear árboles genealógicos. Mediante una suscripción puedes crear árboles interactivos subiendo fotos, vídeos, y cualquier información que quieras añadir. Puedes usar bases de datos como el censo, para encontrar a familiares perdidos.

Con ayuda de la inteligencia artificial proporcionada por la empresa D-ID es posible animar los rostro de las fotos y, a partir de ahora, también hacer que hablen.

El usuario tiene que escribir el texto que quiere que digan, y elegir entre 152 voces diferentes en 31idiomas, incluido el español. La IA anima el rostro y coordina el movimiento de los labios para que pronuncie el texto que hemos escrito.

El resultado es bastante realista, aunque un poco extraño, porque sabes que esa no es la voz real ni el acento de tu antepasado. Especialmente si alguna vez la escuchaste. MyHeritage es consciente de ello, y reconoce que hay gente a la que le gusta, y a otras les produce rechazo.

Pero puede ser interesante para crear reportajes históricos o recopilatorios de anécdotas para gente a la que no le gusta leer, y prefieren una narración animada.

Lo mejor de todo es que puedes probarlo tú mismo con tus fotos y textos, completamente gratis, en la web de MyHeritage. Eso sí, tendrás que crear una cuenta gratuita para usarlo, si no la tienes.



Olga ha dormido de lado en la litera de un tren que mide 60 centímetros de ancho. Le correspondían 30 centímetros, no se ha podido mover en toda la noche. Los otros 30 centímetros los ocupaba un hombre al que conoció esa misma tarde. “He tenido suerte”, me dice en un mensaje de WhatsApp, “el hombre ha sido amable al querer compartir conmigo y hemos podido dormir un poco. Pero en el pasillo la gente ni siquiera se puede sentar. Están de pie, unos sobre otros, no hay sitio”. Olga, que no es su verdadero nombre, tiene 21 años y estudia en Eslovaquia Administración y Dirección de Empresas. Decidió hace una semana viajar a Mariupol, en la región del Donbás, en el sureste de Ucrania, para visitar a sus padres. No imaginaba que le iba a pillar la guerra.

El viernes, un día después de que Putin iniciara su invasión a Ucrania, sus padres se enfrentaron a un doloroso dilema: quedarse en Mariupol los tres, escondidos en algún refugio cada vez que sonaban los tiros en las calles, o intentar subir a su hija a un tren para que huyera por Polonia hasta Eslovaquia. Ante el recrudecimiento de las explosiones, y las informaciones de que los tanques rusos estaban comenzando a acercarse a la ciudad, decidieron subirse los tres al coche y desplazarse a la ciudad vecina de Zaporizhya. Los rumores decían que era la única población con estación de tren abierta, la única del este del país de la que de momento salían los trenes con dirección a Lviv, en el oeste del país, la frontera de Ucrania con Polonia, con la Unión Europea.

Durante los casi 250 kilómetros que separan Mariupol de Zaporizhya, Olga y sus padres no dejaron de ver tanques y automóviles blindados que iban en todas direcciones: unos a Zaporizhya como ellos, y otros a Mariupol. Todos eran tanques rusos.

Al llegar a la estación comprobaron que los rumores eran ciertos: la estación estaba abierta pero también abarrotada. Los trenes pasaban, pero nadie sabía cuándo vendría el próximo ni hacia dónde se dirigiría. Olga y sus padres se instalaron a esperar en el andén. Un solo movimiento del lugar podría suponer que lo ocupase otra persona y, en el caso de que llegase un tren, perder el posible asiento para poder huir de la guerra. Tras varias horas de espera, las luces del tren rompieron la fría oscuridad. Olga cuenta que el andén quedó en silencio a la espera de que el convoy se parase del todo. Entonces, comenzó el caos. Solo unos pocos afortunados tenían billetes para subir al convoy. El resto, como Olga, que no habían conseguido comprarlos porque estaban agotados desde hacía días, solo tenían la esperanza de poder colarse, como fuera, en alguno de los vagones.

Los padres de Olga consiguieron empujarla por una de las puertas con su maleta y varios dólares en el bolsillo, por si tuviera que pagar un soborno a alguna azafata para que no la echase del tren a mitad del camino. A Olga le esperaba un viaje de más de 20 horas para recorrer la distancia de 1.000 kilómetros que separa Zaporizhya de Lviv. No sabía si iba a encontrar un hueco en el que sentarse, mucho menos, si lograría dormir. Pero, al menos, había logrado subir al tren.

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Tras despedirse de sus padres, Olga supo por un mensaje que en Zaporizhya habían comenzado a sonar las sirenas antiaéreas. Sus padres, que planearon volver a Mariupol después de dejarla en el tren, tuvieron que quedarse más de dos horas en un refugio subterráneo a esperar a que pasase el peligro. Después se hizo de noche. Durmieron en el coche. El sábado por la mañana lograron ponerse en marcha y salir de la ciudad.

La conexión con Olga es inestable. A veces logra tener una señal de datos y contestar a mis preguntas. Otras, nos separan horas de silencio en las que solo veo un tic en la pantalla que me indica que no ha recibido mis mensajes. Cuando le pregunto si le puedo llamar me dice que mejor no lo haga. “Hay muchísima gente en el tren, todos hablan muy alto, no me puedo mover del sitio por si me lo quitan”, me escribe. La imagen que logra plasmar en sus mensajes me recuerda a la que hemos visto decenas de veces en las películas sobre la Segunda Guerra Mundial: niños sentados en el suelo del tren, muchas personas aguantando como pueden de pie todas las horas de viaje. En su tren, la mayoría de los pasajeros son mujeres, niños y ancianos. Los hombres se han quedado en los andenes porque saben que no les van a dejar cruzar la frontera. La ley marcial aprobada por el presidente ucranio Volodímir Zelenski les prohíbe abandonar el país y obliga a tomar las armas.

Dentro del tren, Olga asegura que cada uno colabora con lo que puede. La gente saca la comida que ha logrado traer consigo y la comparte con el resto de los viajeros. En algunas ciudades ucranias los supermercados llevan cerrados desde el día de la invasión. En otros, las estanterías ya están vacías e incluso Kiev empieza a tener problemas de desabastecimiento. Lviv, la ciudad a la que quiere llegar Olga, empieza a estar desbordada por los desplazados. Apenas 70 kilómetros separan a la ciudad de Polonia y el país de la UE ya ha anunciado que prevé recibir en los próximos días entre uno y cuatro millones de refugiados ucranios. El plan de Olga es ir de Lviv a Polonia y de allí a Eslovaquia. Asegura que una compañera suya de carrera la está esperando en la ciudad, pero le dijo que si no lograba subirse al tren este viernes, se iría sin ella porque no puede perder más tiempo.

Cuando le pregunto cómo van a ir hasta la frontera me dice que intentarán buscar a alguien que las lleve en coche y si no lo consiguen, lo harán andando. Según el cálculo de Google Maps, andar esos 70 kilómetros puede llevar hasta 15 horas de caminata.

En el momento en el que escribo esto, Olga ya ha llegado a Lviv, se ha encontrado con su compañera y han intentado subir a otro tren, esta vez para cruzar la frontera con Polonia. No lo han conseguido. Ella no pierde la esperanza y dice que lo volverá a intentar en cuanto amanezca. Esta noche no tendrá que dormir en una litera de tren, pero sabe que su viaje de huida aún no ha acabado. En uno de sus últimos mensajes aseguraba que no tiene miedo de estar haciendo el camino ella sola. “El domingo estaré en mi residencia en Eslovaquia”, me promete, “y todos mis problemas habrán quedado atrás. Mi única preocupación es por mi familia. Yo me he ido a un sitio seguro pero ellos no”. Sus padres han decidido no marcharse. Después de subirla al tren, alguien tenía que quedarse cuidando de sus abuelos.

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No han soltado el arco y la flecha, solo que ahora los enfilan contra otros colonizadores. Unos 133 indígenas piaroa de la comunidad Gavilán de Cataniapo —al norte del Amazonas venezolano, en el municipio de Atures— se unieron en 2018 para conformar lo que llaman “cuerpo de resistencia civil”: un grupo de centinelas para protegerse de los nuevos forasteros que irrumpen en ese rincón de la selva amazónica.

Los vigilantes se llaman Ajoce Huäyäkä, vocablo piaroa que alude a una forma de trabajo comunitario. Insisten en ese asunto porque de allí deriva su legitimidad. Más que de tropas o milicias se trata, según sus palabras, de un grupo que se constituyó siguiendo decisiones adoptadas en asambleas, cuando la comunidad empezó a verse rodeada de mafias, guerrillas, mineros y garimpeiros que fueron asentándose en las vecindades.

No había pasado un año de la formación de la resistencia cuando fueron sorprendidos con una visita particular: hombres armados que se identificaron como disidencias de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) invadieron su territorio y, como ya lo han hecho en otras zonas de la Guayana venezolana, se anunciaron como sus nuevos vecinos con un guión que viene repitiéndose en otras comunidades.

“Informaron que venían del gobierno, que eran aliados estratégicos del país”, recuerda el coordinador general de la Organización Pueblo Unido Piaroa del Cataniapo en Amazonas, Hortimio Ochoa. Solo que en este caso, después del revuelo inicial, terminaron por hacer caso a las demandas de los lugareños y desistieron de instalarse. “Marchamos, dialogamos y se fueron”.

El asunto, sin embargo, no quedó allí. Un año después, en febrero de 2020, los mismos uniformados regresaron, esta vez ya para quedarse. Entonces, más de 700 indígenas de las riberas del Cataniapo volvieron a marchar para expulsarlos, sin éxito.

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Hoy, la guardia tiene más trabajo que antes. Preocupados de que los cataloguen como una suerte de autodefensas, Ochoa insiste en que están bien lejos de ser un pelotón militar. Dice que no portan armas de fuego —solo se les ve con lanzas de madera— y que se trata de la misma comunidad organizada. La guardia, afirma, “interviene en la liberación de personas secuestradas, participa en la búsqueda de desaparecidos en las masacres, previene el reclutamiento de niñas y niños en el conflicto armado, ofrece seguridad en las movilizaciones y eventos de sus pueblos, protección ambiental y seguridad territorial”.

Un cóctel de nuevos y viejos grupos irregulares —desde mineros ilegales hasta guerrillas— ha venido asentándose en el territorio piaroa. La expansión armada en el conflictivo sur venezolano, incluso en tiempos de pandemia, ha generado desplazamientos, confrontaciones, reclutamientos y depredación ambiental. También ha impactado las formas de vida tradicionales de los pueblos indígenas que, como en el río Cataniapo, empiezan a constituir grupos autónomos de seguridad que suplen la ausencia del Estado.

En apenas un año, entre 2020 y 2021, surgieron noticias de al menos dos nuevas guardias territoriales indígenas en áreas a las que ha llegado la presencia armada: una en la comunidad piaroa de Pendare, en el municipio de Autana del norte de Amazonas; y la segunda en territorio ye’kwana del río Caura medio, en el municipio de Sucre del oeste del Estado de Bolívar. Se sumaron a una lista de cuatro comunidades piaroa de Amazonas, así como de otras en Bolívar, tanto a orillas del río Paragua como del río Cuyuní.

Por mucho, el caso más emblemático es el de la Gran Sabana, al suroeste de Bolívar, cerca de la frontera con Brasil. Allí, unas 86 comunidades del pueblo pemón, entre 120 localizadas en la zona, han adoptado este tipo de patrullas.

Alrededor de 80 voluntarios participan en la guardia territorial constituida en el municipio Autana de Amazonas.
Alrededor de 80 voluntarios participan en la guardia territorial constituida en el municipio Autana de Amazonas.Sergio González

En Pendare, ubicada en el norte de Amazonas, los indígenas decidieron en febrero de 2020 defenderse “por su propio medio” de la “invasión silenciosa” sobre el territorio Tearime Siri koi Aerime Suititi de los uwottuja. De acuerdo con la mitología indígena, los abuelos protegieron el territorio piaroa poniendo raudales que servían como puestos de control y vigilancia para impedir el paso de personas foráneas. Pero las organizaciones del crimen han saltado los raudales y otros accidentes naturales, si es que no los han usado a su favor, para penetrar el territorio e instalar campamentos debajo de la copa de los árboles o dragar el lecho de los ríos.

En 2012, la Organización Indígena Pueblo Uwottuja del Sipapo (Oipus) empezó a denunciar la entrada de grupos armados, pero la administración de Nicolás Maduro no actuó y la presencia de irregulares se incrementó: en 2019, identificó campamentos en las riberas del río Autana, Bajo Sipapo y río Guayapo y, meses después, pistas de aterrizaje y evidencias de contrabando.

Desde mediados de 2020, la figura de las guardias territoriales se ha constituido en cinco comunidades del municipio de Autana con 80 voluntarios que instalan puntos de control en zonas estratégicas. Pero esto no ha detenido a los invasores. En marzo de 2021, en un punto de control sobre el Caño Guama, en la cuenca del río Sipapo, los mineros amenazaron a los indígenas con escopetas. En el hecho, tres indígenas resultaron heridos, uno de ellos con un corte en el rostro y pérdida de la dentadura, de acuerdo con el Observatorio Venezolano de Violencia (OVV) de Amazonas. Frente al poder de fuego de sus adversarios, la capacidad disuasiva de las rondas indígenas resulta endeble.

Un grupo armado que opera en el municipio Sifontes, en el sur de Bolívar, arremetió contra indígenas en enero de 2022. Tres indígenas, entre ellos un capitán y un miembro de la seguridad territorial, fueron heridos.
Un grupo armado que opera en el municipio Sifontes, en el sur de Bolívar, arremetió contra indígenas en enero de 2022. Tres indígenas, entre ellos un capitán y un miembro de la seguridad territorial, fueron heridos.Sergio González

A principios de 2022, otros tres indígenas de la etnia pemón fueron heridos en la comunidad indígena Santa Lucía de Inaway, en el sureste del Estado de Bolívar, por miembros de los autodenominados “sindicatos” que mantienen por la fuerza el control sobre yacimientos auríferos y sus alrededores en el municipio de Sifontes. Portando armas largas y disparando al aire, miembros del sindicato de alias Juancho arremetieron contra la comunidad, que había decidido ocupar un viejo galpón abandonado para dedicarlo a actividades comunitarias.

La toma del galpón representó un contratiempo para la banda delictiva, pues el inmueble permite controlar el paso por la vía de acceso a una mina bajo su control. En el enfrentamiento quedó herido el capitán de la comunidad Joboshirima, Junior Francis, cuando intentaba grabar un video. Otros dos indígenas, uno de ellos miembro de la guardia territorial indígena, fueron golpeados cuando intentaban fotografiar el conflicto.

La expansión de los grupos armados foráneos en este punto profundo del Estado de Bolívar ha obligado a las comunidades indígenas locales a organizar más de esas guardias, a pesar de su aparente incapacidad para rechazar a los invasores.

En San Martín de Turumbán, a orillas del río Cuyuní que marca la frontera con el Territorio Esequibo de Guyana, indígenas pemón conformaron su guardia territorial en febrero de 2021, tras la invasión de mineros ilegales a las tierras de la cercana comunidad de San Luis de Morichal.

Con el vocablo pemón Maikok, que significa “espíritu salvaje y montañero”, la comunidad bautizó a la guardia territorial, constituida por 30 hombres y mujeres mayores de 17 años. “La comunidad se organizó y creó la seguridad sectorial por las invasiones de grupos armados y criollos que querían imponer sus normas”, explicó el capitán de la comunidad Bennett Kennedy.

La guardia tiene un punto de control en los linderos de la comunidad y supervisa, lista en mano, quién entra y quién sale de las áreas mineras. Ciertas infracciones, tales como irrespetar a las autoridades indígenas, el ingreso de bebidas alcohólicas o la prostitución, son castigadas con la expulsión. Cuando decenas de mineros ilegales avanzaron de nuevo sobre San Luis de Morichal, en febrero de 2021, la guardia indígena de San Martín de Turumbán estuvo tres meses en el sitio para apoyar el resguardo de las tierras comunitarias.

Aún con casos de éxito como el anterior, la invasión de tierras indígenas por parte de los sindicatos, sin embargo, no ha cesado, como tampoco lo ha hecho en zonas amenazadas por la incursión de otros grupos, como las guerrillas colombianas y los garimpeiros de Brasil.

Situación de armas tomar

Hasta 1999, los derechos de los pueblos indígenas no contaban con reconocimiento constitucional en Venezuela. La Carta Magna que entonces impulsó Hugo Chávez estableció como una de sus banderas el reconocimiento a los pueblos indígenas y la demarcación de sus tierras como un derecho inalienable.

El artículo 119 no solo encomienda esa tarea al Poder Ejecutivo, sino que el 120 añade que “el aprovechamiento de los recursos naturales en los hábitats indígenas por parte del Estado se hará sin lesionar la integridad cultural, social y económica de los mismos e, igualmente, está sujeto a previa información y consulta a las comunidades indígenas respectivas”.

Pero del dicho al hecho, las disposiciones para la demarcación y la autonomía territorial de los pueblos originarios quedaron en letra muerta. Mientras, se multiplicaron las denuncias de abusos cometidos por fuerzas militares regulares del mismo Estado, que a su vez obligaron a los indígenas a adoptar una mayor beligerancia.

Uno de los primeros antecedentes de esos desmanes data de 2011, cuando indígenas pemón de 13 comunidades a orillas del río Paragua desarmaron y retuvieron durante cuatro días a 22 militares del Batallón 507 de Fuerzas Especiales del Ejército, devenidos mineros, a quienes encontraron hundidos en el barro hasta las rodillas y con motobombas encendidas. El hecho y la coordinada respuesta indígena sentaron las bases para la conformación de Musukpa, una comunidad en las cercanías de la mina Tonoro que diseñó un estricto compendio de normas de convivencia de diez capítulos y 76 artículos, que ordena todos los aspectos de la vida comunitaria, desde el trabajo minero hasta el ingreso de visitantes.

Perdidos entre la selva, un testigo grabó el secuestro y decomiso de las armas que unas 600 personas de 13 comunidades asentadas a orillas del Río Paragua practicaron contra un grupo de 22 militares.Vídeo: ARMANDO.INFO

El ejemplo de Musukpa se replicó en los años siguientes. Miembros de 12 comunidades del sector 3 de Urimán, en el municipio de Gran Sabana, detuvieron y desarmaron a 43 efectivos del Ejército venezolano que estaban ejerciendo la minería de forma ilegal en sus predios. Dos años más tarde, en el norte del mismo Estado, indígenas de las comunidades ye’kwana y sanemá, de la cuenca del río Caura, hicieron algo similar: detuvieron a un comandante del Ejército y a nueve soldados en protesta por la quema de dos viviendas y por la complicidad en prácticas mineras que atribuían a los uniformados.

Pioneros pemones

El primer referente de seguridad indígena en el sur de Venezuela se remonta a 2001, en la comunidad pemón de Maurak, en el municipio de Gran Sabana, a 15 kilómetros de la frontera con Brasil. Se llamó “policía civil indígena”, pues sus miembros estaban formados en seguridad, primeros auxilios y rescate. En esta comunidad nació Alexis Romero, un dirigente pemón clave en las negociaciones entre indígenas y gobierno en Musukpa en 2011.

Hasta ese momento, los problemas de Maurak eran sobre todo de orden doméstico: disturbios por ingesta de alcohol, robos menores y casos de violencia de género, según recuerda la capitana actual de Maurak, Lisa Henrito, quien asegura que se inspiró en las guardias indígenas de Colombia para dar forma a estas estructuras de seguridad interna.

El ejemplo cundió por toda la región al punto que hoy ya son 86 las comunidades de Gran Sabana que cuentan con cuerpos de seguridad interna. Es frecuente que algunos de sus miembros entrenaron en Maurak, alma mater de las guardias territoriales. “Es una guardia porque somos guardianes de nuestro territorio, de nuestra familia, las aguas, el ambiente y todo en el territorio; y no se trata de resguardar solo el territorio de los indígenas, sino del planeta”, explica Henrito. “Si los órganos de seguridad de esta nación no tienen la capacidad o la voluntad de hacer su trabajo, nosotros sí lo vamos a hacer porque somos los más interesados en mantener la paz”.

En 2016, la conformación de la guardia territorial de Santo Domingo de Turasen —en el mismo municipio— a causa del auge de la delincuencia y del tráfico de drogas y armas, provocó que el alcance de estas instancias excediera las fronteras de la comunidad. Ese año, un homicidio en Santa Elena de Uairén —principal población criolla cerca de la frontera con Brasil— con la participación de funcionarios policiales estatales, llevó a que habitantes de esa localidad, junto con las comunidades indígenas, expulsaran al cuerpo policial y tomaran el control de la seguridad con operativos en los municipios de Gran Sabana y Sifontes. “Allí llegó la popularidad de la guardia territorial pemón”, asegura Henrito.

Esa acción incorporó los cuerpos de seguridad del municipio, entrenó a indígenas de comunidades distantes como Sifontes y La Paragua y visibilizó a la Guardia Territorial Pemón, nombre que decidieron adoptar en 2017: “Los cuerpos de seguridad indígena nacieron como mecanismos internos”, detalla Henrito, “pero la mayor amenaza ahorita es la invasión progresiva de territorios indígenas, por eso estamos alertas 24/7″.

Sin embargo, también se puede morir de éxito. Fue el caso del asesinato en septiembre de 2018 de José Vásquez, comandante de la guardia territorial en la comunidad de Turasen. Las pesquisas y la autopsia determinaron que se trató de un homicidio, cuya responsabilidad fue atribuida al escolta y funcionario retirado de la Armada venezolana, Edward Frederick Curuma, quien fue arrestado. Indígenas pemón sospechan que el ataque contra este líder fue parte de un plan para debilitar la defensa territorial.

Un ataque del Ejército contra la comunidad indígena de Kumarakapay, en 2019, hizo que más de 1.000 indígenas migraran a Brasil.
Un ataque del Ejército contra la comunidad indígena de Kumarakapay, en 2019, hizo que más de 1.000 indígenas migraran a Brasil.María Ramírez Cabello.

En 2019, la violencia estatal y la represión escalaron en la Gran Sabana, en la antesala del ingreso de la ayuda humanitaria ofrecida desde Brasil. La guardia indígena de Kumarakapay, llamada Aretauka por el acrónimo de tres grupos del pueblo pemón —arekuna, taurepan y kamarakoto—, intentó impedir el paso de vehículos militares hacia la frontera con Brasil para mantener el paso limítrofe abierto y con ello el ingreso de la ayuda humanitaria. Pero un ataque del Ejército en represalia contra la comunidad indígena dejó tres lugareños muertos por impactos de bala: Zoraida Rodríguez, Rolando García y Kliver Pérez, así como decenas de heridos. García era un legendario guía de excursiones y actividades de turismo de aventuras. Un cuarto indígena herido en el incidente, Onésimo Fernández, murió en marzo de 2020.

El ataque represivo, perpetrado con armas de fuego y bombas lacrimógenas, inédito en territorios indígenas, consolidó la militarización en este municipio. Más de 1.300 pemones huyeron de su natal Venezuela hacia el lado brasileño de la frontera en busca de seguridad, de acuerdo con la Agencia de la ONU para los Refugiados (Acnur). El éxodo incluyó al alcalde indígena del municipio, Emilio González. Las patrullas de Kumarakapay, que apenas portaban arcos y flechas, optaron por pausar sus actividades por temor a represalias y para evitar malos entendidos, pues en general estos grupos han sido acusados hasta de paramilitares.

La posibilidad de la violencia

Varias experiencias en América Latina comparten el crédito como origen de las guardias territoriales —como también se les conoce en Colombia—; policías comunitarias o autodefensas, en México; o rondas campesinas, en Perú.

La guardia del territorio indígena del Cauca, en Colombia, fue creada formalmente en 2001 con el propósito de preservar la integridad y autonomía del territorio y defender los derechos de los pueblos indígenas, amenazados por el conflicto armado, el desplazamiento y la invasión y militarización de sus territorios. Es una formación controlada por las autoridades indígenas y está conformada por 3.200 personas que “solamente armadas con bastones y walkie-talkies tratan de salvaguardar los territorios e impedir el ingreso de actores armados”, indica un estudio del doctor en Sociología Anders Rudqvist y el profesor de Historia Roland Anrup, publicado en la Revista Papel Político de la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá.

Los investigadores suecos consideraron que la guardia indígena es uno de los elementos de la resistencia civil de las comunidades en contextos de conflictos. Es una forma de defensa no armada “contra diferentes formas de violencia directa, es decir, violencia física”, pero también puede constituirse frente a las formas de violencia estructural. “Para el movimiento indígena, la resistencia civil es un ejercicio de autonomía y práctica comunitaria frente al Estado, los actores del conflicto armado y los intereses económicos transnacionales. Como consecuencia del principio de autonomía las comunidades han decidido no abandonar el territorio en casos de emergencia sino recurrir a la resistencia civil desde las asambleas permanentes”.

El politólogo y abogado Vladimir Aguilar, investigador del Grupo de Trabajo sobre Asuntos Indígenas (GTAI) de la Universidad de Los Andes en Mérida, Venezuela, explica que las guardias territoriales son mecanismos que los pueblos indígenas han encontrado para el control de sus territorios ante las amenazas de terceros. Aunque no todas son iguales, aclara. “Las de Bolívar son de carácter rígido (control de acceso hacia áreas mineras) mientras que las de Amazonas son de salvaguarda de sus territorios y ecosistemas (guardianes de la selva)”.

En la medida en que la expansión de la frontera extractivista a través de la minería ilegal siga en aumento, este mecanismo de control seguirá creciendo, sostiene.

Sin embargo, aclara que la tradición de los pueblos indígenas no incluye posiciones bélicas. Que esta característica cambie o no, va a depender de la presión y amenazas hacia sus territorios. “Los indígenas se han convertido en los verdaderos custodios de la soberanía e integridad territorial de la nación”.

(*) Esta es la quinta entrega de la serie “Corredor Furtivo”, investigada y publicada en simultáneo por Armando.info y El País, con el apoyo de la Red de Investigaciones de los Bosques Tropicales del Pulitzer Center y la organización noruega EarthRise Media.

Créditos

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Coordinación: Javier Lafuente | Guiomar del Ser 
Dirección de arte: Fernando Hernández 
Diseño: Ana Fernández 
Edición: Eliezer Budasoff 
Maquetación: Alejandro Gallardo 
Infografía: Nacho Catalán. 
Por Armando.info participaron: Joseph Poliszuk (coordinación) | Jorge Luis Cortés y Cristian Hernández (diseño, infografía y montaje) | Ewald Scharfenberg (edición) | Vanessa Pan y Pablo Rodríguez (dirección de arte).

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