La influenciadora fue hasta el centro comercial donde ocurrieron los hechos.
Noticias Colombia.
Aída Victoria Merlano, estuvo presente en el momento en el que un adolescente de 17 años de edad, tomó la fatal decisión de lanzarse desde el cuarto piso del centro comercial VIVA, ubicado al norte de la ciudad.
Salía del gimnasio en ese preciso momento cuando se enteró que alguien habaía caído al vacío desde tal altura.
Como pudo, bajó las esclaeras rápidamente para socorrer a esta persona. Otros asistentes al mall, también lo auxiliaron.
Aída Victoria Merlano, corriendo tras las personas que auxiliaron a Isaac.
Ella corrió tras los vigilantes y todas personas que rodeaban a Isaac y se offreció a llevarlo en su carro, el cual se encontraba estacionado en el parqueadero.
Sin embargo, los vigilantes y personal asistencial, decidieron llevarlo a pie dada la cercanía de la clínica a donde primeramente fue llevado.
Luego, fue remitido a la Iberoamérica, donde finalmente se produjo su deceso.
Tras esta trágica noticia, la instagrammer se pronunció en su redes y lamentó lo sucedido:
Un día después de lo ocurrido, Aída Victoria se acercó hasta el Viva y colocó un cuadro de Isaac en el lugar donde cayó su cuerpo. También puso en el piso unas rsas blancas, las cuales representan la pureza y la inocencia.
«Vuela alto, ojalá encuentres la paz que aquí te faltó», escribió Aída Victoria en la foto de Issac.
Y agregó en otra línea: «Por ti y por todos los que han perdido la batalla», refiriéndose a las otras personas que han perdido la vida en el mismo sitio: cinco en total.
En el siguiente video se observan las imágenes:
Cabe anotar que la hija de la exsenadora Aída Merlano, tan pronto supo la identidadd del fallecido, se trasladó hasta la casa de su familiares a darle sus condolencias.
Allí, se encontró con el padre del adolescente a quien le entregó detalles de los últimos segundos de vida de su ser querido.
«Aunque el centro comercial no tiene la culpa de las decisiones de las personas, hay que tomar correctivos», dicen en redes.
Noticias Barranquilla.
Un nuevo caso de aparente suicidio se registró en el Centro Comercial Viva, ubicado en el barrio San Vicente del norte de la capital de Atlántico.
Allí, un joven de 17 años de edad habría tomado la fatal decisión de lanzarse al vacío desde el cuarto piso, hechos ocurridos en la tarde del jueves 24 de marzo.
Malherido fue llevado hasta un centro asistencial cercano pero debido a la gravedad de las fracturas, falleció a los pocos minutos de haber ingresado.
Sobre su decisión aun existen muchas preguntas que muy seguramente las autoridades investigativas intentarán resolver.
Mientras esto sucede, la ciudadanía ha mostrado gran preocupación, ya que con este, son más de cinco los casos parecidos que se registran dentro de las instalaciones del mall localizado en la carrera 51B con calle 87.
No se sabe por qué o cuáles son los factores que influyen en que este sitio sea escogido por algunas personas para atentar contra su vida. Aunque muchos opinan que es debido a su gran embergadura.
El centro comercial ha lamentado uno a uno estos episodios y el de ayer no fue la excepción. Las directivas del centro comercial subieron al perfil de la organización, una foto que evidencia el desconcierto por esta nueva muerte de un joven dentro de sus instalaciones.
Hay luto en el centro comercial, uno de los más visitados por atlanticenses y extranjeros de visita en la ciudad.
Si bien no pueden hacerse responsables de las condutas de sus visitantes, la ciudadanía les pide que tomen ciertos correctivos para que estas situaciones no se sigan presnetando en el lugar.
Una de ellas, es enmallar totalmente los espacios vacíos con el fin de que nadie pueda caer por ejemplo, a la primera planta si se lanzase desde el cuarto piso.
La idea es buscar soluciones para evitar que esto siga ocurriendo.
Explicación paranormal
A estas constantes situaciones dentro de este lujoso mall, algunos grupos que se denominan de «investigación paranormal» en la Costa, han querido encontrarle una explicación «más allá de lo real».
Ellos, le achacan estas reiteradas conductas a un «alma que busca justicia».
«Son muchas las preguntas sin respuesta sin embargo este experto en lo paranormal quiere traernos al presente lo que ocurrió desde la primera muerte en el viva y todo lo que ha desencadenado. No te pierdas este live cortico y temprano! Hay un alma que aún pide justicia», dice un cartel publicado en un muro de una usuaria de Facebook.
El post indica que este viernes a eso de las 7:00 pm, se hará un live para contar detalles de esta teoría.
¿Quieres saber el misterio del Viva?,se titula el «en vivo» que harán este viernes.
Publicación de Teffi Flor.
El «alma» a la que se refieren en el post es a la de Eduardo Luis Palma Mármol, hombre de 39 años de edad, que murió tras caer al vacío en el CC en septiembre del año 2018.
Según su hermana, en el caso de la muerte de Eduardo Luis, aun hay dudas por resolver.
De acuerdo a su relato, reclama que no existen videos de cámaras de seguridad del momento en el que su ser querido cae al vacío. Además, señala que su cuerpo ingresó a Medicina Legal 12 horas después de haber caído.
Publicación en Facebook.
En su momento, trascendió que la seguridad del centro comercial al verlo sentando en la zona, le advirtió que tuviera cuidado para evitar un accidente. A los pocos minutos el hombre saltó al vacío.
Colombia llega a la posición # 6° en la tabla con 20 puntos, uno debajo del puesto de repechaje que ocupa Perú. El próximo marte se enfrentará a Venezuela como visitante.
Noticia Deportes.
La Selección Colombia se enfrentaba al primero de dos retos que lo pueden encaminar a buscar un cupo en el Mundial de Qatar 2022.
El encuentro contra su similar de Bolivia inicio marcado con una tricolor encima de los dirigidos por el venezolano César Farias.
Al minuto cinco Colombia tuvo su primera ocasión tras un pase largo de James para Luis Díaz.
El guajiro controló ubicó a Cuadrado, el portero contrario ya estaba vencido pero golpeó a un defensor boliviano y se fue a tiro de esquina.
El control de Colombia se mantuvo pero sin grandes ocasiones de gol.
La selección lo seguía intentando hasta que al minuto 39 apareció el crack de Anfield Road. Juan Guillermo lanza un pase largo a ‘Lucho’, el delantero del Liverpool hace una fantástica jugada individual, quiebra hacia el medio y saca un zurdazo que se van al fondo de la red.
Al minuto 41 la tricolor generó otra opción de peligro luego de un centro de James, Daniel Muñoz cabeceó, el balón pegó en el palo y luego en la línea de gol.
En el segundo tiempo la latente se mantuvo, una Colombia que buscaba marcar el segundo gol y estuvo encima de Bolivia.
Hubo cambios, ingresó Borja y Quintero, salieron Sinisterra y Muriel.
Al minuto 72 fue justamente el nacido en Córdoba el encargado de poner el segundo y definitivo.
Tras una buena conexión en el área, el guajiro tira un centro y Borja con un remate de cabeza amplía la ventaja.
Al minuto 90 el Metropolitano volvió a gritar gol, Matheus Uribe el encargado.
Colombia se acerca
Hace 7 partidos la Selección Colombia no convertía goles en la Eliminatoria, hoy con el 3-0 contra Bolivia, en donde marcaron Luis Díaz, Borja y Uribe, llega a la posición # 6° en la tabla con 20 puntos, uno debajo del puesto de repechaje que ocupa Perú.
El próximo martes enfrentará a Venezuela como visitante.
GOL DE ECUADOR! Caicedo descontó y ahora Paraguay gana 3-1.
Lo subieron a una camilla y lo sacaron del lugar, a esta hora permanece en urgencias.
Al joven, un menor de edad, que cayó desde varios metros de altura en el Viva, lo trasladaron inconsciente a un centro médico, reportan su deceso minutos después.
Noticias Barranquilla.
Este jueves quienes visitaban el C.C. Viva en el norte de Barranquilla vivieron momentos de pánico cuando un joven, que se confirmó tenía 17 años de edad, cayó desde el cuarto piso.
Reportan algunos testigos, que se habría lanzado.
Momento en que trasladan al joven en una camilla.
Cuando cayó, vigilantes y personal del centro comercial corrieron a socorrerlo, al ver que aún estaba con signos vitales, pidieron apoyo para trasladarlo a un centro médico.
Lo subieron a una camilla y lo sacaron del lugar, lo llevaron a la Clínica de Fractura y remitido a la Clínica Iberoamericana.
Personal del Viva reaccionó rápidamente ante la emergencia.
Aunque estaba con vida, tenía varias fracturas en su cuerpo y el golpe en la cabeza fue fuerte.
En este momento, están tratando de hallar a la familia del joven que cayó del cuarto piso.
La salud mental preocupa, es ya un problema de salud pública dados los efectos que ha tenido la pandemia, la crisis y otros problemas generales en los individuos.
No: Vladímir Putin no ha perdido el sentido de la realidad. Y no: no es un loco ni un paranoico.
Quien lo afirma es François Hollande, presidente francés entre 2012 y 2017, que hace unos años pasó horas y horas negociando con él. Cara a cara a veces. Otras, acompañado de la entonces canciller, Angela Merkel.
Era 2014, el presidente ruso había iniciado su primer asalto a Ucrania y acabaría anexionándose la península de Crimea y creando una región separatista en el este del país. Aquel pulso permitió a Hollande (Rouen, 67 años) entender algo de la psicología de Putin. Y está convencido de que su actuación reciente —la invasión de Ucrania o la amenaza con la bomba nuclear— obedece a una lógica.
“No comparto, en absoluto, la idea de una crisis de locura o de paranoia”, declaró Hollande este lunes, en su despacho en París, durante una entrevista con EL PAÍS y otros diarios del grupo LENA. “Siempre he mirado a Putin por lo que es, y tiene una lógica. Es extremadamente peligrosa, pero hay una lógica”.
El viernes, el actual presidente, Emmanuel Macron, recibió a Hollande en el palacio del Elíseo, su antigua residencia, para hablar de la guerra. Cuando se le pregunta si Macron cometió un error o fue ingenuo al negociar con Putin hasta el último instante antes de la invasión, responde: “Jamás es un error dialogar y negociar. Si hubo error fue pensar que Vladímir Putin decía la verdad y abría una puerta a la discusión cuando estaba dando un portazo en las manos de los occidentales”.
Únete a EL PAÍS para seguir toda la actualidad y leer sin límites.
El expresidente socialista, hoy retirado de la primera línea pero activo en el debate público, relativiza la amenaza nuclear que Putin esgrime. “Él sabe que hoy no tiene un alcance real”, afirma. ”Es para impresionar y para amedrentarnos, pero tendría todo que perder en un conflicto que sería destructor para su país”. Y añade: “Respecto a los bombardeos en Ucrania, se cuida de no crear una situación irreversible que podría poner gravemente en peligro a la población civil, aunque ya ha provocado numerosos muertos”.
Lo que el presidente ruso busca, subraya el expresidente, “es la parálisis de Ucrania, el control del espacio aéreo y la destrucción de las infraestructuras militares para entrar entonces en un proceso de negociación”. “Numerosas familias rusas”, prosigue, “están ligadas a Ucrania en Rusia. Destruir viviendas, bombardear ciudades ocasionaría sin duda un estado de choque en Rusia. Intenta neutralizar Ucrania, no destruirla. Hay una racionalidad, y es suficientemente espantosa para que no busquemos argumentos psicológicos.”
Hollande aplaude el envío de armas a Ucrania por parte de los aliados, aunque en su opinión han llegado tarde, y las sanciones masivas, aunque deberían ser mayores. “Para estar a la altura de la gravedad del acto que ha cometido Vladímir Putin”, argumenta, las sanciones deberían ampliarse hasta la suspensión de los suministros de gas y petróleo rusos.
El expresidente cree que esta es la manera de forzar a Putin a retirarse de Ucrania. “De la misma manera que Vladímir Putin quiere ahogar la economía y destruir las infraestructuras ucranias para conducir al presidente ucranio Volodímir Zelenski a la rendición”, dice, “nosotros debemos paralizar la economía rusa para conducir a Putin a la retirada, el alto el fuego y la negociación”. Putin, sostiene en otro momento, “solo entiende la relación de fuerza, y cuando nada se le resiste, avanza”.
La salida diplomática, según Hollande, consistiría en volver “de alguna manera” a los acuerdos de Minsk que en 2015 debían iniciar el fallido proceso de paz. Esto implicaría “una retirada de las fuerzas extranjeras y después garantizar la integridad [territorial de Ucrania] y, por tanto, un proceso de discusión para acabar con las repúblicas separatistas”.
¿Habría que dar a Putin, como exige, garantías de seguridad? Hollande explica: “Siempre he recordado que Ucrania no tiene vocación de entrar en la OTAN”. Pero añade: “Ucrania tiene derecho a elegir su destino, a trabajar con Europa, eventualmente a tener la protección de aliados”.
De sus largas conversaciones con Putin, recuerda: “Había que tomarse su tiempo. A veces, pasar la noche entera y después la mañana, sin dormir, para presionar hasta el final. No había que caer ni en el juego de sus cóleras más o menos fingidas ni en el de su dulzura, más o menos sincera”.
Las ideas que ahora Putin aplica a base de bombas y misiles en Ucrania no son nuevas ni fruto de la improvisación o la exaltación momentánea. “Lo que estaba inscrito en la cabeza de Putin desde hace tiempo es reencontrar la influencia de Rusia en los antiguos países de la antigua Unión Soviética, pero no tenía claro cómo llegar a ello ni en qué plazos”, afirma. “Procedía por etapas y aprovechaba todas las oportunidades”, añade. Y recuerda que en Siria, en Libia, en el Sahel o en Bielorrusia, entre otros puntos del mapa, avanzó y avanzó ante la indiferencia o la parálisis de Occidente.
Hollande enumera, entre las señales de debilidad ante Putin, la decisión del presidente Barack Obama de no responder militarmente en Siria cuando en 2012 el régimen de Bachar El Asad usó armas químicas, la complacencia de Donald Trump con el presidente ruso y la retirada abrupta y caótica de Afganistán el pasado verano con Joe Biden ya en la Casa Blanca.
Pero, ¿no habrían tenido que ser más severos frente a Rusia Francia y la UE en 2014 cuando él era presidente y Putin comenzó a acosar a Ucrania? “Lo fuimos, hasta el punto de que la presión permitió concluir los acuerdos de Minsk con la canciller Merkel”, responde. “Pero las sanciones seguramente no fueron suficientes porque no impidieron la absorción de Crimea por Rusia”.
Al final de estos años, dice Hollande, “sin duda [Putin] se sintió ebrio de su éxito y preparado para actuar en Ucrania pensando que no habría una reacción destacable”, comenta. “Pero se equivocó”.
Ahora se enfrenta a dos opciones “O bien se embarca un conflicto largo que progresivamente va a congelar, como siempre ha hecho. O, segunda opción, el precio que le hacemos pagar por su invasión es tal que busca una solución. En este caso, la negociación puede llegar rápidamente. De ahí la importancia de la presión que debemos ejercer. Y quiero subrayar la resistencia de los ucranios, algo que no había evaluado al principio y que inflige pérdidas bastante graves al ejército ruso. Esto tiene consecuencias respecto a la opinión pública cuando las familias vean que llegan los ataúdes”.
–¿Ha cometido Putin un error?
–Ha cometido una falta que le costará cara durante tiempo.
Cuando las tropas del Ejército tomaron el poder por la fuerza en Myanmar (antigua Birmania) el 1 de febrero de 2021, creían tenerlo todo calculado para poner fin a una década de incipiente democracia. Con el argumento —falso— de que se había perpetrado un fraude electoral en los comicios presidenciales tres meses atrás, arrestaron a la líder de facto del Gobierno civil, la premio Nobel de la Paz Aung San Suu Kyi, y a los parlamentarios de su bando. Los militares llevaban semanas espiando, como se supo más tarde, sus comunicaciones. Buscaron en sus domicilios a activistas, a académicos non gratos. Acusaron a Suu Kyi de cargos que incluían desde el supuesto uso ilícito de walkie-talkies al tongo electoral. Pero hubo algo con lo que no contaron: la férrea resistencia de la sociedad civil.
Desde el primer día, la población birmana, muy especialmente los jóvenes que se habían criado en una era de mayor conexión con el resto del mundo y apenas tenían memoria de lo que era vivir bajo una dictadura, se lanzó a la protesta contra un ejército que ya había controlado el poder en Myanmar durante medio siglo desde su primer golpe de Estado en 1962.
Primero llegaron caceroladas, manifestaciones y huelgas. Después —y mientras la junta militar encabezada por el general Min Aung Hlaing reprimía con violencia las concentraciones populares que surgían en todo el territorio birmano—, unos autoproclamados Gobierno de Unidad Nacional en la sombra y una asociación de guerrillas denominada Fuerzas de Defensa Populares.
Con la junta encabezada por el general Min Aung Hlaing enrocada en el poder y la mayor parte de la población en su contra, un año después del golpe el panorama en Myanmar es desolador. “Ha habido una intensificación de la violencia, una profundización de las crisis humanitaria y de derechos humanos y un rápido aumento de la pobreza”, denunciaba este lunes en un comunicado el portavoz del secretario general de la ONU, Antonio Guterres. Al mismo tiempo, el gobierno militar anunciaba una prórroga de seis meses del estado de alarma que proclamó al tomar el poder, con el argumento de que es “necesario para establecer el camio correcto para una democracia genuina, disciplinada y multipartidista”.
La junta militar ha matado al menos a 1.500 personas y ha detenido a 11.838 desde el golpe, según la Asociación birmana de Asistencia para los Presos Políticos. Más de 320.000 desplazados internos por la violencia se han sumado a los 340.000 de larga duración que ya existían en el país debido a conflictos previos, calcula la Oficina de la ONU para la Coordinación de Asuntos Humanitarios. La economía se contrajo un 18% en 2021, según el Banco Mundial. Los apagones y los cortes de servicio de internet están a la orden del día. Grandes conglomerados internacionales que habían acudido al reclamo de los abundantes recursos naturales, un mercado de 54 millones de personas y un clima de inversión favorable han anunciado su retirada, entre ellos, las petroleras Chevron y Total. La comunidad internacional ha impuesto sanciones económicas; Estados Unidos, Reino Unido y Canadá las ampliaban este lunes a más altos cargos birmanos. Tras una década de apertura, el país del sureste asiático vuelve a encontrarse aislado.
Pero la resistencia popular continúa. Ya no en forma de manifestaciones masivas, una actividad demasiado peligrosa. Pero sí en pequeñas manifestaciones rápidas, que tan pronto se forman como se disuelven, y de otros modos. Los que pueden permitírselo, boicotean los productos de las empresas propiedad del ejército o del Estado, generalmente más baratos. Este martes, en el primer aniversario del golpe, está convocada una nueva huelga general, para la que el movimiento de desobediencia civil ha pedido que la gente no salga de casa y los comercios no abran, entre amenazas de la Junta de graves represalias para quienes se sumen.
Únete a EL PAÍS para seguir toda la actualidad y leer sin límites.
Desde la asonada, médicos, maestros y otros funcionarios se han adherido al movimiento de resistencia civil y se niegan a trabajar para la junta. Algo que, a su vez, ha repercutido en la economía: los sistemas de enseñanza y sanitario se encuentran semiparalizados, en el mejor de los casos.
Las Fuerzas de Defensa Populares llevan a cabo una guerra de guerrillas que mantiene en jaque al Ejército birmano, también conocido como Tatmadaw. A la mezcla hay que añadir también las milicias étnicas que ya existían previamente en las zonas fronterizas, hogar de numerosas minorías en difícil convivencia, o enfrentadas, al ejército de mayoría étnica bamar, la dominante en Myanmar. Varias de ellas cooperan activamente con los grupos de resistencia. Algún analista militar ha descrito la situación actual como un “equilibrio del caos”.
“El conflicto va en aumento, [las tácticas de] los militares se van haciendo más desesperadas, a medida que se dan cuenta de que están perdiendo. Pese a todas las armas y los soldados que tienen a su disposición, no han podido hacerse con el control territorial del país. Y el control del territorio es su prioridad”, afirma Debbie Stothard, de la organización Alternative Asean Network for Burma, en una videconferencia organizada por Institute of Southeast Asian Studies (ISEAS).
Matanzas de civiles
Las tácticas de la junta se han ido endureciendo a medida que ha ido encontrando resistencia. En diciembre, en la región de Sagaing, los militares quemaron a 11 residentes de un poblado, entre ellos, varios menores. Algunos vivían cuando les prendieron fuego. En Nochebuena se repitió una escena similar en un puesto de control cuando los soldados quemaron a 31 personas que trataban de huir de un enfrentamiento armado entre el ejército y la resistencia. Días más tarde, el Tatmadaw lanzó un ataque aéreo contra Loikaw, la capital de Kayah, la región donde se había producido la matanza.
“Si comparamos las cifras de ataques en los que ha resultado herida población civil en septiembre, octubre, noviembre y diciembre hemos visto más casos en Myanmar que en Siria y Afganistán juntos”, denuncia Stothard. En el caso birmano, su organización contabiliza 2.500; Siria y Afganistán acumulan 2.324 en el mismo periodo.
Esa tendencia va a continuar, a todas luces. La junta prepara una nueva ley de seguridad nacional que, según la ONG Access Now, supondrá la “muerte del espacio cívico online en Myanmar, extinguiendo cualquier resto de derechos de la gente a la libertad de expresión, asociación, información, intimidad y seguridad”. Ya ha prohibido el uso de VPN [tecnología de red], que policía y ejército buscan en los móviles de ciudadanos en constantes controles callejeros. El acceso a internet y datos se ha visto sumamente restringido. Los periodistas independientes han quedado en su mayoría detenidos o forzados a huir del país.
Min Aung Hlaing ha prometido elecciones para mediados de 2023 y entregar el poder al ganador. Pero Suu Kyi permanece detenida, y condenada ya a años de prisión, es probable que las causas que aún mantiene abiertas le acarreen penas aún más largas. Su partido, la Liga Nacional para la Democracia (LND), afronta una posible disolución. La junta planea una reforma del sistema electoral que le garantice mantener el control entre bambalinas.
“Es difícil ver cómo el régimen podría celebrar elecciones cuando casi todo el país se le revuelve. Es aún más difícil ver cómo unas elecciones podrían terminar la crisis política. La ira popular contra los militares es tal que nadie podría concebir como un paso adelante un nuevo gobierno constituido por militares retirados en traje de civil… Unas elecciones serían un detonante para la disensión y disturbios, no un paso hacia la estabilidad”, escribe el analista Richard Horsey, de la organización especializada en prevención de conflictos Crisis Group, en un comentario.
Es complicado también ver una intervención significativa de la comunidad internacional, cuya atención durante estos 12 meses ha estado dominada por la pandemia u acontecimientos como la actual crisis en torno a Ucrania. Su inacción supuso un duro golpe para los birmanos que suplicaban ayuda al comienzo de las protestas. Ahora, tras haber llegado “a la conclusión de que están casi por completo solos, la gente ha optado por hacerse cargo ellos mismos, incluido a través de la lucha armada”, apunta Horsey.
Pero “derribar al régimen —que está temeroso de la venganza que encararía por parte de una nación furiosa— es mucho más difícil de conseguir”, agrega el experto. “Sin ninguna de las partes en posición de asestar un golpe decisivo a la otra, una confrontación prolongada y cada vez más violenta parece inevitable”.
Joe y Jill Biden, el pasado 31 de diciembre ante el restaurante Banks Seafood Kitchen, situado en el paseo del río Christina, en Wilmington (Delaware).STEFANI REYNOLDS / New York Times / ContactoPhoto (STEFANI REYNOLDS / New York Times / ContactoPhoto)
La sonrisa de Joe Biden está por todas partes en Wilmington, Delaware. Cuelgan fotos suyas en restaurantes, supermercados y hasta en el puesto del limpiabotas de la estación de ferrocarril. Incluso hay reproducciones a tamaño natural en las tiendas de suvenirs. Un sándwich de pavo, queso y mostaza picante lleva su nombre y, pese a que es abstemio, una cerveza triple IPA homenajea lo mucho que usaba el tren para ir y volver de Washington, siempre a tiempo para cenar en familia. Lo hizo cada día desde que juró el cargo como senador a los 29 años, poco después de que su primera esposa y la hija de ambos murieran en un accidente de tráfico.
Pero Wilmington no solo vive de los recuerdos del viejo Joe, cuando aún no era presidente de Estados Unidos. Abundan también aquí los avistamientos de los Biden desde que hace justo 12 meses juró el cargo. De los 52 fines de semana de su primer año en la Casa Blanca, 26 los ha pasado en Delaware, en su ciudad más poblada o en la residencia de la playa, en Rehoboth Beach. El resto los ha repartido así: 13 en Camp David, 10 en la Casa Blanca, dos en el extranjero y uno, el de Acción de Gracias, en Nantucket. Solo Bush hijo salía corriendo del Distrito de Columbia el viernes más a menudo que él (rumbo, en su caso, a Texas).
En este rincón de la Costa Este, al que se mudó siendo un niño, Biden ganó con un 60% de los votos. Y un año después aún le conceden el beneficio de la duda. Una docena de entrevistas efectuadas por EL PAÍS este miércoles en las calles de Wilmington invitó a pensar que sus índices de aprobación son algo mejores aquí que en el conjunto de Estados Unidos, donde solo el 40% está satisfecho con su desempeño, según Gallup. Resultan los números más bajos de cualquier presidente al término de su primer ejercicio si exceptuamos a su antecesor, Donald Trump. Los consultados, dependientes de tiendas de empeño, marineros, trabajadores sociales, camareras, jubilados, abogados, sastres o revisores de tren, se mostraron el día de su aniversario en el cargo comprensivos con su vecino en la Casa Blanca. “Ha hecho lo que ha podido, dadas las circunstancias”, fue la frase más repetida. La segunda: “Es uno de los nuestros”.
Ambas las pronunció, por ejemplo, Linda Seidenstat, que presume de conocerlo “personalmente de toda la vida”, pues su marido, ya fallecido, “le dio clases en la Universidad de Delaware”, alma mátertambién de la primera dama, Jill Biden, su segunda esposa. Allí, además, se guardan los papeles correspondientes a sus 36 años como senador. Seidenstat trabaja en el supermercado Janssen’s, el favorito de los Biden, donde venden el famoso sándwich. Está en la zona comercial de Greenville, un barrio de clase alta, a unos dos kilómetros de la blindada casa familiar. Janssen’s es uno de los puntos del Tour Joe Biden por Wilmington, que recorre lugares emblemáticos, escenarios sentimentales de la vida del político, establecimientos cuyo café no perdona de vez en cuando y tiendas en las que en cierta ocasión ella compró un collar.
El itinerario está diseñado por la Oficina de Turismo. Su directora ejecutiva, Jennifer Boes, explica en las oficinas del centro de la ciudad, aún más desierto que de costumbre por las bajas temperaturas y por la pandemia, que ha vaciado decenas de locales comerciales, que recibieron una avalancha de visitantes después del triunfo electoral. Un año después, el entusiasmo ha remitido, aunque “el reclamo mantiene su atractivo”. “No todas las ciudades pueden presumir de tener un presidente”, añade.
Únete a EL PAÍS para seguir toda la actualidad y leer sin límites.
Mucho menos, si son tan pequeñas como Wilmington o están en lugares tan insignificantes demográficamente como Delaware, que aporta un millón de habitantes al censo total de 330 millones. Delaware es conocido en EE UU porque fue el primer Estado en dar en 1787 el sí quiero a la Constitución (de ahí el sobrenombre de Primer Estado); por su regulación ciertamente laxa, que lo convierte en un refugio nacional fiscal (su otro alias es “la capital empresarial de América”, porquehay más empresas que habitantes); y por ser, como recuerda un panel en el Museo de Historia Local, aún cerrado a causa del coronavirus, hogar predilecto de las compañías de tarjetas de crédito, gracias a una favorable ley de los años ochenta.
“Es natural que la gente tenga aquí paciencia con él. Son conscientes de que probablemente nunca contarán con otro vecino inquilino de la Casa Blanca. Además, no es arriesgado decir que Biden ha tenido en sus brazos a muchos de nuestros bebés. Y que casi todos mis amigos de Facebook tienen una foto junto a él”, explica con una amplia sonrisa Jonathan Russ, profesor de la Universidad de Delaware especializado en historia corporativa y de su Estado, ante una de las sopas que hacen que el restaurante Pizza By Elizabeth’s también figure en el recorrido turístico de Biden. “Por estos pagos, la política se ejerce por proximidad”, añade Russ, que recuerda que sus compatriotas tienen un solo asiento en la Cámara de Representantes, aunque les corresponden constitucionalmente dos miembros en el Senado, los mismos que a Estados muchísimo más poblados como California o Texas (tal vez por eso, aventura el profesor, corrieron tanto al aprobar la Carta Magna). “Aquí apreciamos los orígenes de clase obrera de Biden, que estudiase en nuestra universidad y no en una de la Ivy League y que durante tantos años, cuando era un padre soltero con una tragedia reciente, no se dejara seducir por los cantos de sirena de Washington”.
Jonathan Russ, historiador, fotografiado en Wilmington (Delaware).
De aquellos tiempos proviene su mote más famoso: Amtrak Joe, que hace referencia a la compañía ferroviaria que lo llevaba y traía cada día (tres horas de viaje en total). Edward, trabajador de mantenimiento en la estación de Wilmington, que obviamente acabó bautizada como su más conspicuo usuario, decía el miércoles que no se le ha visto mucho por allá desde que juró el cargo. En el último año, Amtrak Joe podría cambiar su alias por el de Marine One Joe, en honor al helicóptero que lo saca los viernes de “la jaula dorada” de la Casa Blanca y lo deja en un improvisado helipuerto en el Parque Estatal Brandywine Creek.
Con él, se desplaza su familia y un séquito de agentes del servicio secreto, trabajadores de la Casa Blanca y periodistas, lo que le ha valido críticas en tiempos de viajes restringidos por la pandemia. Tanto trajín, al menos, genera negocio en Wilmington. Los reporteros, unos 15, se alojan todos juntos en hoteles del centro, lo cual supone un respiro pandémico para el maltrecho sector hostelero de la ciudad.
Allí, la prensa espera al gran momento del fin de semana: la misa del domingo en la iglesia de San José, que Biden, devoto católico, no perdona. Después, es habitual que visite en el cementerio parroquial la tumba de su primogénito Beau, que murió en 2015 a los 46 años víctima de un tumor cerebral. Otro de los puntos fuertes es la cena del domingo, con toda la prole, en la casa que, dice la leyenda, diseñó él mismo y que se encuentra en un tranquilo barrio residencial hoy tomado por los inhibidores de frecuencia y los agentes de incógnito.
Los vecinos de Wilmington se han acostumbrado a ver pasar la hilera de coches negros de alta cilindrada por sus carreteras. Por razones de seguridad, ya no se deja caer tanto por los locales que solía frecuentar. Locales como Charcoal Pit, una grasienta hamburguesería a un lado de la carretera donde paró cuando era vicepresidente una vez a comer con Obama.
Hamburguesería Charcoal Pit, en Wilmington, el pasado miércoles.I. S.
Otros sitios lucen, en el centro de la ciudad, una relación más reciente, forjada a partir de la carrera presidencial. Entre ellos, destaca el paseo junto al río (allí se proclamó la victoria y allí se le vio comiendo recientemente en un restaurante de pescado), el distinguido hotel Dupont, donde dio varios discursos (aunque su directora comercial, Nora Baughan, se apresura a aclarar que “el Dupont ha alojado a otros presidentes y carece de ideología”) o la sala de conciertos The Queen. Enmudecida por la pandemia, sirvió en 2020 de cuartel general de la campaña que devolvió a los demócratas el poder. En el espacio en penumbra, vacío a primera hora de la mañana del miércoles, Alison Wier, directora de ventas, achacó los fracasos de Biden en su primer año al “enorme desaguisado que heredó”, así como al fuego amigo de los senadores demócratas Kyrsten Sinema y Joe Manchin.
Después, la mexicana Elba Yerena, cuyo marido optó por Trump, explicaría que los latinos apoyaron mayoritariamente a Biden en Delaware, pero que ahora no sabe qué pensar. “Promete y promete, pero no cumple”, lamentó. El chófer venezolano Jean Carlos Peña fue más lejos en su reprobación del presidente, sobre todo por “su mal manejo de la inflación, que nos afecta a todos en donde más duele, el bolsillo”. Ambos pudieron comprobar esa misma tarde que, en la segunda conferencia de prensa celebrada por Biden desde que tomó las riendas del país, no hubo rastro, tras dos horas de preguntas, del tema de la inmigración, que tanto contó en campaña.
Otro al que la realidad también acabó dándole la razón el miércoles fue Ricky Mouse Smith, que se precia de haber tratado al político “desde principios de los años sesenta”, cuando ambos eran “unos críos” (ahora no mantienen contacto). Presidente de la división de Delaware de la NAACP (Asociación Nacional para el Progreso de las Personas de Color), Smith considera que Biden “ha decepcionado a los electores negros, sobre todo con el tema del derecho al voto, que es uno de los grandes peligros para nuestra democracia”. “Tiene a los republicanos enfrente y en su propio partido se encuentra en una dificilísima posición entre los acólitos de Bernie Sanders y los miembros más moderados”. Por la noche, la Ley de Libertad de Voto y la Ley John Lewis de Derechos Electorales volvieron a encallar de nuevo en el rompeolas del Capitolio. Un año después, allí se una tormenta de inmovilidad perfecta capaz incluso de congelar la sonrisa inoxidable del vecino Biden.
Suscríbase aquí a la newsletter de EL PAÍS América y reciba todas las claves informativas de la actualidad de la región.