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Éric Zemmour, cuatro días después de ser condenado a una multa de 10.000 euros por provocación al odio racial, afrontó este jueves un nuevo juicio. El motivo era esta vez uno de los temas predilectos del candidato ultra a las presidenciales francesas de abril: su particular versión de la ocupación alemana de Francia entre 1940 y 1944 y el papel del régimen colaboracionista de Philippe Pétain en la deportación de centenares de miles de judíos a los campos de exterminio nazis.

Zemmour, judío de origen bereber, está acusado de haber dicho en octubre de 2019, durante un debate en la cadena CNews, que Pétain había “salvado a los judíos franceses”. La afirmación, según la acusación, contradice “la realidad tangible de 24.000 asesinatos precedidos de otras tantas deportaciones y otros actos inhumanos”.

El polemista de extrema derecha, que en los sondeos recoge en torno al 13% de expectativas de voto, fue absuelto en un primer juicio en enero 2020. El tribunal consideró que, en el fragor de debate que le enfrentaba con el filósofo Bernard-Henri Lévy, se perdieron los matices: Zemmour habría querido decir que Pétain salvó “a judíos franceses”, y no “a todos los judíos franceses”. La voluntad del acusado, según los jueces, no era “cuestionar” un crimen contra la humanidad.

La fiscalía recurrió la absolución y este jueves pidió 10.000 euros de multa. El abogado de Zemmour, Olivier Pardo, intentó sin éxito que se aplazase el nuevo juicio con el argumento de que interferiría con la campaña presidencial. El candidato no acudió a la sesión del juicio. La sentencia no se conocerá hasta pasadas las elecciones.

Zemmour, en sus escritos y declaraciones, ha intentado rehabilitar la figura de Pétain, condenado a muerte tras el fin de la Segunda Guerra Mundial por “alta traición”. El general Charles de Gaulle, que desde Londres y África encabezó la lucha contra el ocupante nazi, le conmutó la pena. Pétain y De Gaulle se convirtieron en símbolos antagónicos de la Francia colaboracionista y de la Francia resistente.

El polemista ultra asegura, retomando la vieja tesis pétainista del escudo y la espada, que en realidad Pétain y De Gaulle eran dos caras de la misma moneda. El primero era “el escudo” que contemporizaba con el ocupante para proteger a los franceses de males mayores; el segundo, la “espada” que mientras tanto combatía a Hitler.

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Zemmour cree que la Francia de Pétain, con capital en Vichy, “protegió a los judíos franceses” y “entregó [a los nazis] a los [judíos] extranjeros”. El polemista se basa en que en Francia el 75% de judíos (y el 90% de judíos de nacionalidad francesa) sobrevivieron.

“Francia perdió menos población judía que Bélgica u Holanda”, ha explicado en Le Monde el historiador estadounidense Robert Paxton, autor de La Francia de Vichy, libro de referencia sobre el periodo. “Es el resultado de una falta de medios de los alemanes, que afrontaban una guerra a muerte con la Unión Soviética. Podríamos imaginar que en la Francia ocupada había un alemán en cada esquina. Estaba muy lejos de ser así”.

La tesis de Zemmour es que la Francia de Vichy, que puso en marcha su propia política antisemita, no fue responsable de las deportaciones de judíos (mayoritariamente refugiados pero también franceses). “Francia no es culpable, la culpable era Alemania”, decía en septiembre en la cadena radiofónica Europe 1.

La visión zemmouriana no solo ignora medio siglo de trabajo de los historiadores que han establecido el papel activo de Vichy en la persecución de los judíos y en las deportaciones. Zemmour rompe el consenso político que fijó un presidente conservador, Jacques Chirac, al admitir que Francia “cometió lo irreparable” y “entregó a sus protegidos a sus verdugos” en las redadas de 1942.

“Ningún historiador puede defender que Pétain salvase a los judíos franceses y que la deportación fuese solo cosa de los alemanes”, decía en otoño, antes de que Zemmour declarase su candidatura, el politólogo Jean-Yves Camus. “¿Por qué lo hace? Es un misterio”. “Políticamente, es suicida hablar así”, admitía, en alusión a las palabras de Zemmour su amigo Geoffroy Lejeune, director de la revista conservadora Valeurs Actuelles.

Zemmour considera que se fustiga a Francia sin motivo para criminalizar cualquier política contra los inmigrantes o distinción entre franceses y extranjeros. “¡Es criminal! Permanentemente, se intenta culpabilizar al pueblo francés”, dijo en Europe 1. “¿Y por qué se le culpabiliza? Para que se someta a la invasión migratoria y a la islamización del país”.

El historiador Laurent Joly, especialista en Vichy, ve un vínculo entre la reescritura de la historia y el programa político de Zemmour. “Lejos de tratarse de un extravío o una salida de tono”, escribe en el ensayo La falsification de l’Histoire, “esta rehabilitación del régimen pétainista y de su política antisemita es un elemento fundamental en su construcción política. Busca liberar a la derecha de sus supuestos complejos; a hacer aceptables medidas hasta ahora impensables a causa del recuerdo de los crímenes de la colaboración; a levantar la hipoteca de Vichy para reunir a la derecha y a la extrema derecha; a preparar a los espíritus para una reacción nacionalista y antimusulmana”.

Zemmour hace saltar un tabú, e intenta romper un muro infranqueable entre la derecha clásica gaullista y la extrema derecha pétainista. Para el candidato que sueña con deshacer para siempre el cordón sanitario que aislaba a los ultras en Francia, el discurso sobre el pasado, y sus manipulaciones, son un discurso para el presente.

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Es una piedra en el zapato del centrista Emmanuel Macron en los últimos días de esta extraña campaña para las presidenciales del 10 y el 24 de abril. La polémica alimenta la guerra de nervios contra el presidente francés, favorito para la reelección, y el temor en sus filas a que su principal rival, la candidata de extrema derecha Marine Le Pen, acabe dando la sorpresa.

Lo llaman el caso McKinsey, y en las redes sociales enfáticamente se habla de McKinsey-gate, por el nombre de la consultora estadounidense que, como otras firmas del sector, se ha beneficiado durante años de contratos de la Administración pública francesa. “¡Escándalo de Estado!”, claman algunos rivales de Macron, aunque las prácticas que se le reprochan ―el recurso creciente del Estado a consultores externos y privados— ni son ilegales, ni comenzaron con el actual presidente, ni han arrojado prueba alguna de corrupción, ni son exclusivas de Francia.

No importa. El Senado, dominado por la oposición conservadora, publicó el 17 de marzo el informe final de una comisión de investigación con datos llamativos. Entre 2018, cuando Macron acababa de llegar al Elíseo, y 2021, el Gobierno francés pasó de gastar 380 millones de euros en consultorías a desembolsar 894 millones. La cifra supera los 1.000 millones si se incluyen otros organismos del Estado.

El informe describía un “fenómeno tentacular”, alertaba del peligro de una “dependencia” de la Administración respecto a las consultoras, denunciaba la “opacidad” sobre su papel en la gestión gubernamental, y ponía el acento en una consultora en concreto: McKinsey. Los senadores señalaban que McKinsey, aprovechando los llamados “mecanismos de optimización fiscal”, no pagó el impuesto de sociedades en Francia entre 2011 y 2020. Pero esta empresa representa un parte mínima de los contratos de estos años. Sí tuvo un papel destacado durante la pandemia y la puesta en marcha del plan de vacunación. Y se da la circunstancia de que empleados y directivos de McKinsey en Francia participaron en la campaña de Macron en 2017.

“Todo esto suscita algunas preguntas”, dice por teléfono Arnaud Bontemps, alto funcionario y portavoz del colectivo Nos services publics. “¿Dispone el Estado aún de los medios para hacer su trabajo? ¿Depende de los gabinetes de consultoría, que a veces tienen otros intereses que el interés general, como se ve con la optimización fiscal de McKinsey? Y, finalmente, está la cuestión de la transparencia y de la democracia”, afirma. Bontemps añade: “Tenemos la impresión de que sustituyen al Estado de una manera ideológicamente no neutra”.

El presidente y candidato se ve forzado estos días a dar explicaciones en cada entrevista, en cada acto electoral. “Hay que ser claros, porque se da la impresión de que hay trapicheos, y es falso”, se defendió el domingo en la cadena France 2, consciente de que, aunque nadie ha demostrado que los contratos hayan vulnerado ninguna norma, el caso McKinsey posee todos los ingredientes para perjudicarle en esta campaña a medio gas y marcada por la guerra en Ucrania.

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Los ingredientes son una multinacional “anglosajona”, adjetivo corriente en Francia que no suele tener connotaciones positivas. Y, enfrente, el Estado, que en pocos países democráticos tiene el lugar que ocupa en Francia, y sus sumos sacerdotes: los altos funcionarios desplazados por los anónimos consultores.

Otro ingrediente: para un sector del electorado, Macron sigue siendo en el fondo un “banquero”, pues trabajó en la banca Rothschild antes de entrar en política, y el “presidente de los ricos”, por sus rebajas fiscales. La etiqueta McKinsey se adhiere a la perfección a esta caricatura. Y, agitados en la coctelera electoral, todos estos ingredientes refuerzan la imagen que de él dibujan algunos rivales: el presidente elitista y liberal que, durante su quinquenio, quiso gestionar Francia y su sacrosanto Estado como una empresa privada o una start-up (Francia en modo start-up, se titulaba precisamente un libro publicado en 2017 con prólogo de Macron y una contribución… de uno de los dirigentes de McKinsey).

El caso toca una fibra en Francia, y Macron se ha movilizado para desactivarlo cuanto antes. No quiere que una polémica que posiblemente en otro momento no tendría mayor recorrido —o en todo caso abriría un debate de fondo sobre la organización del Estado― haga descarrilar la campaña cuando falta poco más de una semana para la primera vuelta.

“No estoy en contra de las asociaciones entre lo público y lo privado. Lo que choca a los franceses es que McKinsey no haya pagado impuestos en Francia desde hace diez años”, declaró en la cadena LCI Valérie Pécresse, candidata de Los Republicanos, el partido de la derecha tradicional. “Hay la sensación de que Emmanuel Macron no es transparente y tiene una agenda oculta, financiera o política, y esto puede perturbar su candidatura”, añadió.

El miércoles, los ministros de la Administración, Amélie de Montchalin, y de Presupuestos, Olivier Dussopt, convocaron una rueda de prensa para explicarse. El argumento es que el Estado recurre a estas empresas para misiones sobre las que no dispone de las competencias adecuadas, o en crisis excepcionales como la pandemia. Y que, aunque trabajen con frecuencia en la sala de máquinas de los ministerios, no toman decisiones políticas. “Las reglas de los mercados públicos se respetan”, dijo Montachalin. “Ningún gabinete de consultoría ha decidido ninguna reforma: la decisión siempre corresponde al Estado”, aseguró Dussopt.

La externalización de los servicios públicos no es una novedad. En Les infiltrés, un libro publicado a principios de año, los periodistas Matthieu Aron y Caroline Michel-Aguirre recuerdan que el uso de los consultores empezó a dispararse durante el quinquenio del presidente Nicolas Sarkozy, entre 2007 y 2012, con ocasión de una reforma que contemplaba que solo uno de dos funcionarios jubilados sería remplazado. Aron y Michel-Aguirre hablan de “un putsch progresivo, casi rampante, sin sangre, pero que, desde el interior, ha cambiado Francia”. “Desde hace 20 años”, afirman, “los gabinetes de consultoría se han instalado en el corazón del Estado”.

No hay nada atípico si se compara con los países del entorno. Francia dedica a las consultorías privadas un 0,27% del gasto total en personal público, según un informe de la Asamblea Nacional. El Reino Unido, un 1,23%; Alemania, un 1,25%; España, según el mismo informe, gasta un 0,32%.

Si en Francia esto es motivo de discusión, quizá sea por la sacralización del Estado y del alto funcionariado en este país. Y por las elecciones. Los sondeos son unánimes: Macron y Le Pen se clasificarían hoy para la segunda vuelta y Macron saldría reelegido. Pero los márgenes se estrechan. Y hay nervios en las filas macronistas. Un error, una polémica fuera de control, puede costar cara.

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Francia Márquez consulta interpartidista Pacto Histórico
Francia Márquez le ganó a Camilo Romero, a Alex Char y al mismo Sergio Fajardo, ya con recorrido de camino a la Casa de Nariño.

Francia Márquez, quien incluso decidió votar en su tierra Suárez, se ha convertido en todo un fenómeno, e iría rumbo a la Vicepresidencia de Colombia.

Noticias Cauca.

Francia Márquez, la lideresa que salió de su comunidad en el Cauca por amenazas, ganó un nobel ambiental que le valió reconocimiento nacional e internacional, y que ha llegado este 13 de marzo a una consulta interpartidista a romper con los esquemas de maquinarias electorales, se ganó a pulso casi 800 mil votos.

739 mil votos y aunque quedan mesas por escrutar.

Le ganó a Camilo Romero, a Alex Char y al mismo Sergio Fajardo, ya con recorrido de camino a la Casa de Nariño.

Gustavo Petro, con quien se medía en la consulta por el Pacto Histórico obtuvo más de 4 millones de votos, pero Márquez se ha quedado con casi 800 mil.

Una fenómeno

Casi 800 mil votos, una cifra nada despreciable para quien aunque tenía el apoyo del Polo, no cuenta con grandes maquinarias.

El exalcalde de Bogotá y exsenador, ganó en el suroccidente colombiano; en el Valle del Cauca en casi todo el departamento, en Nariño igual y en el Cauca también, pero en Suárez, a Márquez la apoyaron.

«Aquí vine a mi tierra a encontrarme con mi gente», dijo este domingo desde Suárez, esa tierra golpeada por el conflicto armado, el casi olvido estatal y otros problemas sociales, de la que salió por amenazas pero donde creen, ella podría llevar algún cambio desde el gobierno central en Bogotá.

Nacida en 1982, en la vereda de Yolombó, perteneciente al corregimiento La Toma, Márquez, quiere que el país mire al Cauca.

Más noticias de Cauca

Si bien pueda que por ahora no como presidenta porque desistiría de la candidatura para respetar el Pacto Histórico, la Vicepresencia en fórmula con Petro sería la opción.

El análisis de los resultados durante la transmisión en alianza con El País Cali y el Q’ Hubo Cali:





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Fabien Roussel, secretario nacional del declinante Partido Comunista Francés (PCF) y candidato a las elecciones presidenciales de abril, es una figura atípica en su campo ideológico. Roussel marca distancias con el ecologismo partidario del decrecimiento, del multiculturalismo que querría suavizar la laicidad ante prácticas como el velo islámico y de las críticas sistemáticas a la violencia policial. Al tiempo que irrita a muchos de sus correligionarios en la izquierda, recoge aplausos en la derecha.

La última polémica estalló el domingo cuando, en un programa de la cadena France 3, el dirigente comunista declaró: “Un buen vino, una buena carne, un buen queso: para mí esto es la gastronomía francesa. Pero, para acceder a esta buena gastronomía francesa hay que disponer de los medios necesarios, así que el mejor medio de defender[la] es permitir a los franceses que accedan a ella”.

Las declaraciones podrían parecer anodinas, pero desataron una de esas tormentas en las redes sociales y las tertulias de radio y televisión que suelen resultar efímeras e intrascendentes. Por hablar del vino, la carne y el queso le acusaron de apelar a unas señas de identidad de la Francia eterna, señas que supuestamente desprecian la Francia diversa y multicultural y que algunos identifican con la extrema derecha.

Sandrine Rousseau, líder del ala izquierda de Europa Ecología-Los Verdes, declaró en la cadena LCI: “Estas palabras excluyen a una parte de la gastronomía que tiene lugar en Francia (…). Se puede ser francesa y francés desde hace generaciones y adorar el cuscús”. “Yo no bebo. Soy vegetariano. Espero no ser anti-Francia”, escribió en la red social Twitter el exdiputado ecologista Sergio Coronado.

El comunista replicó en el diario liberal L’Opinion. “Por lo que he entendido, en la izquierda sorprende la defensa de Francia, de la nación, de la soberanía por medio de la cultura y la gastronomía. ¡Lástima!”, dijo. En la entrevista también defendió “inversiones masivas en la agricultura francesa” para desarrollar ganadería de calidad frente a las “granjas-fábrica”. Y, en alusión a batallas recientes de algunos alcaldes ecologistas, afirmó: “Yo no soy un ayatolá que lo quiere prohibir todo: del árbol de Navidad al Tour de Francia y pasando por la carne. La vida a base de quinoa y de tofu es sosa. No es mi Francia”.

La polémica, en sí, no va mucho más del cruce de invectivas. Pero sirve para entender la posición, hoy heterodoxa pero seguramente ortodoxa hace unas décadas, de un candidato que se desmarca de la nueva izquierda. Y muestra unas fracturas en la izquierda que van más allá de la alimentación.

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“La declaración de Roussel”, analiza Jean-Laurent Cassely en el semanario L’Express, “revela con crudeza el abismo entre una parte de la sociedad francesa, culturalmente conservadora en el ámbito culinario, y la izquierda ecologista que está en el origen de las críticas más virulentas y que cuestiona totalmente el consumo de masas basado en la ganadería intensiva”. Cassely añade: “Las reacciones revelan que, a la lucha de clases, se añade ahora la lucha entre estilos de vida, e incluso la sustituye”.

No es la primera vez que Roussel (Béthune, 52 años) provoca urticaria en su campo. Cuando en mayo asistió a una manifestación de policías, se le acusó de salir a la calle con la extrema derecha, aunque pocos candidatos han sido tan contundentes como él contra el ultra Éric Zemmour. Sobre las nucleares está mucho más cerca del presidente centrista Emmanuel Macron que de toda la izquierda, desde el Partido Socialista a los populistas de La Francia Insumisa. “Proponemos construir nuevos reactores nucleares”, sostenía hace unos días en Twitter. “Es una energía limpia, duradera y poco cara”.

Sobre la laicidad, el principio que en Francia separa rigurosamente el Estado de cualquier religión, Roussel se declara “universalista”. Es decir, reacio a adaptar estos principios a las minorías religiosas, y específicamente al islam, motivo de debates intensos en la izquierda. Hace unos días, acogió en la sede del PCF el deslumbrante edificio de Oscar Niemeyer en París, un homenaje a los periodistas y caricaturistas de Charlie Hebdo asesinados en 2015 por islamistas por burlarse de Mahoma.

“Murieron por sus ideas, por defender principios queridos de nuestra República, principios laicos”, señaló Roussel, quien reivindicó el derecho a blasfemar. Podrían parecer las palabras de un izquierdista de toda la vida, pero parte de la izquierda francesa ha sido muy crítica con las burlas de Charlie Hebdo al islam e incluso en su partido el acto sentó mal.

La diputada comunista Elsa Faucillon, tras defender la idea de homenajear a la revista, criticó que entre los invitados figurasen intelectuales que militan en la laicidad estricta. “La selección de los invitados”, declaró, “confirma el viraje político de mi partido desde hace unos meses”.

Las expectativas electorales de Roussel son más que mediocres: se mueve entre 2% y el 3%. Pero tampoco el resto de la izquierda levanta cabeza. Las llamadas guerras culturales en su seno ―sobre la ecología, sobre la laicidad, sobre la seguridad― son uno de los motivos de la división.

Pero sus posiciones retoman algunos de los principios del viejo PCF, que en las décadas de la posguerra fue hegemónico en la izquierda, y buscan apelar a los votantes obreros que se marcharon a la extrema derecha. Seduce también a intelectuales conservadores, como Alain Finkielkraut. “Fabien Roussel”, ha sentenciado Finkielkraut, “es muy interesante”.

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El presidente francés, Emmanuel Macron, se ha convertido, desde la invasión rusa de Ucrania el 24 de febrero, en el favorito indiscutible para ganar las elecciones presidenciales del 10 y el 24 de abril en Francia. Pero la condición de favorito —en una “campaña presidencial sin impulso”, como la describe Le Monde, de tono menor y con pocos mítines— entraña un riesgo: la desmovilización.

Para disipar el exceso de confianza, Macron (Amiens, 44 años) volvió el lunes a hacer lo que le gusta. En Dijon, la ciudad de la mostaza y capital de la Borgoña, Macron se dio un baño de masas y discutió cara a cara con los ciudadanos, práctica que, durante su mandato de cinco años, le ha metido en más de una situación inesperada. En Francia todos recuerdan la ocasión en la que regañó a un chaval por llamarle “Manu”, o la vez que un hombre le abofeteó. En Dijon, flanqueado por veteranos políticos locales procedentes del Partido Socialista, dio una rueda de prensa a pie de calle, lo que le permitió hacer algo, que, como presidente de la República, quizá eche de menos: bajar al barro partidista.

Macron, en otras palabras, hizo campaña de verdad. Debería ser lo natural a menos de dos semanas de la primera vuelta de las elecciones, y cuando oficialmente la campaña se da por iniciada, aunque hace meses que arrancó. No lo es. Porque no hay nada normal en esta campaña desde que Vladímir Putin lanzó sus tanques, misiles y aviones contra Ucrania.

La guerra tuvo dos efectos. Primero, anuló la campaña. Los mítines escasean y los debates y polémicas tiene poco recorrido. Segundo efecto: el centrista Macron consolidó su condición de favorito. El sondeo más reciente del instituto Ifop da al presidente vencedor en la primera vuelta, el 10 de abril, con un 28% de votos, seguido de Marine Le Pen, líder de la extrema derecha, con un 21%. Ambos se clasificarían para la segunda vuelta, el 24 de abril, y Macron derrotaría a Le Pen.

Y este es el peligro, según los macronistas: confiar en exceso en estos escenarios. Lo avisaba la semana pasada el ministro del Interior, Gérald Darmanin, en la cadena France 5: “Siempre he pensado que la señora Le Pen, con quien me cruzo desde que me dedico a la política, es peligrosa, es peligrosa para el presidente de la República, puede ganar estas elecciones”.

El frente ultra

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Hay táctica movilizadora en la apelación a la amenaza ultra. Pero también es cierto que, después de un quinquenio marcado por las reformas económicas, las protestas sociales y la pandemia, nadie quiere dar nada por seguro. Existe un fondo de descontento en Francia: detestan a Macron en sectores de la sociedad, que lo ven como el presidente de los ricos, una figura arrogante y desconectada de la Francia de a pie.

El candidato a la presidencia de Francia, Eric Zemmour, en un acto de campaña en la plaza de Trocadero de París el 27 de marzo.
El candidato a la presidencia de Francia, Eric Zemmour, en un acto de campaña en la plaza de Trocadero de París el 27 de marzo. BERTRAND GUAY (AFP)

En las anteriores presidenciales, en 2017, Macron también se enfrentó a Le Pen en la segunda vuelta. Macron sacó un 66% de votos. Le Pen, un 34%. Esta vez el margen sería mucho más estrecho. Marine Le Pen, desde entonces, ha suavizado su imagen, marcada por su padre, Jean-Marie Le Pen, patriarca de la ultraderecha europea. La hija ha repudiado el antisemitismo del padre y sus posiciones abiertamente xenófobas y racistas. Ha adquirido experiencia y pone tanto o más el acento en temas sociales y económicos que en la inmigración. La candidatura, en la campaña actual, del tertuliano ultra Éric Zemmour, le ha ayudado a parecer moderada.

“La extrema derecha sigue ahí y la sigue representando un clan”, dijo Macron en Dijon, en alusión a los Le Pen (a Jean-Marie y Marine hay que añadir Marion, la sobrina, que apoya a Zemmour). Y, en alusión a la doble candidatura ultra, Le Pen y Zemmour, añadió: “Ya sabemos qué sucede con estas cosas: acabará en tándem”.

La campaña, aunque en tono menor, por momentos se enciende. Sucedió el domingo, durante un mitin de Zemmour en la explanada de Trocadero, en París, la multitud gritó: “Macron, asesino”. Zemmour no hizo nada para acallarla. Después alegó que no había oído los gritos.

“Hay dos hipótesis. La primera es la indignidad, y es la que me parece más creíble, no me parece una sorpresa”, reaccionó Macron en Dijon. “La segunda”, bromeó, “es el desconocimiento de una reforma muy importante del quinquenio (…). Ahora la seguridad social reembolsa las prótesis auditivas, las gafas y las prótesis dentales (…). Invito al candidato que oye mal a equiparse a un coste menor”.

Fue una excepción en una campaña en el que el presidente prefiere mantenerse en el pedestal de la jefatura de Estado: mientras sus rivales se pelean en debates televisivos o en los mítines, él participa en cumbres de la UE y de la OTAN, hablan con Putin y con Joe Biden. Mientras el presidente se ocupa de la paz y la guerra mundiales, sus rivales se patean Francia.

La estatura internacional es una ventaja. Y un inconveniente. ¿Cómo entusiasmar a Francia con tan pocos mítines y escasos actos públicos? ¿Cómo recobrar el entusiasmo de 2017? Entonces Macron era el cambio; ahora, es la continuidad. En tiempos de crisis, nada de experimentos: este es su mensaje.

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Francia Márquez y polémica con Marbelle

Francia Márquez a quien se le ha comparado con king kong en un tema calificado de racismo pero que divide opiniones, respondió a la cantante Marbelle, y la artista también le dijo: «Le devuelvo su abrazo».

Noticias Colombia.

En un mensaje de Twitter y luego en un debate vicepresidencial, Francia Márquez respondió a los polémicos trinos de Marbelle, en los que la ha calificado como King Kong; aunque la artista no ha hablado del color de piel, ni ha dejado explicito el tema de racismo, para muchos, si son mensajes racistas y ya incluso le interpusieron dos denuncias penales.

La artista había escrito: «Los mamertos jamás entenderán que no es un tema de color…me aterra esa señora (…)».

Márquez, formula vicepresidencial de Gustavo Petro por el Pacto Histórico no había hablado directamente de la cantante, lo hizo hace unas horas.

«El racismo no solo hiere, sino tambien mata. El racismo no solo nos daña a nosotros, sino daña a quien lo expresa porque no se permite construir desde el amor y la diferencia. A @Marbelle30 le mando un abrazo ancestral para que se sane y construyamos desde la diferencia», escribió. 

Eso mismo respondió durante un debate cuando Vicky Dávila le preguntó por esa polémica.

Si bien a la lideresa caucana también le preguntaron por el mensaje de Gustavo Bolívar que «trataba» de defenderla y eso una foto de king kong con un mensaje, no lo ha mencionado.

La respuesta de Márquez:

Y la artista vallecaucana (nacida en Buenaventura), respondió que «no me trago sus mentiras».

«Y le devuelvo su abrazo ancestral para que se lo guarde», respondió y le dijo que no la presenta, «no me venga con el discurso barato con el que quieren engañar a la gente».

Insultos, burlas y hasta amenazas van y vienen en Twitter teniendo como protagonista a la cantante Marbelle, ferrea defensora del expresidente Álvaro Uribe y detractora de Gustavo Petro, su frase: «Cacas y King kong» en referencia a Francia Márquez, en un trino que duró más de 20 horas publicado, desató toda una ‘guerra’ de insultos, ofensas y demás.

Ese ha sido uno de los temas más álgidos de las redes sociales esta semana.

Delito de discriminación: «Por discriminación y racismo se entiende cualquier acción realizada que arbitrariamente impida, obstruya o restrinja el pleno ejercicio de los derechos de las personas por razón de su raza (color de piel), nacionalidad, sexo u orientación sexual)».

  • Constituye: prisión de 12 a 36 meses, multa de diez a 15 salarios mínimos legales vigentes (más de $13 millones). Ley 1482 de 2011.

El candidato del Pacto Histórico, contestó en la red social: «¿Es libertad de expresión o xenofobia?».

Frente a este tema, se pronunció el Observatorio de Discriminación Racial, que anunció que «iniciará acciones jurídicas por los comentarios discriminatorios publicados en redes sociales».

Piden que las autoridades tomen medidas.

Y ya se entablaron dos penales contra Marbelle, acusándola de racista y de promover mensajes de odio y discriminación, ella respondió que está para lo que «la justicia necesite».

Mensaje contradictorio

El trino de Gustavo Bolívar, que para unos intentaba defender a Francia pero terminó complicando la polémica, también fue borrado por el reelegido senador.

Una discusión de redes sociales que ha pasado a la interacción personal, y que complica aún más la polarización del país.

Es un problema el racismo, clasismo, bullying por la figura; el cuerpo y la apareciencia de una persona, pero en el marco de la discusión política a puertas de unas elecciones, señalan analistas, han logrado desviar la atención a la discusión sobre el futuro del país.

No hay debates tan acalarados que lleven a la gente a discutir sanamente, con datos, con investigaciones sobre las propuestas de los candidatos, por ejemplo.

La discusión no se centra en lo que vendrá en materia de gobernabilidad.

Eso ha llevado a un debate en el dime y direte, en el que parece que no hay discusión ni racionamiento para decir: «Me equivoqué» ni ofrecer disculpas, que por lo menos ayuden a calmar ánimos.

Al contrario, se suman opiniones, se recuerdan declaraciones.



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Nuestro país vecino del norte, Francia, tiene un problema con las piscinas. O, más bien, todos esos miles de propietarios que no comunicaron a las autoridades pertinentes que iban a hacer una. noticias /tecnologia/gobierno-frances-subvenciona-4000-euros-ciudadanos-cambian-coche-gasolina-bicicleta-electrica-1113119" target="_blank" title="Te dan 4.000 euros por cambiar un coche de gasolina por una bici eléctrica, si vives en Francia">Lo que Francia te da, Francia te quita.

Las piscinas pueden dar lugar a un aumento de los impuestos sobre la propiedad, ya que aumentan el valor de la misma, y deben ser declaradas según la legislación francesa (la español a es igual), por eso Hacienda castiga a aquellos propietarios que no notifican que tienen piscina en casa.

Y, tras un experimento con una inteligencia artificial (IA), se han descubierto más de 20.000 piscinas ocultas. Los medios de comunicación franceses informan de que esto ha ocasionado unos 10 millones de euros en impuestos.

[CH] La piscina más profunda del mundo

El software, desarrollado por Google y la consultora francesa Capgemini, detectó las piscinas en imágenes aéreas de nueve regiones francesas durante una prueba realizada en octubre de 2021.

Las regiones de Alpes-Maritimes, Var, Bouches-du-Rhône, Ardèche, Rhône, Haute-Savoie, Vendée, Maine-et-Loire y Morbihan formaron parte de la prueba, pero las autoridades fiscales dicen que ahora podría extenderse a todo el país.

En 2020 había más de 3,2 millones de piscinas privadas en Francia, según el sitio web de datos Statista, y las ventas ya estaban en auge antes de la pandemia de Covid. Y como cada vez hay más trabajadores que trabajan desde casa, se ha producido un aumento de las instalaciones de piscinas.

Según explica la BBC, una piscina media de 30 metros cuadrados está gravada con 200 euros al año en Francia.

La Hacienda francesa ha explicado que el programa informático podría servir para detectar ampliaciones de viviendas, patios o cenadores no declarados, que también intervienen en el impuesto sobre bienes inmuebles.

Esta acción llega después de que Julien Bayou, del partido francés Europa-Verdes, no descartara la prohibición de nuevas piscinas privadas. Sus comentarios se producen en un momento en el que Francia se enfrenta a la peor sequía registrada, que ha dejado a más de 100 municipios sin agua potable.


La líder ambiental Francia Márquez, en Medellín, Colombia, en febrero de 2022.
La líder ambiental Francia Márquez, en Medellín, Colombia, en febrero de 2022.JOAQUIN SARMIENTO (AFP)

Francia Márquez no ha hecho más que sonreír tras estas inéditas primarias. Aunque no ganó la consulta de la coalición de izquierda, el Pacto Histórico, donde arrasó como era de esperar Gustavo Petro, en su sede de campaña todo ha sido fiesta: “El pueblo no se rinde, carajo”, cantan y bailan con un estribillo que la ha hecho conocida y se entonaba durante las protestas sociales de 2021. No es para menos, la líder ambientalista se ha convertido en el fenómeno electoral colombiano.

Con casi el 97% de mesas de votación escrutadas, obtuvo 757.000 papeletas y se convirtió en la tercera aspirante más votada, por detrás de Gustavo Petro y Federico Gutiérrez, en la derecha. Márquez no solo superó en votos al exalcalde de Medellín Sergio Fajardo, tres veces candidato presidencial (que logró 701.000 en la consulta de centro), y dejó atrás a políticos con reconocimiento en el país como el exministro Alejandro Gaviria o el exgobernador de Boyacá Carlos Amaya, sino que logró crecer una campaña en apenas tres meses sin ser una figura reconocida en todo el país.

Con su votación, Márquez ha sido la representante de las mujeres en unas elecciones que adolecen de precandidatas, salvo Ingrid Betancourt, que se presenta por fuera de las coaliciones. La líder social es la que ha puesto en la agenda pública y los debates los asuntos centrales como la desigualdad económica de las mujeres y la despenalización del aborto, que apoya abiertamente. Ha sido reconocida por Angela María Robledo, reconocida feminista y antigua fórmula vicepresidencial de Petro en 2018: “Adelante mujer valiente”, escribió Robledo.

Nacida hace 40 años en La Toma, un pueblo de afrodescendientes del Cauca, denunció la minería ilegal de oro que estaba acabando con el río Ovejas y poniendo en riesgo de desplazamiento a multitud de habitantes, pues da sustento a 250.000 personas de su comunidad. Organizó a 80 mujeres locales y caminó con ellas durante 10 días y 350 kilómetros hasta Bogotá. Protagonizó una marcha de resistencia hasta el Parlamento de Colombia para hacerse escuchar y obtuvo el Premio The Goldman Environmental 2018, conocido como el Nobel ambiental.

Ahora consiguió un logro de carácter nacional con su movimiento Soy porque Somos. Aunque obtuvo el 15% de los votos de la coalición de izquierda, donde el ganador indiscutible fue Gustavo Petro con el 80% (4,3 millones de votos), supo crecer sus apoyos en poco tiempo. De hecho, al menos la mitad de sus votos los conquistó en Bogotá. “Saludamos con alegría este gran paso. La votación que hemos obtenido ha sido super importante para el desafío que tenemos, ganar un proyecto de cambio y transformación que ponga la vida en el centro. Saludo a los nadies, a las nadies de Colombia, esos que nos acompañaron desde las montañas, llanuras y barrios de este país”, dijo en la tarima junto a Gustavo Petro.

La mujer, que es estudiante de Derecho y agricultora, se sumó al Pacto Histórico, donde se comprometieron públicamente a darle al segundo en la consulta la llave para acompañar a Petro como vicepresidente, pero en los últimos días voceros de la campaña dijeron que optarían por otro candidato a vicepresidente para acercar a sectores liberales. Recia y directa, ya había increpado a Petro cuando éste no incluyó a candidatos afro en los primeros lugares de las listas al Congreso. Petro lo admitió pero no cambió su decisión: “Francia Márquez tiene toda la razón a su reclamo. El colegio electoral del Pacto se voló el renglón étnico. Lo hizo por contradicciones internas de los partidos, pero supeditó un principio general: la inclusión de la diversidad étnica de Colombia”.

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La alta votación de esta líder ambiental envía un mensaje en un país donde cada día son asesinados líderes sociales. Colombia es precisamente uno de los países más peligrosos para quienes defienden el territorio y defienden el medio ambiente. Francia Márquez se ubica entre esos defensores.

Con ella en el segundo lugar, queda por verse si Petro mantiene su palabra y de paso restablece las relaciones con las feministas, uno de los flancos más débiles del candidato de la izquierda. Más allá de lo que decida Petro, Francia Márquez se ha instalado como la sorpresa política de un país que lleva años con repitiendo los mismos nombres.

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No una, sino dos crisis internacionales trastocan inesperadamente el fin del primer mandato de Emmanuel Macron en el palacio del Elíseo y la campaña para la reelección.

Una crisis sucede en Europa, se origina en la amenaza de una ataque de Rusia a Ucrania y ha motivado esta semana una actividad frenética de Macron en busca de la desescalada. La otra tiene por escenario África: la ruptura entre Francia y la junta militar que gobierna en Malí puede precipitar la retirada francesa de este país y reavivar el fantasma de la retirada de Estados Unidos de Afganistán el pasado verano.

Ambas crisis, la del este de Europa y la del Sahel, llevaban tiempo gestándose, pero han estallado casi al mismo tiempo. Y en un momento delicado para Macron, quien busca el momento adecuado, pero parece no encontrarlo, para declararse candidato oficial en las presidenciales francesas. La elección a dos vueltas se celebra el 10 y el 24 de abril.

Otro punto en común entre ambas crisis: Rusia ha desplegado más de 100.000 soldados cerca de las fronteras con Ucrania, pero también está presente en África. Un detonante de la ruptura entre París y los golpistas de Bamako es la presencia en Malí de mercenarios de la empresa privada rusa Wagner. Hay ecos, en estas contiendas paralelas, de la Guerra Fría, cuando la Unión Soviética —una superpotencia mundial, a diferencia de la Rusia actual— echaba un pulso a Occidente en Berlín y en paralelo agitaba las revoluciones en el tercer mundo en plena descolonización.

Ucrania y el Sahel son terrenos donde se pone a prueba la capacidad de Francia y de la Unión Europea para influir en un mundo en tensión. La presión de Moscú a Kiev ha resucitado a la OTAN, organización que en 2019 Macron declaró en “coma cerebral”, y ha mostrado que, en casos de guerra y paz, la UE está lejos de disponer de la autonomía estratégica que anhela París. En el Sahel, Francia ensayó algo parecido a lo que podría ser una fuerza militar de una Europa soberana, pero el repliegue siembra dudas sobre el proyecto.

Macron, lógicamente, tiene un papel central en el conflicto del Sahel, pues fue Francia, con su antecesor, François Hollande, el país que lideró la intervención para frenar a los yihadistas en 2013 y, aunque participan otros países europeos, la vieja potencia colonial sigue dirigiendo las operaciones.

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Pero el presidente francés también ha intentado asumir la voz cantante en la crisis por Ucrania. Esta semana se ha reunido con el presidente ruso, Vladímir Putin, y con el ucranio, Volodímir Zelenski. No está claro si en nombre de la UE o de la OTAN, ni con qué mandato, pero tras consultar con sus socios y aliados se ha impuesto como el representante occidental de los esfuerzos por frenar la amenaza rusa.

François Heisbourg, consejero del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos y de la Fundación para la Investigación Estratégica, cree que la hiperactividad diplomática del presidente francés se explica porque hoy, en Europa, no hay nadie más con capacidad o voluntad de ejercer este papel. “[El primer ministro británico] Boris Johnson bastantes problemas tiene para gestionar su presupuesto de alcohol y pasteles en el 10 de Downing Street”, sonríe Heisbourg. “[El nuevo canciller alemán] Olaf Scholz todavía está en pleno aprendizaje de la política exterior y con una coalición que no ha construido una línea coherente en cuestiones de seguridad, por lo que Alemania no dispone de mucha movilidad. El único elemento móvil es Francia”.

El efecto, en Francia, es extraño. Mientras los rivales de Macron en la elección presidencial están embarcados en la campaña con todas sus miserias y golpes bajos, el favorito llama varias veces por semana a su homólogo estadounidense, Joe Biden, y al ruso Putin, vuela de París a Moscú y de ahí a Kiev, y después a Berlín. El gran tablero global en vez de la provinciana política local.

No es que Rusia y Ucrania estén ausentes del debate electoral. Hay un campo favorable a Putin o crítico con Occidente (la extrema derecha de Marine Le Pen y Éric Zemmour y la extrema izquierda de Jean-Luc Mélenchon) y otro europeísta y atlantista, el del propio Macron y de la candidata de la derecha moderada, Valérie Pécresse.

Mientras tanto, el presidente retrasa y retrasa la hora del anuncio de su candidatura. Y así la campaña no acaba de arrancar de verdad: todos esperan que Macron baje al fango.

Otra cosa es que la política internacional determine el resultado. “No pienso que tenga demasiada influencia en el plano electoral: en las elecciones francesas la política extranjera no hace ganar votos, aunque puede hacerlos perder”, dice Heisbourg, autor del ensayo Retour de la guerre (Retorno de la guerra). “El único impacto sustancial puede ser la subida de los precios de la energía si hay guerra”, agrega.

Macron corre un riesgo, “pero es bastante calculado”, opina este experto. “Si en los tres meses próximos no hay guerra”, añade, “si las discusiones diplomáticas se desarrollan en un ambiente de calma, no sumará votos, pero nadie le criticará. Y si hay una guerra, aparecerá como la persona que hizo todos los esfuerzos imaginables para impedirla”.

Otra cosa es el Sahel. La retirada de las fuerzas francesas pone en juego el prestigio y la credibilidad de Francia: el síndrome de Afganistán. “Es el típico tema que puede marcar el debate para la segunda vuelta de las presidenciales”, afirma Heisbourg. “Y es un riesgo que Macron no controla”, sentencia.

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La marcha de las tropas internacionales que llevan nueve años combatiendo el avance yihadista en Malí ya es un hecho. Francia y sus aliados occidentales y africanos han anunciado este jueves la “retirada coordinada” del territorio maliense de sus efectivos de las operaciones Barkhane y Takuba y su traslado a otros países vecinos en los próximos meses, en vista de las dificultades cada vez mayores que las autoridades golpistas de Bamako ponen a su presencia. España no participa en estas operaciones pero sí lidera la misión europea de formación de las tropas malienses, EUTM-Malí, que continuará en el país, al menos de momento.

“Ante las múltiples obstrucciones de parte de las autoridades de transición malienses, Canadá y los Estados europeos que operan en la operación Barkhane y en el seno de la task force Takuba consideran que ya no se dan las condiciones políticas, operacionales y jurídicas para continuar de manera eficaz su compromiso militar actual en la lucha contra el terrorismo en Malí”, señalan los países afectados en un comunicado distribuido por Francia, que lidera las operaciones militares en el Sahel.

“No podemos continuar trabajando militarmente con unas autoridades de facto con las que no compartimos ni la estrategia ni sus objetivos. Es la situación en la que nos enfrentamos hoy en Malí”, ha abundado el presidente francés, Emmanuel Macron, en una rueda de prensa en el Elíseo.

La lucha contra el terrorismo no puede justificarlo todo, no debe, bajo pretexto de ser una prioridad absoluta, transformarse en un ejercicio de conservación indefinida del poder y tampoco puede justificar ni la escalada de la violencia ni el recurrir a mercenarios (…) cuyo ejercicio de la fuerza no está controlado por ninguna convención ni regla”, ha agregado en referencia a la creciente presencia de mercenarios de la empresa rusa Wagner en Malí, una situación denunciada con creciente preocupación por Europa.

No obstante, los países participantes en las misiones antiterroristas en el Sahel aseguran que están en “estrecha coordinación” con los países vecinos y reafirman en su comunicado conjunto su “voluntad de continuar implicados en la región, respetando sus procedimientos constitucionales respectivos”.

“Las amenazas en la región, las organizaciones terroristas Al Qaeda y el Estado Islámico, han querido hacer de África, especialmente del Sahel, una prioridad en su expansión (…) con una agenda internacional. Eso justifica nuestra presencia”, ha afirmado al respecto Macron.

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En este sentido, y “a petición de los socios africanos”, las fuerzas internacionales iniciarán “consultas políticas y militares” de inmediato con Níger y los países del Golfo de Guinea que ya han manifestado su interés en “continuar su acción conjunta contra el terrorismo en la región del Sahel” y que podrían alojar a las tropas salientes, en una operación que debería estar aclarada para junio de este año.

En total, en el Sahel hay, según el Elíseo, unas 25.000 fuerzas internacionales, de las que 4.300 son franceses, de ellos 2.400 en Malí en el marco de la operación antiyihadista Barkhane y Takuba, la task force de fuerzas especiales de varios países de la UE acordada en enero de 2020 y que apoya, bajo mando francés, a las fuerzas armadas malienses en operaciones antiterroristas en el país. Francia, que ha perdido en sus nueve años de operaciones en el Sahel a más de medio centenar de militares, ya recompuso su dispositivo en Malí en 2021, reduciendo su presencia militar en el norte del país y priorizando las operaciones de Takuba.

La salida de las fuerzas francesas obligará a revisar la presencia de la misión militar europea en Malí, incluida la participación de España y Alemania que, aunque no forman parte de Takuba, son los principales contribuyentes de la veterana misión EUTM-Malí, liderada por España y que instruye al Ejército maliense para enfrentarse a los terroristas. Ambos países se han mostrado dispuestos a revisar su presencia en Malí, aunque España no es muy partidaria de la retirada. Según ha indicado Macron, en los próximos meses, mientras se consolida la retirada de las fuerzas de Barkhane y Takuba, habrá que realizar un “trabajo de reflexión y evolución de los ejercicios EUTM y de Minusma” (la misión de estabilización de Mali de la ONU) que el mandatario galo no ha querido “prejuzgar” por el momento.

La marcha del grueso de las fuerzas internacionales de Malí era dada por segura desde que, en las pasadas semanas, Francia dio a entender que actuaría en este sentido, en vista del rápido deterioro de sus relaciones con las autoridades de Bamako, que a finales de enero expulsaron al embajador galo.

La decisión ha sido anunciada horas antes del comienzo en Bruselas de una Cumbre UE-Unión Africana y está firmada por además de Francia, Alemania, Bélgica, Benín, Canadá, Chad, Costa de Marfil, Dinamarca, Eslovaquia, Eslovenia, Estonia, Italia, Ghana, Mauritania, Níger, Portugal, República Checa, Rumania, Senegal, Suecia y Togo, así como el Consejo Europeo, la Comisión Europea, la Coalición por el Sahel y la Comisión de la Unión Africana. Sus máximos representantes habían participado la pasada noche en una cena informal organizada en el Elíseo por Macron para, precisamente, “coordinar” la decisión de salir de Malí, una maniobra que Francia no quiere que sea vista como una decisión unilateral.

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Francia, la antigua potencia colonial en África, afronta uno de los momentos más difíciles de las últimas décadas en este continente. La ruptura entre París y la junta militar que gobierna Malí han llevado al presidente Emmanuel Macron a intensificar los preparativos para una retirada total de las tropas francesas e internacionales.

Nada está decidido, pero los equipos de Macron consultan con sus socios europeos e internacionales ante una posible salida del país donde hace nueve años empezó la misión antiterrorista en la región del Sahel. La retirada de Malí, en medio de un creciente sentimiento antifrancés en la región y un contexto de pulso en África con la pujante China y con Rusia, reaviva el espectro de la retirada el pasado verano de Estados Unidos de Afganistán tras una guerra de 20 años.

Las diferencias entre el Sahel y Afganistán son significativas: desde la densidad de la presencia y el número de bajas occidentales hasta el hecho de que la intervención en el Sahel empezó a petición de Malí para frenar el avance yihadista. Pero Francia, en plena campaña electoral y al frente del Consejo de la UE durante este semestre, afronta el riesgo de una humillación en un continente en el que, incluso décadas después de la descolonización, preservó poderosas redes de influencia económica, política y militar.

“No tiene sentido mantener la presencia [en Malí] cuando no podemos actuar de manera eficaz sobre la amenaza”, dice una fuente diplomática francesa que requiere anonimato. “Seguir en un lugar no es un fin en sí. Hay que seguir, pero solo donde podamos tener las palancas para actuar. Y donde no se reúnen las condiciones para una acción eficaz sobre los grupos terroristas no hay que buscar seguir a toda costa”.

La retirada de Malí, si acaba concretándose, no implica la retirada de toda la zona. “Luchar contra estas dos organizaciones [Al Qaeda y Estado Islámico] no se resume a estar en Malí”, dice la citada fuente. Y añade: “Hay que pensar en un dispositivo más ágil que puede afrontar la amenaza terrorista a escala de los países de la región”.

El detonante de la crisis actual fue la expulsión, el martes, de Joël Meyer, embajador francés en Bamako. La expulsión llegó después de que el ministro francés de Exteriores, Jean-Yves Le Drian, calificase de “junta ilegítima” a los gobernantes malienses. La junta ocupa el poder como resultado de un doble golpe de Estado y es objeto de sanciones por parte de la UE y la Comunidad de Estados del África Occidental.

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El régimen de Bamako también ha ordenado la retirada del contingente danés que debía unirse a Takuba, la operación de fuerzas especiales que actúa en el Sahel que debe sustituir, con menos tropas y más eficientes, a la más robusta Operación Barkhane. A esta operación marcadamente antiterrorista se suma la misión de formación de la UE y la de estabilización de la ONU.

Francia denuncia la presencia en Malí de mercenarios de la empresa rusa Wagner, supuestamente amparados por el Kremlin. “Es inconcebible que el ejército francés esté ligado directa o indirectamente a Wagner”, dice la citada fuente diplomática francesa. “Es un grupo con un comportamiento de milicia y que trabaja con reglas de actuación que no tienen nada que ver con las nuestras”.

El profundo deterioro de las relaciones entre Bamako y París se nutre de un creciente sentimiento antifrancés que cala en toda la región. Las protestas previas a los golpes de Estado en Malí y Burkina Faso y las manifestaciones de celebración posteriores estaban llenas de eslóganes contra la presencia militar gala en el Sahel. El bloqueo del convoy de Barkhane en Burkina Faso y Níger el pasado mes de noviembre refleja este rechazo.

“La situación en materia de seguridad no solo no ha mejorado, sino que se ha deteriorado gravemente. Por eso, mucha gente se cuestiona la sinceridad de la intervención militar francesa, de sus intenciones”, asegura Gilles Yabi, analista político responsable del think tank Wathi. “No es solo el fracaso de Barkhane”, prosigue este experto, “también hay viejos resentimientos, formas inadecuadas a la hora de expresarse por parte de algunos ministros que confirman el prejuicio de una tradicional arrogancia o poderosos vínculos con las élites africanas que trasladan la sensación de que es París quien dirige la política”.

En Senegal, un país por ahora alejado de la violencia yihadista, el líder opositor Ousmane Sonko, cuyos buenos resultados en las recientes elecciones locales le convierten en un serio aspirante a la presidencia en 2024, ha integrado el rechazo a Francia como uno de los ejes de su discurso. En el estallido de cólera popular de hace un año en Dakar y otras ciudades del país los saqueos no fueron generalizados: afectaron solo a gasolineras y supermercados de empresas francesas.

En este contexto, de confirmarse la salida de las tropas francesas de Malí y con la debilitada Burkina Faso en plena recomposición tras el golpe de Estado del 24 de enero las miradas se dirigen a Níger como nuevo bastión francés en el Sahel central, pues allí ya se concentra buena parte de los medios aéreos de Barkhane y de Estados Unidos.

Los desafíos son enormes. El rechazo a la presencia militar extranjera está extendido también en este país y su Gobierno teme que este sentimiento se acreciente si se intensifica el ir y venir de fuerzas occidentales. “Níger tiene una larga tradición de fuerte influencia del Ejército en la política y sus autoridades saben que no están exentas de un riesgo de golpe, como en Malí o Burkina Faso”, explica Yabi.

Una parte del rechazo a Francia y por extensión a la presencia occidental en el Sahel está espoleada por activistas prorrusia. Este país se ha propuesto recuperar el terreno perdido desde la época de la Unión Soviética con intervenciones militares trufadas con la presencia de mercenarios de compañías privadas.

El ocaso de la ‘Françafrique’

Emmanuel Macron llegó al poder en 2017 con la voluntad de renovar la política africana de Francia. La vieja estrategia venía marcada por el colonialismo y, a partir de los años sesenta, por la descolonización y los lazos estrechos que el general Charles De Gaulle y sus sucesores establecieron con los regímenes africanos. Fue en aquellos años cuando se consolidó la imagen de la llamada Françafrique, la tupida red de intereses económicos, militares y políticos —intereses no siempre confesables— entre París y las capitales del África francófona.

África fue un pilar de la influencia global francesa, según Antoine Glaser, coautor junto a Pascal Airault del libro Le piège africain de Macron (La trampa africana de Macron, 2021). “Cuando uno es presidente de la República francesa”, dice Glaser, “¿a qué debe su diplomacia de influencia? Al sillón permanente en el Consejo de seguridad de la ONU, a la potencia nuclear y al hecho de ser una potencia africana”.

Pero en una África globalizada y con una potencia como China ganando terreno, la Françafrique es cosa del pasado.

«La Françafrique no me obsesiona. Es algo que pasará. Es generacional”, declaró Macron en una entrevista publicada en el libro de Glaser y Airault. “En mi opinión”, dice ahora Glaser por teléfono, “se está pasando una página histórica”. Y añade: “Es como si Francia fuese un gran barco: siguió siendo influyente en determinados países como si aún estuviésemos en la época pos-colonial, pero ahora estamos en algo del todo distinto”. 

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