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Es probable que, por primera vez en su carrera política, Boris Johnson haya apostado no tanto por el lado vencedor sino por el lado correcto de la historia. El primer ministro británico ha sido en las últimas semanas el aliado necesario para Washington y de nuevo fiel para Bruselas. Ha jugado un papel clave en la estrategia preventiva de desvelar al mundo las previsiones de sus servicios de inteligencia, que la brutal invasión de Ucrania ordenada por Vladímir Putin ha demostrado acertadas. Y ha apostado fuerte, y rápido, por imponer duras sanciones económicas al entramado financiero y de oligarcas que respalda al presidente ruso.

Pero la retórica churchilliana desplegada estos días por el político conservador, al fin ante un reto histórico comparable con los que afrontó su héroe vital, no será suficiente para enderezar el pecado original que subyace en esta crisis: Londres ha sido durante años —Londongrado, como se ha llegado a llamar— el paraíso y refugio del dinero de mafias y multimillonarios rusos, muchos de ellos aliados de Putin.

“Los oligarcas rusos siempre han considerado al Reino Unido un destino favorable para su dinero. La clave del atractivo de Londres fue la explotación del programa de visados para inversores [los llamados visados de oro para los que trajeran consigo dos millones de libras esterlinas, o unos 2,3 millones de euros], junto a una normativa legal ligera y limitada. Los pujantes mercados de capital e inmobiliario de la ciudad ofrecieron oportunidades sólidas de inversión”, aseguraba la Comisión de Inteligencia y Seguridad del Parlamento británico, en julio de 2020, en un demoledor informe titulado simplemente Rusia.

Intereses enmascarados

“La llegada de dinero ruso ha propiciado el crecimiento de toda una industria de facilitadores: individuos y organizaciones que gestionan y promueven los intereses de las élites de Rusia en el Reino Unido. Abogados, contables, agentes inmobiliarios y profesionales de las relaciones públicas han jugado un papel, consciente o inconscientemente, a la hora de potenciar la influencia rusa, a menudo vinculada a la promoción de los malvados intereses del Gobierno ruso”, concluía el informe. “Y como consecuencia de todo eso”, aseguraba William Browder, fundador de Hermitage Capital Management (una consultora de inversión especializada en el mercado de valores ruso), en su comparecencia ante los diputados de la Comisión, “desde el lado británico nos toca lidiar con intereses criminales rusos enmascarados como intereses del Gobierno ruso, y con intereses del Kremlin enmascarados bajo los intereses de intermediarios occidentales”.

Es un pecado compartido por conservadores y laboristas. En 2008, el Gobierno del laborista Gordon Brown, asfixiado como el resto del mundo por la crisis financiera, introdujo un sistema de agilización de visados y de obtención de la nacionalidad británica para aquellos que trajeran sus fortunas al país. Una inversión de dos millones de libras (2,4 millones de euros) en una empresa del Reino Unido reduciría todo el proceso a cinco años; tres años si la aportación era de cinco millones de libras; solo dos años si superaba los diez millones.

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En perspectiva, el periodo comprendido entre 2008 y 2015 fue bautizado el “periodo de la fe ciega”. Unos 3.000 individuos, incluidos más de 700 ciudadanos rusos, se acogieron al programa sin apenas comprobaciones ni revisión de sus orígenes. Las instituciones financieras daban por sentado la legitimidad del solicitante, porque ya había obtenido su visado. Y el Gobierno, a su vez, asumía que eran los bancos los que aseguraban que todo fuera correcto y cumplían con las comprobaciones debidas. “Se ofrecieron mecanismos ideales para reciclar las finanzas ilegales a través de lo que pasó a conocerse como la lavandería de Londres”, afirmó la Comisión de Inteligencia y Seguridad. “La influencia rusa en el Reino Unido pasó a ser la ‘nueva normalidad’, y muchos de esos ciudadanos tenían vínculos muy cercanos con Putin, y estaban muy integrados en la escena social y empresarial, que los aceptaba por su riqueza”.

A partir de 2015, gracias sobre todo a un informe de la organización Transparencia Internacional que expuso las estrategias de blanqueo de dinero a través del programa de visados, las condiciones de entrada se endurecieron ligeramente: cualquier solicitante debía abrir previamente una cuenta bancaria en el Reino Unido ―que activaba automáticamente los mecanismos de comprobación― y el Ministerio del Interior se reservaba la prerrogativa de comprobar los antecedentes penales. No todos los ciudadanos rusos que llegaron al Reino Unido estaban vinculados a la delincuencia o tenían lazos estrechos con el presidente ruso. Pero todos quedaron bajo sospecha en 2018, como respuesta al intento de asesinato con un gas nervioso en la localidad de Salisbury del doble agente ruso Serguéi Skripal y de su hija Yulia.

El Kremlin llevó hasta territorio británico sus prácticas mafiosas. El Gobierno de Theresa May forzó la expulsión de decenas de diplomáticos rusos y llevó la relación entre los dos países sus horas más bajas. Ordenó un informe exhaustivo sobre esos más de 700 rusos que se habían afincado en el país entre 2008 y 2015. Nunca se publicó, y a pesar de que las cifras se rebajaran, el Reino Unido, como denunció la comisión parlamentaria, siguió “recibiendo a los oligarcas con los brazos abiertos”. Solo en 2021, de los casi 800 visados concedidos a inversores, 82 fueron para ciudadanos rusos.

La ministra de Interior, Priti Patel, anunció esta semana, cuando comenzaron a desplegarse las medidas de respuesta a la agresión de Putin contra Ucrania, que había ordenado la cancelación total del programa de visados a cambio de inversión. Los diputados de la oposición más críticos, que llevan años denunciando la situación, como el laborista Chris Bryan o la liberal-demócrata, Layla Moran, reclamaban más medidas, y una revisión del pasado. “Cerrar las puertas a los compinches de Putin no basta. Muchos de ellos ya han entrado, sin que nadie les preguntara nada. El Gobierno debe publicar ya el informe sobre todos los que obtuvieron visados”, reclamaba Moran.

Boris Johnson anunció en su comparecencia del miércoles ante la Cámara de los Comunes la voluntad de bloquear activos y perseguir a una lista de casi 100 individuos y entidades rusas, y de endurecer las leyes contra la delincuencia económica con una batería de hasta diez nuevas propuestas. La realidad es que la armadura jurídica y social adquirida por los oligarcas en Londres hace muy difícil y costoso ir a por ellos. Las cifras hablan por sí solas: hasta diciembre del año pasado, el Gobierno británico impuso sanciones a 180 ciudadanos rusos y a 48 compañías.

Según la Oficina de Implementación de Sanciones Financieras, desde 2016 se han recaudado poco más de 24 millones de euros en multas. El valor total de las infracciones financieras registradas en el periodo 2019-2020 fue de más de mil millones. “El Gobierno británico ha situado la lucha contra el crimen organizado en el centro de su estrategia de política exterior”, advertía el pasado diciembre el prestigioso centro de pensamiento Chatham House en un informe titulado El Problema de la Cleptocracia en el Reino Unido, “pero no ha acertado en detectar las conexiones íntimas entre la sociedad del Reino Unido y sus instituciones con las élites de los Estados cleptocráticos”. Y Rusia está a la cabeza de todos ellos.

El oligarca Abramóvich renuncia a ser el administrador del Chelsea FC

En tiempos de turbulencia, perfil bajo. El oligarca Roman Abramóvich, siempre posicionado a favor de Vladimir Putin, ha anunciado este sábado que dejará de estar en primera fila en la gestión del club de fútbol del que es propietario desde hace veinte años, el Chelsea FC. “Siempre he visto mi papel como el de custodio del club, para asegurar que tuviera siempre tanto éxito como el que hoy disfruta, mientras seguíamos construyendo su futuro. Y sin dejar de tener una intervención positiva en nuestras comunidades”, ha anunciado la entidad deportiva en un comunicado. “Siempre he tomado mis decisiones con los intereses del club en mi corazón. Sigo comprometido con esos valores. Por eso hoy he decidido entregar a los fideicomisarios de la fundación caritativa del Chelsea la administración del club. Creo que, en los momentos actuales, están en una mejor posición para cuidar de los intereses del club, de los jugadores, del personal y de los aficionados”.

La posición de Abramóvich como propietario del equipo había sido puesta seriamente en cuestión en los últimos días, después de que el Gobierno de Johnson decidiera actuar contra individuos y entidades rusas vinculadas o cercanas a Vladimir Putin. El diputado laborista, Chris Bryant, había exigido a la ministra del Interior, Priti Patel, que sometiera a Abrámovic a un control férreo. 

Muchos le consideran el último superviviente de los oligarcas rusos. El único que ha sabido mantener un perfil bajo y buena relación con el todopoderoso Putin. Sin ambiciones políticas que supusieran una amenaza para el habitante del Kremlin, su único salto al “poder” fue la compra en 2003 del Chelsea. Según varios medios, utilizó las ganancias obtenidas después de vender una importante participación en la aerolínea rusa Aeroflot. Volcó en el club millones de libras, lo llenó de fichajes estrella y atrajo al entrenador más codiciado del momento, José Mourinho. Cinco títulos de la liga inglesa y una Champions en el 2012 frente al Bayern de Múnich. Dieciocho años al frente de un equipo que convirtió a Abramóvich en un rostro familiar para los ingleses. No querido, sin embargo, más allá de los aficionados devotos. La creciente tensión entre Londres y Moscú, que tuvo su momento álgido tras el intento de asesinato, en la localidad de Salisbury, del agente doble Sergei Skripal en 2018, puso las cosas complicadas para el magnate, que inició un periodo de reclusión pública, y ya no era fácil verle sonreír en el palco del Stamford Bridge. En ese mismo año, Abramóvich desistió de su intento de renovar el visado británico y adquirió la nacionalidad israelí.

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Consecuentemente, gran parte de la isla pasó a ser un señorío gobernado por la monarquía británica y después un Reino que era básicamente un Estado cliente de Londres.

Finalmente en 1800 se fundó el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda, tras la aprobación del Acta de Unión por parte del Parlamento irlandés, en Dublín.

Pero desde sus inicios y a lo largo del siglo XIX, hubo una fuerte oposición en Irlanda que poco a poco se transformó en una violenta insurrección.

Hubo incluso estériles intentos de restablecer el Reino de Irlanda.

La lucha por más autonomía

En ese contexto, a finales de siglo, nace el movimiento «Home Rule» (autogobierno), que abogaba por más autonomía y la creación de un parlamento irlandés dentro de Reino Unido, para asuntos internos, mientras que los asuntos imperiales seguirían tratándose en Westminster, Londres.

Mapa de Irlanda y Reino Unido
Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda fue fundado en 1800.

Niamh Gallagher, profesora de historia moderna británica e irlandesa de la Universidad de Cambridge, destaca que los líderes del movimiento «Home Rule» no pedían independencia.

«Pedían un grado de devolución (de poderes) dentro de Reino Unido. Un poco como lo que hoy tienen Escocia o Gales», le dice a BBC Mundo

Pero también había nacionalistas irlandeses, principalmente católicos, que querían separarse por completo de Reino Unido.

Al otro lado del espectro político se encontraban los unionistas, protestantes en su mayoría, que vivían principalmente en el noreste de Irlanda.

Eran leales a la corona británica y temían convertirse en minoría en una Irlanda independiente.

En la década de 1870, cada vez más políticos británicos consideraban que Irlanda debía tener una mayor voz en sus asuntos internos.

Y líderes, como el exprimer ministro británico William Gladstone, apoyaban la creación de un «gobierno autónomo» en Irlanda e intentaron, sin éxito, aprobar leyes para darle más autonomía.

Formación de milicias

No obstante, la elección general de 1910 cambió el panorama político: los nacionalistas irlandeses ganaron la mayoría de los escaños de Irlanda.

El 1 de septiembre de 1912, los unionistas de Úlster salieron a las calles a protestar en contra del tercer proyecto del ley de autonomía de 1912 presentado por el primer ministro británico Herbert Asquith.
El 1 de septiembre de 1912, los unionistas de Úlster salieron a las calles a protestar en contra del tercer proyecto del ley de autonomía de 1912 presentado por el primer ministro británico Herbert Asquith.

Fue un voto que sirvió para ejercer más presión sobre Londres y exigirles que les devolviera algunos poderes.

Así fue como el entonces primer ministro Herbert Asquith presentó el tercer proyecto del ley de autonomía de 1912, cuya firma se retrasó hasta 1914 y luego fue suspendida tras el estallido de la Primera Guerra Mundial.

Horrorizados ante el proyecto de ley que los alejaría de Londres, los unionistas firmaron inmediatamente una petición en protesta y fundaron la Ulster Volunteers, una milicia cuyo objetivo era bloquear un autogobierno nacional en Irlanda.

Para enero de 1913, la Ulster Volunteers ya contaba con cerca de 100.000 miembros y habían logrado contrabandear decenas de miles de rifles desde Alemania hasta Úlster, una provincia histórica en el norte de Irlanda.

Al observar lo que estaba sucediendo en Úlster, un grupo de nacionalistas se preparó para defender el autogobierno y fundó ese mismo año la organización paramilitar Voluntarios Irlandeses, que también se armó.

Mapa de Irlanda.

Las tensiones aumentaron entre nacionalistas y unionistas hasta tal punto que Irlanda estaba al borde de la guerra civil.

Dos eventos determinantes

Para intentar aliviar las tensiones, en la Cámara de los Lores, en Londres, se sugirió un plan de partición temporal, en el que seis condados de la provincia de Úlster seguirían siendo gobernados por Reino Unido.

El estallido de la Primera Guerra Mundial había hecho que las tensiones disminuyeran; tanto los nacionalistas como los unionistas habían tomado las armas contra los alemanes.

Pero a dos años del comienzo de la guerra, el 24 de abril de 1916 ocurrió una rebelión en Dublín que trascendió como el Alzamiento de Pascua, cuyo objetivo era poner fin al dominio británico en Irlanda y establecer una república independiente.

El ejército británico logró en cinco días controlar la insurrección que dejó 116 muertos, 368 heridos y nueve desaparecidos.

La historiadora Niamh Gallagher asegura que 1916 y 1918 fueron años determinantes en el futuro de Irlanda.

Y es que, a pesar de su fracaso militar, el Alzamiento de Pascua puede considerarse como un punto importante en la eventual creación de la República de Irlanda.

Los disturbios del Alzamiento de Pascua ocasionaron grandes daños en Dublín.
Los disturbios del Alzamiento de Pascua ocasionaron grandes daños en Dublín.

Mientras que en las elecciones generales de Irlanda de diciembre de 1918 el partido nacionalista Sinn Féin ganó 73 escaños de 105.

Tras esa victoria, sus diputados se negaron a sentarse en Londres y, en cambio, fundaron a principios de 1919 el Dáil Éireann: su propio parlamento en Dublín.

La guerra de independencia

En su primera sesión parlamentaria, el 21 de enero de 1919, el Sinn Féin declaró la independencia de Irlanda, ratificando la Proclamación de la República Irlandesa de 1916.

Pero el gobierno británico se opuso y su negativa a aceptar la declaración desencadenó ese mismo día la Guerra de Independencia de Irlanda.

El Sinn Féin transformó la organización Voluntarios Irlandeses en el Ejército Republicano Irlandés (IRA, por sus siglas en inglés), quienes iniciaron una guerra de guerrillas.

Los violentos enfrentamientos hicieron que el primer ministro británico, David Lloyd George, creara un comité para encontrar una solución.

La Guerra de Independencia Irlandesa duró dos años, dejó más de mil muertos e inmensas pérdidas materiales.
La Guerra de Independencia Irlandesa duró dos años, dejó más de mil muertos e inmensas pérdidas materiales.

Sólo en junio de 1920, veinte personas murieron en la ciudad de Londonderry, en el norte de la isla.

Pero el foco del derramamiento de sangre fue Belfast, la capital de Irlanda del Norte.

Más de 450 personas fallecieron en esa ciudad entre junio de 1920 y julio de 1922.

La «rápida» solución

Niamh Gallagher, de la Universidad de Cambridge, explica que, en ese contexto, Londres necesitaba encontrar una solución rápida al conflicto.

Desde 1912, el gobierno británico barajó una amplia variedad de opciones para Irlanda, una de ellas era dividir la isla.

«En 1919-1920, la partición se convirtió en la solución preferida para la llamada ‘cuestión irlandesa’, aunque no se había acordado dónde estaría exactamente la frontera».

Las recomendaciones del comité, encargado por el gobierno británico y presidido por el unionista Walter Long, formaron las bases del Acta del Gobierno de Irlanda de 1920, con la que la isla seguiría unida a Gran Bretaña, pero se le devolverían ciertos poderes.

Con esta ley se logró la ansiada autonomía en Irlanda.

Pero, según el mismo acta, la isla sería dividida en Irlanda del Norte e Irlanda del Sur, que más tarde se transformaría en el Estado Libre de Irlanda.

Una solución controvertida

El Acta del Gobierno de Irlanda de 1920 no dejó satisfechos ni a los nacionalistas ni a todos los unionistas.

Irlandeses manifestando en contra de la partición de Irlanda a las afueras de Downing Street, la residencia del primer ministro británico en Londres.
Irlandeses manifestando en contra de la partición de Irlanda a las afueras de Downing Street, la residencia del primer ministro británico en Londres.

«No se consultó a la gente ni a los diferentes grupos. Se hizo eficazmente a puerta cerrada», destaca Gallagher.

Muchos unionistas de Úlster apoyaban la ley, pero no todos: algunos querían nueve condados en lugar de seis.

Los católicos del norte no la apoyaban en absoluto, se convirtieron en una minoría dentro de la nueva Irlanda del Norte y fueron vistos por el nuevo gobierno unionista más como un problema durante las décadas que siguieron.

Para Gallagher, la partición era una solución diseñada para pueblos homogéneos, pero en la isla no había tal homogeneidad.

«Gran parte de los nacionalistas, que eran mayoría en Irlanda, no apoyaban el acta y tampoco lo hacían la mayoría de los protestantes que vivían en el sur de la isla y en los tres condados sureños de Úlster, que no fueron incluidos en Irlanda del Norte, porque se quedarían fuera de Reino Unido«, señala la historiadora.

«Los republicanos irlandeses, del norte y del sur, nunca han aceptado (la partición). Si hubo un grupo que salió satisfecho fueron los unionistas de Úlster, quienes no estaban completamente convencidos, pero estaban preparados para hacer que funcionara».

Estado Libre Irlandés

El costo de la guerra y la destrucción aumentaban rápidamente, en un periodo en que el gobierno británico necesitaba lidiar con los múltiples problemas sociales y la depresión económica que había dejado la Primera Guerra Mundial.

Después de firmar el Tratado anglo-irlandés que estableció el Estado Libre, el líder del Sinn Fein Michael Collins se dirigió a la multitud en Dublín.
Después de firmar el Tratado anglo-irlandés que estableció el Estado Libre, el líder del Sinn Fein Michael Collins se dirigió a la multitud en Dublín.

Así que tanto el rey como los principales líderes religiosos pidieron el fin de la violencia.

Tras meses de negociaciones, el Tratado anglo-irlandés de 1922 marcó el fin de la guerra, permitiendo la creación del Estado Libre Irlandés, que tendría su propio gobierno, parlamento, ejército, pero que seguiría formando parte del Imperio británico.

Muchos nacionalistas no apoyaban el tratado, pero sentían que era un paso más hacia la independencia y el parlamento terminó aprobándolo por una estrecha mayoría.

Por su parte, los unionistas de Úlster sentían que el tratado violaba el Acta del Gobierno de Irlanda de 1920 y se separaron del Estado Libre Irlandés pocos días después de su creación, en diciembre de 1922.

Una partición «marcada por dos extremos»

Pero en vísperas de la entrada en vigor del polémico pacto estalló una sangrienta guerra civil que enfrentó a las fuerzas del gobierno provisional, que apoyaban el tratado, y al IRA, que lo rechazaba.

Los enfrentamientos se prolongaron hasta 1923 y dejaron miles de muertos y profundas heridas en las sociedades en ambos lados de la frontera norirlandesa.

Finalmente en 1937 se redactó la Constitución de Irlanda que fundó la República que conocemos actualmente.

La periodista de la BBC en Irlanda del Norte, Catherine Morrison, considera que la partición de Irlanda y la creación de Irlanda del Norte hace 100 años estuvo marcada por dos extremos.

Un sacerdote agita un pañuelo manchado de sangre mientras cuatro hombres llevan a un hombre herido y ensangrentado por las calles de Londonderry durante The Troubles.
«The Troubles» (los problemas) fue un sangriento y traumático conflicto entre unionistas y nacionalistas que duró 30 años.

«Por un lado, 1921 fue un año de grandes escenarios políticos, de discursos, de pompa y ceremonia. Lejos de todo eso, la gente corriente en el nuevo estado de Irlanda del Norte vivía sus vidas en un contexto de violencia latente», explica.

Y a partir de 1922, esa violencia se convirtió en «una paz incómoda».

«Pero el malestar sectario sería una característica peligrosa de Irlanda del Norte durante las próximas décadas», añade.

¿Una Irlanda Unida?

De hecho, ese malestar sectario se intensificó a lo largo de los años y las tensiones comunitarias aumentaron en Irlanda del Norte con campañas de desobediencia civil que dieron origen a «The Troubles» (los problemas), un sangriento y traumático conflicto entre unionistas y nacionalistas, que duró 30 años y terminó con la firma del Acuerdo de Viernes Santo en 1998.

La historiadora Niamh Gallagher cree importante destacar que tras la firma del acta de 1920 aún existía la posibilidad de revisar la frontera entre Irlanda del Norte e Irlanda del Sur.

Joven ante un incendio en las protestas en Irlanda del Norte
Irlanda del Norte vivió en abril una de las peores olas de violencia en años. Líderes unionistas vincularon la violencia a tensiones acumuladas por la frontera del mar de Irlanda impuesta como resultado del acuerdo del Brexit.

«En 1924-1925 se le encargó a un comité que revisara la frontera. Al final sus hallazgos fueron suprimidos y la frontera que se había decidido en el acta de 1920 quedó allí».

A cien años de la partición de Irlanda, muchas personas en ambos lados de la frontera creen que en el futuro esta podría desaparecer, dándole paso a una Irlanda Unida.

Según una encuesta encargada por el programa Spotlight de la BBC, una pequeña mayoría en Irlanda del Norte cree que la región se habrá separado de Reino Unido en 25 años.

El 49% de los encuestados dijo que votarían por permanecer en Reino Unido si hubiera una encuesta fronteriza hoy, mientras que el 43% respaldaría una Irlanda unida y el 8% no sabe.

Pero cuando se les preguntó si pensaban que en 25 años Irlanda del Norte continuaría formando parte de Reino Unido, el 51% de las personas en la región dijo que no.

«En realidad, ningún partido político ha elaborado un caso convincente para atraer a votantes del ‘otro lado'», señala Gallagher.

«Décadas sin comunicación entre el norte y el sur, «The Troubles» (…), además de los niveles considerables de desconfianza del ‘otro lado’, han hecho que los partidos nunca hayan trabajado duro para ir más allá de su base de votantes», prosigue.

«Pero los próximos años nos indicarán cuánto éxito tienen los partidos vendiendo una Unión (de la isla) o una nueva Irlanda«.


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Era un secreto a voces desde hace días, pero la Casa Blanca ha terminado de dar el paso este martes. Semana y media después dejar la energía fuera de su paquete inicial de sanciones a Moscú, Estados Unidos dejará de importar petróleo y gas ruso como represalia por la invasión de Ucrania. Y no será el único: horas después, el Reino Unido se sumaba a la moción —aunque de manera más gradual—, añadiendo un grado adicional de presión sobre la economía rusa, muy dependiente de las exportaciones de combustibles fósiles. Estas son las principales claves y repercusiones de la medida:

¿Cuánto petróleo importan EE UU y el Reino Unido de Rusia?

Su peso en la matriz energética estadounidense es mínima: menos del 8% del crudo que la primera potencia mundial compra en el exterior llega desde el país euroasiático, una cifra muy similar —aunque ligeramente superior— en el caso británico. Aunque a corto plazo puede haber tensiones puntuales, en un mercado tan activo y global como el petrolero, no será difícil reemplazar esa producción con oferta de terceros países. Eso sí, a precios muy altos.

¿Cómo se puede reemplazar la oferta rusa?

Dado el escasísimo peso del crudo ruso sobre el total consumido en EE UU y el Reino Unido, no le será difícil encontrarle reemplazo. Si otros países toman la misma determinación, en cambio, sí sería mucho más complicado encontrar alternativas de suministro.

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Hay, sin embargo, varios factores que aliviarán la situación. El primero y más importante, la potencia de bombeo de la poderosa industria fracking estadounidense, que le ha aupado a la cima petrolera mundial y que el año que viene disparará su producción hasta un nuevo máximo histórico de 13 millones de barriles diarios, según la Administración de Información Energética de Estados Unidos (EIA). El segundo es el regreso de Irán al mercado, que culminará cuando selle su nuevo acuerdo nuclear y que ayudará a paliar las consecuencias con una inyección de un millón de barriles diarios. Es casi la séptima parte de lo que produce Rusia.

El tercero y más imprevisto es Venezuela: consciente de que —aunque venido a menos como productor y con unas infraestructuras obsoletas— el país latinoamericano cuenta con los mayores yacimientos probados de crudo bajo el subsuelo, el Gobierno estadounidense envió el fin de semana pasado a una delegación de alto nivel a Caracas para tratar asuntos de “seguridad energética”. En plata: levantar sanciones para asegurarse una dosis adicional de oferta con la que nadie contaba.

En esa estrategia de sustitución del petróleo ruso se enmarca también el anuncio de la Agencia Internacional de la Energía (AIE, dependiente de la OCDE) de que sus Estados miembros —entre ellos, los propios EE UU— seguirán liberando reservas estratégicas en los próximos días. El objetivo: relajar la presión sobre los precios y disminuir la volatilidad del mercado.

¿Seguirá la UE sus pasos?

Es una pregunta imposible de responder en este momento, dada la variedad de sensibilidades entre los principales Estados miembros. Por un lado, Alemania —uno de los países más dependientes de Rusia— se niega en redondo a renunciar a los combustibles rusos aludiendo a la importancia capital para el suministro de su industria y sus hogares. Por otro, Francia y Países Bajos —que no importan tanto del gigante euroasiático— se abren a cualquier posibilidad y no descartan ningún escenario. Italia y España, por su parte, siguen sin expresar un punto de vista nítido.

Que el Reino Unido haya seguido, en tiempo récord, la estela estadounidense, mete más presión al bloque. Lo único claro, eso sí, es que la decisión será común y no individual. En cualquier caso, lo lógico sería pensar que, de dar el paso, la medida se limite al crudo y no alcance al gas, mucho más difícil —y costoso— de sustituir a muy corto plazo.

¿Por qué Europa no lo tiene tan fácil?

De nuevo, por una cuestión de dependencia: Rusia es un proveedor menor para EE UU y el Reino Unido, pero para la UE es mucho más significativo. Más de la cuarta parte de las importaciones petroleras del bloque comunitario procede de ese país. Además, prohibirlas sin tomar una determinación similar con el gas tendría una lectura extraña. Y dar el paso con el gas no es ni mucho menos tan sencillo: las implicaciones económicas de esa medida serían enormes. Con todo, son cada vez más las petroleras europeas que han optado por no comprar ni un barril más de crudo hasta nueva orden. La última en hacerlo ha sido la mayor de la eurozona por activos, la francesa Total.

¿Qué consecuencias tendrá para Rusia?

Si el veto se queda en EE UU y el Reino Unido, serán modestas. Sin embargo, si la UE, que le compra el 60% de su producción de crudo y una cantidad aún mayor de gas, opta por cortar amarras con su vecino del Este, el impacto sí sería enorme. A los precios actuales, la venta de combustibles fósiles a los socios europeos reporta más de 1.000 millones de euros diarios a Rusia, según los datos de Simone Tagliapietra, investigador del centro de estudios Bruegel. Ese dinero es esencial para el mantenimiento de su campaña militar en Ucrania, en un momento en el que alrededor de la mitad de las reservas de su banco central están bloqueadas por Occidente, y su evaporación exacerbaría su débil posición financiera.

Incluso si la UE acabase dando el paso, Moscú cuenta con una baza adicional: China, un coloso económico que necesita ingentes cantidades de crudo en su día a día, no ha dado ninguna indicación de que vaya a renunciar a su crudo. Hoy le compra aproximadamente la quinta parte de lo que vende al extranjero, pero caben pocas dudas de que Pekín vaya a aprovechar la oportunidad para hacerse con una mayor cantidad de energía a precio de ganga. Esa ocasión se extiende, según ha adelantado Bloomberg, a una posible toma de posiciones en el accionariado de grandes energéticas o firmas rusas del sector de materias primas. Una inversión de saldo, pero cargada de riesgo: nadie sabe cómo saldrá Rusia de la saga ucrania.

¿Por qué sube el petróleo?

Fundamentalmente, porque implica un estrechamiento del mercado: menos oferta siempre es sinónimo de precios más altos. Rusia es una de las mayores potencias petroleras del mundo: es el segundo exportador de crudo del planeta, tras Arabia Saudí. Y el mayor si se suman también sus derivados, cubriendo por sí sola cerca del 7% de la demanda global. Este martes, tras el anuncio de la medida, el barril de crudo brent, el de referencia en Europa, subía con fuerza hasta superar los 125 dólares por barril, su nivel más alto en 14 años.

Esa subida no solo tendrá consecuencias sobre el EE UU y el Reino Unido, sino sobre todo el mundo: petróleo más caro significa también gasolina y diésel más caros en las estaciones de servicio españolas y del resto del mundo, y menor renta disponible de los hogares para consumir otros productos y servicios.

¿Hasta dónde pueden llegar los precios?

Depende, en gran medida, de cuánto se prolongue la situación y de cuántos países acaben secundando la medida estadounidense. Si el veto de Washington se extiende hasta finales de año, el banco de inversión JP Morgan cree que el brent puede dispararse hasta los 185 dólares, lo que supondría subir un 40% respecto a los niveles actuales y pulverizar cualquier registro previo. En ese escenario, la entidad suiza UBS pone el listón un poco más abajo: en 150 dólares.

De sumarse la Unión Europea a la medida, la escalada sería exponencial: algo más de la mitad de la producción rusa desaparecería del mercado mundial, y la consultora noruega Rystad Energy anticipa que el crudo podría alcanzar los 200 dólares. Las consecuencias sobre la inflación, ya disparada, serían desastrosas.

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La Comisión de Cuentas Públicas del Parlamento británico ha advertido este miércoles al Gobierno de Boris Johnson de que le queda mucho trabajo por hacer para reducir las consecuencias negativas que ha traído consigo el Brexit. El impacto que la pandemia ha tenido sobre la economía, el comercio internacional y el tránsito de mercancías y viajeros durante casi dos años ha camuflado los problemas ocasionados por la salida de la UE, que el 31 de diciembre de 2020 fue ya una realidad jurídica definitiva. Pero no las ha tapado por completo. “Los nuevos controles impuestos al movimiento de bienes desde el Reino Unido a la Unión Europea han supuesto costes adicionales para las empresas y han afectado el flujo del comercio internacional”, concluye el informe de la comisión, EU Exit: UK Border Post Transition (Salida de la UE: La Frontera del Reino Unido después del Periodo de Transición).

El texto analiza los problemas surgidos hasta la fecha, pero, sobre todo, concentra sus advertencias en los inconvenientes que se anticipan en el horizonte cercano. Mientras Bruselas puso en marcha por completo, desde el fin del periodo de transición, sus controles aduaneros y sanitarios para los productos procedentes del Reino Unido, el Gobierno de Johnson ha ido autoconcediéndose periodos de gracia —hasta tres veces— para prorrogar el cumplimiento de sus obligaciones. Como conclusión, no será hasta mitad de este año cuando la importación de productos de la UE sea sometida a un control estricto.

“[El Gobierno] debe centrarse ahora en la preparación de los operadores de comercio internacional y transportistas de la Unión Europea para los controles de importación que se impondrán a lo largo de 2022″, avisa la comisión en su informe. “Cerca de un 15% de las empresas —unas 90.000— están poco familiarizadas con los procedimientos aduaneros internacionales, y hay que asegurar que, llegado el momento, sean conscientes de lo que hay que hacer”.

Respecto a las empresas británicas, la comisión hace hincapié en los datos facilitados por la Oficina Nacional de Estadística. En el primer y en el segundo trimestre de 2021, cuando los efectos de la pandemia comenzaban a aminorar, el intercambio comercial entre el Reino Unido y la UE se redujo un 25% y un 15%, respectivamente, respecto a los mismos periodos de 2018, el año en que se considera que hubo plena normalidad previa a la irrupción del Brexit y del coronavirus. “Fueron caídas muy superiores a la del comercio del Reino Unido con otras zonas del mundo”, señala el informe.

Muchos negocios han tenido que enfrentarse a costes adicionales derivados de la tramitación burocrática de las declaraciones aduaneras. Frente a la capacidad y habilidad de las grandes empresas para gestionar con su propio personal estas nuevas obligaciones, los negocios pequeños y medianos han debido contratar intermediarios especializados para que les ayudaran a superar las nuevas trabas. La Agencia Tributaria y Aduanera británica (HMRC, en sus siglas en inglés) ya estimó en 2019 que los nuevos controles supondrían un coste anual extra para las empresas de casi 18.000 millones de euros, y, como señala la comisión en su informe, la cifra no ha sido aún revisada oficialmente, “aunque la HRMC ha indicado que cree el coste será menor”. Las empresas agroalimentarias, que exportan a la UE animales vivos, carne o pescado fresco y plantas deben someterse, además, a controles sanitarios y fitosanitarios extra que incrementan la facturación, por las necesarias tasas en los puestos de control físico de los puertos.

Caos en la frontera

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Las restricciones impuestas al tránsito de personas durante la pandemia han reducido drásticamente el volumen de viajes internacionales. La recuperación gradual, durante 2022, de las cifras habituales de pasajeros va a provocar un grave problema en las fronteras terrestres —por el tránsito rodado a través del canal de la Mancha— de Dover y Folkestone. La Unión Europea tiene previsto implantar definitivamente en la primera mitad de este año su sistema de control fronterizo EU Entry and Exit (Entrada y Salida de la UE), con el que actualizará y homologará la identificación de viajeros con datos biométricos (huellas dactilares y reconocimiento facial), que serán registrados y compartidos en una red informática de datos.

Mientras la mayoría de aeropuertos disponen ya de la logística y las máquinas para realizar este control, el problema puede surgir con camioneros, vehículos particulares o incluso autobuses que transporten viajeros. El nuevo sistema requerirá obligatoriamente que las personas deban abandonar los vehículos para el proceso de reconocimiento, con lo que supondrá de tiempo añadido. “Los modelos matemáticos independientes señalan que cualquier retraso de dos minutos en la frontera puede acabar creando colas de tráfico de más de 50 kilómetros. Es inevitable que exista cierta fricción después de la salida del Reino Unido de la UE, pero el nuevo sistema puede resultar desastroso para unas cadenas de suministro tan interconectadas como son las de este país”, ha dicho Sarah Laouadi, directora de Política de la UE de LogisticsUK, la patronal más importante de la industria logística británica.

La comisión parlamentaria señala finalmente en su informe los problemas surgidos en torno a la aplicación del Protocolo de Irlanda del Norte, especialmente en lo que se refiere al traslado de productos desde Gran Bretaña a la isla de Irlanda, pero otorga un voto de confianza a Downing Street en sus negociaciones con Bruselas. “El Gobierno nos asegura que la UE ha comenzado a ser más receptiva respecto a ideas que, previamente, aseguró que no podían ser llevadas a cabo. Las negociaciones siguen su curso y el Ejecutivo nos dice que, con buena voluntad y planteamientos constructivos por ambas partes, tiene esperanza de alcanzar una solución”, asegura el informe.

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Liz Truss, el 16 de diciembre durante una entrevista en Madrid.
Liz Truss, el 16 de diciembre durante una entrevista en Madrid.ALEX ONCIU

El Partido Conservador del Reino Unido dispone solo de un martillo —llamado Brexit— para hacer política, y todos los problemas se le antojan clavos. La relación de Londres con Bruselas ha vuelto a convertirse en el rehén de las refriegas políticas domésticas. La nueva ministra de Asuntos Exteriores, Liz Truss, que mantiene desde hace más de un año su posición de favorita para suceder al primer ministro entre los afiliados tories, según la página web ConservativeHome, ha retomado un discurso de tono duro para dirigirse a la Comisión Europea, en referencia a la estancada y astillosa negociación sobre el Protocolo de Irlanda del Norte. Después de la dimisión, a finales del pasado año, de David Frost como ministro para la UE, Truss asumió personalmente la interlocución con Maros Sefcovic, vicepresidente de la Comisión.

El intercambio de papeles coincidió con la sensación —así se interpretó en Bruselas— de que el Gobierno de Johnson, agobiado con sus crisis internas y la amenaza de la variante ómicron, rebajaba sus exigencias y se mostraba dispuesto a buscar el pragmatismo y la conciliación en sus negociaciones con Bruselas. El próximo jueves Sefcovic y Truss tendrán su primer encuentro cara a cara, en Chevening House, la residencia campestre en el condado de Kent que suele utilizar como lugar de descanso o sede de encuentros políticos el titular de Exteriores de turno.

En una tribuna de opinión publicada en el periódico de referencia de los conservadores, The Sunday Telegraph (la edición dominical de The Daily Telegraph), Truss pone sus cartas sobre la mesa, para que las vean en la UE, pero también todos aquellos euroescépticos del ala dura del partido cada vez más frustrados por el modo en que se ha desinflado la conquista del Brexit. Y los unionistas de Irlanda del Norte, tradicionales aliados de la derecha británica, que encaran unas elecciones autonómicas complicadas en mayo, en las que sus votantes están convencidos de que el Protocolo de Irlanda del Norte fue una traición que les alejó aún más del Reino Unido.

“Tal y como está hoy redactado, el Protocolo ha perdido el respaldo de la comunidad unionista, por su miedo a que Irlanda del Norte se esté separando del resto del Reino Unido”, ha escrito Truss. “Estoy dispuesta a trabajar día y noche para negociar una solución. Pero voy a ser muy clara: no firmaré nada que impida que los ciudadanos de Irlanda del Norte puedan beneficiarse de las mismas decisiones en materia de impuestos o de gasto que afecten al resto del Reino Unido, o que imponga controles en las mercancías que circulan por nuestro país”. La ministra recupera la amenaza de invocar el artículo 16 del Protocolo, que permite suspender unilateralmente parte de sus disposiciones si se producen “dificultades económicas, sociales o medioambientales graves”. Y vuelve a exigir que se arrebate al Tribunal de Justicia de la UE (TJUE) cualquier papel supervisor sobre el comercio en Irlanda del Norte. Exactamente las mismas demandas que esgrimió su supervisor, y que llevaron a la irritación a la UE, hasta el punto de que Londres y Bruselas se situaran al borde de una guerra comercial. “Los problemas que han surgido fueron provocados por el Brexit, y no por el Protocolo [de Irlanda del Norte]. El Protocolo ha intentado mitigar los problemas creados en la región con el tipo de Brexit que se eligió”, ha dicho a Sky News el embajador de la UE en Londres, Joao Vale de Almeida. “Ya hemos escuchado antes este discurso. No nos impresiona, pero tampoco consideramos útil estar agitando constantemente el artículo 16″.

Truss exige que se rebajen prácticamente a cero los controles aduaneros de las mercancías que viajan de Gran Bretaña a Irlanda del Norte, y que los problemas que surjan sean sometidos a un arbitraje independiente, y no supervisados y resueltos por el TJUE. El Protocolo de Irlanda, un tratado internacional anejo al Acuerdo de Retirada de la UE que firmaron Londres y Bruselas, y con la misma fuerza vinculante, fue la fórmula que permitió desenredar el nudo gordiano del Brexit. Al salirse del mercado interior de la UE, la frontera terrestre entre el Reino Unido y la Unión Europea era la separación entre la República de Irlanda (socio comunitario) e Irlanda del Norte, territorio británico. Pero el establecimiento de cualquier control aduanero, cualquier tipo de frontera en la isla, ponía en peligro la paz alcanzada por el Acuerdo de Viernes Santo de 1998, que puso fin a décadas de terrorismo y violencia sectaria. El acuerdo creó la acertada idea de una frontera invisible, por la que católicos y protestantes, republicanos y unionistas, cruzan libremente cada día bajo la ilusión de que viven en una sola isla llamada Irlanda. Para preservar esa estabilidad, Londres y Bruselas acordaron que el control aduanero se establecería en el mar de Irlanda, y que Irlanda del Norte, de facto, seguiría formando parte del mercado interior de la UE.

La ministra de Exteriores ha decidido ahora mantener la línea dura de su predecesor y exigir la revisión de un protocolo que, sin embargo, Johnson no tuvo ningún reparo en firmar en su momento para sacar adelante su anhelado Brexit. Truss, que durante el referéndum de 2016 defendió claramente la postura favorable a permanecer en la UE, se cayó poco después del caballo y es ahora una de las más firmes defensoras de las potenciales promesas que supone que el Reino Unido sea de nuevo un actor solitario en la escena internacional. Promesas, sobre, todo para su propia ascendente carrera política en el Partido Conservador.

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La ministra británica del Interior, Priti Patel, el pasado 6 de octubre en Mánchester.
La ministra británica del Interior, Priti Patel, el pasado 6 de octubre en Mánchester.OLI SCARFF (AFP)

La ministra británica del Interior, Priti Patel, ha anunciado este jueves la cancelación inmediata del programa de Visados para Inversores Nivel 1, conocidos en la práctica como los visados de oro, que facilitaban la residencia y nacionalidad británica (en pocos años, en el caso de esta última) de aquellos multimillonarios que invirtieran dos millones de libras (unos 2,4 millones de euros, al cambio actual) en bonos del Estado o acciones de empresas cotizadas en la Bolsa de Londres. La medida, implantada por el Gobierno laborista en 2008 para hacer frente a la crisis financiera, acabó siendo un coladero de dinero procedente de la mafia rusa.

El tono cada vez más elevado del primer ministro británico, Boris Johnson, contra el Gobierno del presidente ruso, Vladimir Putin, y su constante advertencia de duras sanciones económicas si el Kremlin se decide a invadir Ucrania chocaban con la cruda constatación de que Londres lleva años siendo territorio libre para muchos oligarcas. No solo eso, sino que informes elaborados por la propia Cámara de los Comunes han denunciado el modo en que el capital ruso se ha infiltrado en la política y las empresas del Reino Unido. Downing Street ha impulsado desde el inicio de la crisis en Ucrania una serie de medidas y anuncios para convencer a su principal aliado, la Administración del presidente estadounidense, Joe Biden, de que se toma en serio la lucha contra el blanqueamiento de capital de origen dudoso o directamente criminal.

“Tengo tolerancia cero para los abusos de nuestro sistema de inmigración. Bajo mi nuevo plan, quiero asegurar que los ciudadanos británicos tengan plena confianza en el sistema, y eso incluye evitar que élites corruptas amenacen nuestra seguridad nacional y muevan dinero sucio por nuestras ciudades”, ha dicho Patel. Hasta marzo de 2020, el Gobierno británico había concedido visados de este tipo a 2.581 ciudadanos rusos. El anterior Gobierno conservador de Theresa May ya se comprometió a revisar al menos 600 de esos visados, ante la creciente sospecha de abusos del sistema. La Comisión de Seguridad e Inteligencia del Parlamento británico, en un demoledor informe de 2020 sobre la penetración rusa en los ámbitos de poder político y económico del Reino Unido, reclamó un “planteamiento más firme” a la hora de conceder estos visados. Desde 2015 se exige tener cuenta bancaria en el Reino Unido a los solicitantes de visado, y se realiza un chequeo de su historial económico, pero en el llamado “periodo ciego” —entre 2008 y 2015— el Gobierno se limitaba a que realizaran sus propios controles las empresas que recibían la inversión. Las empresas, a su vez, consideraban un sello de legitimidad el visado concedido. Los unos por los otros, se hizo la vista gorda a la llegada de ingentes cantidades de dinero dudoso. “Durante años, los conservadores han sido incapaces de erradicar la influencia del dinero ruso en el Reino Unido”, ha denunciado la portavoz laborista de Interior, Yvette Cooper, que ha exigido que se publique de una vez el informe prometido por el Gobierno sobre los errores cometidos por el sistema de Visados para Inversores Nivel 1. “Ha sido necesaria una condena internacional de nuestros fracasos para que la ministra del Interior se decida a actuar”, ha dicho Cooper.

El Gobierno de Johnson aprobó de urgencia la semana pasada legislación adicional que permite sanciones económicas personales contra el entorno de Putin y el Kremlin. La ley vigente hasta el momento exigía un vínculo directo de empresas o personas con la desestabilización de Ucrania para poder ser sancionadas. Downing Street ha iniciado ya la tramitación parlamentaria de la nueva Ley de Delitos Económicos, con la que se endurecerá la lucha contra el fraude y se impulsarán medidas para aclarar la inexplicable riqueza de muchos oligarcas afincados en el Reino Unido. El objetivo prioritario se centrará en cambiar las reglas del llamado Companies House, el registro público mercantil con sede en Cardiff (Gales), donde hasta ahora sigue siendo posible inscribir una compañía por apenas 15 euros, sin que nadie compruebe la verdadera identidad de los dueños inscritos. Johnson se comprometió el pasado martes en la Cámara de los Comunes a acelerar las nuevas medidas para “perseguir el dinero ruso que ha llegado a este país”, justo en medio de la actual crisis en Ucrania. Los trámites parlamentarios, sin embargo, son lentos. Puede que el proceso de aprobación no culmine hasta la segunda mitad de este año. Muchos diputados y grupos de presión han reclamado al Gobierno mayor celeridad. “Cualquier retroceso, particularmente en un momento como el actual, sería algo muy lamentable”, ha advertido el diputado conservador Andrew Mitchell, uno de los parlamentarios que lleva más tiempo exigiendo medidas de transparencia para acabar con el hecho de que Londres sea la capital del blanqueo de dinero.

De momento, el Gobierno de Johnson ha buscado un primer golpe de efecto con la anulación de los visados de oro, que le sirve para reforzar su credibilidad ante Washington pero también para evitar que, si la crisis de Ucrania deriva en algo grave, Londres vuelva a ser un coladero de oligarcas vinculados con el Kremlin.

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Nueva legislación en el Reino Unido busca reconocer a los animales como seres sensitivos

El Reino Unido quiere ser líder en la protección y derechos de los animales a nivel mundial aplicando restricciones más estrictas. El proyecto incluye la prohibición del foie gras o tráfico de animales, entre otros.

Deutsche Welle

12.05.2021

El gobierno británico presentó el miércoles (12.05.2021) un amplio plan de defensa de los derechos de los animales, que incluye, entre otras cosas, la lucha contra el tráfico de cachorros, la prohibición de importar trofeos de caza de especies protegidas y la venta del foie gras.

«Ahora que hemos abandonado la Unión Europea, el Reino Unido tiene nuevas libertades para seguir reforzando las normas de bienestar animal y consolidar su lugar como campeón mundial de los derechos de los animales», afirmó el gobierno en un comunicado.

El ejecutivo introducirá una legislación que, entre otras cosas, reconocerá que los animales son seres «sensitivos».

«Lideraremos la protección de los animales en el extranjero aplicando la prohibición de marfil más estricta del mundo y prohibiendo los trofeos de caza para proteger las especies emblemáticas», aseguró el ministro de Medio Ambiente, George Eustice.

 

Las medidas van desde modificar las normas de importación de cachorros hasta la prohibición de tener monos como mascotas, pasando por la restricción de la caza de aves con substancias adhesivas o la prohibición de la venta de marfil y la importación de aletas de tiburón.

El gobierno también está estudiando la posibilidad de prohibir la venta de foie gras, denunciado por los defensores de los animales como producido mediante «tortura», y planea prohibir los anuncios en el Reino Unido de atracciones poco respetuosas con el bienestar animal, como los paseos en elefante.

También quiere frenar el robo de mascotas, una lacra durante la pandemia, y garantizar que el bienestar animal no se vea comprometido en las futuras negociaciones comerciales que Londres quiere llevar a cabo con numerosos países.

«No podemos seguir ignorando los vínculos inextricables entre el modo en que tratamos a los animales, nuestra propia salud y la salud del planeta», afirmó Chris Sherwood, director ejecutivo de la Real Sociedad para la Prevención de la Crueldad contra los Animales (RSPCA).


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El joven deportista es recordado porque lloró de impotencia en el Mundial de Ciclismo del Reino Unido categoría Sub-23 en el 2019. Ese día se le pinchó una de las llantas de su bicicleta y la ayuda nunca le llegó.

El joven deportista es recordado porque lloró de impotencia en el Mundial de Ciclismo del Reino Unido categoría Sub-23 en el 2019. Ese día se le pinchó una de las llantas de su bicicleta y la ayuda nunca le llegó.

Noticias Cali.

La vida da muchas vueltas, en ocasiones se pierde pero en otras los triunfos llegan desbordados de alegrías por montón; tal es el caso del ciclista colombiano Germán Darío Gómez.

Quien hoy se vistió de gloria y júbilo con el equipo Colombia Tierra de Atletas, pues coronó Campeón Nacional de ruta de la categoría masculina sub-23.

En la competencia, el santandereano se impuso en un circuito de 3 vueltas la capital del departamento de Risaralda. La ruta estaba compuesta de 158 kilómetros.

Su triunfo ha sido la lucha y el esfuerzo constante de levantarse en medio de las adversidades.

Pues superar lo sucedido hace tres años cuando lloró de impotencia en el Mundial de Ciclismo del Reino Unido categoría Sub-23 no ha sido nada fácil.

Germán Darío Gómez en el Mundial de Ciclismo del Reino Unido categoría Sub-23 en el 2019.

Ese día se le pinchó una de las llantas de su bicicleta y la ayuda nunca le llegó, quedando eliminado de la competencia.

La historia de aquel día

El santandereano Gómez fue el protagonista de la triste escena que ha se hizo viral hace unos años en el mundo del ciclismo.

Sucedió en carreteras de Inglaterra, cuando terminó llorando porque en medio de la competencia se pinchó y su equipo no llegó a ayudarlo, le tocó llevarse a pie su bicicleta y perdió la carrera para la que se preparó años.

Faltaban 77 kilómetros para la meta, el ciclista colombiano iba entre los primeros lugares.  Gómez participaba con el equipo colombiano en la prueba de fondo de la categoría Sub-23 del Mundial de Ciclismo del Reino Unido.

Es el mejor escenario para los ciclistas en formación. Allí, una «buena pedaleada» ayuda a posicionar a los atletas de la disciplina para ser llamados por equipos internacionales e ir a otras competencias.

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Por eso, el llanto del ciclista colombiano Germán Gómez conmovió tanto, pues junto a su compañero de ruta Miguel Hoyos, era dos piezas claves del país en el mundial.

Cargó la bicicleta y continúo la carrera caminando; pero no era válido.

Al final de la jornada y tras dos minutos esperando la ayuda -lo máximo son 40 segundos- , Gómez cargo su bicicleta, la rueda, y en medio de lágrimas siguió la competencia a pie. Pero no era válido.

La conmovedora escena de Gómez se dio después del también accidentado circuito de Yorkshire que para ese momento era el campeón del mundial y perdió la posibilidad de revalidar tras una caída.

Así fue el vídeo del llanto de Gómez.

 

 

 

 

 

 





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Ucrania busca reforzarse frente a la amenaza de Rusia. El Gobierno del presidente Volodímir Zelenski reclama ayuda de sus socios occidentales para armar al ejército y mejorar su entrenamiento. Kiev ha triplicado su presupuesto para defensa desde 2013 y ha recibido fondos, préstamos y armas de Estados Unidos y el Reino Unido, pero sus cifras son incomparables a las de Moscú. En plena escalada de tensión por la concentración de decenas de miles de soldados rusos en torno a sus fronteras, Estados Unidos, Reino Unido y países como Lituania o Letonia han aprobado ya el envío de armas defensivas. Mientras, Alemania rehúsa proporcionar apoyo militar a Kiev y veta los envíos desde terceros países de material de defensa de fabricación alemana.

El Kremlin acusa a la OTAN de convertir Ucrania (que aspira a la membresía desde 2008) en una base militar encubierta de la Alianza y sostiene que los envíos y venta de armas a Kiev, así como los proyectos con instructores sobre el terreno que Ucrania tiene con socios como Canadá, son una amenaza para su seguridad. Esta semana, Dmitri Peskov, el portavoz del presidente ruso, Vladímir Putin, advirtió de que el suministro de armas de Occidente a Ucrania es “extremadamente peligroso” y acusó a los aliados de Kiev de incrementar así las tensiones.

El ejército ucranio ya no es el puñado de soldados con equipamiento obsoleto de hace ocho años, cuando Rusia introdujo en la península de Crimea soldados sin bandera y espías militares y se la anexionó con un referéndum considerado ilegal por la comunidad internacional. Ni las tropas con escasos chalecos antibalas y antiguos cascos soviéticos que combatieron en las primeras batallas en el Donbás contra los separatistas prorrusos apoyados política y militarmente por el Kremlin.

Kiev, que lleva ocho años de guerra en el este del país, dedica ahora un 4% de su PIB a defensa, frente al 1,6% de 2013, según cifras del Instituto Internacional de Investigación para la Paz de Estocolmo (Sipri). Rusia, alrededor de un 4,5%, según el Sipri, aunque los especialistas advierten que Moscú, que desarrolla nuevas armas —entre ellas un catálogo de misiles hipersónicos—, dedica a su desarrollo militar más partidas sin identificar.

La comparación de fuerzas está lejos de ser equilibrada. Rusia tiene a unos 900.000 efectivos en servicio activo frente a los 209.000 militares de Ucrania, según el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos, y cuenta también con un amplio catálogo de equipos y aeronaves. Pero la balanza la inclina sobre todo por su capacidad en artillería, apunta el experto militar ucranio Mykailo Samus. De hecho, Moscú ya ha mostrado parte de ese catálogo estos días al trasladar para sus maniobras conjuntas con Minsk en Bielorrusia misiles Iskander. Esa brecha puede ser un problema para Ucrania, señala el especialista Samus, que advierte también que ningún país europeo tiene una defensa adecuada en este campo. “Kiev necesita material antimisiles”, dice.

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Ucrania ha estado comprando armas a través de acuerdos con Estados Unidos, el Reino Unido, Lituania, Francia o Turquía, que le ha suministrado drones armados. Aunque el Ministerio de Defensa ucranio afirma que está recibiendo ayuda militar “sin precedentes”, el presidente Zelenski se ha movido para tratar de reforzarse con equipos más sofisticados, sistemas de defensa aérea, defensa cibernética y guerra electrónica. La OTAN ha remarcado que en caso de una nueva agresión militar rusa a Ucrania no enviará tropas; tampoco Washington tiene esa opción sobre la mesa, pero Estados Unidos ha proporcionado a Kiev más de 2.500 millones de dólares en ayuda militar desde 2014, además de drones, misiles antitanque Javelin y vehículos blindados y aprobado la venta de lanchas patrulleras.

Baile armamentístico

Ahora, mientras Rusia sigue movilizando tropas que rodean Ucrania, el departamento de Estado de Estados Unidos ha autorizado a Letonia, Estonia y Lituania, aliados bálticos de la OTAN, para el envío de misiles de fabricación estadounidense a Kiev. La normativa de exportaciones obliga a estos países a pedir autorización para transferir a terceros el armamento obtenido como fruto de sus acuerdos con Washington. El Gobierno checo propone también enviar a Ucrania proyectiles de artillería. Y el Reino Unido ya ha suministrado este mes misiles antitanque e instructores a Kiev y recientemente le proporcionó un préstamo de unos 2.000 millones de euros para modernizar su armada.

Ucrania perdió casi el 80% de sus capacidades e infraestructura naval con la anexión ilegal de Crimea que Moscú utiliza desde entonces como centro fundamental para sus operaciones, por ejemplo, en Siria o Libia. Desde entonces, señala Orysia Lutsevych, investigadora y directora del Foro de Ucrania, de Chatham House, además domina el mar Negro, donde comparte aguas también con tres países de la OTAN (Bulgaria, Turquía y Rumania). “Rusia tiene mucha más capacidad militar y dominio en el aire, que es clave. Esta asistencia de los socios occidentales puede ayudar a infligir un mayor coste a Rusia en caso de invasión, ralentizar el proceso e incluso disuadir”, señala Lutsevych, “pero también tiene un componente simbólico importante para Putin, que debe percibir que Occidente no se da por vencido con Ucrania”.

Mientras Estados Unidos y el Reino Unido anuncian entregas de armas a Ucrania, el Gobierno alemán se mantiene firme en su negativa a exportar armamento, para desesperación de las autoridades ucranias, que le piden que reconsidere su postura. El enfado de Ucrania con Alemania se debe también a que el Gobierno de Olaf Scholz está bloqueando el envío de armas a Kiev incluso a través de terceros países. Según publicó el viernes el Wall Street Journal, Berlin ha vetado el envío desde Estonia de armas de origen alemán al no emitir los permisos necesarios para ello.

El Gobierno ucranio ha criticado a Alemania por el veto, aunque aspira a reconducir el asunto. “Estamos decepcionados por la continua negativa de Alemania a autorizar la entrega de armas defensivas a Ucrania, especialmente en la situación actual”, ha comentado el ministro de Exteriores ucranio, Dmytro Kuleba, al diario alemán Welt am Sonntag.

Alemania tiene desde hace años una política muy restrictiva de exportación de armas, que por principio no permite la entrega de armamento letal a zonas de conflicto. Esta decisión, recogida también en el acuerdo de coalición entre socialdemócratas, verdes y liberales, tiene una dimensión histórica, como recordó la semana pasada la ministra de Exteriores alemana, Annalena Baerbock. La invasión alemana de la Unión Soviética durante la Segunda Guerra Mundial, que provocó millones de víctimas rusas, está todavía muy presente en el imaginario colectivo.

En Ucrania también ha cundido el enfado tras conocerse las polémicas declaraciones del jefe de la Armada, el vicealmirante Kay-Achim Schönbach, que dijo ser partidario de dar a Vladímir Putin el respeto que “merece” y estar a favor de una alianza con Rusia contra China. Ese sentimiento prorruso no es una rareza en Alemania, sino todo lo contrario, que se manifiesta sin ir más lejos en la presencia de políticos de alto nivel en los consejos de grandes corporaciones rusas. El excanciller Gerhard Schröder en Gazprom es quizá el ejemplo más paradigmático. En los últimos años, ambos países han establecido una asociación estratégica muy centrada en la energía y el comercio. Políticos conservadores, como el líder de la CSU bávara, Markus Söder, se han pronunciado estos días en contra de aprobar sanciones duras contra Rusia y el propio canciller, Olaf Scholz, habló de “prudencia” al diseñar las sanciones.

Berlín es uno de los mayores exportadores de armas del mundo, solo por detrás de Estados Unidos, Rusia y Francia. El año pasado, gracias a la aprobación en los últimos días del mandato de Angela Merkel de varios acuerdos por valor de 5.000 millones de euros, las exportaciones alcanzaron una cifra récord. En total, Alemania vendió más de 9.000 millones en armamento, según datos del Ministerio de Economía. El principal receptor es Egipto, pese a que arrecian las críticas por las violaciones de los derechos humanos y por su participación en los conflictos en Yemen y Siria.

El secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, tuvo que reconocer la semana pasada en Berlín que hay distintas posturas entre los estados miembros de la OTAN ante el envío de armas: “La OTAN apoya a Ucrania, la apoyamos en la práctica desde el punto de vista político, y apoyamos a sus instituciones de defensa, por ejemplo con el entrenamiento y la mejora de las capacidades de su Armada”. A su lado, Olaf Scholz volvió a recordar que Alemania tiene “un principio claro” sobre la venta de armas: “No exportamos armamento letal y eso no ha cambiado”, aseguró.

Ante la presión de Ucrania, el Gobierno alemán responde de momento con otro tipo de ayuda, como un hospital de campaña que instalará el mes que viene. La ministra de Defensa, Christine Lambrecht, anunció el sábado en una entrevista que se destinarán 5,3 millones de euros a financiarlo. Los hospitales de la Bundeswehr (las Fuerzas Armadas alemanas) ya atienden a soldados ucranios heridos de gravedad. Lambrecht insistió en el mensaje que están dando todos los miembros del nuevo Gobierno tripartito de Scholz: “El suministro de armas no sería útil en este momento”.

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El Gobierno del Reino Unido ha ordenado este lunes el regreso de parte de los oficiales y personal de su embajada en Kiev, la capital de Ucrania. El departamento de Exteriores británico ha atribuido su decisión, en un breve comunicado, “a la creciente amenaza procedente de Rusia”. Londres utiliza una de cal y otra de arena en la escalada de tensión de las últimas horas, y asegura en el mismo texto que “la embajada británica permanecerá abierta y seguirá llevando a cabo sus tareas esenciales”. Fuentes del Ejecutivo británico han asegurado a diversos medios que prácticamente la mitad del personal diplomático tenía ya programado su regreso, y que no existen en estos momentos amenazas concretas contra los funcionarios del Reno Unido.

La medida adoptada por el Gobierno de Johnson sigue los pasos de la Administración estadounidense de Joe Biden. Washington ha ordenado este domingo a todos los familiares del personal de su embajada en Kiev, así como a los trabajadores no esenciales, que abandonen Ucrania cuanto antes, por la amenaza de una “acción militar seria” contra el país por parte de Rusia.

La Unión Europea, por el momento, mantendrá su personal diplomático en la capital ucrania, según ha informado este lunes el alto representante de la UE para Asuntos Exteriores, Josep Borrell, informa Efe.

Londres irrumpió a última hora del sábado en la crisis de Ucrania con un comunicado que contenía serias acusaciones contra Moscú. Acusaba al Kremlin de estar maniobrando ya para instalar un Gobierno títere en el país. “Disponemos de información que indica que el Gobierno ruso busca instalar a un líder prorruso en Kiev, mientras se plantea una invasión para ocupar Ucrania”, aseguraba el Ministerio de Exteriores británico. “El exdiputado ucranio, Yevhen Murayev, está siendo considerado como potencial candidato”, aseguraba el comunicado, que no solo señalaba directamente a Murayev, sino que presentaba además un listado de políticos de ese país que, siempre según el Ministerio de Exteriores del Reino Unido, “mantendrían vínculos con los servicios de inteligencia rusos”.

Rusia acusó al Reino Unido de desinformar y rechazó que pretenda instalar un líder prorruso en Kiev. Bajo el título Desinformación que circula, el Ministerio de Exteriores ruso publicó la madrugada del domingo un mensaje en Twitter para acusar a “las naciones anglosajonas” de “intensificar las tensiones” sobre Ucrania. “Instamos al Foreign Office a que deje de difundir tonterías”, concluía el breve mensaje del departamento dirigido por Serguéi Lavrov.

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