El presidente de Rusia, Vladímir Putin, ordenó el pasado 27 de febrero a los máximos responsables de Defensa rusos disponer las fuerzas nucleares “en un modo especial de servicio de combate”. La madrugada del día 24 de febrero, en la declaración con la que lanzó la invasión de Ucrania, el mandatario lanzó la siguiente, poco velada, amenaza: “Quien pretenda obstaculizarnos debe saber que la respuesta de Rusia será inmediata. Y conducirá a consecuencias que no habéis afrontado nunca en vuestra historia”. Días antes del ataque, las Fuerzas Armadas rusas habían llevado a cabo maniobras con armamento con capacidad nuclear.

¿Qué supone técnicamente la orden impartida al ministro de Defensa y al jefe del Estado mayor? ¿Cuál es la lógica subyacente a la escalada retórica nuclear de Putin? ¿Está realmente dispuesto el mandatario ruso a ser el primero en volver a detonar un arma atómica para golpear a un enemigo desde Hiroshima y Nagasaki? La agitación de la amenaza nuclear por parte del líder de una superpotencia, la más inquietante en décadas, agrava profundamente la tensión desatada por la agresión rusa a Ucrania.

Los dirigentes occidentales, de momento, han reaccionado con contención. EE UU no ha incrementado sus niveles de alerta nuclear, y los mensajes oficiales condenan la escalada de Putin pero buscan transmitir tranquilidad. Una parte significativa de los expertos creen que la opción nuclear es tan delirante que no es plausible. “Todos sabemos que Putin es imprevisible, que hace cosas que nadie cree que haría, pero pienso que esto no es posible. Expondría a Rusia a unas consecuencias tremendas”, dice William Alberque, director de Estrategia, Tecnología y Control de Armas en el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos (IISS) de Londres.

Pero hay otros que discrepan. Francesca Giovannini, directora ejecutiva del Proyecto sobre la Gestión del Átomo del Belfer Center de Harvard, cree que, aunque no sea probable, la opción del recurso al arma atómica no debe descartarse con rotundidad. “Las circunstancias son muy complejas, y él está sometido a una enorme presión”, comenta.

No es posible conocer la disposición de fondo del alma de quien puede dar la orden de disparar, pero varios elementos de contexto ayudan a interpretar la situación. A continuación, algunos de ellos.

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El significado técnico de la orden de Putin

La instrucción impartida por Putin el pasado domingo no encaja de forma clara en las categorías nucleares rusas conocidas en Occidente. Funcionarios gubernamentales y expertos señalan que no se corresponde a una nomenclatura estandarizada como los Defcon estadounidenses y coinciden en destacar que en cualquier caso no supone un estado máximo de alerta y constituye más bien un nuevo mensaje político.

El lunes por la noche, fuentes del Pentágono citadas por la agencia Reuters señalaban no haber detectado ningún movimiento fáctico relevante en materia de armamento. El ministro de Defensa ruso, Seguéi Shoigú, reportó al presidente Putin el lunes que se había implementado su medida y que en ese marco se había reforzado el personal en los puestos de mando nuclear, informa la agencia TASS. De tratarse solo de eso, sería una medida sustancialmente irrelevante.

Tanto Rusia como Estados Unidos —las dos principales potencias nucleares— siempre tienen listo para el uso un porcentaje de sus arsenales. Estos se componen de un segmento estratégico, de largo alcance, que cuenta como medios de entrega con misiles lanzados desde tierra (en silos o móviles), mar (en submarinos) o aire (en bombarderos); y un segmento táctico, de menor alcance, con cabezas nucleares de menor potencia. La capacidad disuasoria depende de la credibilidad de la respuesta, y por ello una parte del arsenal está en condiciones de ser usado con rapidez. El pasado mes de diciembre, el jefe del Estado Mayor ruso, Valeri Guerásimov, señaló que un 95% de los misiles de la fuerza nuclear estratégica rusa están constantemente listos para combate. El nivel de alerta puede incrementarse aumentando el número de cabezas cargadas en las lanzaderas, elevando el número de submarinos armados desplegados, etc. Pero, al menos de momento, no parecen haberse producido medidas de ese tipo.

La lógica de la escalada retórica

El razonamiento detrás de la escalada retórica de Putin es bastante evidente. “Lo que señala su mensaje es que quiere ganar esta guerra con Ucrania, teme que Occidente intervenga directamente y quiere asegurarse de que estemos fuera del conflicto”, comenta Alberque, que trabajó en la OTAN antes de incorporarse al IISS.

Los países occidentales han dejado claro que no tienen intención de combatir contra Rusia, pero Putin observa una creciente disposición a armar Ucrania. La amenaza busca, de entrada, introducir la variable más extrema e inquietante en el cálculo de Occidente, con la esperanza de que sirva como elemento de inhibición en futuras decisiones.

La doctrina nuclear rusa

La doctrina vigente rusa que entró en vigor con una orden ejecutiva de Putin del 2 de julio de 2020 establece cuatro condiciones bajo las cuales Rusia usaría sus armas nucleares:

a) llegada de datos fiables del lanzamiento de misiles balísticos contra el territorio de la Federación Rusa y/o sus aliados;

b) uso de armas nucleares u otros tipos de armas de destrucción masiva por parte de un adversario contra la Federación Rusa y/o sus aliados;

c) ataque de un adversario contra infraestructura militar o gubernamental crítica de la Federación Rusa, cuya disrupción minaría la capacidad de respuesta nuclear;

d) agresión contra la Federación Rusa con el uso de armas convencional cuando pongan en peligro la existencia del Estado.

Ninguna de estas condiciones parece ni remotamente concebible. Para justificar su decisión, Putin ha alegado “declaraciones agresivas” por parte de altos mandos de países de la OTAN.

La disposición a lo inimaginable

La lógica normal induce a pensar que es inconcebible que Putin ordene un ataque nuclear en circunstancias como las actuales. No es plausible que se den las condiciones planteadas por la doctrina rusa, y las represalias que podría desencadenar serían inauditas. Este es uno de los argumentos que esgrime Alberque para descartar la opción.

“Creo que desencadenaría una reacción generalizada que conduciría a un aislamiento total de Rusia. Incluso países como China darían pasos en ese sentido. Se plantearían cosas como la expulsión de Rusia del Consejo de Seguridad de la ONU y sería realmente el inicio del fin de Rusia. Y creo que Putin sabe que ese es un escenario creíble”, considera el experto.

Alberque subraya además argumentos de corte militar. “¿Dónde dispararía la bomba? ¿En el mar Negro o en una foresta, en plan advertencia con consecuencias radiactivas? ¿O una monstruosidad en una ciudad? Las fuerzas ucranias no se concentran de forma masificada como para dar sentido a un golpe preciso contra ellas… no hay un uso que tenga sentido”. Además, observan muchos especialistas, las Fuerzas Armadas rusas disponen de una potencia de fuego convencional enorme como para causar destrucción masiva sin tener que recurrir al arma atómica.

Estos argumentos inducen a muchos dirigentes y expertos a descartar de plano la perspectiva de un ataque nuclear.

Pero hay otros que no lo tienen tan claro. Primero está el comprobado historial de Vladímir Putin de romper límites, de moverse en lo imprevisible, de estar dispuesto a asumir crecientes riesgos para defender sus intereses. Después, algunos apuntan a una posible pérdida de cierto sentido de la realidad, imposible de comprobar, pero que revolotea en el aire. La prolongada soledad del autócrata, instalada en una cultura de paranoia muy difundida en la URSS y, desde luego, en la KGB, cunas de la fromación del líder ruso. Tras encontrarse con él, en 2014, Angela Merkel dijo a Obama que le pareció que Putin vivía en otro mundo, según The New York Times.

Y después están las circunstancias extremas del momento. “Creo que está sometido a una presión interna enorme”, dice Giovannini. “No es un loco. No pienso que dispararía una bomba estratégica. Pero me preocupa que pueda considerar la opción de una táctica. Para enviar un mensaje de que está dispuesto a todo para defender los intereses rusos. Pensando que quizá un ataque con cabeza táctica en Ucrania no desencadenaría una reacción militar de la OTAN contra Rusia”. Otros respetados expertos, como François Heisbourg, también han señalado que la amenaza no puede descartarse de plano, entre otras cosas porque la historia muestra que Putin no va de farol.

El arsenal disponible

Rusia dispone del mayor arsenal del mundo junto con EE UU, e incluso algo superior en términos cuantitativos —unas 6.000 cabezas nucleares entre desplegadas y otros conceptos, según datos del Bulletin of the Atomic Scientists—. El despliegue de armas estratégicas está limitado por el pacto New START, que vincula a ambas potencias. La dimensión nuclear ha sido fundamental en el proyecto de modernización de las Fuerzas Armadas rusas impulsado por Putin. Shoigú informó en diciembre de que, como resultado de años de esfuerzos, las armas y el equipamiento modernos ya constituyen un 89% del trío nuclear —tierra, mar y aire—. Rusia ha desarrollado nuevos vehículos de entrega, incluso hipersónicos, y dispone de un amplio arsenal de cabezas nucleares tácticas.

Panorama internacional

La escalada retórica nuclear se inscribe en un contexto preocupante. Por un lado, debe notarse que Bielorrusia acaba de celebrar un referéndum para modificar su Constitución y permitir su conversión en Estado nuclear. Fue aprobado por un 65% de votos a favor, según los datos del régimen.

Por otra parte, el momento es de gran importancia en la renegociación del pacto nuclear con Irán, un proceso en marcha desde hace meses y lleno de dificultades.

Además, en otro plano, la Administración de Biden trabaja en la definición de su doctrina nuclear, y las amenazas de Putin pueden influenciarla y dar argumentos a quienes empujan para que fije líneas más agresivas. Y, sin lugar a dudas, consolidará la perspectiva de una muy prolongada permanencia de armas nucleares estadounidenses en bases europeas, asunto que en el pasado ha sido objeto de intensos debates. Otro efecto contrario a lo deseado por el Kremlin vinculado a sus propias iniciativas. Es, ya, una lista muy larga.

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Iran likely suffered another failed launch of a satellite-carrying rocket in recent days, even as Tehran faces last-minute negotiations with world powers to save its tattered nuclear deal in Vienna.

Satellite images from Maxar Technologies seen by The Associated Press show scorch marks at a launch pad at Imam Khomeini Spaceport in Iran’s rural Semnan province on Sunday. A rocket stand on the pad appears scorched and damaged, with vehicles surrounding it. An object, possibly part of the gantry, sits near it.

Successful launches typically don’t damage rocket gantries because they are lowered before takeoff. Iran also usually trumpets launches that reach space on its state-run television channels, but it has a history of not acknowledging failed attempts.

Separate images from Planet Labs PBC suggest the attempted launch likely occurred sometime after Friday. Iran’s mission to the United Nations did not immediately respond to a request for comment, nor did the U.S. military.

The rocket involved appears to have been Iran’s Zuljanah satellite launch vehicle, said Jeffrey Lewis, an expert at the James Martin Center for Nonproliferation Studies at the Middlebury Institute of International Studies, who first noticed the attempted launch with colleagues.

It remains unclear what could have caused the blast. The first two stages of a Zuljanah are solid fuel, but its final stage is liquid and would have needed to be fueled on the launch pad, Lewis said.

“This just looks like it got interrupted, like something exploded,” Lewis told the AP.

Over the past decade, Iran has sent several short-lived satellites into orbit and in 2013 launched a monkey into space. The program has seen recent troubles, however. There have been five failed launches in a row for the Simorgh program, another satellite-carrying rocket. A separate fire at the Imam Khomeini Spaceport in February 2019 also killed three researchers, authorities said at the time.

The successive failures raised suspicion of outside interference in Iran’s program. There’s been no evidence offered, however, to show foul play in any of the failures, and space launches remain challenging even for the world’s most successful programs.

Meanwhile, Iran’s paramilitary Revolutionary Guard in April 2020 revealed its own secret space program by successfully launching a satellite into orbit. The head of the U.S. Space Command later dismissed the satellite as “a tumbling webcam in space” that wouldn’t provide Iran vital intelligence — though it showed Tehran’s ability to successfully get into orbit.

This launch, however, comes as Western diplomats warn time is ticking down to restore Iran’s nuclear deal with world powers, which saw Tehran drastically limit its enrichment of uranium in exchange for the lifting of economic sanctions. Former President Donald Trump unilaterally withdrew from the deal in 2018, setting the stage for years of tensions and mysterious attacks across the wider Mideast.

The U.S. has alleged such satellite launches defy a U.N. Security Council resolution and called on Iran to undertake no activity related to ballistic missiles capable of delivering nuclear weapons.

Iran, which long has said it does not seek nuclear weapons, previously maintained that its satellite launches and rocket tests do not have a military component. U.S. intelligence agencies and the International Atomic Energy Agency say Iran abandoned an organized military nuclear program in 2003.

Today, Tehran enriches uranium up to 60% purity — a short technical step from weapons-grade levels of 90% and far greater than the nuclear deal’s 3.67% cap. Its stockpile of enriched uranium also continues to grow and international inspectors face challenges in monitoring its advances.

While Iran’s former President Hassan Rouhani dialed back the country’s space program for fears of alienating the West, new hard-line President Ebrahim Raisi has focused on jumpstarting the program. Iran has a series of satellites it plans to launch, and Iran’s Supreme Council of Space recently met for the first time in 11 years.



Sentado a más de una decena de metros de distancia el día que comenzó la invasión de Ucrania, Vladímir Putin dijo a los empresarios más importantes de Rusia que no tuvo otra opción. Cariacontecidos tras sus mascarillas —el líder ruso nunca la lleva puesta—, los jefes de las mayores petroleras, gasistas y bancos del país callaron y no hicieron ninguna crítica, si acaso la tenían, hacia la decisión del Kremlin. Hoy, sus empresas están hundidas en Bolsa, el rublo vale casi un 17% menos, sus cuentas están desconectadas del resto del mundo, y sobre la mayoría de ellos pesan las sanciones de Occidente.

Poco a poco, algunos multimillonarios han empezado a alzar la voz, aunque con mesura. En el recuerdo de todos está la caída del opositor Mijáil Jodorkovski, el dueño de la petrolera Yukos, que fue juzgado por blanqueo de capitales y no salió de la cárcel hasta 2013, cuando fue indultado por Putin.

El empresario que más firme se ha mostrado hasta ahora contra la guerra ha sido el banquero Oleg Tinkov (Polisayevo, 54 años). “Gente inocente muere en Ucrania en estos momentos, cada día. ¡Esto es inaceptable! ¡No tiene sentido! El Gobierno debería gastar el dinero en tratar médicamente a la gente, en investigar cómo vencer al cáncer, y no en la guerra. ¡Nosotros estamos contra la guerra!”, publicó el multimillonario en su cuenta personal de Instagram, donde acompañó su crítica con una foto con su pareja, sus hijos y su mascota, una estampa impensable ahora en las calles de Kiev y Járkov, por nombrar dos ciudades asediadas.

Los médicos detectaron que el banquero tenía cáncer en 2020. “Yo mismo casi me he ido dos veces al otro lado. ¡He visto lo frágil que es la vida! ¡Y es lo único que tenemos!”, advirtió a sus compatriotas. Más de 110.000 personas habían dado a “me gusta” en su publicación un día después.

El hombre más rico de Rusia, al menos hasta antes de la guerra, también ha sido bastante crítico con la aventura del Kremlin. Alexéi Mordashov (Cherepovets, 56), que según Forbes poseía una fortuna valorada en 29.100 millones de dólares en 2021 (26.100 millones de euros), instó a parar esta sangría.

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“Es terrible que ucranios y rusos mueran, que la gente sufra dificultades y la economía esté colapsando. Tenemos que hacer todo lo necesario para encontrar una salida a este conflicto en un futuro próximo y parar el baño de sangre para ayudar a la gente afectada a rehacer sus vidas”, dijo al medio RBK el dueño de Severstal, uno de los mayores conglomerados del mundo del acero, la minería y la energía. “No tengo nada que ver con las tensiones geopolíticas actuales, no entiendo por qué nos sancionan”, agregó.

Más comedido fue Oleg Deripaska (Dzerzhinsk, 54 años), dueño del gigante del aluminio Rusal y que fue acusado en 2017 de haber ejercido de mediador entre el Kremlin y el jefe de campaña de Donald Trump, Paul Manafort. Pese a ello, las sanciones estadounidenses que pesan sobre su cabeza se deben al supuesto lavado de dinero y la extorsión de otros empresarios rivales.

“¡La paz es muy necesaria! ¡Las negociaciones deben empezar tan pronto como sea posible!”, publicó el 27 de febrero en su cuenta de Telegram, una frase sencilla, inocente, pero que cobra mucha importancia si se tiene en cuenta que la guerra la comenzó el Kremlin en una cruzada por “desnazificar” a su hermana Ucrania.

Sí habló más claro el dueño de los supermercados DIA y AlfaBank Mijaíl Fridman (Lviv, 57 años) que a diferencia de los dos multimillonarios anteriores sí fue incluido en la lista de sanciones de la Unión Europea. El empresario nació en la zona occidental de la República Socialista Soviética de Ucrania, más ucranioparlante. “Pero durante la mayor parte de mi vida he sido ciudadano de Rusia, construyendo un negocio. Estoy profundamente apegado a los pueblos ucranio y ruso, y considero el conflicto actual una tragedia para ambos”, escribió en una carta a sus empleados a la que tuvo acceso Financial Times.

La invasión de Ucrania no solo ha molestado a los oligarcas próximos al Kremlin. Varios diputados del Partido Comunista se han quejado de que votaron por el reconocimiento de las autoproclamadas repúblicas de Donetsk y Lugansk sin saber que ello llevaba a la guerra, y el representante del presidente de Rusia ante la ONU por el cambio climático, Anatoli Chubáis, publicó una imagen del asesinado Boris Nemtsov, uno de los líderes de las protestas contra la guerra de Ucrania al comenzar en 2014.

Asimismo, algunos hijos de los oligarcas también han mostrado su enfado. Sofía Abramóvich compartió con sus 41.000 seguidores de Instagram una imagen donde estaba escrito “Rusia quiere la guerra con Ucrania”, donde la palabra “Rusia” estaba tachada con “Putin” escrito sobre ella. “La mayor y más exitosa mentira de la propaganda del Kremlin es que la mayoría de los rusos apoyan a Putin”, escribió junto a la foto del mandatario también tachada.

Y el entorno más cercano a Putin también ha mostrado su desencanto con la invasión. La exmujer y la hija de su portavoz, Dmitri Peskov, publicaron en Twitter sobre un fondo negro el sencillo, pero cristalino, “No a la guerra”, aunque lo borraron rápidamente. Esta protesta también la llevó a cabo en Facebook Tatiana Yumasheva (Sverdlovsk, 62), la hija menor de Boris Yeltsin, el presidente que nombró a Vladímir Putin su sucesor.

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Una familia rota por la enfermedad y la guerra. Unos en Járkov, bajo las bombas. Otros en Kiev, bajo la amenaza de un ataque inminente desde hace seis días. Karina, de 21 años y embarazada de siete meses, Artyem, de 16, y Nikita, de siete, pasan estos días bajo tierra junto a su abuela Lubov Andreevna, de 68. Viven en un refugio de Járkov, la segunda ciudad de Ucrania y principal epicentro hasta el momento de los más firmes ataques del Ejército ruso. Mientras, la madre, Elena, de 41 años, permanece en la capital junto al más pequeño de sus cuatro hijos, David, de dos, en un sótano del hospital pediátrico Ohmatdyt.

El padre se reparte el tiempo entre cuidar al pequeño y salir a conseguir comida o medicamentos. Siguen desde la distancia los ataques que están golpeando a su ciudad, desde donde les llegan imágenes devastadoras. Operado del riñón, el niño se queja mientras las enfermeras le curan. La madre le besa, le acaricia y le tapa la cara con una manta para que no pueda observar lo que le hacen. Su llanto inunda todo el pasillo, que comparte junto a otros menores y sus familiares. Apenas hay espacio para que los sanitarios trabajen. Más que un hospital, parece una zona de acampada por la que de vez en cuando pasa alguna señora con una olla de comida amarrada dentro de un hatillo.

Al hospital Ohmatdyt, el más importante para menores del país y que cuenta estos días con unos 200 pacientes, no han llegado más que cuatro niños heridos en Kiev desde que en la madrugada del jueves pasado las autoridades de Rusia pusieron en marcha una operación de ataque e invasión en su país vecino. “Uno murió de camino aquí en la ambulancia después de que el coche en el que iba saliendo de Kiev fuera atacado”, cuenta Pavlo Plavskiy, jefe de cirugía pediátrica. Pero que no haya un número importante de niños víctimas de las bombas no significa que el conflicto no pese como una losa sobre la normalidad del centro médico, como explica Vladímir Zhounir, director de las instalaciones y especialista en UCI. “No es posible normalizar la llegada del personal, los médicos, los pacientes, los suministros, los equipos, la comida, el agua…”.

Elena junto a su hijo David, que ha sido operado en Kiev, mientras sus otros tres hijos se han quedado en la ciudad de Járkov, donde se protegen de los ataques en un refugio junto a la abuela.
Elena junto a su hijo David, que ha sido operado en Kiev, mientras sus otros tres hijos se han quedado en la ciudad de Járkov, donde se protegen de los ataques en un refugio junto a la abuela.Luis de Vega

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A una de las entradas del hospital llega una ambulancia cargada con garrafas de agua. Por otra puerta, los propios familiares de los pacientes ayudan a sacar grandes botellas vacías que, cargadas en una furgoneta, al rato regresan llenas. Una organización ha depositado en la recepción un cargamento de comida para tratar de hacer frente a la escasez que los responsables del centro afirman que sufren ya.

El panorama más desolador se observa, sin embargo, en la unidad de oncología, que ha sido también desmontada y los menores trasladados casi a tiempo completo a otro sótano por si el edificio llega a ser bombardeado. El nuevo emplazamiento es más seguro porque está bajo tierra, pero no ofrece las condiciones mínimas que el tratamiento de cáncer exige. No hay aislamiento ni separación entre unos y otros, pese a que algunos lucen mascarilla. En medio de la penumbra, los gemidos y las quejas cortan el silencio. Algunos niños juegan entre ellos compartiendo sofá o colchoneta en el suelo, otros fijan su atención en la pantalla del teléfono móvil. Las madres y los padres se reúnen en corrillos sin perderlos de vista.

Aquí lleva tres meses Arseniy, de nueve años, que sufre tumores cancerígenos en la espina dorsal. Su padre, Eugeniy, de 35, lamenta que estos días no puedan cumplirse las condiciones mínimas que se exigen para pacientes inmunodeprimidos, como “reducir al máximo el contacto con otras personas”. El ir y venir de los pequeños entre las zonas en las que reciben como Arseniy la quimioterapia y los refugios suponen un peligro para ellos. Los sanitarios saben que es así, pero afirman que no hay otra opción.

Nastia, de nueve años, tuvo un primer episodio de cáncer a los cuatro años, pero en 2021 tuvo una recaída y lleva ingresada desde el pasado 13 de septiembre, cuenta su madre, Natasha, de 41. La niña, como sus compañeros, no es ajena al principal asunto que abordan los mayores que les rodean. Al ser fotografiada saca una hoja de papel en la que se lee parad la guerra escrito en inglés.

Menores junto a sus madres resguardados en un sótano del hospital pediátrico de Kiev.
Menores junto a sus madres resguardados en un sótano del hospital pediátrico de Kiev.Luis de Vega

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Ofuscado por el lento avance de las tropas rusas, el presidente de Chechenia, Razmán Kadírov, dejó claro el pasado 27 de febrero cómo concibe que debería ser la ofensiva sobre Ucrania. “Pase lo que pase, en la guerra se mata y se destruye. Sin ello no se logra nada, por desgracia”, dijo el delfín de Vladímir Putin en el Cáucaso Norte, y advirtió de que si el pueblo ucranio no se rinde, “entonces debemos terminar lo que comenzamos, y de inmediato”.

El jefe supremo de la República de Chechenia, país de mayoría musulmana, ha aportado a la guerra la 46ª Brigada de la Guardia Nacional, fuerza que responde únicamente ante el presidente de la Federación de Rusia y no ante el Ministerio de Defensa. En concreto, se han desplegado dos batallones especializados en perseguir a los enemigos del régimen, el batallón Yug (Sur, en ruso) y el Sever (Norte), cuyos soldados son conocidos como los kadirovtsi, los leales al presidente checheno.

Para el Kremlin, las fuerzas chechenas tienen un aura especial que las diferencia del resto del Ejército. Primero, su población rusa digiere mejor sus pérdidas humanas tanto por su etnicidad como por ser de minoría musulmana. Esto último también hizo que cobrasen importancia en Siria desde 2017 para vigilar a la población. Y segundo, son veteranas de guerras como las dos chechenas, las de Oriente Medio y del este de Ucrania. Kadírov ha convertido estas fuerzas en su propia guardia pretoriana y desde la pacificación de la república han sido su arma para la represión de cualquier rastro opositor en la región.

La brutalidad de los kadirovtsi es conocida. Novaya Gazeta publicó una investigación el año pasado en la que localizó a al menos 12 personas ejecutadas por sus fuerzas de seguridad en una oleada de detenciones a finales de 2016. Uno de los miembros de las fuerzas especiales que participaron en aquella operación, Suleimán Gezmajmáyev, contó detalles sobre los interrogatorios. Según su relato, si un detenido “no confesaba, se volvía a intentar dos o tres horas después, hasta que confesaba o moría”. Entre otros instrumentos que empleaban, nombraba porras eléctricas, bates de goma y barriles de agua de 100 litros donde los detenidos eran sumergidos colgados desde el techo.

El Sever está curtido en combate. Las autoridades rusas confirmaron que había sido enviado a Siria en 2017, cuando el diario independiente Nóvaya Gazeta publicó que sus tropas habían recibido sendos manuales sobre cómo actuar en la república árabe. En concreto, cómo diferenciar a periodistas de espías y cómo identificar a oficiales de inteligencia, combatientes y mercenarios.

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Uno de los exmiembros más famosos de Sever es Zaur Dadáyev, segundo al mando del batallón que perpetró el asesinato del opositor Borís Nemtsov frente al Kremlin en 2015. Dadáyev fue condenado por el asesinato del político, una de las principales figuras contra la guerra entonces, aunque nunca se investigó quién ordenó el atentado.

Presencia en Ucrania

La primera prueba de la presencia de las fuerzas de la república del Cáucaso en Ucrania la reveló el propio Kadírov el 26 de febrero, cuando publicó en su perfil de Telegram un vídeo de un militar izando en la valla de un puesto de la Guardia Nacional de Ucrania una bandera chechena con el retrato de su padre, Ajmat Kadírov. “Alabado sea Alá. Den la bienvenida a Rusia”, escribió el mandatario. No especificó cuál era aquel lugar, aunque un vídeo de otro soldado en las mismas puertas indicó que sería Gostomel, a unos 25 kilómetros de Kiev.

Ese mismo día también circuló la información de que habrían muerto en Ucrania los comandantes Magomed Tusháyev, responsable de Sever, y Azor Bisáyev, de la OMON (un destacamento especial de la policía) de Ajmat-Grozni. Kadírov publicó en sus redes un vídeo en el que supuestamente conversaba con ellos por teléfono y decía que están “más vivos que todos los vivos, e incluso más vivos que los que difunden falsedades desde el sofá”. Además, afirmaba que no presentaban un rasguño y estaban dotados de suministros al completo.

Un día después, el presidente de Chechenia criticaba el lento avance de las Fuerzas Armadas rusas en Ucrania y urgía a “comenzar una operación a gran escala en todas las direcciones”. “Más de una vez he participado personalmente en tácticas y estrategias contra terroristas, he combatido en batallas, y en mi opinión los planes elegidos en Ucrania son demasiado lentos”, escribió en su perfil personal.

El líder checheno, que combatió junto con su padre contra las tropas rusas en la guerra de Chechenia de los noventa, ha difundido también otros vídeos donde se ve a sus tropas rezando en un claro de un bosque mientras un convoy de cientos de vehículos del Ejército ruso avanzaba lentamente.

El diario Chechnia Segódniya publicó que Kadírov habría enviado unos 12.000 hombres al frente, y el mandatario obligó al medio a retractarse. Aún no está claro si las unidades chechenas participarán en lo más duro de los combates, aunque según el periódico independiente Kavkazski Úzel (El Nudo del Cáucaso, en castellano) todo apunta a que sí. El diario, declarado agente extranjero por las autoridades rusas, tuvo acceso al coronel del Servicio Federal de Seguridad (FSB) y exdiputado de la Duma Estatal (el Parlamento ruso), Guennadi Gudkov. Según sus informaciones, el Ejército checheno participará en el asalto a Kiev, y su tarea podría ser la represión y las incursiones contra objetivos específicos. Kadírov ha anunciado este martes que han muerto dos de sus hombres en Ucrania y seis han resultado heridos.

Uno de los grandes enemigos de Kadírov es el presidente ucranio, Volodímir Zelenski, que se ha negado a abandonar el país. El mandatario checheno afirmó a finales de enero que si él fuera el presidente ruso, “hace mucho que habría ocupado Ucrania, enviado allí tropas y restablecido el orden”. Y un día después de comenzar la invasión, reunió a miles de personas en Grozni y señaló directamente al presidente ucranio. “Señor Zelenski, el tiempo de las payasadas ha llegado a su fin. Ha llegado la hora de cumplir el deber con su pueblo para evitar consecuencias irreversibles. Hoy más que nunca es necesario implementar los acuerdos de Minsk”, amenazó Kadírov.

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“Por favor, no entren en Ucrania, den la vuelta, es muy peligroso”. Las primeras palabras que los periodistas de EL PAÍS escuchan en el puesto fronterizo de Shehyni, en Ucrania, es esta advertencia de un joven africano. Su rostro, demacrado, muestra la extenuación de haber estado tres días recorriendo kilómetros a pie y durmiendo al raso para cruzar a Polonia. Soldados armados con rifles AK-47 y voluntarios con bates de béisbol vigilaban este lunes la cola de miles de ciudadanos que ni son ucranios ni europeos, pero que, como el resto, quieren dejar atrás la guerra. Hacinados, improvisando hogueras con plásticos y papeles para calentarse por unos minutos, aguardan para huir de un conflicto que no vieron venir.

Naciones Unidas ha afirmado este martes que la invasión rusa de Ucrania ya ha forzado el desplazamiento de 660.000 personas a países vecinos, con la principal presión de los huidos sobre Polonia. Para llegar a Sheyni hay una cola de más de 30 kilómetros formada por turismos, furgonetas y autobuses. Conducen padres de familia o voluntarios que llevan a las mujeres y niños ucranios a las puertas de la Unión Europea. Esperan una media de tres días para alcanzar Polonia. La mayoría de estos puede dormir dentro de los vehículos; en cambio, los miles de africanos y asiáticos lo hacen a la intemperie, bajo la nieve y a temperaturas de varios grados bajo cero. En la estación de tren de Lviv, de la que sin horario regular salen algunos convoyes hacia la frontera polaca, la prioridad es que embarquen las mujeres y niños ucranios.

En el puesto fronterizo de Sheyni se marca una división: en una fila, sobre todo hay hombres subsaharianos, magrebíes y asiáticos —también hay mujeres, aunque en menor medida—; en la otra fila, menos concurrida, se encuentran mujeres ucranias con sus hijos menores de edad a punto de superar los últimos metros antes de llegar a Polonia. Los varones ucranios de entre 18 y 60 años han sido movilizados y no pueden abandonar el país. Pasada la frontera empezará otra epopeya, la de conseguir algún hogar en la UE para aguardar al final de la ofensiva rusa contra Ucrania.

Colas de vehículos y personas que huyen de la ofensiva rusa, en el paso fronterizo de Shehyni, en Ucrania.
Colas de vehículos y personas que huyen de la ofensiva rusa, en el paso fronterizo de Shehyni, en Ucrania.Jaime Villanueva

Hay cuatro kilómetros de carretera entre el punto fronterizo de Sheyni y el control militar que supervisa a los miles de vehículos que se acercan. Las autoridades permiten el acceso del transporte rodado a cuentagotas para descargar a sus pasajeros en la aduana. Muchos tienen que superar esta distancia —o incluso 10 kilómetros más, donde se ubica la estación de ferrocarril más cercana— andando y cargados con sus pertenencias. En este recorrido hay ciudadanos locales que ofrecen socorro a ucranios y a extranjeros. La escuela del pueblo de Sheyni se ha reconvertido en albergue para mujeres. En la puerta aguarda este lunes con dos amigas Cassandra, una estudiante de Ghana de 23 años. Ucrania es un consolidado destino universitario para ciudadanos de países en desarrollo. Cassandra y sus amigas transportan maletas y dos jaulas con sendos gatos que adoptaron hace tres años, cuando se instalaron en Ucrania. Quieren llegar a Francia y, pese al engorro de cargar a los animales, prometen que no los abandonarán.

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En una gasolinera, el encargado del establecimiento obsequia con té a un grupo de indios y a una familia vietnamita, y les permite que duerman unas horas tumbados entre pasillos con las estanterías de productos vacías. En la capilla de San Juan Bautista, en Sheyni, algunos católicos aprovechan para orar en completo silencio, unos minutos de paz y recogimiento. Tres feligresas ofrecen té o alimentos calientes y el sacerdote distribuye dos finas mantas por persona a quien lo requiera.

La mayoría de los vehículos que descargan a ucranios en Sheyni vuelven hacia la ciudad de Lviv, a 70 kilómetros, trasladando a los compatriotas que regresan de la UE para alistarse en el Ejército o para ayudar en la resistencia contra Rusia. Otros vehículos también transportan ayuda humanitaria que llega por la frontera: es el caso de Fernando, un madrileño casado con una ucrania que ha transportado material médico financiado por ucranios en España. Fernando —no quiere revelar su apellido— admite que en cuando pueda, dejará Ucrania con su esposa, aunque quizá para regresar en los próximos días con más productos de primera necesidad.

Los 70 kilómetros a Lviv se recorren en coche en dos horas. Una vez en los accesos a la ciudad, los controles militares convierten el ingreso a la capital de la Ucrania occidental en otro atasco perpetuo. En un autobús de línea que conecta las afueras de la ciudad con la estación de tren, el marroquí Mouad Kanti cuenta su historia: hace cuatro años que estudia Medicina en la Universidad Alfred Nobel de Dnipró, uno de los enclaves más violentos de la guerra. Kanti salió de Dnipró al segundo día de la invasión rusa en un tren que le llevó a Lviv, a 1.000 kilómetros hacia el oeste. Intentó abandonar Ucrania por Sheyni, pero tras 48 horas desistió porque la experiencia era demasiado dura. Optó por regresar a Lviv y probar suerte por la frontera eslovaca, donde, según le comunicó el decano de su facultad, hay menos aglomeraciones.

Un anciano en el autobús habla airadamente señalando a Kanti y a este periodista. “No le gustan los extranjeros”, dice en voz baja el joven marroquí, aunque añade acto seguido que su experiencia durante estos años había sido muy positiva. Dos ucranios que han llegado de Sheyni intervienen para acallar al hombre. Cargados con mochilas y esterillas, se apean del autobús frente a la estación de tren de Lviv, dispuestos a alistarse en el frente contra los rusos.

La noche ya cae en la antigua capital de la región histórica de Galitzia, antaño austrohúngara, polaca y ucrania. Una hora más tarde sonarán las primeras sirenas antiaéreas de la noche que advierten de un posible ataque ruso. Las calles de Lviv se vacían en cuestión de minutos, con sus habitantes apresurándose para cobijarse en los refugios antiaéreos habilitados sobre todo en los sótanos de sus edificios. Mientras, en la estación de tren continúa el trasiego de las masas de ucranios que llegan de zonas de conflicto y de voluntarios que se disponen a partir para defender a su patria.

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Natalya decidió en 20 minutos cuánta vida le cabía en la maleta sin saber si volverá algún día a Kiev. “[El pasado jueves] nos despertamos en torno a las seis de la mañana y vimos por Facebook que la guerra había comenzado. No fue por ninguna explosión. Así que básicamente cogimos solo algo de ropa, lo que se puede coger en 20 minutos. Recogí a mi madre, cogí a mi perro, nos subimos al coche y salimos. Espero que podamos volver dentro de tres meses para reconstruir nuestro país, que están destruyendo”. Tiene 29 años y fuma con rostro cansado en el paso fronterizo de Siret, por el que acaba de cruzar a Rumania desde Ucrania. “Teníamos una vida feliz. Mi madre y yo tenemos un negocio familiar. Y ahora somos refugiadas. No pensaba que fuese a vivir una guerra en el siglo XXI. Creíamos que los medios exageraban, pero una persona [el presidente ruso, Vladímir Putin] decidió hacer eso”, dice como si no tuviese claro si está dentro de una película de ficción.

Natalya, refugiada ucrania, tras entrar a Rumania.
Natalya, refugiada ucrania, tras entrar a Rumania. Alex Onciu

Forma parte de un grupo de solo mujeres que han alcanzado en tres coches la frontera. Llegaron a Rumania en la madrugada del martes, tras dos días y medio seguidos dentro de los vehículos, a causa del embotellamiento que hay a la entrada al país balcánico. “Solo paramos a echarnos [en el coche] una siesta de cuatro horas”, apunta a su lado Eleanora Samburska. Todas tienen frío: es madrugada y los termómetros marcan cero grados.

Desde el inicio de la guerra, han entrado en Rumania unos 105.000 ucranios y salido poco más de 62.000, según datos difundidos a última hora de la tarde de este martes por la policía de fronteras de Rumania. En las últimas 18 horas, más de 7.000 accedieron por alguno de los cuatro pasos oficiales que hay en los más de 600 kilómetros de frontera que comparten los dos países. Otros 7.600 entraron en ese mismo periodo a Rumania a través de la pequeña Moldavia. Casi todos son mujeres y niños, porque los hombres menores de 60 años tienen prohibido salir de Ucrania por la ley marcial decretada por el Gobierno de Volodímir Zelenski en respuesta a la invasión rusa.

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Rumania no suele ser un país de destino, sino sobre todo de tránsito. Quienes atraviesan Siret parecen dividirse en tres grupos, a tenor de sus testimonios: los extranjeros evacuados por sus países; los ucranios para los que Moldavia y Rumania eran simplemente la vía más rápida para huir de la guerra, porque residían en el sur del país; y, un fenómeno más reciente, los habitantes de la bombardeada capital de Kiev que buscan un plan B a los atascos interminables en las salidas hacia el oeste. Son aquellos vecinos de Kiev que ―”de momento”, suelen matizar― se dirigen a Polonia porque tienen allí familiares y amigos (los ucranios suponen un millón de los 38 millones de habitantes de Polonia, atraídos por una generosa política de visados y sueldos más altos), pero han preferido dar un gran rodeo, ya dentro de la UE, a cambio de abandonar Ucrania cuanto antes. Desde Kiev hay más o menos la misma distancia al cruce fronterizo rumano de Siret que al polaco de Dorohusk, entre 500 y 600 kilómetros.

A este último grupo pertenece Oksana Boiko, de 36 años, que acaba de entrar en Rumania con su hijo de 15 años. Su marido, cuenta, se ha quedado a “ayudar a mantener el control” de la ciudad de Ivano-Frankivsk (230.000 habitantes), en el suroeste de Ucrania, aunque no combate directamente contra las fuerzas rusas. “Nuestra primera parada será aquí, luego quizás Polonia… y luego, ya lo pensaremos”, afirma mientras espera la luz verde del policía para continuar su trayecto.

Oksana Boiko, en su coche tras cruzar la frontera.
Oksana Boiko, en su coche tras cruzar la frontera. Alex Onciu

En Siret, algunas imágenes se repiten cada poco: las madres cargando paquetes de pañales, los niños aferrados a su peluche favorito para la travesía, los coches donde se juntan tres generaciones, las ojeras y miradas perdidas como tratando de asimilar algo que está pasando demasiado rápido. Unos pocos coches de gama media-alta y el elegante atuendo con el que algunas ucranias llegan a Rumania recuerda que la fina línea entre una vida desahogada y convertirse en refugiado en un país desconocido es, a veces, una mera cuestión de días.

Muchas llegan al paso fronterizo en sus vehículos. A otras los acercan lo más posible (bastantes optan por andar los últimos kilómetros en paralelo al atasco) hombres que luego tienen que dar media vuelta. Es lo que le sucedió al novio de Galyna (prefiere no dar su apellido). Trataron de cruzar juntos, aun a sabiendas de que era casi imposible porque él, con 30 años, es carne de reclutamiento. “Ahora él está allá, yo aquí… y no sé lo que hacer”, dice con los ojos vidriosos. “He pasado los últimos días en el refugio que tiene el sótano de mi edificio. Ves y ves las noticias tratando de entender cómo actuar”, relata. Al final, la empresa de tecnologías de la información en la que trabaja la ha evacuado en autobús desde Kiev con otras empleadas. De momento, van a seguir operando desde la sede que tiene en Rumania.

Envuelto en una manta, Darpan Vemra, de 20 años, hace cola de madrugada frente a un hotel llamado Frontera, en el que un letrero luminoso sigue dando la bienvenida a los visitantes, como congelado en el tiempo (hace apenas una semana) en el que el trasiego no era solo en uno de los sentidos. Vemra es uno de los alrededor de 20.000 jóvenes indios que estudian en Ucrania, más asequible que otros países europeos. Los indios conforman el mayor grupo de estudiantes extranjeros en la exrepública soviética (un cuarto del total). Uno de los 16.000 que quedaban por evacuar murió este martes en un bombardeo en Járkov.

Estudiantes indios evacuados de Ucrania, en una tienda de campaña en la parte rumana del paso fronterizo de Siret.
Estudiantes indios evacuados de Ucrania, en una tienda de campaña en la parte rumana del paso fronterizo de Siret.Alex Onciu

“La última noche ya dormimos en un refugio en Ucrania. Ahora iremos a Bucarest para volar de vuelta a India. Las clases van a seguir en internet, lo que es un problema porque en nuestros estudios [Medicina] las prácticas son muy importantes. Esperaremos un mes, dos… y luego quizás volveremos”, declara con resignación Vemra, que cursa estudios en la Universidad Estatal de Medicina de Bukovina, en Chernivtsi. Un coordinador los organiza de 15 en 15 a toda prisa en furgonetas que salen según se llenan. “Ya he perdido la cuenta de cuántos han salido hoy”, admite. Frente al hotel, las mantas, abrigos, mochilas y maletas no dejan ver el suelo de una enorme tienda de campaña naranja de emergencias.

Otro estudiante extranjero evacuado es Islam Touimi, que a sus 18 años escogió un centro educativo de Dnipró —ciudad ucrania que las tropas rusas tratan de cercar— para especializarse en Aduanas y Finanzas. En unos días, volará de vuelta a Saïda, su ciudad natal en Argelia. “Estos días mi madre me llamaba preocupada unas cinco veces al día”, cuenta. Ha salido en un convoy de cinco autobuses con otros 250 magrebíes.

Una familia atraviesa la frontera este martes.
Una familia atraviesa la frontera este martes.Alex Onciu

Entre tenderetes de ayuda, mantas tiradas por el suelo y coches aparcados en los arcenes, también forman parte del agitado paisaje de Siret los rumanos que han venido a ayudar. Por un lado, los que van por libre, como la joven en un cruce que sostiene bajo la nieve un cartón en el que ha escrito en ucranio e inglés que ofrece alojamiento gratis hasta a cinco personas. O Dana Miron, la vecina de la cercana ciudad de Suceava que llevaba cinco horas en el coche esperando a una familia ucrania para llevarla a dormir a casa de su hermana. Tiene 23 años y coordina las recogidas a través de una página de Facebook que surgió a raíz de la guerra. Desde entonces, ha venido todas las noches.

Por otro, están los que forman parte de un esfuerzo coordinado. Marius Dan es voluntario de ADRA, la organización humanitaria de la Iglesia Adventista del Séptimo Día, y conduce cada noche los 100 kilómetros que separan su casa del puesto fronterizo. “Me llevaría alguna familia a mi casa, pero es muy lejos y todos quieren, si es posible, quedarse por aquí. Como vienen cansados, no pueden conducir cien kilómetros más”, asegura. Daniel Criham, de 23 años, ayuda a las ucranias a cargar las maletas y plegar los carritos mientras Bogdan Oprea ―16 años mayor y voluntario con los bomberos― está apostado frente a una mesa con productos básicos gratuitos que tomar a voluntad, sin preguntas. “Lo que más piden son medicamentos. Principalmente, paracetamol. Agua menos porque suelen llevar suficiente”, explica a escasos metros del puesto fronterizo. Hay también pañales, tampones y gel hidroalcohólico, comprados con donaciones de particulares. “Una mujer que acababa de cruzar me preguntó: ¿Esto viene de la gente de Rumania? Le respondí que sí y se echó a llorar”, recuerda.

Marius Dan, voluntario en una organización.
Marius Dan, voluntario en una organización.Alex Onciu

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